domingo, 2 de mayo de 2010

nuevo capítulo ORO ENTRE BRUMAS


El capitán Zoilo de Monegros plegó el catalejo. Mantenían buen rumbo, sin alejarse de la nave que les precedía ni acercarse demasiado a la que les seguía. El tiempo era bonancible, por lo que las relingas y las gavias del Bezmiliana apenas crujían impulsadas por la suave brisa, pero, de todas maneras, las etapas de la derrota se estaban cumpliendo según los planes. Al entregar el catalejo al grumete Pedro de Vélez, que le auxiliaba en ese momento, giró un poco la cabeza y descubrió que maese Rinaldo se encontraba unos pasos más atrás, observándole. La proximidad de ese hombre, con quien todavía no había sido capaz de cruzar una frase, le sacaba de sus casillas.
Navegaban hacia el sur, bordeando África, rumbo a las Canarias, y hacía mucho calor. ¿O era la cercanía del odiado personaje lo que le hacía sudar? ¿Cuándo iba a librarse de esa preocupación?

Maese Rinaldo comprobó con decepción que dejaban atrás las Canarias sin tocar puerto, por lo que se desvanecía una de las cuatro o cinco razones personales que le habían inclinado a aceptar el peligroso encargo cuando, en Capadocia, el gran Maestre de la Orden, aparte de las bondades doctrinales de la misión, le habló mucho más de las oportunidades científicas de la aventura que de sus riesgos. Hacía muchos años que deseaba visitar las Islas Afortunadas de la mitología, contemplar sus montañas mágicas, recorrer sus fuentes encantadas y ver con sus propios ojos el árbol que, según decían, sangraba savia roja, y resultaba que sólo se habían acercado para buscar las corrientes y los vientos que les enrumbarían hacia las Antillas. Y, entre tanto, se le hacía cada vez más insoportable la mugre que señoreaba en la nave; ya en Madrid había añorado los baños de Constantinopla, escandalizado por el repulsivo hedor que exhalaban hasta los más poderosos señores, pero, ahora, esa añoranza era casi dolorosa, por las dificultades que encontraba para el aseo y las ruidosas chanzas de la marinería que debía soportar cuando conseguía tomar un baño ayudado por los jóvenes.
Con tanta abundancia de agua alrededor, no comprendía que fuese tan atroz el tufo que emergía del sollado donde dormía la marinería, ni que la mayoría de ellos convivieran con la granulosidad piojosa de sus cabellos. Sólo el alférez Francisco de Alcaparaín y el grumete Fernando de Tolox compartían a veces el baño con él. Según le habían contado entre risas y bromas mientras izaban los toneletes llenos de agua de mar, procedían de villas donde, a causa de que sólo dos siglos antes formaban parte del reino musulmán de Granada, sobrevivía la costumbre de bañarse regularmente y existían baños públicos cuyo agua brotaba de manantiales termales. Notaba con cuánta ira acechaban los mandos del Bezmiliana cuando esos jóvenes le ayudaban y acababan bañándose también. ¿Cuál sería el motivo de la ira, el hecho mismo de bañarse, probablemente blasfemo para sus cortas entendederas, o el de cordializar con él? Lo más probable era que fuese esto último lo que les ensombrecía el ceño.
Entre las órdenes que le diera el Almirante de Castilla, figuraba la de tratar de ganarse el favor sin suspicacia de los mandos de la nave, pero, ¿cómo hacerlo, cuando ellos se habían instalado en la hostilidad con una firmeza que parecía insuperable? Todavía no se había producido ningún percance que le permitiera ejercer alguna de sus muchas habilidades, gracias a lo cual esperaba granjearse la simpatía de esos hombres, que con sus recelos, gritos y maldiciones exteriorizaban precisamente lo que no deseaban que se supiera: que eran grandes truhanes.
Los días iban discurriendo entre hedores, maldiciones, procacidad, blasfemias, insultos mascullados a su paso que fingía no entender y sus propias simulaciones de estar realizando trabajos que eran completamente inútiles. Mientras, el viento que empujaba las enormes velas traía la pureza del añorado desierto, el virginal aliento de la naturaleza no pervertida por el hombre, lo que le causaba una nostalgia casi dolorosa pero le servía para escapar espiritualmente de la mugre purulenta que le rodeaba aunque fuera tan sólo durante algunos segundos.
Dejaron de sobrevolarles bandadas de pájaros y llegó el momento en que parecían haber abandonado el mundo. El silencio alrededor era tan completo y extraterrenal, que la marinería suavizó la bronquedad de sus expresiones y las tonalidades de la voz. Recorrían la cubierta pretendiendo que los pasos no resonasen.

Transcurrido un mes desde que levaran anclas, los oficiales no conseguían ponerse de acuerdo sobre cómo resolver el problema sin riesgos. Jornada a jornada les resultaba más amenazadora la presencia de maese Rinaldo, y la inquietud crecía entre los mandos del Bezmiliana a causa de su amistad con varios jóvenes tripulantes. Jóvenes y sin fortuna, pero pertenecientes a familias que contaban con patrocinadores en la corte. Zoilo de Monegros convocó a sus hombres de confianza para la hora en que sólo el vigía y el timonel permanecían en cubierta. Sus expresiones graves y la ronquera de las voces murmuradas como en una conspiración, confirmaban que maese Rinaldo era la mayor y más grave de sus preocupaciones.
-¿Qué conseguisteis ver? -preguntó el capitán a Rodrigo de Dueñas.
-Algo que me tuvo privado una hora.
-¿Qué decís? -exclamó más que preguntó Tomás de Utrera.
-Lo que habéis oído. Todavía tiemblo al recordarlo. El maese tiene que ser quiromante o hechicero, y el comprenderlo me hizo temer que fuese capaz de ver con clarividencia diabólica a quien, como yo, además de estar a sus espaldas, me encontraba oculto en el escondite.
-¿Qué os hace suponer que es hechicero? -preguntó el capitán.
-Yo he estado demasiado ocupado toda mi vida en importantes misiones como para perder el tiempo en actividades ociosas, tales cual aprender el arte de la escritura, pero he visto escribir a muchos amanuenses y también a vos, don Tomás. ¿Cómo escriben los cristianos?
-No comprendo vuestra pregunta-dijo Tomás de Utrera.
-¿No se trazan las letras en líneas que van de izquierda a derecha?
