miércoles, 31 de marzo de 2010

ESTAFAS EDITORIALES: LA LITERATURA ESPAÑOLA ACTUAL NO SIGNIFICA NADA EN EL MUNDO

¿Puede pesar en el mundo una literatura como la española?
Al enterarme casi por casualidad de lo que ha estado pasando con mis libros y cómo se han lucrado con ellos –espléndidamente- personas que no soy yo, y tras dos años de angustia, sufrimientos y peregrinaciones, me asalta la pregunta de quién podrá vivir de sus libros en España.
Quien conozca la dedicación absorta que exigen la creación, fabulación y escritura de una novela, se asombrará de que su autor pueda escribir también una columna periodística todos los días (con la lectura multitudinaria de periódicos que exige), más algunos guiones de televisión y obras de teatro, o dirigir un instituto español en el extranjero,o presidir tribunales o presentar un programa diario en tv de cuatro horas de duración. La terrible realidad es que en España muy pocos autores pueden presumir y demostrar que cobran verdaderamente los derechos legales que acuerdan en contrato, y por tanto se ven obligados a ejercer la escritura literaria como si sólo fuese un frívolo “hobby”.
A quien me lo pregunte, le detallaré documentalmente en qué consisten las malvadas triquiñuelas.
Aunque parezca inmodesto decirlo, pocos pueden jactarse entre nosotros de tener once libros publicados y haber convertido en éxitos más de la mitad. Con cuatro novelas recientes que totalizan 14 ediciones, ninguna menor de 6.000 ejemplares. Con un premio literario y dos accésit incluidos. Quince años de trabajo intensivo que esperaba que me asegurasen la vejez pero que, en realidad, han hecho rica a dos “tranfulleras”, mientras yo me muero de hambre. Si con todos pasa igual, como me asegura el clamor que me llega de gente muy informada de los medios de información, la primera pregunta es: ¿pasará igual con todos esos nombres rimbombantes que ustedes pueden imaginar?
La segunda pregunta, de mucho mayor calado, es: ¿Puede volver a pesar –como en el Siglo de Oro- la literatura española en el mundo, si nuestras editoriales actúan todas igual que las dos que me han estafado a mí?
Es innegable que si un escritor no puede vivir confortablemente de su trabajo, no podrá dedicarse a él del modo que un creador debe hacerlo. Con el trato que recibimos los escritores españoles, nadie podría crear aquí “El señor de los anillos”, “Harry Potter” ni el malhadado código.
Si las editoriales esperan que sus autores atiendan cátedras, bufetes, despachos o televisiones durante el día y sólo escriban de vez en cuando, de noche, en horas robadas al descanso, ¿qué clase de literatura podemos aspirar a tener?
¿Es éste el motivo de que no haya autores españoles en las listas de best-sellers mundiales ni en las carteleras de teatro?

martes, 30 de marzo de 2010

DE PELÍCULA


Antes de correr en busca de la mágica ensoñación de cada tarde, Soledad Peña giró la llave general del escritorio, comprobó que todos los cajones quedaban bloqueados, cerró también los cuatro armarios de archivo y, por último, encajó la puerta del despacho, probando por tres veces que, así mismo, estaba bloqueada.
Respetaba escrupulosamente las ordenanzas, una de las cuales mandaba proteger la confidencialidad de su trabajo de graduada social, perteneciente al programa puesto en marcha el año anterior por el gobierno regional. Sólo ella podía conocer los dramas personales que contenían los expedientes archivados; lo único que salía de su mesa era la propuesta de aprobación o, en su caso, la de denegación de las ayudas solicitadas. Lo demás, las vidas miserables, torturadas, tenebrosas o trágicas de las personas que acudían en busca de auxilio, no debía trascender.
Siempre le producía incomodidad la mirada del conserje al despedirse, cuando él le deseaba buenas noches y la seguía con los ojos al salir por la puerta giratoria. ¿Qué había en esa mirada, conmiseración, burla, sarcasmo?
Sabía que ya había comenzado su decadencia física de mujer en la cuarentena que no había conocido el amor y sobrevivía en soledad, pero lo suyo no era exactamente descuido, sino indiferencia carente de esperanza. Iba regularmente a la peluquería, usaba de noche algunas cremas para el cutis, pero no le gustaba maquillarse de día aunque vestía con la corrección exigida por su cargo. Aun así, se decía que estaba perdiendo de semana en semana la lozanía y si alguna vez había poseído atractivo, estaba dejando de tenerlo.
Cualquier sala del multicine le valía como escenario de sus audacias. Compró la entrada, respondió con la cabeza el saludo del portero, que la cumplimentaba dos o tres veces por semana como a una vieja amiga, y se sumergió en la confortante penumbra.

Esa noche amó a Kevin Kostner, porque, por su trabajo de periodista de un importante diario norteamericano, trataba de identificar al autor de varios mensajes de amor encontrados en botellas en distintos lugares de los Estados Unidos. Conversó animadamente con el padre de Kevin, Paul Newman, se descalzó en la arena, fue indiscreta indagadora, visitó los barcos que él reparaba y sintió celos de la muerta a la que Kevin había amado a través de aquellas cartas lanzadas al mar.
Siguió amando a Kostner al salir del cine mientras recorría el corto trayecto hasta su casa, cenó con él el plato recalentado en el microondas y le rogó que se volviera de espaldas mientras se cambiaba la ropa por el camisón de dormir. Ya en la cama, Kevin fue jugador de béisbol, espía ruso infiltrado en el Pentágono, soldado que pretendía ser indio, guardaespaldas y guerrero de ciencia ficción, y siempre, siempre la amaba. Junto a él, fue exuberante luchadora anfibia, cantante famosa, india, prostituta de lujo y ama de casa del medio oeste americano.
-¿Estás seguro de que me amas?
-He seguido un largo sendero hasta llegar a ti.
-¿Sólo me amas a mí?
-Todas las demás fueron sólo experimentos.
-¿Viviremos siempre juntos?
-Mientras el cielo nos lo permita y la Tierra exista.
-¿Nos casaremos?
En este punto, se producía siempre un ruido, una puerta que batía con violencia, el claxon de un coche o alguien que gritaba en la calle, y despertaba.

Pero también en la oficina la visitaban a veces Kevin Kostner, Harrison Ford, Antonio Banderas, Robert de Niro, Pierce Brosnan y hasta Brad Pitt. Ocurría fugazmente; estaba mirando atenta a su interlocutor, escuchando con interés sus problemas, con frecuencia insolubles, y de repente, allí estaba uno de ellos, de pie tras su visitante, sonriéndole con intimidad, pidiéndole por señas que tuviera paciencia... con la promesa del gozo del que sería partícipe más tarde.
-Mire usted, señora Peña -decía el hombre sentado al otro lado de la mesa-, la pensión no me llega y la Seguridad Social no quiere pagarme la prótesis del dentista. Comprenderá usted que, así, faltándome los dientes de delante, no puedo ir en busca de trabajo.
Tras él, Harrison Ford sonreía con su espléndida dentadura y le decía por señas que esa noche la iba a llevar a conocer a Obi-Wan Kenobi.
-No creo que podamos ayudarle, las prótesis dentales no figuran entre nuestras previsiones.
El hombre compuso una mueca de desolación. Dijo:
-Entonces, ¿estoy condenado a vivir eternamente de la pensión, por no poder conseguir trabajo?
Harrison Ford se había quitado la chaqueta y abierto tres botones de la camisa, mostrando la viril pelambrera de su pecho. Con sus gestos, le prometía que la noche iba a ser menos tremendista y más satisfactoria que la tarde.
-Vea. Voy a presentar un informe sobre usted, y trataré de que alguien le dé una respuesta que yo no estoy en condiciones de darle.
-¿Y si dijera usted, por ejemplo, que se trata de una enfermedad grave?
Indiana Jones agitaba el látigo, dispuesto a quitarle de enmedio a un sujeto que pretendía que incurriera en falsedad administrativa.
-Eso es imposible. Le prometo que voy a hacer lo que esté en mi mano por ayudarle. Pida cita en recepción para dentro de dos semanas.
Junto a un envejecido Sean Connery, Indiana/Harrison alzó el grial y brindó por ella.

Ahora, en la butaca del cine, se había convertido en una sofisticada investigadora que trabajaba por cuenta de la mayor compañía de seguros del mundo, y trataba de demostrar que Pierce Brosnan era un ladrón aunque figuraba entre los grandes millonarios neoyorkinos y pasaba por ser uno de sus más generosos mecenas.
Pero, qué fastidio, Raquel Cañadas no hacía más que interferir. Que volviera deprisa a la pasarela y la dejara disfrutar con míster Crown aquellas elegantísimas fiestas de la Quinta Avenida.
Bueno, menos mal que al final se iban juntos de viaje a disfrutar los Rolls Royce y las suites más caras de todos los hoteles de Europa, porque, si no, iba a coger a la mocosa alicantina y le iba a cruzar la cara a bofetadas, que buena era ella cuando se trataba de defender lo suyo.

A la mañana siguiente, fue Richard Gere quien se situó a espaldas del visitante. Sólo vestía la mitad inferior del pijama.
-Escuche, señora Peña, no tengo derecho a subsidio de paro, porque los últimos cinco años coticé como autónomo. Tampoco puedo jubilarme todavía, porque sólo tengo cincuenta y un años. ¿Cómo cree usted que voy a sobrevivir?
Richard le estaba diciendo que sí, que iba a comprar los astilleros pero no para venderlos, sino para ponerlos a funcionar.
-Hay una ayuda que da la comunidad, y creo que usted reúne las condiciones para que se la concedan. Tome esta solicitud, rellénela y traiga todos los documentos que se relacionan detrás, ¿ve?
-Es que estoy en las últimas. ¿Tardarán mucho en concederme esa ayuda?
Richard se disponía a entrar en la bañera llena de espuma perfumada, para refugiarse entre sus piernas, que medían ciento diez centímetros. Sintió que le subía el rubor a las mejillas al verlo desnudo.
-Voy a tratar de acelerar los trámites todo lo que pueda. Traiga estos papeles lo antes que le sea posible.
Richard le tendía las manos, para que ella le transmitiera coraje en lo alto de la escalera, puesto que él sufría vértigo. Sabía que, en el momento que cogiera el ramo de flores que él le ofrecía, comenzaría un futuro perpetuamente feliz.

Lo de ser suegra y enamorada del Zorro a la vez no le agradó demasiado, ya que Anthony Hopkins pasaba mucho más tiempo con Antonio que ella. Y, además, resultaba que el Banderas apenas enseñaba nada en esa película, con lo bien que se le veía todo, todo, en "La corte del Faraón".
Por otro lado, resultaba que Catherine Zeta Jones era demasiado joven y esbelta para sentirse dentro de su piel.
En adelante, revisaría mejor la cartelera antes de entrar.

-Tengo treinta y siete años -dijo el hombre-. Cometí un error insignificante a los treinta y uno... y aquí me tiene, con la vida destrozada tras haber pasado seis años en presidio. ¿Usted cree que hay derecho?
No había ninguno de sus ídolos detrás del visitante porque todos estaban en él. Medía algo más del metro ochenta, esbelto, moreno, de figura atlética, mejor que Christopher Reeve porque era mucho más agrestemente masculino. Le desagradaba el pequeño tatuaje que asomaba bajo el puño de la camisa, pero, por lo demás, eran un compendio de los rasgos más seductoramente viriles que había visto nunca en la pantalla.