-Así es.
-¡Pues maese Rinaldo escribe de derecha a izquierda!
-¡Herejía! -exclamó el contramaestre don Luis de Alcor.
-Tenebroso asunto... -masculló Tomás de Utrera-, cuando ningún inquisidor viaja con nosotros.
-Y, además, no le he visto trabajar en el dibujo de ninguna carta -añadió Rodrigo de Dueñas.
-Bueno, tal cosa no debe extrañaros -aclaró Zoilo de Monegros-. Lo que se me indicó de la corte es que tiene por misión trazar las del puerto de Cartagena de Indias y, si hubiera lugar, las de La Habana. Hay que leer alguno de esos papeles.
-Maese Rinaldo no escribe en papel -advirtió Rodrigo de Dueñas como si desvelara otra novedad espantosa-. Lo hace en pergaminos, y los guarda en una arqueta muy reforzada con bronces y aceros que cierra con tres llaves diferentes.
-Es necesario revisar su escribanía -decidió el capitán-. ¿Alguno de ustedes tiene idea de cuándo acostumbra a ausentarse de la cámara?
-Ahora -dijo Luis de Alcor.
-¿Queréis decir que siempre a esta hora abandona la cámara? -preguntó Zoilo de Monegros y el de Alcor asintió-. ¿Para hacer qué?
-Todas las noches pasa varias horas sentado allá arriba, en la cofa del palo mayor, junto al vigía, aunque no hablan porque no se entienden. Hay marineros convencidos de que realiza conjuros dirigiéndose a las figuras astrales e invocando a dioses paganos. Según refirió con espanto uno de los vigías, hay momentos en que en vez de permanecer sus posaderas en la cofa, levita en el aire cual endemoniado; pero cuando lo llamé a mi cámara para exigir su testimonio y presentarlo ante el tribunal de la Santa Inquisición en Cartagena, negó haber afirmado tal cosa, como si su voluntad hubiera sido anulada por ese alquimista maldito.
Las expresiones de todos reflejaban el horror más hondo.
-¿Y ahora se encuentra en la cofa? –preguntó el capitán
Alcor volvió a afirmar con la cabeza y el capitán sacó una llave del cajón, diciendo a continuación:
-Vos, que leéis bien, don Tomás, id a ver si pudieseis descubrir algo -le entregó la llave-. Antes de intentar abrir la cámara, aseguraos de que permanece en la cofa, por si poseyera en verdad las artes infernales que don Rodrigo le supone, no vaya a ser que una maldición suya nos ciegue los ojos o el entendimiento y perdamos la estela de los demás navíos. Si conseguís encontrar uno de sus pergaminos, mirad si sois capaz de descifrarlo. Dejadlo todo tal como lo encontréis y procurad por la sangre de Cristo que él no pueda advertir la intromisión.

Desde la cofa del palo mayor, la contemplación del firmamento una despejada noche sin luna, en alta mar, era un espectáculo prodigioso. La nitidez de las constelaciones las hacía reconocibles al primer golpe de vista y cada planeta era un punto inconfundible por sus colores característicos. Hasta el marino menos experto podía orientarse con facilidad bajo la tachonada bóveda celeste. Maese Rinaldo sabía algo de marinería, pero sin ninguna práctica, gracias a los libros que había incluido recientemente en su equipaje: "Arte de navegar", de Pedro Núñez de Saa, publicado en latín; la "Geografía o moderna descripción del mundo y sus partes", de Sebastián Fernández Medrano, y un "Tratado de la carta de marear geométricamente demostrada" escrito por Juan Cedillo Día. Los había memorizado casi literalmente, por si llegaba el caso de tener que demostrar saber teórico ante los mandos del Bezmiliana. Pero, a despecho de su inexperiencia náutica, podía señalar por su nombre la inmensa mayoría de los puntos más luminosos que contemplaba e indicar el rumbo que la nave debía seguir. También en el gélido desierto, allá en Persia, tenía el firmamento ese aspecto, más rutilante que en la brumosa Europa.
Un rumor, o lo que parecía un quejido amordazado, le rescató del éxtasis contemplativo y miró hacia abajo.
En cubierta, en el ángulo que formaban la borda y el alcázar, varios hombres forcejeaban entre los rollos de escotas y las falcas que servían de contrafuertes a la escotilla mayor, ante la indiferencia sarcástica del timonel, que sin duda tenía que ver la escena desde la bitácula, puesto que esta caseta del timón coronaba el alcázar. Aunque no brillaba la Luna, la claridad estelar bastaba para apreciar que uno se debatía con desesperación sujeto y golpeado por cuatro, en lucha abrumadoramente desigual. Fue el injusto desequilibro de fuerzas lo que le incitó a bajar apresuradamente, puesto que desde sus años mozos no había vuelto a dejarse arrastrar por contiendas en las que nada le fuera.
Cruzó la cubierta con sigilo, escondido por los grandes rollos de escota, se deslizó hacia popa con cuidado de no hacer ruido y, embozado tras los contrafuertes del escotillón, atisbó hacia los cinco hombres, seguro de que no podía ser visto. Mostrándole amenazadoramente la daga, exigió al timonel su silencio por señas. El que se debatía en el suelo, con las calzas rotas a tarascadas y la boca tapada firmemente por la palma de una mano, era don Francisco de Alcaparaín. Los que lo sujetaban con manifiesta saña, mientras cruzaban frases susurradas con impaciencia, eran cuatro hombres de su misma graduación, pero mucho mayores que él. ¿A qué se debería la pelea? ¿Por qué, si tenían alguna cuenta que dirimir con Francisco de Alcaparaín, lo habían conducido a ese lugar para hacerlo, tan lejos de la tripulación? Había presenciado ya muchas trifulcas a bordo, y siempre los contendientes parecían desear contar con testigos; jamás intervenía nadie que no estuviese involucrado en la pendencia, pero en todos los casos se formaban corros bulliciosos que podían congregar a la totalidad de los marineros.
Caviló qué hacer. Los españoles tenían un sentido del honor demasiado quisquilloso, y don Francisco era un hidalgo a quien suponía entrenado para las lides. ¿Consideraría una afrenta que acudiese a prestarle su ayuda? En cualquier caso, necesitaba esa ayuda y se la iba a prestar. Saltó sobre el grupo; le bastaron ocho de los golpes aprendidos en Constantinopla para librar a Francisco de sus agresores, que huyeron presta y silenciosamente.
Ayudó al joven alférez a alzarse del suelo. Al enderezarse, descubrió que había lágrimas en sus ojos y que un hilillo de sangre se le escurría de la comisura izquierda de los labios. El rostro casi adolescente presentaba varias tumefacciones.
-¿Qué ha ocurrido, don Francisco?
-Maese Rinaldo... debéis jurar por vuestro honor que a nadie hablaréis de esto.
Rinaldo se tocó el pecho con la mano.
-Tenéis mi palabra, pero difícilmente podría hablar yo de lo que ignoro. Sólo he visto una pelea muy desigual y por ello he acudido a ayudaros.
-Esos hombres...
Rinaldo notó que al joven se le quebraba la voz en un sollozo.
-¿Qué?
-¡Señor, Señor, qué ultraje! Habíamos estado bebiendo cordialmente y hablando con tristeza de nuestras amadas, de las que nos arde la añoranza; cada uno describió holgadamente las dotes y gracias de su musa y, por turno, cantamos la poesía que nos inspiraba y, poco a poco, insensiblemente, la poesía degeneró en lujuria y fuimos arrastrados por la procacidad llegando a hablar de los apremios de la carne con una liberalidad que os escandalizaría. Íbamos a dormir, cuando esos cuatro se abalanzaron sobre mí y me arrastraron hasta este punto. ¡Querían usarme cual si fuera mujer, maese Rinaldo!
Éste puso cara de circunstancias, porque su primer impulso fue reír. Mantuvo el gesto serio, aunque con un brillo de simpatía y solidaridad en los ojos.
-A partir de esta noche y para siempre -afirmó Francisco de Alcaparain-, estoy en deuda con vos. Nada que os ataña me será ajeno, tanto en la fortuna como en la desgracia, y podéis disponer de mi mano y de mi espada como si fueran vuestras.

Don Tomás de Utrera oyó rumores en cubierta, lo que le hizo anudar torpemente la cinta, abandonar con precipitación el camarote de maese Rinaldo y correr hacia el del capitán.
-¿Qué habéis descubierto? -preguntó don Zoilo.
El de Utrera inspiró hondo, pasándose el dorso de la mano derecha por los labios y enjugándose con la bocamanga del camisón el sudor que perlaba su frente.
-¡Indescriptible! -dijo con voz aterrorizada.
-¿De qué se trata? -Rodrigo de Dueñas estaba en ascuas.
-Hice tal como me ordenasteis -respondió don Tomás mirando sombríamente a los ojos de don Zoilo-. No había a la vista ningún pergamino completamente escrito pero sí uno que apenas contenía tres líneas... a pesar de lo cual estaba enrollado y sujeto con cintas. Señor, qué espantoso descubrimiento. Lo que escribe maese Rinaldo no hay cristiano que lo entienda; ha de tratarse de signos cabalísticos aprendidos quién sabe en cuál de los siete niveles del infierno. Seguramente, el más profundo. No soy persona letrada, pero he visto en la Alhambra cómo escriben los infieles agarenos y una vez tuve en mi villa el privilegio de formar parte de un tribunal de la Santa Inquisición, donde se juzgaba a un judío converso por haberse comido a un recién nacido, en un rito abominable que acompañaba con la escritura de su lengua maldita, en un papel que era la prueba irrefutable de que disponía el tribunal. Los signos de maese Rinaldo no sólo no son cristianos, sino que ni siquiera se parecen a los agarenos ni a los hebreos.
Impresionados, todos callaron un buen rato. Cada uno rumiaba su espanto.
-Bien -dictaminó el capitán-. Es evidente que albergamos a un hereje sospechoso de haberse aliado con Satán, que, sin duda, ha conseguido infiltrar con sus malas artes la mente de uno de los hombres más poderosos del reino. La enormidad del caso nos inhabilita a nosotros para adoptar ninguna decisión, porque, dado el poder demoníaco de ese hombre, con el que ha conseguido apoderarse de la voluntad del Almirante de Castilla y de muchos hombres de este navío, se nos podría acusar de desacato y traición, y seríamos encerrados en mazmorras a perpetuidad. Hemos de esperar a presentar los cargos ante el gobernador de Cartagena. Que sea él quien asuma tan arriesgada responsabilidad.
-¿Y entre tanto? -preguntó Rodrigo de Dueñas.
-Durante lo que resta de travesía -respondió Zoilo de Monegros-, fingiremos amigabilidad con él, a fin de que no se sienta tentado de usar con nosotros sus artes infernales. La hipocresía y el fingimiento no serán pecado si el motivo es la preservación de la vida y los intereses de unos buenos cristianos. Por otro lado, y teniendo presentes las probables facultades adivinatorias que poseerá, deberemos ser extraordinariamente cuidadosos cuando tengamos que establecer las cuotas en Cartagena y en Portobelo si antes no consiguiéramos liberarnos de su horrísona compañía.

En busca del oro
-Sufro malos presentimientos -se lamentó don Tomás de Utrera-. Tantos sueños de restablecer mi hacienda que abrigaba durante los preparativos de esta travesía, pueden verse malogrados.
-Yo -dijo el capitán-, cuando retornemos a España, habría de fijar la dote de mi hija Catalina, que se ha prometido a un lustroso hidalgo de Zaragoza, y ahora pierdo el sueño por la probabilidad de que tal cosa resulte imposible por culpa de ese endemoniado.
-¿Y si simuláramos un accidente y lo lanzamos a la mar? -sugirió Rodrigo de Dueñas-. Sería un servicio a la Santa Madre Iglesia y hasta nos reportaría indulgencia plena.
-Recordad, don Rodrigo -advirtió el capitán-, que maese Rinaldo cuenta con cómplices en la tripulación, en lo que seguramente es un contubernio de posesos. Esos jóvenes bellacos, con las artes inoculadas por el hereje genovés, consiguieron engañarnos al enrolarse y continúan engañándonos con su docilidad y aparente buena disposición. Seríamos denunciados y ahorcados, sin posibilidad de que demostrásemos, como haremos, la justicia de la ejecución de ese monstruo.

Habían transcurrido sesenta y ocho días desde la partida de Cádiz. El calor era insoportable, aunque el sol se encontraba oculto por una densa capa de nubes. Sentado junto a Francisco de Alcaparaín en la borda de la cubierta del castillo de proa, maese Rinaldo se rascaba con disimulo entre el pajizo vello de su barba, bajo el mentón. Trataba cortésmente de prestar atención al joven, pero apenas le escuchaba.