-No sé qué decirle.
-Que no tengo más que morirme de asco en la calle, como un perro.
-Su caso no está previsto en nuestros programas. Ha escrito usted en el cuestionario que se graduó de arquitecto en la universidad y que tuvo trabajo adecuado a sus condiciones... Tenemos varios programas de reintegración, pero no me parece que usted pudiera encajar en ninguno.
-¿Y qué hago?
El hombre movía la prominentísima nuez de un modo que le causaba vahídos. Miró el cuestionario para recordar el nombre.
-Usted, señor Olivares es soltero y no tiene nadie a su cargo. Eso es, en principio, una gran desventaja, porque usted es una persona joven y fuerte, que podría encontrar fácilmente trabajo.
-¿Fácilmente? ¿Sabe usted lo que pasa cuando digo que he estado seis años en la cárcel?
Tenía hombros muy anchos, debía de ser más fuerte que la media, más que Patrick Swayze protegiendo a Demi Moore. En las profesiones de fuerza, como la albañilería o las reparaciones, o el reparto, o el almacenaje, nadie se mostraría reticente para contratarlo por haber cometido un error en el pasado.
-¿Ha intentado trabajar de albañil?
-¿Albañil? Yo hacía planos para que los albañiles trabajaran. ¿Cree usted que podría sentirme a gusto en esa clase de empleos?
Su expresión de ligero enfado añadía atractivo a su angulosa cara, donde los ojos oscuros bajo las cejas espesas, refulgían sobre unos pómulos de centurión romano, superiores a los de Kirk Douglas, y una quijada de héroe de película de ciencia ficción, más viril que la de Harrison Ford. Reía con franqueza, mejor que Clark Gable, mostrando una dentadura muy sana aunque, al parecer, algo descuidada en los últimos tiempos.
-Vea, señor Olivares, voy a preguntar en varios departamentos a ver si se me ocurre de qué modo podemos ayudarle. De momento, le aseguro que no tengo ninguna idea. Vuelva usted... pida cita en recepción, pero diga que yo he dicho que se la den para el lunes que viene, auque sea fuera de horario.
Carlos Olivares se alzó del asiento. Mientras se cerraba la chaqueta, Soledad se recreó en su figura, tan reciamente masculina como la de Nick Nolte, y no pudo evitar contemplar el relieve de su pantalón. Algo ruborizada, alzó la mirada hacia el rostro. El hombre sonreía. ¡Había seguido la exploración de sus ojos! Se sintió pillada en falta.
-Entonces, ¿el lunes?
Soledad asintió.
Mirándola fijamente a los ojos, Carlos Olivares le tendió la mano. Era una mano fuerte, huesuda, cálida, algo velluda en la proximidad de las muñecas, tan sensuales como debían de ser las de Clint Eastwood. Sintió un estremecimiento, porque deseó que la mano y su compañera fuesen más audaces y la abrazaran. Apretó los labios para no retenerlo.

Entre el martes y el domingo, fue cuatro veces al cine.
Pero algo se había revuelto en sus fantasías, habitualmente tan gratificantes. Ahora, descubría a cada momento que Harrison, Richard, Brad, Antonio y Kevin poseían rasgos en común con Carlos Olivares.
Tenía la mirada incisiva de Antonio Banderas, los ademanes suaves de Kevin Kostner, la sonrisa franca de Harrison Ford, la figura atlética de Brad Pitt y la displicencia aristocrática de Richard Gere.
Y no sólo se materializaba en las películas. Sobre todo, se entrometía en los sueños. Estaba amando heroicamente a Kevin en el personaje de Robin Hood y, de repente, zas, acudía un fiero lord al frente de sus mesnadas que, al apearse del caballo, resultaba ser Olivares. Descendía con Antonio Banderas a las profundidades de su oscuro refugio parisino e, inesperadamente, llegaba volando un vampiro a morderle el cuello y, cuando resucitaba como vampiresa, descubría que su mordedor era Olivares. Huía de Richard Gere para no casarse con él, como ya había hecho con otros tres, y, una vez que el periodista de Nueva York le daba alcance, se convertía en Olivares. Exploraba con Harrison Ford la selva de Centro América y la raptaba un capitán maya que, al instante, tenía la cara de Olivares. Amaba al misterioso Brad Pitt en el personaje de la muerte en vacaciones, el señor Black, recorriendo con él los lujosos salones de su padre moribundo y, bajo los juegos pirotécnicos, descubría resplandeciente el rostro de Olivares.
Lamentó que sus averiguaciones fuesen tan poco prometedoras para él después de salir de ver "Locos en Alabama". El sueño le produjo desasosiego, porque cada vez que abría la nevera, guardada en la sombrerera, la cabeza que le había cortado a su marido con la sierra mecánica era la de Carlos Olivares. Abrió esa sombrerera más de cien veces a lo largo de la noche, y siempre era él, y no comprendía cómo podía ser que sintiera su cálida y masculina mano posada su pecho.

La mujer que figuraba penúltima en la lista se estaba extendiendo más de la cuenta. Claro que su problema era de órdago: viuda a los treinta y dos años, con cuatro hijos menores, su marido había desaparecido en el mar, caído por la borda de un barco de pesca, y las autoridades le decían que tendría que esperar más de dos años para comenzar a cobrar la pensión, hasta que no lo dieran oficialmente por muerto o recuperasen el cadáver.
Podía gestionarle una ayuda de subsistencia y la despachó muy pronto. Entonces, entró él.
Al contrario que la primera vez, no llevaba chaqueta; en su polo de color amarillo se marcaba con nitidez el relieve de sus pectorales, como Arnold cuando suplantaba a un maestro de guardería y, bajo las mangas cortas, emergían unos brazos fibrosos, velludos y muy fuertes, como los de Charlton Heston en Ben Hur. El tatuaje de la muñeca era el único, al menos en los brazos, y por el escote del polo no se apreciaba que tuviera ninguno en el pecho, al menos no lo suficientemente grande como para asomarse al escote; lo que sí se asomaba era la pelambrera, no excesiva pero sí abundante, como la de Burt Reynolds. ¿Por qué no trataba ese hombre de trabajar en el cine? Sintió al saludarlo cierta opresión en el esófago y tragó saliva.
Él la miró intensamente, con una leve sonrisa, antes de preguntar:
-¿Tengo alguna esperanza?
Soledad creyó durante un segundo que se refería a un posible encuentro amatorio con ella, como Mel Gibson cortejando a Goldie Hawn. Se sacudió la idea pasándose la mano por la frente, y respondió:
-Es muy poca la ayuda que puedo prestarle. Usted reúne las condiciones para solicitar la pensión de subsistencia...
-¿De cuánto es?
-Unos cuatrocientos mensuales.
-¿Pensión de subsistencia? Querrá usted decir ayuda para cigarrillos.
-No fume.
-No fumo, pero... ¿no se da usted cuenta de que con ese dinero no hay quien pueda vivir? Cualquier alquiler, el más modesto, supera esa cantidad.
-Sí me doy cuenta.
-¿Qué genio del gobierno ha ideado esa humillante ayuda de hambre?
-Entonces, ¿no quiere solicitarla?
-Antes que someterme a esa humillación, me suicido.
Soledad sintió un estremecimiento. El hombre era muy capaz.
-Tenemos un programa de búsqueda de empleo. Le puedo mandar allí...
-¿Qué clase de empleos consiguen?
-Desde luego, ninguno de arquitecto, si es a eso a lo que se refiere. Los pedidos que suelen llegarnos son, sobre todo, de albañiles, jardineros y colocaciones de esa clase.
-Se llama usted señora Peña, ¿verdad?
-Llámeme Soledad -concedió sin poder evitarlo.
Él sonrió.
-De acuerdo, Soledad. ¿Que pretende el estado que hagan los hombres que se encuentran en mi situación, pedir limosna, deprimirse hasta la autodestrucción, morir de hambre?
-Disponemos de comedores...
-Hace una semana, estuve en uno. Había a mi lado un sujeto que no se había bañado en toda su vida y que lo más pequeño que tenía en el pelo eran piojos. Tuve que marcharme sin comer. Dígame, Soledad, ¿está segura de que no existen otras salidas?
Soledad se compadeció de su expresión ansiosa, igual que la de Gerard Depardie en Cyrano; por un momento, había descendido de su arrogancia, más física que anímica, para mostrarse verdaderamente abatido.
-Tendré que estudiarlo. Créame, señor Olivares, voy a dedicarme con los cinco sentidos a encontrar alguna solución para usted. Pida en recepción cita para el viernes.

Terminada la jornada, y antes de disponerse a encontrar la ensoñación mágica de la mayoría de sus tardes, Soledad cerró los cajones del escritorio, echó las llaves de los cuatro armarios de archivo, guardó el llavero, giró el seguro interior de la puerta y, tras encajarla, probó con un empujón que había quedado bloqueada. Saludó con una inclinación de cabeza al conserje, que la contempló con la inextricable mirada de siempre y le deseó buenas noches. Echó a andar con dirección al cine y, entonces, notó que alguien caminaba tras ella, a su ritmo, tal como si fuera Ray Liotta en aquel papel de policía acosador. Se negó a volver la cabeza pero, algo inquieta, apresuró el paso. El persecutor continuaba detrás, sin aproximarse, a su ritmo, calculó que a unos diez o doce pasos de distancia. Por suerte, unos cincuenta metros más allá llegaría a una calle menos desierta.
Ya en las cercanías del multicine, en un paseo donde había mucha animación, dejó de sentirse preocupada porque alguien la siguiera e, incluso, se olvidó del caso, pero, en el momento de ir a sacar el dinero del bolso para pagar la entrada, lo vio. Carlos Olivares, a su lado, le sonreía obsequiosamente.
-Creía que iría a dar un paseo o algo así, y pensaba abordarla para charlar. Qué pena que haya decidido venir al cine.
Su expresión era la de los flaschbacks de Rober Redford en Gastby. Los reglamentos no específicamente escritos, prohibían intimar fuera del despacho con las personas que iban a pedir ayuda. Pero, ¿qué iba a hacer, negarse a hablar?
-¿Por qué pena?
-Porque yo no...
Olivares se interrumpió. Ella entendió que no podía comprar la entrada.
-Me gustaría invitarle -dijo Soledad.
Él sonrió. Nada más. No dijo "gracias" ni expresó de otro modo el agradecimiento, como si la invitación fuese la cosa más natural del mundo y poseyera la irónica calidad sobrehumana de Bruce Willis en "Jungla de Cristal". Soledad calculó el grado de lógica que podía tener pedir a la taquillera que le diera las dos entradas en lugares separados; halló que sería entendido como una estupidez y se limitó a pagar las dos entradas, sin más.
Faltaban diez minutos para que comenzara la sesión y todavía no permitían entrar en la sala.
-Esto es muy irregular -dijo Soledad.
-¿Invitar al cine a quien no puede pagarlo?
-No exactamente. Tenemos prohibido confraternizar con... las personas que atendemos en el despacho.
-Ya hemos hablado dos veces. Somos amigos, ¿no?
-Supongo que sí. Yo siempre soy amiga de las personas que...
-¿Las personas que socorre?
Soledad miró hacia otro lado. Había enrojecido. ¿Por qué la intimidaba tanto ese hombre? No parecía temible, lo único temible era su portentoso atractivo.
En la pantalla, Robert de Niro interpretaba a un mafioso que había perdido sus impulsos asesinos y trataba de recuperarlos consultando a un psiquiatra. Extraordinariamente divertida, la acción no le hacía olvidar el calor del brazo apoyado en el suyo. En cierta medida, Carlos Olivares se parecía a aquel Robert de Niro de veinte años atrás, el de "Taxi driver", pero con ventaja para el que rozaba su brazo, el que le transmitía una calidez que se le extendía brazo arriba, alcanzaba su hombro, ocupaba su pecho y comprimía su esófago, produciéndole, más que ahogo, jadeos de anticipación. Sólo una vez en toda su vida había estado desnuda con un hombre, hacía de eso trece años, cuando tenía treinta. Ahora, sentía necesidad urgente de que el hombre que le transmitía esas ondas se desnudase y la desnudara, abrazarse a él, disfrutar en toda la superficie de su piel un contacto más directo y total que el del codo posado en el apoyabrazos de la butaca.
El pobre psiquiatra trataba de casarse una y otra vez, y siempre llegaba a interrumpir la ceremonia Robert de Niro, con sus exigencias y sus regalos extravagantes. También era muy extravagante estar sentada al lado de ese hombre, un menestoroso ex presidiario que había ido a su oficina en busca de ayuda.
Cuando la película iría más o menos por el segundo tercio, Carlos Olivares retiró el brazo. Por un momento, Soledad se sintió desfallecer, como Vivien Leigh al pie de la escalera cuando Clark Gable le dijo que no le importaba, pero, al instante siguiente, él puso ese brazo sobre su respaldo y, a continuación, ella no supo qué debía hacer. ¿Enfadarse, mandarle retirar el brazo, hacerse la desentendida, permitir la caricia?
Ahora decidía Robert de Niro matar al psiquiatra, influído por sus consejeros, que hallaban que sabía demasiado. En el momento de ir a dispararle, resultaba que el psiquiatra salvaba al mafioso durante un tiroteo. Convertido en héroe, el psiquiatra establecía con Robert de Niro una relación casi de amor.
¿Era algo parecido al amor lo que le transmitía el brazo y la mano que le rozaban ambos hombros? Los jadeos iban a comenzar a ser audibles en el momento más inesperado, porque algo casi material recorría su vientre y anunciaba la convulsión. Entonces, Carlos Olivares apoyó la mano en su nuca, que acarició, y luego la abandonó allí, como una propuesta que, igual que las de Vito Corleone, no podría rechazar. Soledad notaba que había perdido la voluntad y no solamente no iba a sacudirse la mano intrusa, sino que ansiaba que el atrevimiento avanzara más antes de que acabase la película, para cuyo final no podía faltar demasiado. Ahora, sin retirar la mano izquierda de su cuello, Carlos apoyó la derecha en su brazo. Era una mano grande, angulosa, mucho más sensual de lo presentido con la sola contemplación. A continuación, esa mano se deslizó hacia la suya y la apretó un instante, para, en seguida, tomarla y conducirla hacia la bragueta inflamada. Sintió horror, pero se trataba de un horror jubiloso, la alegría de descubrir que, todavía, podía hacer que la bragueta de un hombre se inflamase sin haberla manipulado previamente. Lo que tocaba no tenía un tamaño despreciable, más bien al contrario, y poseía dureza de madera, como si Carlos hubiera introducido en su pantalón el otro apoyabrazos, el situado a su derecha. Sintió que la mano de él oprimía la suya, para obligarla a actuar.
Un residuo de autodefensa cayó sobre su voluntad y retiró la mano.
-Por favor -dijo él junto a su oído derecho.
-No somos una pareja de novios adolescentes.
-Yo estoy como un adolescente. Me han quitado seis años de mi vida y sólo tengo treinta.
-Por favor, espera un poco. Tengo que hacerme a la idea.
-La película va a terminar.
-Podemos...
-¿Qué?
-No, nada.
-¿No podríamos ir a tu casa?
Ella no respondió. Se alegraba de encontrarse en un lugar en penumbra, porque debía de tener las mejillas púrpuras de rubor.
-Vayamos a tu casa, por favor.
-¿No tiene usted..., no tienes casa?
-¡Si vieras donde vivo!
No quiso indagar más. ¿Tenía algo que temer? El nombre, la dirección, el número de carné de identidad y el teléfono de contacto de Carlos Olivares estaban escritos en su expediente. Sabiéndolo, él no abrigaría malas intenciones.
-Te invito a cenar.
-Gracias, Soledad. Puedes dejar de estar sola en cuanto quieras.
La frase le pareció enigmática. ¿Qué sabía él de ella?