-El sitio de Carratraca... -dijo don Francisco de Alcaparaín, pero se detuvo al advertir la mirada ausente de maese Rinaldo, perdida en el horizonte.
Debían de estar a punto de arribar a las Antillas, porque cada vez eran más numerosas las aves que les sobrevolaban. Maese Rinaldo ansiaba llegar a puerto, porque no conseguía adaptarse a las miserias que imperaban en el navío. Algunos hombres padecían escorbuto; había estado proveyéndoles de sus reservas personales de limones, pero ya se le habían agotado y toda la tripulación podía llegar a padecer esa enfermedad, incluso él mismo, si no diversificaban pronto la dieta. Ahora, agobiado por el picor de huéspedes a los que no había conseguido vedarles el paso, sentíase incapaz de conversar con Francisco de Alcaparaín, porque soñaba con el momento en que, una vez anclado el galeón, pudiera lanzarse al agua.
-El sitio de Carratraca -repitió pacientemente don Francisco, comprendiendo que el maese tenía el pensamiento arrebatado por otros asuntos-, donde señorea mi familia, es como un jirón del cielo caído en la Tierra. Su aire es el más puro y fragante que imaginar podáis y el Sol nos hace la caridad de no ausentarse nunca mucho tiempo. Según se asciende la montaña, veis cambiar la vegetación como si viajaseis desde el trópico a las tierras hiperbóreas, encontrando conforme subís palmeras, olivos, encinas y, en lo más alto, unos abetos que nosotros llamamos pinsapos. Señor, Señor, ¡cómo ansío volver!
Maese Rinaldo se rascó disimuladamente el costado izquierdo, cerca de la axila, y comentó:
-Ese viaje desde el trópico hasta el Polo Norte que habéis sugerido, he tenido que realizarlo yo muchas veces.
-¿Habéis visitado el norte?
-Hasta donde la noche puede durar seis meses -respondió el maese mientras se rascaba la entrepierna, donde sentía distintamente cada uno de los saltos y recorridos de los insectos.
Desafortunadamente, no disponía de elementos con los que elaborar elixires cuyas fórmulas conocía. ¡Si un milagro pudiera transportarlo a la higiénica delicia de un hamam de Constantinopla!
-Dicen que allí, en las tierras hiperbóreas, aparece con frecuencia la gloria de Dios en el cielo -dijo Francisco con gesto soñador.
-¿La gloria de Dios? -aunque trataba de evitarlo, maese Rinaldo no consiguió que su mano le obedeciera y se rascó vigorosamente la espalda-. No, don Francisco; se trata de un fenómeno natural. Las auroras boreales han sido estudiadas por los hombres de ciencia y, con muchos cálculos y algo de suerte, es posible anticipar cuándo podrían ocurrir.
-¿Y esas tierras del moro que tan bien decís que conocéis, no son peligrosas para un cristiano?
-No, don Francisco -perdido el control, y el pudor de hacerlo ante el joven, se rascó desesperadamente por todo el cuerpo, la nuca, tras las orejas, las axilas, el pecho, la espalda y las nalgas-. Hay en Constastinopla templos ortodoxos, iglesias católicas y sinagogas judías que a nadie perturban ni incomodan. Y en Egipto, existe uno de los más antiguos ritos cristianos, el copto, cuyos practicantes lo exhiben sin recelo y producen hermosísimas obras artesanales cristianas con una técnica que sólo ellos dominan.
-No quisiera parecer metomentodo, maese Rinaldo, pero, ¿por qué razón habéis vivido en esos países?
Rinaldo tragó saliva. Quizás estaba confiando excesivamente en el joven, que con su inocencia, su anhelo de conocimientos y su desmesurada afición por él, tal vez le hacía exponerse a revelarle más de lo conveniente.
-Soy curioso, don Francisco -respondió mientras se introducía la mano bajo el jubón y se rascaba el ombligo-. Quedé huérfano a los catorce años y fui encomendado a la tutela de un hombre sabio, que se afanó en la tarea de ablandar mis duras entendederas con la única virtud que distingue verdaderamente a los hombres de las bestias: el afán de saber. Ese afán me ha llevado durante los últimos veinte años a recorrer gran parte del mundo y tal es también lo que me ha inclinado a aceptar el encargo de dibujar las cartas de Cartagena. Es ésta mi primera oportunidad de visitar las Indias Occidentales. Espero, con ayuda de Dios, enriquecer grandemente mis conocimientos.
-Entonces, ¿sólo tenéis treinta y cuatro años? -el maese asintió-. Sin embargo sois ya dueño del saber del mundo.
-No exageréis, don Francisco. Yo me siento un aprendiz.
-¡Un aprendiz! Sois el ser más extraordinario que he conocido en mi vida.
El deslumbramiento del joven era demasiado patente. Aunque complacido, Rinaldo temió por su suerte, dado que cualquiera que frecuentara podía verse incluido en la animosidad de los mandos del navío que, extrañamente, no se había manifestado con tanto clamor los últimos días. Decidió, sin embargo, que tenía que evitar aparecer más de lo conveniente en público con don Francisco.

Avistaron Trinidad aunque, al igual que en las Canarias, el navío no tocó puerto, pero les acompañaban bandadas inmensas de alcatraces, lo que significaba que en ningún momento se alejaba el galeón demasiado de tierra firme. La travesía tocaba a su fin. Las grandes y feas aves armaban remolinos oscuros en el aire, lanzándose certeramente sobre cualquier residuo que fuese arrojado al mar desde la borda.
Continuaron remontando la costa de Nueva Andalucía y, por fin, advirtió con júbilo maese Rinaldo que la flota arriaba las velas y anclaba frente a la isla de Santa Margarita, mientras que tan sólo un patache se dirigía a puerto. En vez de observar los movimientos y tratar de comprender a qué se debía esa parada sin llegar a acercarse a tierra, en cuanto estuvo seguro de que el anclaje iba para largo se despojó de la ropa y saltó al agua, ante la expectación estupefacta y algo escandalizada de la marinería.
-¡Maese Rinaldo -gritó Francisco de Alcaparaín desde cubierta-, sabed que estas aguas están infestadas de escualos terribles!
-Venid vos también -repuso el maese-, beneficiará a vuestra salud.
-¡Líbreme la Virgen Santísima! Ni sé nadar ni jamás lo haría junto a los temibles monstruos que pueblan estos mares.
Con objeto de no pronunciar el sarcasmo que le inspiraba el hecho de que un aspirante a oficial de marinería no supiera nadar, maese Rinaldo se impulsó para zambullirse. Libre de los picores, estaba gozando como no recordaba que fuera posible, lleno su pecho del júbilo de quien vence a un enemigo que ya había desesperado de conseguir vencer a pesar de lo minúsculo de su tamaño; rememoró con una sonrisa una de las frases más memorables del recitado que acompañó su jura de votos al ingresar en la Orden: “¡Glorioso es nuestro retorno victorioso del combate, feliz nuestra muerte de mártires en la lucha!”. Había sobrevivido a la más miserable de las batallas que le hubiera tocado librar y ahora sentía próxima la victoria. El agua era tan transparente como el aire y en el fondo de arena blanca y bosques de coral, también blanco, pululaban miríadas de peces con todos los colores del arco iris, que no se apartaban asustados por su presencia, porque sólo tenían por enemigos a las barracudas y los tiburones. Ningún hombre había sido jamás un predador en ese maravilloso y silencioso mundo, y Rinaldo evolucionó entre los aleteos multicolores como un huésped bienvenido, sintiendo que podía volar, que la ingravidez le liberaba de la tiranía de un cuerpo desposeído de nobleza y esencia divina, puesto que podía ser profanado y devorado por seres minúsculos, cochambrosos y repulsivos como los piojos.
-Miradlo -murmuró don Tomás de Utrera al oído del capitán, señalando la silueta pálida del cuerpo del maese entre dos aguas-. Su audacia es propia de endemoniado. ¿No tendremos la fortuna de que un tiburón lo parta por la mitad?
-Dios os oiga.
Tras muchas piruetas y largas inmersiones que a todos los perplejos marineros asombraban, maese Rinaldo emergió junto al costado de la nave, desde cuya borda le observaba consternado don Francisco de Alcaparaín.
-¿Tendríais la bondad de echar mis vestiduras? -le rogó.
Cayeron unos metros a su derecha. Cuando las pudo aferrar, volvió a sumergirse con ellas. Confiaba que el salitre, el movimiento a través del agua y el restregarlas contra los macizos de coral exterminaran a los parásitos. Una vez que consideró que tal milagro podía haber ocurrido, pidió a don Francisco que le lanzara un cabo y la escala. Ató la ropa, que fue izada por el joven, y mientras subía a bordo por la escala, descubrió que ya regresaba el patache que había sido enviado a la isla. ¿Cuánto tiempo había permanecido, entonces, en el agua? Calculó con sorpresa que habían sido varias horas. Cayó en ese momento en la cuenta de que tenía el mar de las Antillas una temperatura que posibilitaba la permanencia indefinida en sus aguas, igual que en el mar Rojo.
Al poner pie en la cubierta, los marineros batieron palmas y le aclamaron; sorprendido, se detuvo para corresponder la aclamación con una sonrisa y una cómica genuflexión. Fueran cuales fuesen sus sentimientos hacia él, aquellos hombres estaban impresionados por el coraje que había demostrado, según las medidas y el entendimiento que ellos poseían de tal virtud.

Maese Rinaldo lamentó no haber podido examinar lo que el patache había llevado a la flota desde Santa Margarita, lo mismo que una nave que fue enviada primero a La Guaira y, luego, a Maracaibo. Sabía que se trataba de víveres en su mayor parte, pues también el Bezmiliana había recibido varios capazos, sobre todo de frutas sorprendentes que llamaban papaya, aguacate, guayaba, mango y ananás, pero había escuchado a los marineros hablar de perlas. De grandes, enormes, increíbles cantidades de perlas.
Una semana más tarde, mientras enfilaban la entrada a la bahía de Cartagena bordeando el fuerte de San Luis de Bocachica, se dijo que debía permanecer más atento y ser mucho más cauteloso y sutil a partir de ese día. Había llegado la hora de fingir trabajar en serio y armar al mismo tiempo la difícil y complicadísima arquitectura de su peligrosa misión. Mediante la traducción de Francisco de Alcaparaín, solicitó un ayudante al capitán, que le asignó al grumete Fernando de Tolox. Con su ayuda, llevó a cubierta los instrumentos y comenzó a medir la intrincada geografía de la enorme rada, casi un mar interior. Eran muchos los fuertes alzados en las orillas, en los puntos donde la sinuosa costa avanzaba hacia el mar, dibujando estrechos, calas incontables y canales entre ciénagas que llamaban manglares, bajo bandadas impresionantes de aves desconocidas que gritaban como personas y tenían todos los colores del universo. Ese mar interior estaba salpicado de edificaciones formidables, ciclópeas, con innumerables baterías de cañones en las almenas. Cuando avistaron el puerto de Cartagena, contempló a su derecha una de dimensiones aún más extraordinarias. Lo primero que le vino a la mente, como única comparación posible, fueron las pirámides de Egipto. Una construcción digna de los faraones.
-¿Cómo se llama ese castillo, don Fernando? -preguntó al grumete.
-San Felipe de Barajas. Me extraña que no hayáis oído hablar de él. Se trata de un fuerte del que toda la marinería se hace lenguas.
Rinaldo apretó los labios. En efecto, tal nombre figuraba en los documentos que se le había exigido memorizar, pero el asombro mismo de su contemplación le había hecho olvidarlo.
Terminó en pocas horas un dibujo razonablemente bueno con que simular un trabajo de cartografía, pero sólo se trataba del punto de partida y en él figuraban nada más que los accidentes más destacados. Ahora tenía que fingir enfrascarse en su estudio y perfeccionamiento, mediante el recorrido minucioso de todo el perímetro en bote, lo que le tomaría demasiado tiempo como para ocuparse de lo que debía. Tenía que encontrar el medio de conciliar ambas actividades. Fue ante el capitán a pedirle el bote, los dos remeros y el ayudante. Como siempre que tenía que hablar con don Zoilo, don Francisco de Alcaparaín le sirvió de intérprete.
-Llevaos a don Francisco, mismamente, hijo de meretriz purulenta -dijo el capitán con expresión sibilina.
Como de costumbre, don Francisco no tradujo el insulto.