Cenaron, en un restaurante de comidas rápidas, pollo frito y ensalada. Ella notó que Carlos comía con fruición, sin parar de dedicarle madrigales. Tenía verdaderamente hambre, y sin embargo, encontraba ánimos para piropearla. Apenas necesitó más súplicas ni violentar aún más sus escrúpulos; lo invitó a subir cuando la acompañó hasta la puerta de su casa.
-¿Cuántos años tienes, treinta y dos o treinta y tres, no?
Soledad sabía que era un cumplido, un cínico cumplido, un nuevo madrigal. Nadie podía calcularle menos de los cuarenta y tres años que había cumplido, teniendo en cuenta, además, lo poco que se arreglaba la cara.
-No digas tonterías.
-Tienes buen cuerpo.
-Me sobran lo menos cinco kilos.
-Me gusta que las mujeres tengan donde agarrarse.
-Pero ya no soy ninguna muchacha, Carlos. Incluso me da apuro quitarme el sostén.
-Deja que te lo quite yo.
Lo hizo. A continuación le mordió los pezones con cierta fuerza. Soledad tuvo una convulsión.
-¿Tan pronto? -preguntó él con decepción.
-Es la falta de costumbre.
-Practicas poco el sexo, ¿verdad?
Soledad se limitó a suspirar.
-Yo no estoy todavía -dijo él-. ¿Te molesta que siga... habiendo gozado ya?
-Sigue, por favor.
Al penetrarla, Soledad no pudo contener el grito. No sonó muy fuerte, pero sí fue lo bastante intenso como para que él se alzara, alarmado.
-¿Qué pasa?
-Yo no...
-¿Eres virgen?
-No exactamente.
-¿Qué tiempo llevas sin hacerlo?
-¡Trece años!
Sin decir nada, él inició un recorrido con la lengua por su cuello, su pecho y su vientre; pasó unos diez o doce minutos acariciándola, manipulándola, transportándola a cielos que no estaban en ninguna película, porque ni siquiera las pornográficas que alguna compañera la había invitado a ver en su casa registraban escenas semejantes, tan delicadas, lentas y estimulantes. Ahora deseó con vehemencia que él volviera a intentarlo.
Cuando amaneció, sabía que tenía los ojos aureolados de violeta. Tres veces había gozado Carlos dentro de ella. Cuatro veces había gozado ella y cada vez fue mejor y más prolongada que la precedente.

Cogió en el despacho la carpeta que contenía el expediente de Carlos Olivares. Sí, soltero. Sí, había nacido en la ciudad, el número del documento de identidad lo confirmaba. Sí, aparecía la dirección y había sido comprobada. ¿Había ocurrido todo en realidad o lo había soñado? ¿Había vuelto una de sus ensoñaciones cinematográficas, engañando del todo a sus sentidos?
No. Sentía en el vientre todavía el ardor y dos compañeras la habían mirado al llegar, con sorpresa; una le había preguntado:
-¿Te has maquillado por fin?
No lo había hecho. Más bien, creía tener mala cara, por la noche pasada en vela. Estaba segura de presentar ojeras muy acusadas.
Recorrió el pasillo canturreando todas las veces que salió a beber agua, para ir a los aseos o a tomar café, entre las miradas sorprendidas e irónicas de los compañeros.

Una semana más tarde, la quinta vez que Carlos dormía junto a ella, dijo:
-No puedo aguantarlo más. Cualquier día, hago una locura.
-Tranquilízate, Carlos. Encontraremos la solución.
-¿Qué solución, que tú me mantengas?
Soledad se mordió el labio inferior.
-No he querido decir eso.
-Pues si lo estás pensando, que se te quite de la cabeza. Yo soy un hombre, tengo una carrera y una cultura. La sociedad no puede marginarme de este modo.
-Estoy al habla con todos mis compañeros y los departamentos autonómicos y de otras administraciones. Algo encontraremos.
-¿Un empleo de caridad? -preguntó él con desdén.
-No, Carlos. Un amigo está haciendo gestiones muy serias en la concejalía de urbanismo, a ver si pudieran contratarte por la puerta falsa. Ten paciencia. Tendrás trabajo, una función de tu nivel.
-¿Para ganar una miseria? Mira, Soledad, cuando pasó aquéllo, yo estaba a punto de abrir mi propio estudio de arquitectura. A estas alturas, tendría que ser millonario. ¿Cómo voy a conformarme con un sueldo de funcionario?
Soledad se mordió el labio. Hallaba que el comentario contenía, en cierto modo, un insulto hacia ella, y esto la entristeció. ¿Se encontraba ante la primera discusión de pareja?
-Nunca te he preguntado cuál fue tu... delito.
-Has hecho bien.
Él no añadió ni aclaró más. Sin duda, jamás le revelaría voluntariamente lo que lo había llevado a la cárcel. En vez de continuar la conversación, Carlos ejerció, con mucha mayor eficacia que las otras cuatro noches, su habilidad sexual. Soledad gozó cuatro o cinco secuencias de orgasmos múltiples. Reconquistaba el tiempo perdido y miró con agradecimiento el cuerpo desnudo que dormitaba a su lado. Toda su carne era firme, una viril figura que aparentaba menos de treinta años. Aparte del tatuaje de la muñeca, sólo tenía otros dos: uno en la cadera, con forma de corazón atravesado por una flecha, y otro en el pene, en la parte superior, casi en el prepucio, una rosa pequeña. Creía que dormía, pero Carlos murmuró:
-¿Te gusta?
-Sí.
-Puede ser tuyo para siempre.
-¿Para siempre?
-Me encanta hacer el amor contigo. La pena es que voy a tener que emigrar de este maldito país, irme con mi título a donde nadie me conozca.
-Ten paciencia.
-¿Más?
-Algo conseguiremos.
-Oye, Soledad... Tú... podrías hacer que mi vida cambiara definitivamente.
-¿Sí?
-Sí. Sólo tendrías que ayudarme una vez...
-¿Qué quieres decir?
-Lo llevo pensando un par de días y se me ha ocurrido una idea. Si lo hicieras, nos casaríamos y viviríamos el resto de nuestras vidas juntos.
Soledad calló. Aguardó a ver qué más decía.
-¿Soledad?
-¿Sí?
-¿Sabes de lo que te estoy hablando?
-No.
-El plan de autoempleo, de eso estoy hablándote.
-¿Quieres que te ayude a conseguir una subvención? Son sólo dos millones. Comparado con el empleo de la concejalía...
-No estoy hablando de dos, sino de veinte millones.
-No comprendo.
-¿No eres tú la que informa favorable o desfavorablemente esas solicitudes?
-No soy yo quien toma las decisiones.
-Pero tu informe es el más significativo, el más decisivo.
-Supongo que sí. ¿A dónde quieres ir a parar, Carlos?
-Podemos prefabricar diez expedientes, y obtener diez subvenciones diferentes, para diez titulares distintos. Tengo quien me haga los documentos...
-¿Falsos?
-Pero parecen genuinos.
Soledad se dio la vuelta en la cama. Llevaba veintiún años como funcionaria, con el historial profesional más limpio y ordenado de toda la ciudad. Lo que Carlos le pedía no era, en realidad, demasiado arriesgado; tal vez podía hacerse sin ningún problema, porque prácticamente era ella la única persona que intervenía en el proceso. Todo lo demás eran sólo papeles emitidos por otros departamentos. La única que tenía que ver a las personas titulares de esos papeles era ella. Haciéndolo sólo una vez, tal vez no sería descubierto jamás. Pero ¿podría soportarlo su conciencia?
Sintió que Carlos la abrazaba por la espalda. Sorprendentemente, tenía el pene tan rígido como la primera vez de esa noche.

El proceso duró sólo tres meses y medio. Lo que más sorprendió a Soledad fue la calidad perfecta de las falsificaciones. Nadie detectaría jamás que esos documentos eran falsos. Le chocó la osadía de Carlos. Todos los carnés llevaban su foto, era él en verdad aunque en unas fuese moreno, castaño en otras y oxigenadamente rubio en otras, con bigote o con barba, con ojos azules o marrones, siempre era él, ella lo reconocía sin duda, aunque nadie más pudiera advertirlo. Diez cuentas diferentes, en seis bancos y cuatro cajas de ahorros distintas, recibieron a los tres meses y medio transferencias de dos millones cada una. Esa noche fueron cinco las secuencias de orgasmos, aunque la noche anterior Carlos la había transportado al cielo cuatro veces. Era incansable, no sufría decaimientos. Se sintió muy, muy feliz.

Pero los siguientes tres días, Carlos no acudió a esperarla a la salida.
Tendría algún problema, se dijo para tranquilizarse.
Un día más y tampoco acudió, pero ella había copiado el número de teléfono y la dirección de su expediente. Lo marcó cinco minutos después de dejar el despacho. Nadie contestó.
Tuvo que tomar un somnífero para conseguir dormir.
Un día más tarde, el quinto desde la desaparición de Carlos, decidió ir al cine, cosa que no había hecho en exceso durante los últimos cuatro meses. Refugiada en la penumbra, lloró y lloró, y las lágrimas no eran por Julia Roberts ante la miopía cobardemente autoprotectora de Hugh Grant, sino por sí misma, por el descubrimiento de su estupidez.
Terminada la película, se preguntó si tenía hambre. Resultó que no. Contó a tientas el dinero; sí, los quince billetes continuaban en el bolso. Sentíase anestesiada cuando, en la última fila de butacas del cine donde proyectaban "El gerrero número 13", en la sesión de noche, se los entregó al hombre a cambio del envoltorio. Salió sin ver la película, cosa que lamentó, ya que le hubiera gustado ver a Antonio Banderas en plan héroe medieval.
Aguardó frente al portal de la dirección que figuraba en el expediente. Carlos Olivares llegó a las dos y cuarto de la mañana, acompañado de una mujer despampanante que no tendría más de veinticinco años. Él estaba irreconocible, pero ella había sido capaz de reconocerlo con diez disfraces diferentes. Ahora tenía el pelo teñido de rubio platino y usaba gafas de brillos metálicos. Estaba acompañado, no le diría nada.
Esperó en el mismo lugar las cuatro noches siguientes, con la misma paciencia de Sean Connery en sus papeles de espía. Dos, no lo vio llegar. Las otras dos, llegó con la misma compañía. La pareja bajaba del taxi haciéndose arrumacos, siempre con ropas lujosas y extravagantes, siempre felices, sonrientes, gozosos, como los personajes de "La dolce vita".
La quinta noche sería domingo. Sintió durante toda la tarde la tentación de apostarse frente al portal, pero eso podía ser una soberana tontería. Las cinco noches de vigilancia, siempre había llevado ropa diferente y, de todos modos, nadie la había mirado de manera especial ni tampoco había pasado demasiada gente. Pero estar parada allí, de día, era otra cosa, un riesgo demasiado absurdo. Lo que tenía que decirle, no debía ser oído por nadie, y de día aquella calle se encontraba bastante transitada.