Alcaparaín era el que menos pensaba el maese solicitar, puesto que tenía poderosas razones para intuir que su amistad perjudicaba al joven. Dedujo, sin embargo, las que podían motivar la elección de don Zoilo: en el mismo bote, se quitaba de enmedio a dos temidos testigos.
Consecuentemente, abrevió los teatrales recorridos tanto como le fue posible sin delatar su impostura, aunque había momentos en que sentía la tentación de olvidar la misión impulsado por su insaciable sed de conocimientos, porque cuando contemplaba la naturaleza todavía en estado casi salvaje se hacía tantas preguntas que su tentación más poderosa era la de hallar respuestas. Los árboles de los manglares crecían directamente en el agua salada del mar, ¿cómo era ello posible? Recordaba haber visto algunos árboles en el agua salada del mar Rojo, pero entonces no les dio mucha importancia ni se interesó por ellos porque creyó que se encontraban en riberas circunstancialmente inundadas; y se trataba, en realidad, de agrupaciones vegetales pequeñas, no los inmensos bosques acuáticos que ahora recorría, tan palpitantes de vida. Veía las bandadas de peces que apenas se apartaban del bote, indiferentes ante la cercanía de los hombres, pobres ingenuos; en los fondos, visibles a través de las límpidas aguas, se amontonaban moluscos de muchas clases, caracolas inmensas y grandes almejas, y las raíces de los mangles aparecían recubiertas completamente de ostras, como si se tratara de una plaga. Y en el aire, era permanente el vuelto de tantos de aquellos pájaros asombrosos, que había momentos en que el cielo se teñía completamente de rojo o azul, o violeta o verde, cambiante como un calidoscopio.
Ante tanta belleza y tanto que merecía ser notificado a los científicos de Europa, comprendió que un embrujo más imperativo que su voluntad y que las órdenes recibidas podía conseguir desviarle del objetivo del viaje, de modo que, a los tres días, anunció al capitán que había acabado. Notó su expresión de extrañeza, su incredulidad, pero no asomó a sus labios ninguna recriminación.

Don Zoilo de Monegros había estado esperando esos mismos tres días que el gobernador de Cartagena le recibiera en audiencia. La inesperada presencia permanente, de nuevo, de maese Rinaldo en el navío, iba a ocasionar que ocurriera precisamente lo que había tratado de evitar enviando a don Francisco de Alcaparín con él; que esa entrevista pudiera llegar a sus oídos, sin contar el trasiego de mercancías que tampoco le convenía que ninguno de los dos presenciara.
Fue avisado con sólo una hora de anticipación.
Abandonó la rada de las Ánimas sintiéndose como ellas, un alma atribulada que era incapaz de calcular cuánto duraría su tormento. Ingresó en el baluarte por la puerta de Santo Domingo recordándole al santo que tenía que casar a su hija del modo más pródigo, ya que Catalina le hacía sentir orgulloso, y de una materia superior, a causa de sus muchas virtudes y su gran belleza. Le impresionó la severidad del edificio de capitanía y la lobreguez austera del corredor por donde fue conducido. El gobernador, un hombre gordo y rubicundo, que hablaba tan musicalmente como los naturales de las Indias, le recibió vestido sólo con unas calzas, que tenía arrolladas hasta más arriba de las rodillas, y un camisón suelto sobre ellas que estaba empegostado a su piel por el sudor. Ni un mísero jubón ni unos calzones figuraban en su atavío. Tenía en la mano un soplillo de palma con el que no paraba de darse aire.
-Decidme, capitán, ¿qué os trae?
-Por orden del Almirante de Castilla, me acompaña en el barco un maese que tiene oficialmente la misión de trazar nuevas cartas de la bahía de Cartagena. Pero poseo poderosísimas razones para creer que se trata de un simulador terrible..., creo que es un hechicero que pudiera haberse valido de malas artes para apoderarse de la voluntad del Almirante.
-¡Que decís, capitán! ¿Conocéis la gravedad de lo que afirmáis?
-Dios Nuestro Señor sabe que sí. Por ello me presento ante vos aun a sabiendas de los riesgos que corro. Soy fiel servidor de Su Majestad y, por ello, afronto resueltamente esos riesgos, con tal de librar al reino de tan maligna influencia.
-¿Y por qué no habéis expresado esos temores ante vuestro almirante, don Manuel Velasco de Tejada?
-Porque, lejos de tierra firme, y sin la presencia de algún venerable magistrado del Santo Oficio, temía que también al almirante pudiera embrujar.
El gobernador examinó a don Zoilo de Monegros. Era un hombre cuya insignificancia sólo obtendría algún realce si se le aupaba a la peana dorada de una imagen de iglesia; en realidad, ni siquiera todo el oro de los incas bastaría para darle lustre. Tenía los ojos desencajados, pero intuyó que no a causa del temor que manifestaba, sino a otro que podía aventurar: la posibilidad de ser acusado de latrocinio; una acusación por la que había tenido que condenar a la horca a dos capitanes de la Flota de la Plata el año anterior.
-¿Portáis, por ventura, la orden por la que lo enrolasteis?
-Desde luego. Vedla.
El gobernador leyó con mucha concentración las dos hojas de papel profusamente cubiertas de escritura. Cuando terminó, soltó una carcajada.
-¿Cuáles signos os han convencido de que ese hombre es un impostor, y nada menos que un hechicero con poderes sobrenaturales?
-Lee mucho, mira todas los noches las estrellas y escribe de derecha a izquierda con signos cabalísticos que nadie puede entender.
-¿Cómo os llamáis?
-Zoilo de Monegros.
-Ved, don Zoilo lo que aquí reza -el gobernador acercó a sus ojos la orden-. Maese Rinaldo de Liguria es, al parecer, uno de los pocos sabios de nuestra época que pasarán a la historia. Es abrumador el caudal de su sabiduría. Sus conocimientos de cartografía son los menos significativos de los que posee; ha estudiado medicina, astronomía, arquitectura y, últimamente, las artes de marear. Habla... ¿sabéis cuántas lenguas?
-No la nuestra.
-Un hombre de sus cualidades, después de casi tres meses en el galeón, seguramente la entiende; la orden asegura que trataría de aprenderla. Pero es que ya domina trece lenguas con sus escrituras. Dice aquí, ved -por su expresión, el gobernador descubrió que el capitán no sabía leer-, que puede escribir, inclusive, como sólo saben escribir los monjes del Himalaya. Lo que vos creéis escritura cabalística, será cualquiera de las múltiples caligrafías que conoce. Serenaos pues, capitán, e id con Dios. Alívieos saber que no hablaré de esto a vuestro almirante. Debéis agradecer el honor de que un hombre como él se aloje en vuestra nave.
El capitán abandonó la casa de capitanía con el humor más sombrío aún que al llegar. Ahora resultaba que el maldito maese había estado burlándose de él, puesto que comprendía lo que decía. ¡Había entendido todos los insultos que le dedicara con el convencimiento de que el intérprete no iba a traducírselos!
Tenía que encontrar el modo de mandar un correo al virrey, a Bogotá. ¿Cómo podría hacerlo sin cumplir el trámite obligatorio de comunicárselo al almirante don Manuel Velasco de Tejada?

Maese Rinaldo gozó de dos meses de paz, libre del acecho de los oficiales o, al menos, libre de acechos que pudiera detectar. Los aprovechó muy bien.
Los correos enviados por el almirante a los virreyes de Nueva Granada y el Perú para que difundieran entre los mercaderes la nueva de la llegada de la Flota de Tierra Firme, habían surtido efecto hacía ya varias semanas. Los cargamentos de mercancías, oro, plata, gemas y perlas procedentes del Perú estarían navegando en esos momentos por el Pacífico camino de Panamá, donde atravesarían en mulos el istmo hasta Portobelo, a la espera de la arribada de la flota a ese puerto y la subsiguiente celebración de la feria de trueque más famosa de las Indias, pero los cargamentos de Nueva Granada habían llegado, en su totalidad, a Cartagena y la estiba se encontraba a punto de acabar.
Escribió mucho en Cartagena, siempre de derecha a izquierda. Realizó los cálculos compaginando tres métodos diferentes: la estimación visual del volumen, el peso de lo cargado según el chirrido de los cabrestantes y el valor declarado en los registros que escribía Pedro de Vélez a las órdenes del capitán, valor que siempre tenía que multiplicar por siete u ocho para ajustarlo a sus observaciones directas.
Cuando averiguó que sólo faltaban cuatro días para la partida hacia Portobelo, enrolló dos pergaminos dentro de uno sin usar, para preservarlos del sudor; se los anudó junto a la piel del costado, bajo el brazo derecho, con un cordel de seda; vistió luego el camisón y el jubón más holgado de los dos que poseía de estilo español; extrajo del doble fondo de una de las bolsas seis piezas de oro y las guardó en un monedero de cincho; guardó en el zurrón un catalejo que, plegado, abultaba poco menos que una albaceteña; metió también en el zurrón el salvoconducto, por los tropiezos que pudiera encontrarse. Habiendo decidido, tras un caviloso recuento, que no le faltaba nada, bajó a tierra, donde tuvo que escabullirse del cerco amable y bienintencionado, aunque inoportunamente insistente, de don Francisco de Alcaparaín,
Deambuló un buen rato entre los tenderetes del mercado, donde ya quedaban muy pocas mercancías de las traídas de España. Ningún arma ni pipa de vino, sólo algunas pacas de lana de Castilla y unos pocos cacharros de cerámica de Talavera y Manises permanecían expuestos. En cambio, abundaban y no paraban de llevar a los barcos maderas de Campeche, ámbar gris, cueros, amatistas, lana de vicuña, esmeraldas y perlas. El oro era introducido directamente en los galeones, igual que casi toda la plata, pues sólo vio amontonados en el mercado unos cimeros de tortas, como quesos argentíferos, mientras que había visto llevar a los navíos cantidades que sumaban muchas toneladas.
Una vez que se convenció de que nadie que lo conociera podía descubrirle ni sospechar de sus pasos, buscó el recodo donde vendían monturas. Adquirió a buen precio un caballo al que le quedaban pocos galopes y, tras cruzar la ciudadela de parte a parte, se dirigió a Calamarí, donde sabía que podría comprar una esclava. Pagó por ella tres veces más que por el caballo, lamentable inversión, porque el vendedor, después de examinarle astuta y pícaramente, dedujo que trataba de comprar un exótico objeto de placer, mientras que Rinaldo sólo había preguntado si podía o no expresarse en castellano. La muchacha que le entregó, una morena clara con ojos como ascuas, sólo tendría unos dieciséis años, pechos puntiagudos que lanzaban su camisa hacia la tentación y unos labios jugosos que condensaban la melaza de todo el ron de Las Antillas. Recordó que un Caballero de Cristo era constantemente un cruzado empeñado en una lucha doble: contra la carne y la sangre, y contra las potencias espirituales. No obstante, un fratre milite tenía, en los tiempos que corrían, licencia para consolarse si ello era menester, pero no en las circunstancias apremiantes del momento presente, cuando tan grande peligro podía correr y tan indispensable era el uso de todas sus facultades, y debía emplearlas en gracia plena. Sonrió a la morena con expresión que trataba de transmitirle serenidad y confianza, como diciéndole que toda expectativa, buena o mala, que albergase su pensamiento, debía quedar postergada.
La aupó a la grupa y espoleó el caballo hacia el noreste. Sería, le habían dicho, poco más de una hora de viaje, pero con aquel jamelgo era el tiempo difícil de calcular. Encontró primero las ciénagas palpitantes de pájaros, peces y moluscos y, después de conseguir vadearlas tras varios laberínticos intentos, viró hacia el sur, donde, no mucho más tarde, dio con el poblado de construcciones sobre estacas clavadas en los fondos cenagosos, a las que llamaban palafitos; notó que los indígenas miraban sin miedo ni mayor precaución los numerosos reptiles, como pequeños cocodrilos, que alborotaban el agua en torno a sus casas. Más allá, el terreno se tornó más compacto y transitable, una especie inmensa de prado entre palmeras altísimas de troncos rectilíneos casi blancos y lisos, como si fueran de cera; estupefacto, calculó que la mayoría de las palmas superaban las sesenta varas de altura.
Tuvo que cruzar varios riachuelos apeándose para halar de la montura, que parecía no contar con excesivo espíritu aventurero y se resistía a introducirse en los torrentes; también la expresión de la muchacha reflejaba miedo. Observándola, se preguntó si él, asimismo, debía dejarse abatir por el temor. Quienes debía encontrar no era gente que se distinguiera por ninguna clase de escrúpulos y, si de veras le habían esperado y no se habían hartado de hacerlo con su carácter atrabiliario, tal vez pasarían el tiempo borrachos y, con ello, capaces de todo horror.