En cuanto anocheció, aunque ya sabía que Carlos tenía costumbres noctámbulas muy tardías, se situó en su lugar de observación.
Pasaron algunas parejas de adolescentes, de prisa, porque la noche de domingos todo el mundo se recogía más temprano que otros días de la semana. Pasaron también varios grupos, y un joven de uno de ellos le sonrió. Confió que no fuera capaz de recordar su cara.

La mujer con quien había visto ya tres veces a Carlos llegó a las doce y media; vestía pantalones. Salió veinte minutos más tarde, vestida con un escotado traje de fiesta, al estilo de Faye Dunaway, y tomó un taxi que la esperaba en la puerta y que debía de haber llamado por teléfono. Seguramente, Carlos la esperaba en algún centro de diversión nocturna, pero daba igual, aguardaría en el mismo sitio. Tenía que verlo con sus ojos, descubrir a qué grado de desvergüenza había descendido, comprobar si era tan falso como Warren Beatty en "Shampoo". Pero a los quince minutos de irse la mujer, fue Carlos quien entró apresuradamente; vestía chándal y zapatos deportivos. Sin duda, iba a cambiarse también él de ropa, para acudir quién sabía dónde.

Tal como había proyectado, Soledad marcó al azar en el portero electrónico un número de piso. Con voz angustiada y fingida explicó a la mujer que respondió que había olvidado la llave en su piso y su pobre niñito de tres años estaba solo. No supo si la mujer la había creído, pero sonó el zumbido de apertura de la puerta.
Tomó el ascensor, que paró en el piso de Carlos. No tardaría. Obstaculizó con dos palillos de dientes el cierre de la corredera, subió un tramo de escaleras y aguardó con la serenidad de Melanie Griffith en "Working girl". Cinco minutos más tarde, Carlos, vestido con elegancia algo esnob, cruzó ante el tramo de escalera y se introdujo en el ascensor. Soledad escuchó el ruido de la puerta que trataba de cerrarse y, en ese momento, bajó precipitadamente los ocho escalones. Carlos le sonrió con perplejidad.
-¡Soledad, qué alegría verte!

Fue todo lo que pudo decir. Soledad disparó solamente una vez al corazón, pues le pareció que era suficiente. Retiró los palillos de dientes que impedían que la puerta se cerrara, entró en el ascensor, pulsó el botón del ático y, una vez arriba, volvió a bloquear la corredera con los palillos y bajó las escaleras tranquilamente.
Al día siguiente, cuando realizó el acostumbrado rito del cierre de cajones y armarios, dio una última ojeada a la página del periódico, abierto sobre la mesa, donde aparecía la fotografía de un Carlos Olivares con seis años menos. Arrancó la hoja, tiró el periódico a la papelera, guardó el recorte en el bolso y se aseguró de que la puerta quedara bien cerrada.
Se dirigió al multicine. No sabía por qué, pero sentía ganas de echar en un inodoro, concretamente en el del cine, el recorte de periódico que guardaba en el bolso y pulsar a continuación el botón de la cisterna. Sonriente, compró la entrada para ver "Muertos de risa".

lunes, 29 de marzo de 2010

EL FOLIO EN BLANCO

EL FOLIO EN BLANCO
Hace muchos años, un famoso periodista me dijo a modo de reproche: “Te es muy fácil escribir, ¿verdad?
Le miré con algo de estupor y luego pasé varios días preguntándome qué habría querido decir con esa frase y a qué se debería su tono, con el que parecía acusarme de algo malo. Hasta aquellos momentos, creía que todos los escritores empleaban la misma técnica que yo… hasta que empecé a oír lo de “la angustia del folio en blanco”, angustia que yo nunca había ni he sentido.
No me cabía en la cabeza que alguien pudiera dudar tras haber hecho pasar una hoja en blanco por el rodillo de la Hispano Olivetti. Esa especie de vértigo de no hallar respuesta a la pregunta “¿Cómo lleno este folio ahora?”, no podía entenderla.
Pero entonces no me daba cuenta de que haber estado veintinueve años trabajando de creativo publicitario tenía sus consecuencias. En publicidad, a los creadores les entregan los “jefes de tráfico” unos sobres, denominados “briefing”, que contienen el historial del producto que hay que publicitar; sus características, ventajas y desventajas; encuestas y estadísticas; estudios de mercado; instrucciones del cliente y las impresiones del “ejecutivo de cuentas”. De modo que cuando uno emprende el trabajo, puede no tener muy claro la forma final pero sabe de sobra de qué tiene que hablar. Por lo tanto, mi técnica estaba y está muy fuertemente influida por mi pasado en algunas de las mayores agencias mundiales de publicidad.
Antes de sentarme ante este teclado, medito detenidamente lo que quiero decir y llego hasta a darle mentalmente forma. De manera que cuando empiezo a teclear, me come la impaciencia porque mis manos no van tan rápidas como mi pensamiento.
Recomiendo a quien desee escribir algo, aunque no sea más que una carta, que piense con precisión lo que quiere decir antes de emprender la escritura. Que recuerde la frase de Picasso: "La inspiración me pilla siempre trabajando". Que no abuse de las subordinadas intercaladas (son más claros los paréntesis) y que nunca pierda de vista que en literatura sí importa el tamaño: cuanto más breve, mejor.

domingo, 28 de marzo de 2010

ESTAFAS EDITORIALES: ¿Cuánto roban al año las editoriales estafadoras?

La editorial que me ha estafado cerca de 100.000 de mis derechos de autor (me paga el 3%, cuando la letra del contrato señala el 10%), estafa popr igual a todos sus escritores ESPAÑOLES. A los traducidos les paga lo que marca la ley.
PERO LA LEY ESPAÑOLA DE PROPIEDAD INTELECTUAL ES SUMAMENTE DEFECTUOSA.
No crea un mecanismo de control que asegure a los escritores que se les pagará lo quye legalmente se ganan. Tampoco señala la ley como delito estafar a los escritores.
Habiéndome estafado unos 100.000 (más de 13 millones de pesetas)m lo más que podría conseguir, gastándome un dineral en abogados, es que la juzguen por faltas y la multen, SIN QUE SE LE OBGLIGUE A PAGARME. Por lo tanto, no puedo gastarme tanto dinero en procurar que se haga justicia, ni tampoco pueden la legión de escritores estafados.
ESTA EDITORIAL HA ESTAFADO NO MENOS DE CINCO MILLONES DE EUROS A SUS ESCRITORES ESPAÑOLES, EN EL TIEMPO QUE LLEVA EDITANDO. Pero la ley no va actuar contra ella, AUNQUE TODO EL MUNDO SABE QUE ROBA (ELLA Y OTRAS MUCHAS). Lo sabe el Gobierno, y por lo tanto el ministro de industria, y lo saben los parlamentarios de las Cortes. Y también todos los periodistas y medios de información, que contribuyen al engaño con su silencio.
Me estoy muriendo, enfermo y hambriento, y no hay justicia para mí en España.
Ruego a los escritores que no estén conformes con las liquidaciones de sus editoriales, que me escriban a:
escritoresestafados@gmail.com

sábado, 27 de marzo de 2010

EDITORIALES ESTAFADORAS: La que me estafa a mí, también estafó a EL CORTE INGLES

LA ESTAFADORA ESTAFÓ TAMBIÉN A EL CORTE INGLÉS.
A buenas horas, Mangas Verdes.
Acabo de enterarme de que EL CORTE INGLÉS paga a los escritores que participan en actos de su Ámbito Cultural. Parece ser que el importe de esos pagos va de 600 a 1.000 euros.
Me entero ahora, aunque “actué” en las salas de “Ámbito Cultural” de El Corte Inglés en Barcelona, Zaragoza y Madrid hace ya más de un año y medio. Lo que ellos pagasen por mis charlas, se lo embolsó la editorial. Tanto, que yo ni siquiera sabía –hasta hoy- que pagaban.
Arrieros somos.

viernes, 26 de marzo de 2010

Cap. 14º DESPUÉS DE LA DESBANDÁ.


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XIV
Seguía siendo un adolescente.
Las circunstancias le habían obligado a comportarse como un adulto desde aquella escena en la Cortina del Muelle, cuando ajustició al comandante de la rebelión militar. A partir de entonces, los problemas familiares primero y las encomiendas de su hermano Paco después, le habían obligado a aparentar una madurez que dentro de sí le causaba más inseguridad de la que deseaba reconocer. Inseguridad que la compañía del Templao conseguía atemperar.
Pero ahora, esa madurez fingida había dejado de ser una especie de juego de muchachos de barrio; Elena Viana-Cárdenas James-Grey lo había convertido en jefe virtual de un negocio que era una de las señas de identidad más importantes y trascendentales de la ciudad. Todos los días le llelgaban invitaciones para toda clase de actos y celebraciones, y sabía que no le invitaban a otros muchos a causa de su edad, sobre todo porque todavía no podía ser considerado candidato a casadero, a pesar que ya se había convertido en un clamor el comentario de que pronto sería el mejor partido de Málaga. Tampoco conseguía dejar de sentirse incómodo al vestirse cada mañana. Lo que más se le resistía era la corbata, que todavía no anudaba con soltura a pesar de las muchas lecciones recibidas de doña Elena.
Sentía desconcierto y angustia, por lo que evocaba cada día las charlas con el Chafarino, aquellas lecciones de vida que antaño recibiera del marengo ciego, cuya muerte había llorado tanto. No tenía con quien comentar sus vacilaciones e inseguridades, y al Templao, vetado por doña Elena al principio, ya no se atrevía a tratar de buscarlo porque sospechaba que le reprocharía el desvío.
Atravesó el jardín y caminó intentando que no reflejara su cara la vergüenza que le producía la actitud del chofer, que lo esperaba respetuosamente, sujetando la puerta abierta gorra en mano.
-¿Al puerto?
Mani asintió al reflejo en el espejo retrovisor.
Observó distraídamente el tranvía al adelantarlo; sintió una punzada en el ánimo, porque sus recuerdos asociaban el tranvía con el Templao.

-Han cogido a otro rojo –dijo el chofer.
-¿A quién?
-Uno que lo tenía escondío su familia en un falso techo, medio emparedao. Cuentan y no acaban. En estos dos años, lo menos son mil los que han sacao a la fuerza de escondites parecíos. Boquetes en las paredes, pozos, sótanos… No sé cómo pueden sobrevivir así. Es que los rojos, ya se sabe…
El chofer cabeceó mientras buscaba la aprobación de Mani a través del espejo. Éste desvió la mirada; cuando oía tales comentarios sentía incomodidad al suponer que muchos de sus antiguos vecinos del barrio estarían en esa situación y que, de no haber muerto, sus hermanos también se esconderían.
-Además –continuó el chofer-, dicen que los Montes y la Serranía de Ronda están minaos de rojos fugitivos. ¿A que vamos a seguir la guerra por aquí?
Mani se estremeció. Ansió que el chofer dejara de hablar de tales cosas. Para cambiar de tema, p`reguntó:
-Doña Elena comenta tó los días que estoy mu delgaíllo y me aconseja que vaya a un gimnasio. ¿Conoce usted alguno?
-Una pila. Hay uno ahí delante, cerca de la plaza de La Malagueta.
-Pare usted un momento allí.
Mani se apeó sin dar tiempo a que llegase el chofer a abrirle la puerta, porque no quería que nadie del gimnasio se formase una opinión de él que detestaba. Entró con paso resuelto, pero en seguida se detuvo para que sus ojos se adaptasen a la semi penumbra. La instalación era muy tétrica y había pocos hombres. Uno de ellos acudió con pasos apresurados a pesar de su gordura. Sus pechos parecían los de una mujer muy obesa.
-¿Quieres boxear o vienes a ver? –preguntó el gordo.
-Yo… ¿Es un gimnasio pa boxeadores?
-¡Digo!
-Me han informao mal –explicó Mani-. Disculpe usted. Adiós.
Una vez en la calle, y antes de volver al coche, se reprochó a sí mismo por haberse escandalizado a causa de la lobreguez del lugar y la apariencia de los hombres que lo ocupaban, lugar y gente mucho más semejante a cuanto había conocido toda su vida que lo cotidiano de ahora. ¿Tanto le había cambiado la convivencia con doña Elena y todo lo demás? Su reacción había sido espontánea, lo mismo que el alzamiento asqueado del labio y la arruga de la nariz.
¿Qué le ocurría?
Todo estaba sucediendo de un modo tan natural, que no advertía los matices cambiantes de sus opiniones y sentimientos. Al principio, había estado tan absorto en la tarea de cumplir con eficacia las exigencias de doña Elena, que no se dio cuenta de que estaba adaptándose a cuanto se iba convirtiendo en habitual. La nueva mansión, que fue alzándose gracias a las prisas de unos constructores que obedecían sus órdenes rigurosamente; más adelante, la sumisión de los capitanes de los barcos, que llegaban a llevarse maquinalmente la mano a la frente, a modo de saludo marcial; la sirvientas, que le llamaba “don Manuel”; la deferencia lisonjera de toda la gente que trataba en cualquiera que fuese el lugar, gente que no sospechaba que le conociera. Al principio con timidez y luego con naturalidad, había ido adaptando involuntariamente su pose y sus actitudes a las circunstancias.
Ya no le sorprendía que tantos desconocidos le saludaran obsequiosamente por la calle ni que los camareros acudieran a servirle de modo precipitado en cuanto se acercaba a cualquier café del centro. También había dejado de sobresaltarse cada vez que le decían “eres el vivo retrato de tu abuelo”.
-El presidente de la junta del puerto ha mandao decirle que, por favor, vaya a visitarlo en su despacho –le dijo el guardia civil de la entrada a los muelles, bajando la cabeza hacia la ventanilla del coche al tiempo que lo saludaba.
Para no exteriorizar su inquietud, no quiso comentar nada con el chofer, mientras se dirigían al edificio donde permaneciera refugiado con su familia, toda una noche, antes de huir en la desbandá. Los muelles habían perdido la animación de antaño; hasta los marineros con fama de borrachos pendencieros parecían circunspectos; ahora era impensable que permitieran pulular a aquellos niños apodados “ratas”, dedicados a recoger los alimentos derramados de los rotos en los sacos portados por los arrumbadores. Todo el puerto reflejaba el desánimo de la ciudad taciturna en que se había convertido Málaga; reprimió la añoranza del bullicio de cuatro años antes, porque no le parecía conveniente tal sentimiento.
-El despacho nuevo del presidente de la junta es arriba, a la derecha –le indicó el chofer tras estacionar a la puerta del edificio recién remodelado.
El hombre de ademanes autoritarios era una de las pocas personas que continuaban tuteándole; pero a pesar de la camaradería que fingía, ese hombre de voz chillona y rasgada, y acento foráneo, le desagradaba mucho.
-Me ha encargado mi señora, con mucho empeño, que te invite a la inauguración del instituto oceanográfico de Málaga. Es mañana a las once y media de la mañana. No te olvides.
Sondeó su mente en busca de un pretexto para negarse, pero no se le ocurrió ninguno.
-¿Que te ha invitado él personalmente? –se admiró doña Elena-. Me imagino lo que pretende. Trata de que te emparejes con el callo de su hija, que tiene dos años más que tú y nació soltera. O a lo mejor quiere convencerte de que donemos dinero pa cualquiera de sus extravagantes y disparatadas iniciativas a favor de los “necesitados”. No te dejes camelar.
Mani dedicó la mayor parte de la tarde a tratar de imaginar un asunto impostergable que atender a la mañana siguiente, a fin de disponer de una excusa para no asistir al acto. Durmió con incomodidad y sólo encontró una excusa satisfactoria poco después de despertar.
-Doña Elena manda decirle que vaya a hablar con ella, al gabinete –le dijo el ama de llaves.
Se trataba de un hecho que se producía con cierta frecuencia cuando bajaba a desayunar, por lo que no le asombró.
-Deja que examine lo que te has puesto –le dijo la anciana a modo de saludo-. Bien, estás de fábula. Hazme un favor; antes de ir al puerto, ve a casa de los Von Deer, que Pilita se ha empeñao en ir contigo a la fiesta, ya que su madre quiere que almuerces con ellos. Así que ya sabes, te quedas en esa inauguración lo indispensable pa cumplir y te disculpas, antes de que vayan a darte sablazos, con el pretexto de que te esperan a comer.
En buena medida, atender la invitación de los Von Deer lo ponía en la misma situación que trataba de evitar: exponerse a que una muchacha intentase comprometerlo para una relación pactada. Pero a Pilita Von Deer la conocía bien y tenía cierto grado de amistad y confianza con ella; y, por lo tanto, podría desencantarla o disuadirla al menor síntoma de que albergase tal propósito. A la hija del presidente de la junta del puerto ni la conocía.
-Todavía ha llegado muy poca gente –dijo el chofer cerca del edificio del centro oceanográfico-. ¿Doy una vuelta pa hacer tiempo?
-Sí –respondió Pilita, anticipándose a Mani-. ¿No te parece, Manuel? Ya te avisé de que era una tontería ser puntuales. En Málaga nadie lo es.
Efectivamente, Mani había descubierto hacía tiempo de que las horas de las citas había que considerarlas muy relativamente. Nadie hallaba elegante llegar con menos de media hora de retraso, por lo que todo el mundo convocaba sus invitaciones hasta una hora antes de aquélla a la que realmente deseaba que comenzasen las fiestas.
-Bueno… -comentó Pilita cuando volvieron a aproximarse al puerto- Mira, ya hay suficientes coches. Ya podemos hacer acto de presencia… ¡justo a tiempo pa que entremos a saludar y nos vayamos corriendo a comer!
Andando detrás de ella, Mani admiró como de costumbre la elegancia alada de los andares de Pilita. Era más rubia que él; su fisonomía revelaba con claridad el origen ancestral de su familia. Pero le intimidaba.

El edificio dedicaba una de sus dos salas a una heterogénea exposición de artilugios marinos y un pequeño acuario. La pomposidad anunciada del nombre se quedaba en tan modesta realidad, pero los asistentes fueron desfilando frente al presidente, felicitándolo con mucho entusiasmo y halagos.

-Hay que ver lo hipócritas que son –comentó Pilita al oído de Mani-. Y eso que muchos de esos fulanos son la mar de poderosos, y venga hacerle la pelota; como dicen que es hermano de un ministro... Me revienta las tripas. Mira allí, Ernesto el de la música. La gente habla y no para de sus aficiones, que parece que le va el pescado mucho más que la carne, y míralo, el obispo se lo quiere comer a besos.
-¿Le gusta más el pescao que la carne? –preguntó Mani con desconcierto.
-¡Claro! Todo el mundo sabe que organiza ballets rosados en su casa, donde todos los santos varones de Málaga se matan por asistir. Dicen que hacen orgías guarrísimas, delante de los mirones que pagan.
-¿Y dónde pones el pescao?
-Es que dicen que quiere meterse en los pantalones de todos los obreros de Málaga.
-¡No me digas!
-Y tanto. Lo bueno de Ernesto es que no trata de que la gente crea otra cosa. No se ha casado para apantallar ni anda dándose golpes de pecho. Pero si te contara la pila de maridos “fieles y respetables” que van a sus fiestas…
Como una ráfaga, la mente de Mani se llenó de escenas protagonizadas por sus hermanos y vecinos y, sobre todo, por el Templao. Añoraba la sencillez de aquella vida, cuando no sentía que debiera defenderse más que de quien quisiera pelear a golpes. En la vida de la Caleta todo tenía dobles y triples significados. Había que ser muy cuidadoso para no tropezar con las zancadillas y era indispensable blindarse contra las lisonjas interesadas.
-Mis hombres hablan y no acaban de tus habilidades –dijo a su lado el presidente de la junta, inesperadamente.
Mani se encogió de hombros. Tenía que evitar que ese hombre le hablase de sus verdaderos propósitos. Tocó la cadera de Pilita.
-Oh, Mani –dijo la muchacha-. Se nos ha hecho tarde. Mira la hora, llevan mucho rato esperándonos ya.
-Disculpe –dijo Mani al presidente-. Debemos irnos.
-Está bien, hombre. Pero te agradecería muchísimo si vinieras a visitarme cualquier día, antes de una semana.
-De acuerdo, no se preocupe.
La pareja salió del salón apresuradamente, repartiendo inclinaciones de cabeza.
-Gracias –murmuró Mani al oído de Pilita.
-Menudo carcamal –comentó ella-. No bajes la guardia en el puerto-. Mi padre dice que tienes más valor que el Guerra.
Mani sonrió. Estuvo a punto de soltar una exclamación porque, en el momento de subir al coche, vio a un hombre parado en el muelle que lo miraba fijamente. Parecía una silueta reconocible, que le hizo sentir una leve punzada en el pecho. En el primer momento, quedó convencido de que era el Templao. Pero una segunda mirada a través de la ventanilla lo convenció de que no era él, porque la figura que veía alejarse, al distanciarse el vehículo, le pareció mucho más fornida.

jueves, 25 de marzo de 2010

HISTORIA Y MEMORIA (DE VERDAD). BUSQUEMOS A CALDERÓN

¿Y CALDERÓN?

Bajo esa muy pleonásmica ley de "memoria histórica", el presidente de la diputación de Málaga impulsa la "repatriación" desde Buenos Aires de los restos de Miguel de Molina.
Sin cantar bien, Miguel de Molina fue un innovador tan poderoso en su tiempo, que produjo un impulso internacional muy extenso para la copla malagueña. Se expatrió porque intolerantes franquistas muy estúpidos y crueles le dieron una paliza, hacia 1942, por ser homosexual; sencillamente. El exilio y sus razones fue lo que le dio el visado para un extraño cine folclórico-hollywoodense de coreografías y coros, imposibles en la copla.

Durante mi propio exilio en Buenos Aires, como malagueño informado rondé su casa muchos días y acabé siendo recibido en una brevísima e incómoda visita. No sentía la menor nostalgia de España ni de Málaga. España era un recuerdo muy desagradable y Málaga era casi una sombra triste de su pasado. Sí trataba muy afectuosamente a los artistas españoles que iban a verlo y dicen que una vez regaló un brillante a Juan Manuel Serrat. Dudo y me cuesta imaginar que Miguel de Molina quisiera -ni remotamente- ser enterrado en Málaga para siempre.

Pero en verdadero homenaje a la Historia de España, ¿Por qué no tratan de indagar qué pudo pasar con el cuerpo de Calderón de la Barca, cuya tumba fue profanada y expoliada por los sovietsocialistas durante la Guerra Civil?

miércoles, 24 de marzo de 2010

ESTAFAS EDITORIALES. La literatura española, insignificante en el mundo.

ES UN CLAMOR CONOCIDO POR TODA LA PRENSA ESPAÑOLA QUE LAS EDITORIALES (en su mayoría) SE APROPIAN DE LOS DERECHOS DE PROPIEDAD INTELECTUAL DE LOS ESCRITORES

Quien haya hablado con una editora (casi toda las editoriales son manejada por mujeres, generalmente muy incultas que marginan a los hombres), habrá comprendido que ellas exigen a los autores cuyos libros contratan que trabajen en otra cosa: Jueces, Abogados, Periodistas, Informadores, Presentadores de TV, etc.
Evidentemente, tal empeño significa que las editoriales quieren blindarse contra la posibilidad de que el autor les reclame el importe legal de sus derechos, cosa que, lamentablemente para los verderos escritores, tales profesionales no harían nunca, porque sus necesidades vitales están cubiertas por oficios ajenos a la creación literaria.
Por lo tanto, los autores que dichas editoras desean son peronas que sólo pueden dedicarse a escribir unos minutos de vez en cuando (y a veces utilizando a "negros", como sabemos todos") Con unos minutos de vez en cuando, nadie puede hallar la inspiración ni la documentación para crear obras que puedan difundirse mundialmente. En las condiciones editoriales actuales, ningún español crearía jamás algo como "El señor de los anillos" o "Harry Potter", ni siqquiera "Cien años de soledad!"
Lo sabe el Gobierno Español. Lo sabe el ministro de Industria, lo sabe el Defensor del Pueblo y lo saben las Cortes en pleno. Pero no sólo no tratan de garantizar el pago justo de los derechos de autor a los escritores, sino que dan subvenciones millonarias a las editoriales estafadoras. Hace pocos años, el Ministerio de Industria repartió más de TREINTA MILLONES DE EUROS, entre las editoriales de Barcelona, muchas de las cuales sabemos todos (periodistas y escritores) que son estafadoras.
Así, España ha dejado de influir literariamente en el mundo. Lo que se publica en España es vulgar, y algunos autores muy publicados ni siquiera conocen la sintaxis castellana.

martes, 23 de marzo de 2010

EL COCHE DEL ITALIANO


El italiano acudía a intervalos irregulares a la taquilla del parking de la estación, donde generalmente pagaba alrededor de cien euros y siempre dejaba una propina de diez. Su coche tenía algo especial, distinto a todos los que Pablo había visto antes del mismo modelo, aunque por mucho que se esforzaba no conseguía precisar en qué consistía la diferencia. Se trataba más de un pálpito que de una certeza, porque lo que contemplaba era verdaderamente un Ferrari 612 Scaglietti, cuya trompa evocaba un mero azul lustroso que estuviera a punto de engullir un hipocampo. Pero cuando lo veía pasar la barrera de entrada, reflejando las hileras de luces en el capó como un espejo, se decía que algo en la carrocería no era como tenía que ser.
También el italiano era especial, no porque dejara el coche cinco o seis días inmóvil, permaneciendo el lustroso Ferrari casi siempre en el mismo lugar, al otro lado de la caseta de los cuadros eléctricos, oculto del todo o asomando la trompa apenas unos centímetros. Lo que a Pablo le desconcertaba no eran las reapariciones inesperadas ni su generosidad, tan insólita, sino sus maneras y sus compañías. Era amable y educado, pero de un modo turbador porque sus gestos ligeramente afectados daban la impresión de enmascarar un autoritarismo implacable. Le daba las propinas con sonrisas cómplices, pero Pablo veía displicencia tras las sonrisas, que disimulaban en realidad el desdén que sentía por el trabajador obligado a permanecer confinado nueve horas en la cabina. Y también los acompañantes le inspiraban preguntas: Culturistas que parecían clonados, anchos y demasiado seriamente vestidos, mientras que el italiano usaba ropa informal y un poco extravagante. Los pasajeros de trenes de largo recorrido tenían derecho a uno o dos días de parking gratis si habían viajado en cualquier categoría superior a “preferente”, y sin embargo el italiano nunca presentaba un billete para reclamar ese derecho. Pablo caviló que si de veras viajaba en tren durante sus ausencias, tal vez no podía permitirse pagar billetes de preferente para cuatro o cinco, y viajaría él también en clase turista porque prefería permanecer con los titanes clónicos.