Tras vadear otro pequeño bosque de mangle, volvió a enfilar hacia el noreste, donde de pronto el paisaje se volvió oscuro y húmedo como un encantamiento. Enormes árboles de elegantes troncos, junto a palmas y arbustos que no sabía si eran árboles pequeños o hierbas gigantescas, formaban la floresta más variada que hubiera podido imaginar. Muchas ramas arbóreas aparecían parasitadas de bromelias, formando constelaciones de estrellas verdes donde los troncos se bifurcaban. También era prodigiosa la variedad de flores. Le resultaba difícil comprender que hubiera tal explosión de color bajo la bruma crepuscular y casi irreal del bosque; las flores colgaban en lilas y rosas de todas partes, entre las que saltaban monos pequeños que parecían llevar antifaces claros. El viejo caballo se detuvo en varias ocasiones, reluctante, ante la presencia de pequeños e inofensivos animales, como una especie de cerdo con una larga trompa y otro que no supo dilucidar si sería mamífero o reptil, pues presentaba una coraza que parecía de escamas, pero también una cola peluda.
Tal como le habían explicado, siguiendo siempre la dirección nordeste, atravesó en poco más de media hora el bosque, que debía de ocupar sólo una franja costera, y vislumbró en lontananza la que le aseguraron en Madrid que sería la única elevación destacable que habría a la vista. Allí encontraría lo que buscaba.
Sin embargo, la duración del viaje había sido más larga de lo anunciado; estimó que habían transcurrido unas dos horas y media desde su partida cuando coronó el selvático promontorio. Abajo, a la derecha, estaba la pequeña cala. Sintió apremiantes deseos de bajar y darse una zambullida, porque se trataba del edén más ameno que hubiera contemplado en su vida: un arco de arenas blanquísimas enmarcadas por un denso cocotal. Tal como esperaba, había un navío anclado al pie del promontorio, sin pendón ni estandarte que lo identificaran, aunque él podía determinar sin error tanto su origen como su rango y hasta el astillero donde había sido construido. Era más ligero y mucho más manejable que los pesados bajeles que todavía construían en España, en el Bidasoa. Tenía todas las velas arriadas, pero él no necesitaba ver ninguna marca ni escudo para saber que se trataba exactamente de la nao que esperaba encontrar. Los marineros, casi todos los que debían de formar la tripulación, retozaban o sesteaban en el rompeolas y en la arena. Aún en la distancia, y pese a su desnudez de indígenas inocentes, era notoria la borrachera general y su agresividad.
-Toma -le dijo a la esclava-. ¿Ves aquellos hombres? -ella asintió, por lo que Rinaldo comprobó que comprendía su defectuoso castellano-. Ve a entregarles esto -le dio los dos pergaminos enrollados-; es todo cuanto espero de ti. Ahora, gracias a este servicio que vas a prestarme, te ganas la libertad.
Notó su incredulidad.
-Sí, muchacha, eres libre. Pero ten en cuenta que voy a vigilar y comprobar que me obedezcas. Si no lo hicieras, cabalgaré hacia ti, te alcanzaré y te daré muerte. Ahora, ve.
Cuando la esclava se dispuso a cumplir sus órdenes, maese Rinaldo desplegó el catalejo, con el que siguió su penoso descenso, que le tomó más de media hora. Ignorante del peligro que podía correr, muy despreocupadamente, la muchacha se dirigió hacia el mar y parecía, por sus ademanes y saltitos acompasados, que fuese cantando. Al entrar en la playa, se produjo un revuelo, pero no de la clase que se hubiera armado si un hombre adulto se acercaba a ellos, que moriría antes de conseguir hacerse entender. Acogieron a la mulata con gritos y aspavientos de entusiasmo; la cercaron entre risotadas, puesto que ella pareció intuir en el último momento que su vida corría peligro y trató de huir. La alzaron entre cuatro y la hicieron volar como un muñeco; a continuación, fue desnudada y poseída por los veinticuatro, que se empujaban los unos a los otros disputándose el turno a golpes y tarascadas. Rinaldo frunció los labios amargamente advirtiendo que ella, forzada a humillarse desde su nacimiento, no se debatía ni expresaba queja alguna. Sintió una punzada en el alma por haberla obligado a someterse a tantas vejaciones y tuvo que refrenar el disparatado impulso de correr hacia la playa para liberarla de aquella demente bacanal. Quiso ser sordo para no oír los ecos de las risotadas ni las blasfemias y cerró los ojos con objeto de librarse a sí mismo del impulso; un impulso igual, ante el suplicio sufrido por una esclava en una plaza pública de Damasco, había estado a punto de costarle la vida cuando sólo contaba veintitrés años. Ahora tenía una misión demasiado trascendental como para que la compasión le condujera a la muerte.
Por la enajenación sexual que arrebataba a los veinticuatro hombres, temió que los pergaminos, caídos a cierta distancia de la mulata, resultaran aplastados, destruidos y olvidados, pero uno de los marineros que ya había obtenido el placer los descubrió por fin; tras examinarlos, pareció muy impresionado; corrió hacia una de las barcas y remó afanosamente hacia el navío.
Los informes habían llegado a manos de quien debía llevarlos a Europa. Podía regresar a Cartagena.
Abandonó el caballo junto a las murallas, esperando que alguien se compadeciera del famélico animal, y cruzó la puerta de Santo Domingo al declinar la tarde. Buscó la taberna llamada Chambacú; dentro, de una ojeada, descubrió un grupo de marineros del Bezmiliana entre quienes bebía el grumete don Pedro de Vélez. Avanzó hacia ellos con pasos vacilantes, como si se encontrara más que borracho. El joven De Vélez se alzó prestamente hacia él y, solícito, le tomó de la cintura para ayudarle a llegar hasta la mesa.
-El gozo del más intenso placer sexual que he conocido en mi vida, en brazos de una mulata igual que una hurí, me ha hecho festejarlo después sin medida. Creo, don Pedro, que estoy un poco mareado.
-¿Mareado, decís? Creo yo que jamás vi curda más imponente. ¿Me permitís que os acompañe a bordo del Bezmiliana?
-Os lo agradeceré con el alma.