La primera vez que vio al grupo consideró que se trataba de un capo mafioso con sus guardaespaldas, pero conforme pasaban las semanas iba desechando la idea, porque los jóvenes –tres o cuatro, pero siempre sospechosamente iguales-, mientras los veía acercarse a la cabina recibían de su jefe un trato campechano y cordial, lo que no podía encajar con la imagen que difundían las películas de esa clase de jefes siniestros y despiadados; sobre todo, la última de su idolatrada Palmira, donde la bellísima cantante de sus ensoñaciones permanecía secuestrada por la mafia la mayor parte del metraje, recibiendo un trato cruel que a Pablo le provocaba saltar de la butaca hacia la pantalla para castigar a los maltratadores.
Dotado de buen oído, conseguía aprender frases sueltas en muchos de los idiomas de quienes se acercaban a la ventanilla. El día que saludó “buona sera” al italiano, éste sonrió con júbilo, agitó la mano como si quisiera estrechársela a través del cristal y dejó veinte euros de propina en vez de diez. A partir de entonces, Pablo aprendió más frases: “tutto bene?”, “arrivederci”, “piacere di rivederlo”, no por la propina –aunque también-, sino porque su inquietud no se desvanecía, y aumentaba su convicción de que le convenía caer simpático a ese italiano temible. Le torturaba imaginar que un día descubriera un arañazo o un abollamiento en la siempre reluciente carrocería del Ferrari; ¿cuál podía ser su reacción? Aunque el sitio donde lo dejaba no resultara visible desde la cabina, ¿no culparía en primera instancia al empleado, no le responsabilizaría a él de lo que le haría tronar de indignación?

El misterio aumentó de súbito cuando a Pablo le tocó el turno de noche por primera vez desde que tenía ese empleo, turnos que eran rotatorios y distintos para cada empleado todos los meses en secuencias que se completaban cada cuatro.
Llevaba casi desde el principio examinando con prevención el Ferrari azul, mientras hacía esfuerzos obsesivos por descubrir qué era lo que tenía de diferente. No identificaba nada en la carrocería ni en los anagramas, ni en las lunas, que lo distinguiera de los demás Ferraris 612 Scaglietti. Nada. Sólo un halo enigmático que no conseguía descifrar, mientras se preguntaba si estaría derivando hacia el coche la honda inquietud que el propietario le inspiraba. Por controles que exigía la policía, había que anotar de madrugada las matrículas, modelos y colores de los vehículos que pernoctaban en el parking, anotación que debía enviar por fax a primera hora de la mañana. La primera noche, pasó mucho miedo –tal como sus compañeros más veteranos le habían predicho-, recorriendo el extenso parking, desierto pero con vecindades muy peligrosas y donde no era raro que los empleados sufrieran insultos y agresiones. Ese miedo se combinaba con una expectación inexplicable ante la idea de que tendría que acercarse al coche del italiano; trató de mitigar su inquietud encajándose los auriculares del compact, donde la voz de Palmira era como un bálsamo. Cuando estaba a punto de llegar al Ferrari, reflexionó para tranquilizarse: Puesto que ese coche pernoctaba con tanta frecuencia en el parking y su matrícula había sido enviada innumerables veces a la policía, el italiano debía estar dentro de las leyes; no podía ser delincuente ni jefe de la mafia .
Ya de vuelta a la cabina, tuvo un estremecimiento cuando revivió el momento en que había pasado junto al brillante coche azul, porque sólo conseguía evocarlo con vaguedad. Recordaba nítidamente el recorrido a través del parking, con la carpeta en una mano y el bolígrafo en la otra; hasta podía rememorar ciertas secuencias: Había anotado un Honda CRV vino tinto después de un Mercedes CL65 plateado, un Citroen Xsara Picasso rojo tras un Toyota Highlander negro y un Mazda RX8 a continuación de un Jaguar XK gris. Pero no recordaba el coche anterior al Ferrari ni el posterior y la imagen del coche del italiano aparecía en su recuerdo confusa y evanescente, igual a lo que vio con pavor que estaba ocurriendo con la anotación: Las veces que miró el número de matrícula, el orden de las cuatro cifras variaba, lo mismo que el de las tres letras. La cuarta vez, decidió anotarlos en dos papeles distintos. Volvió a examinarlos unos minutos más tarde, pero las dos anotaciones coincidían. Sin embargo, tenía la ácida convicción de haber leído y escrito frente al coche una secuencia que no era la misma que ahora veía escrita en los dos papeles.

Este recuerdo le dificultó conciliar el sueño cuando se acostó a las nueve y media de la mañana. Su madre trajinaba por la cocina con su obstinada manía de orden y limpieza, y en la calle había niños jugando entre risas y gritos, porque era sábado, pero fue la idea de que los números habían danzado por el papel lo que le desveló varias horas, hasta que la voz de Palmira en los auriculares fue serenándole y conduciéndolo a un paraíso donde ella era placer y consuelo.
Abordó su segunda noche en el parking somnoliento y con talante lóbrego. Cuando oyó la alarma la primera vez, tuvo un sobresalto que le hizo suponer que había dado una cabezada –lo que estaba rigurosamente prohibido-, porque rebotó en el asiento y el compact con el disco de Palmira cayó al suelo. Corrió hacia donde sonaba la alarma y resultó ser la del Ferrari; aminoró la carrera al acercarse; no apreció nada extraño ni merodeaba nadie, al menos que él pudiera ver; extrañamente, el estridente pitido cesó mientras se aproximaba. Confuso, regresó hacia la cabina preguntándose si la alarma había sonado de veras o lo habría soñado. Pero en seguida volvió dispararse; corrió hacia el Ferrari y de nuevo se extinguió el sonido cuando iba a tocar el metal pintado de azul. Se encerró en la cabina con el ánimo cada vez más sombrío; si habían tratado de robar el coche y quedaban marcas del intento, el italiano iba a tronar de indignación. La tercera vez que aulló la alarma no corrió; decidió acercarse sigilosamente y dando un rodeo por detrás de los coches aparcados al otro lado de la caseta del cuadro eléctrico. Lo que descubrió acabó de conmocionarle: Las dos portezuelas estaban abiertas. Despavorido, corrió sin resuello hasta la cabina y llamó a la policía. Tenía que consignar el incidente en el parte donde se registraban los sucesos de la noche y comenzó a hacerlo con nerviosismo, de tal modo que apenas era capaz de leer su propia letra; por ello, postergó la anotación hasta ver qué decían los policías. Cuando éstos se marcharon con expresión de fastidio, tras comprobar que las puertas del Ferrari estaban correctamente cerradas y no había rastros de violencia, se preguntó qué iba a anotar en el parte; no podía soslayar el suceso, porque los agentes también escribirían un parte cuya copia enviarían a la dirección de la empresa. ¿Pero iba a tener que reconocer que había sufrido una alucinación?

Tenía ojeras oscuras cuando abordó su tercera noche de servicio, ya que durante el día apenas había pegado ojo. Era domingo, por lo que a partir de medianoche sólo ocasionalmente se acercaba alguien a la taquilla; escuchó una y otra vez las canciones del nuevo disco de Palmira para no amodorrarse. A las tres de la mañana, emprendió la anotación de matrículas con los auriculares encajados, el volumen del compact al máximo y ánimo macabro. Pero no sintió la angustia de las dos primeras noches al acercarse al Ferrari y supuso que se debía a que el cansancio le había relajado. Anotó la matrícula como cualquier otra y continuó hacia el fondo del parking, mas con la sensación de que no estaba solo; según avanzaba parking adelante, aumentaba el convencimiento de que había alguien más. Llegó a sentir la presencia con tanta fuerza aunque no consiguiera ver ni una sombra, que volvió a la cabina apresuradamente y se encerró. Meditó sobre si podía dejar a medias el control de matrículas; sólo llevaba un poco más de tres meses en ese empleo y aún debían de estar evaluándole, por lo que no le convenía cometer un fallo tan garrafal. Reunió coraje para terminar el recorrido tras dos horas y media de argumentación contra sus propios impulsos, escuchando ya por enésima vez el disco de Palmira hasta el punto de tararear los estribillos sin darse cuenta y, por fin, avanzó resueltamente parking adelante, resolución que se desmoronó como si le hubieran dado un mazazo en la cabeza: El Ferrari se encontraba estacionado dos puestos más allá de donde estuviera hacia menos de tres horas. Con pánico, pasó los dedos por el capó para descubrir que estaba caliente; el motor había estado en marcha hacía unos instantes. Se encerró en la cabina temblando y, tras muchas dudas, resolvió no llamar a la policía; anotó en el parte que una indisposición le impedía completar el control de las matrículas. Cruzó los dedos para que el incumplimiento no le acarrease una reprimenda.

La cuarta era la última noche antes de disfrutar sus dos jornadas de descanso. Llegó a la cabina como quien es conducido a la horca. Sentía el impulso de mandarlo todo al cuerno, abandonar la guardia sin avisar al encargado y dar por perdido el empleo, porque el enigma del coche del italiano se había convertido en un problema que ya no se sentía capaz de resolver. Dedicó la primera hora de vela a la busca de argumentos con que reprimir ese impulso, porque no estaba la situación en su casa como para quedarse sin empleo. Mas cuando llegó la hora del control de matrículas todos los resortes de su cuerpo estaban exigiéndole huir, negarse a seguir sufriendo esa tortura durante tantas noches que aún le quedaban de guardia durante el resto del mes.
A las tres de la madrugada, emprendió la anotación de las matrículas con el sueño ilusorio de que iba a ser la última vez; un prodigio estaba a punto de ocurrir que le redimiría de esa zozobra inaguantable. Hasta podía suceder que Palmira pasara por la estación en el momento más inesperado, porque había leído en una revista que le faltaba poco para terminar la película que estaba interpretando en unos estudios de la ciudad. Las luces fluorescentes componían alineamientos que parecían prolongarse hasta el infinito, como si estuviera obligado a recorrer distancias que superaban todas las capacidades humanas, y aunque era primavera, un escalofrío le recorría la espalda mezclado con hilillos de sudor helado.
Se acercó al Ferrari con humor tétrico; una calima de angustia nublaba sus ojos y le costó gran esfuerzo anotar los números que siempre parecían ser diferentes y que, por ello, aún no era capaz de recordar, contrariamente a la mayoría de los coches que pernoctaban con asiduidad en el parking, cuyas matrículas anotaba ya de memoria. El escalofrío se multiplicó por mil cuando escuchó la voz. Un rumor ininteligible provenía del interior del coche; con el pulso acelerado y voz rota, preguntó:
-¿Hay alguien ahí dentro?
El murmullo cesó. Sobrecogido, rozó el maletero con la yema de los dedos, instante en que el murmullo recomenzó. Sus temores estaban justificados; el italiano era un mafioso cruel que había raptado a alguien escondiéndolo en el maletero amordazado, maniatado y seguramente drogado; tal vez llevaba prisionero los tres o cuatro días transcurridos desde la última vez que usaron el Ferrari; lo habrían abandonado creyendo que estaba muerto, a la espera de encontrar el medio más idóneo de deshacerse del cadáver. Mientras llamaba a la policía su voz era casi un estertor. Tras las comprobaciones, y en el momento de despedirse, el mayor de los dos agentes le dijo con expresión hosca y tono muy desagradable:
-En ese maletero no hay ningún secuestrado ni niño muerto, joder, que estás paranoico perdido. Lo de anteanoche, pase. Pero que hayas vuelto a fastidiarnos esta noche, ya pasa de castaño oscuro. Ni se te ocurra volver a llamarnos como no sea con unos cuantos cadáveres sangrando en medio del parking, ¡coño!

A las nueve y media de la mañana, Pablo comprendió que no conseguiría dormir.
El italiano llevaba más de cuatro días sin sacar el coche, así que según sus cuentas era probable que lo retirase ese martes. Improvisó una excusa para visitar el parking en jornada de descanso: Deseaba acabar de aprender a reparar los cajeros automáticos, cosa que aún no dominaba del todo, pues le resultaría muy útil si cualquiera de las noches de guardia uno de los cajeros dejaba de funcionar. El compañero que permanecía de turno no mostró extrañeza y el encargado le gastó una broma sarcástica sobre la llamada a la policía. Pablo revisó con parsimonia los automatismos, hasta que el italiano llegó con su escolta habitual. Antes de que ellos tuvieran tiempo de irse, se puso al volante de su anticuado Seat Panda y lo mantuvo a ralentí hasta que vio salir el resplandeciente vehículo azul. Afortunadamente, el tráfico discurría a esa hora con lentitud, porque de otro modo no habría tenido ninguna oportunidad persiguiendo a un Ferrari con su agónica y abollada tartana. Conducía el italiano, no un clónico, y sorprendentemente entró en otro parking, uno muy céntrico ubicado junto a los hoteles más lujosos de la ciudad. Pablo siguió tras ellos con cautela. Aparcaron el coche y salieron del parking por la escalera peatonal, que Pablo subió a la carrera tratando de no perderlos de vista; saltó en el último tramo con precipitación torpe, lo que estuvo a punto de hacerle tropezar con uno de los hércules. Pudo recomponerse y seguir adelante aparentando naturalidad, mientras se preguntaba si el personaje se habría separado del grupo justamente porque habían detectado la persecución. Pero el sujeto no le miró a él en particular, sino que parecía querer abarcar cuanto ocurría en los alrededores, mientras los demás se dirigían hacia uno de los hoteles.
Yendo tras ellos, Pablo examinó al portero uniformado; a continuación dio una ojeada a su atuendo: Un chándal, cuyo pantalón presentaba una mancha junto a la rodilla izquierda. El remilgado empleado vestido de librea no le permitiría entrar en el lujoso hall del hotel. No había cerca ninguna cafetería desde donde acechar la reaparición del italiano y su corte, de manera que se apostó en una esquina sin perder de vista la pomposa entrada. Durante las tres horas siguientes el grupo no volvió a salir. Estaba seguro de ello. El cansancio, tras la noche de vela, comenzó a producir efecto y apenas podía mantener los ojos abiertos, por lo que decidió terminar por ese día el espionaje e irse a dormir. Volvió al parking y se preguntó por el forzudo que permaneciera de guardia, a quien no había visto acercarse al hotel. Una vez que pagó el tique y fue en busca del Seat Panda, descubrió con enojo que el Ferrari había desaparecido. Se dio una palmada en la frente. Había sido un estúpido. La clave no era el italiano, sino su coche. Debería haber vigilado el Ferrari y no al conductor, porque era el coche el objeto del trapicheo que se trajeran. Al día siguiente, ni siquiera iría al parking de la estación. Se apostaría en éste, acecharía la llegada del grupo y permanecería junto al Ferrari para ver quién lo retiraba, porque parecía obvio que serían otras personas quienes lo hicieran. Las mafias de altos vuelos funcionaba con intrincadas claves propias.

En cuanto despertó, se dirigió al parking del centro provisto de su indispensable compact con los cinco discos y una bolsa de plástico con dos bocadillos y un refresco, porque suponía que tendría que esperar mucho. Había dormido mal, lo que hacía que fuese inaplazable librarse de esa inquietud que ya duraba demasiado tiempo. Se acomodó en un rincón cerca del espacio ocupado por el Ferrari la tarde anterior, donde espiar sin ser visto. Sentado con las piernas flexionadas y con la espalda apoyada en un pilar de áspero cemento, aguardó las horas suficientes como para sentir calambres en las nalgas, hastío y un fuerte impulso de abandonar. Comenzaba a dar cabezadas, distraído con las canciones en los auriculares, cuando advirtió que el Ferrari azul había sido aparcado ya; fue el movimiento de pasos lo que le sacó del ensimismamiento. Bajo la carrocería del Jeep Grand Cherokee tras el que se ocultaba, contó tres pares de piernas con los trajes oscuros de mafiosos y las del italiano, embutidas en un carísimo vaquero de apariencia raída, bajo el que asomaban botas de cocodrilo con medio tacón. Pero dejó de prestar atención al grupo a causa de lo que estaba ocurriendo en los bajos del Ferrari; vista de perfil, la chapa de la matrícula se había recogido hacia arriba, apareciendo en seguida de nuevo. Distraído con la pregunta de qué podía significar ese movimiento, no advirtió al instante que otro par de pantalones mafiosos descendían del coche y se aproximaba hacia el punto donde se encontraba. En tensión, forzó las piernas y se encogió más aún de lo que estaba. Pareció que el sujeto no le había descubierto, sino que estaba, simplemente, dando una ojeada; esto acrecentó la ansiedad de Pablo. Si trataba de descubrir la presencia de intrusos sería porque –de acuerdo con sus peores intuiciones- el grupo tenía mucho que ocultar. Iba a ser muy poco bienvenido si le descubrían. Fue echándose a un lado hasta quedar tendido en el suelo y, a continuación, se arrastró hasta quedar bajo el Jeep. Por el sonido de sus pasos, comprobó que el sujeto se marchaba también, intuyó que para apostarse junto a la entrada de peatones. Con cuidado por si quedaba alguien vigilando, cambió de puesto de observación; donde estaba, había podido ver sólo pies más el extraño movimiento de la matrícula; necesitaba comprobar quién retiraba el Ferrari.
No tuvo que esperar mucho. Unos veinte minutos más tarde, tres hombres vestidos como los que acompañaban al italiano, o tal vez los mismos –era incapaz de diferenciarlos, tan semejantes parecían-, se aproximaron al Ferrari, precediendo a una mujer alta con zapatos de tacones vertiginosos. Desde el primer instante, percibió que ella poseía algo reconocible tras sus grandes gafas de sol, un aire que le resultaba familiar. Pablo miró de nuevo con fascinación el movimiento ascendente y descendente de la matrícula, que cambió a una nueva combinación de letras y números; obviamente, la trompa tenía que haber sido modificada para albergar ese mecanismo. Absorto en la pregunta del porqué de los números mutantes, no advirtió que le habían cazado. Uno de los guardaespaldas clónicos le agarró por la espalda y le obligó a alzarse. Pablo no intentó siquiera escabullirse.
-¿Lleva cámaras? –preguntó otro de los clones.
-Creo que no.
-Mételo en el coche, para que lo cacheemos. A lo mejor lleva una de esas miniaturas que usan en la televisión para los programas de cámara oculta.
Mientras era obligado a embutirse en el asiento trasero entre las dos moles encorbatadas que le palparon todo el cuerpo, la mujer se puso al volante. El que le había descubierto ocupó el asiento del copiloto y, volviéndose hacia él, le dijo con severidad:
-Estoy seguro de que te he visto antes. ¿Para quién trabajas?
Pablo se encogió de hombros. No comprendía la pregunta; si le reconocía, sería porque le habría visto numerosas veces en su cabina. No quiso darle pistas, porque un traspiés podía perder que perdiera el empleo. Su situación era muy negra, porque la mujer había puesto el coche en marcha. El hermoso y delicado medio perfil visto desde atrás reforzaba su sensación de reconocerla, pero parecía muy contrariada. ¿Qué pensarían hacerle? De improviso, al salir el coche a la luz diurna, el copiloto exclamó:
-¡Es el cobrador del parking de la estación!
-¿Este chico es el mismo que nos obligó tantas veces, la semana pasada, a echar a correr para que no nos descubriera? –preguntó la mujer
-¡Claro que sí! –afirmó el copiloto, dándose una palmada en la frente-. Todas las carreras que nos ha obligado a dar de madrugada este cabrón, cada vez que te apetecía conducir e ir a tomar algo, y tratábamos de sacar el Ferrari por la salida del fondo, sin que se diera cuenta de quién eres, para que no avisara a los periodistas... Y la comedia que teníamos que montar para distraerle uno de nosotros, fingiendo pagar el tique de otro coche... Mamonazo...
-No le insultes, Dany..-la voz de la mujer tenía una musicalidad que aceleró el pulso de Pablo- ¿Por qué me espiabas? –lo miró a través del retrovisor. -¿Alguien te...
Le interrumpió una voz metálica que emergía del salpicadero: “El camino más despejado hacia el estudio de grabación... primer cruce a la derecha...”
Pablo reconoció en la voz robótica del GPS el murmullo que le había hecho creer que había un secuestrado en el maletero, puesta en funcionamiento accidentalmente por su acercamiento al Ferrari.
-¿Lleva cámara, micrófonos o algo... como para una exclusiva de revista? –preguntó ella
-No. Solamente es un fan tuyo bastante maniático. Lo que lleva es un compact y tus cinco discos... Siempre que vamos a pagar con tu manager, Giorgio, y se quita los auriculares, notamos que suenan tus canciones en el compact...
Con el corazón a punto de paralizársele, Pablo comprendió que quien conducía el Ferrari, y quien había tratado varias veces de conducirlo de madrugada sin ser descubierta, era su adorada Palmira. Perdió el miedo y se dejó arrebatar por el júbilo.
Para mal o para bien, estaba a medio metro de ella y a lo mejor hasta conseguía estrecharle la mano.

lunes, 22 de marzo de 2010

JORGE FERNÁNDEZ Y LA GRAMÁTICA

Jorge Fernández me cae bien; fue el único Mister España que no parecía un muñequito y no es el presentador necio al uso.
Pero hay que ver cómo se burla de Nebrija.
Usa los condicionales de modo completamente descontrolado. Si alguien ha ganado YA un premio, le dice: "Habrías ganado tanto" "Sumarías tanto", cuando ya ha ganado y sumado.
Jorge, que en algunos aspecto parece tener formación uiniversitaria, dice constantemente "detrás tuyo" o "delante tuyo", o "al lado mío".
No obstante, no es el peor hablado de la TV. Entre la madre soltera y el Escobillón, hay una gama de horrores idiomáticos que se cargarán el castellano en una generación.

sábado, 20 de marzo de 2010

CREADA ASOCIACIÓN "ESCRITORES ESTAFADOS"

Si usted es escritor y ha sido estafado por su editorial, o conoce a escritores estafados, escriba a
escritoresestafados@gmail.com

¿DE QUÉ VIVIMOS LOS ESCRITORES?

EN CUALQUIER PAÍS DEL MUNDO, ES UN ORGULLO INMENSO PARA UNA FAMILIA QUE UNO DE SUS MIEMBROS ESCRIBA Y PUBLIQUE LIBROS.
Pero en España, los familiares y relacionados hacen barbaridades si un familiar o amigo confiesa desear dedicarse a escribir, sabotean su vocación y con frecuencia lo difaman.
Desde el suicidio de Larra, es extremadamente malo para la salud escribir en España.
EL GOBIERNO (EL ACTUAL Y MUCHOS DE LOS ANTERIORES) es cómplice -por omisión- de los delitos contra la propiedad que cometen casi todas las editoriales.
EL MINISTRO DE INDUSTRIA conoce perfectamente el problema
Yo me he encargado de que todos los diputados de las Cortes lo sepan.
Tengo pruebas documentales de que dos editoriales me han robado más de cien mil euros de mis derechos de propiedad intelectual.
Pero un enorme -y absurdo-gasto en procesos judiciales no serviría de nada, PORQUE LA LEY DE PROPIEDAD INTELECTUAL penaliza a quienes crean literatura y protege/ampara los delitos de apropiación ilegal que cometen constantemente las editoriales.
NADIE HACE NADA.
NO CREO QUE YO RESISTA 48 HORAS MÁS.

viernes, 19 de marzo de 2010

13º Capítulo DESPUÉS DE LA DESBANDÁ


XIII
Quini y el Templao cenaban en un merendero de La Malagueta. En realidad, era el Templao quien comía, ya que Quini no había probado la berza, de la que les habían presentado una olla muy grande, suficiente para una familia numerosa.
-El favor que necesito de ti es muy simple y no va a costarte na –dijo Quini-. Hay un amigo mío que es uno de los sujetos más influyentes de Málaga en la actualidad; es el dueño de la tienda de música más grande. Ya es un hombre mu mayor y nunca se ha casado; o sea, que está solo. Pa distraerse y no angustiarse con la soledad, organiza fiestas en su casa, a las que invita a parejas de gente joven simplemente porque disfruta viendo a la juventud divertirse.
-Y eso, ¿qué tiene que ver conmigo? Yo no tengo pareja.
-Ahí está el detalle. Es que me ha mandao un recao hace un par de horas, diciéndome que uno de los muchachos no va a poder asistir y pidiéndome que le busque uno. Por la pareja no te preocupes, porque habrá una muchacha esperándote en la fiesta. Una que es guapísima y que te va a encantar.
El Templao llevaba dos horas esperando la petición de hacer algo que rozara lo delictivo. Le pareció que ir a una fiesta no podía comprometerle.
-Está bien, Quini, iré a esa fiesta. Pero no de orvíes de que me levanto a la seis pa ir a eslomarme en el puerto. No puedo quedarme más tarde de las doce.
-Si te apetece, puedes dejar de arrumbar en el puerto.
-¿Y cómo me ganaría la vía?
-Con el boxeo. De momento, yo podría ir adelantándote algo.
-¿Depender de tus favores, Quini? No, gracias. A mí, déjame que me las busque como Dios me dé a entender. Si llegan pesetas con el boxeo, estupendo. Pero no voy a ponerme a vender el pescao que no he pescao todavía. Ni pensarlo. ¿Dónde tengo que ir pa la fiesta esa?
Quini le indicó un palacete en una calle paralela y bastante cercana a la casa de doña Elena la de los barcos, ya reconstruida. El Templao no pudo evitar preguntarse si se daría la casualidad de que Mani fuese invitado también.
El propio Quini le acompañó en su coche hasta cerca del palacete, pero no llegó a aparcar a la puerta, lo que asombró al Templao.
-Mira allí, es aquel caserón tan iluminao. Tú llega y entra sin más, porque como ves la puerta está abierta. Si alguien te preguntara algo, busca a un tal don Ernesto y dile que vas de parte mía.
Mientras subía la escalinata, el Templao se miró la ropa. Aunque había tomado una ducha en el gimnasio, entre tiritones porque el agua salía muy fría, vestía lo mismo con lo que había trabajado en el puerto. Lo sentía todo casi almidonado por la roña y el sudor ya seco. Al entrar, vio a una mujer sentada muy cerca de la puerta; bastante maquillada al estilo de las actrices de las películas, vestía un vestido rojo tan corto, que se le veían los muslos hasta la mitad. Ella lo miró con una especie rara de reconocimiento.
-¿Eres el que manda don Enrique? –preguntó.
Tras una corta vacilación, el Templao asintió con la cabeza.
-Estaba esperándote. Ven.

Lo agarró del brazo y prácticamente lo empujó hacia la trasera del caserón, haciéndole trasponer una cristalera por donde salieron una terraza abierta sobre el jardín. Una orquestina tocaba desafinadamente al lado de la balaustrada lateral, mientras varias parejas bailaban abajo, en una pequeña glorieta que rodeaba una fuente; las mujeres llamaron la atención del Templao por sus elegantes atuendos y sus cuidados peinados y maquillaje, mientras que los hombres, algunos demasiado jóvenes, vestían humildes y ajadas ropas de obreros. En lo alto de la terraza, un nutrido grupo comía, de pie, ensaladilla de bacalao con naranjas, ensaladilla de pimientos asados con anchoas y pescado frito muy variado; boquerones chanquetes, chopitos, pintarroja adobada, calamares, jibias y revoltillo de bolicheros, servido todo en grandes bandejas sobre una mesa enorme pero sencilla, con aspecto de improvisada.
-Mira qué abundancia tan rica –dijo la mujer al Templao-. Puedes comer hasta hartarte si quieres.
-Ya he cenao. ¿Cómo te llamas?
-Como tú quieras. Si te apetece, llámame Viky. ¿Cómo te llamas tú?
-Joaquín.
-Vaya, qué casualidad. Po esta noche voy a ser tu santa Ana.
El Templao no entendió la broma. La mujer le intimidaba por su fino vestido de seda carmín, el pronunciado escote, los labios perfilados de lápiz escarlata y el perfume, que parecía caro.
-Mira ése que ha llegao –dijo Viky.
-¿El renco? – no lo conozco.
-Es uno de los falangistas que más mandan. Antes de irte, deberías tratar de congraciarte con él.
-¿Yo? ¿Pa qué?
-Pero… ¡chiquillo! ¿Es que todavía no te has enterao de lo que pasa? Si a ese fulano se le antoja, podrías conseguir el trabajo que te diera la gana y, además, te facilitaría conseguir tó lo que se te antoje.
-Ha tirao patrás en seguía, namás que ha dao un vistazo y ni ha acabao de salir a la terraza. ¿Cómo iba yo a hablar con él?
-Cuando te manden a llamar. Ya lo verás. Podrás hablar con él y con un montón de gachós importantes de Málaga; algunos de los más ricos y poderosos, sobre tó los de más edad
-¿Me van a llamar?
-Nos mandarán a llamar a los dos, cuando nos toque.
-¿Cuándo nos toque? ¿Qué tiene que tocarnos?
Tras una corta vacilación, ella preguntó sin disimular su estupor.
-Tú no sabes a lo que has venío, ¿no?
-Yo me dedico al boxeo.
-Ya lo sé. Me lo dijeron a mediodía, cuando me mandaron llamar.
-¿A mediodía? Yo no he consentío en venir hasta hace un rato.
-¿Así que no sabes ná?
-No te entiendo.
Viky sonrió enigmáticamente.
-Ya te enterarás, Joaquín. ¡Vaya cositas que tiene don Enrique!
La muchacha continuó sonriendo con expresión muy irónica; el Templao notó que no quería seguir poniéndole en antecedentes. En pocos minutos, advirtió que varios hombres mayores se asomaban a la cristalera sin salir del todo a la terraza, como no si quisieran que se les viera la cara, y en seguida se echaban para atrás, perdiéndolos de vista. Ella inició el descenso de la escalinata, que conducía a la glorieta llena de bailarines, como si quisiera desentenderse de sus preguntas mudas.
-Oye, tú –el Templao trató de no subir el tono de voz mientras la agarraba del brazo, intentando sin resultado que no llegase a la glorieta que servía de pista de baile-. Acaba de contarme pa qué van a llamarnos.
Viky estiró el cuello como si buscara a alguien y dijo:
-Vamos a bailar.
La muchacha se pegó al Templao antes de que éste tuviera tiempo de aceptar la invitación o negarse. Era un cuerpo cálido y olía muy bien. El deseo repentino venció el desconcierto, y el Templao transigió.
De música, sus aficiones no pasaban de los verdiales y alguna canción española. No sabía de ritmos de baile, más que lo que oía comentar ocasionalmente. No se daba cuenta de que los músicos de la orquestina desafinaban muchísimo, pero le pareció reconocer una de las composiciones de moda, que sus compañeros del puerto llamaban “swing”. Aunque Viky intentaba seguir el ritmo, él no conseguía evitar pisarla. Ella lo miró escrutadora y, como si quisiera que él no volviera a hacerle preguntas, se abrazó a su cuello y lo besó con intensa pasión.
El Templao no recordaba cuándo había besado a una mujer la última vez. Como un torrente, sintió que le recorría la espalda una corriente de alto voltaje, sus vellos se erizaron y su entrepierna ardió con voluntad propia; cuanto más sorbía aquellos labios, más ganas de sorberlos tenía.
Bailaron sin despegarse y sin apenas marcar los ritmos durante cerca de media hora. Aunque su arrebato estaba obligándoles a representar lo que era, prácticamente, un acto sexual en público, nadie los miraba. Las demás parejas que llenaban la glorieta danzaban con despreocupación. El Templao comenzó a sentir que, en pocos minutos, tendría que correr a un aseo para limpiarse, pero un toque en su hombro derecho enfrió momentáneamente el ardor.

-Venga, podéis subir –dijo un hombre de mediana edad, con aspecto patibulario-. Os están llamando arriba.
Sin decir nada, Viky tomó al Templao de la mano y subió la escalinata deprisa. Sin soltarle, entraron al salón y Joaquín fue conducido hacia un vestíbulo interior, que la muchacha daba muestras de conocer bien. Ella dijo:
-En cuanto entremos, bájate los pantalones y échate en la cama. Déjame hacer a mí.
El Templao no tuvo ocasión de comentar nada ni protestar. Ella abrió la puerta y lo empujó encima de una cama muy grande.
El muchacho cayó de espaldas sobre la perfumada sábana. Antes de que Viky se echara sobre él, descubrió que once hombres mayores y trajeados rodeaban la cama, como si se dispusieran a asistir a un espectáculo. A pesar del desconcierto y la rabia, y la decisión de huir de la habitación, bastó un roce de Viky para que olvidara los meses de abstinencia. El ardor y la fuerza de la erupción fueron premiados con un aplauso y varios “bravos. El Templao echó a un lado a Viky y, de un salto, corrió hacia la salida mientras se subía el pantalón.
Dudó durante toda la mañana si asistir la siguiente tarde al entrenamiento en el gimnasio; al final fue, aunque temía encontrarse con Quini después de lo sucedido la noche anterior, que no acababa de entender. Se afanó más que nunca, sudando hasta sentir los chorros de sudor bajando por sus piernas. El Tetúo le recomendó “calma, que te estás reventando”, pero no hizo caso. Aunque el agua salía muy fría, se detuvo largos minutos en la ducha, para retardar la salida. Como temía, Quini y su coche estaban esperándolo en la puerta. Nada más sentarse a su lado, Quini le puso un billete de veinte duros en la mano.
-¿Qué es ésto? – preguntó.
-Lo que te ganaste anoche. Don Ernesto me ha encargao que vayas a la próxima fiesta sin falta; será el martes.
-¡Tú has perdío la chaveta! ¿Sabes lo que pasó allí?
-¡Y tanto! Esta mañana, eras uno los tíos más populares de Málaga en muchos despachos importantes. Están deseando verte de nuevo, y van a ir muchos más cuando estén seguros de que tú participarás.
-¿Quiénes eran esos gachós?

Quini relacionó una lista de nombres, que el Templao no hubiera reconocido de no ser porque a continuación de cada uno citaba el cargo o la posición social.
-Eso no se hace, Quini. Me has vendío, como Judas. En resumidas cuentas, me has hecho portarme como un puto.
-No exageres, Guaqui. ¿Es que no te lo pasaste bien con la Viky?
-Una pechá. Pero esos degeneraos…
-No son degeneraos, Guaqui. Sólo son hombres aburríos.
-Que les gusta ver a otros gachós correrse, porque ellos no pueden…
-¡Más o menos! Pero eso no es na malo, ¿verdad? Son amigos que se reúnen de vez en cuando, pa darse un homenaje. Las fiestas las organiza don Ernesto, pero las pagan entre tós; los gastos y las gachís…
-¿Las gachís?
-¡Claro, majareta! ¿Es que no te diste cuenta? Toas las mujeres eran prostitutas; eso sí, de las más caras.
-¿Viky también?
-Natural.
El Templao miró adelante a través del parabrisas. Había soñado con Viky varias veces, durante toda la noche. ¿Qué iba a hacer?
-Mira, Quini. No te doy un tortazo, porque nos conocemos desde que éramos chaveas, pero conmigo no cuentes pa esas marranás. Ya no iré más al gimnasio.
Muy alarmado, Quini paró el vehículo y volvió la cara hacia Joaquín.
-Déjate de majaretás… Está bien, si no quieres ir a más fiestas, trataré de justificarte, pero el boxeo no puedes dejarlo ahora, porque ya está tó organizao para el campeonato del domingo de la semana que viene.
Más allá del perfil de Quini, el Templao vio pasar el coche de Mani. Como todavía no tenía edad de conducir, lo hacía el chofer uniformado de siempre. Sintió confusión al pensar que a lo mejor facilitaba el boxeo un nuevo acercamiento al muchacho que ya nadie llamaba “el Rubio”. Y aunque su razón le decía que era una locura, sentía ganas apremiantes de estar de nuevo con Viky, lo que sólo sería posible si no renunciaba a la posibilidad que el boxeo pudiera brindarle.
Mani aguardó que el chofer le abriera la puerta, lo que le producía desazón, pero doña Elena le había advertido en múltiples ocasiones de que no renunciara a “ese reconocimiento de tu posición”, y podía estar observándolo desde su gabinete, a través de la ventana con las venecianas entornadas. La casa reproducía meticulosamente la que había sido destruida, así como los muebles y elementos de decoración, a excepción de las maquetas de barcos que antaño colgaban del techo por todas las habitaciones. Todos los días le pedía doña Elena que “lleva los ojos bien abiertos, por si vieras maquetas de barcos por ahí, y las compras”.
-¿Ha llegado el Santa Paula? –preguntó Elena.
-Sí –respondió Mani-. Hasta arriba de almagra.
-Estupendo. Mañana, ve de nuevo al puerto y vigila que no vayan a darte la bacalá con los manifiestos.
-Ya los he revisao. Tó está bien.
-Eres un sol.