miércoles, 12 de marzo de 2014

ELLSWORTH TOOHEY Y LA MEDIOCRIDAD

Hace poco escuché a un locutor de radio escandalizarse y reprochar que Julio Iglesias dijera que el primer disco de su hijo Enrique era mediocre. Entendí que el locutor consideraba que Julio Iglesias debía callar su verdadera opinión al respecto y decir que lo que hacía su hijo es maravilloso; aunque supiera que no lo era en absoluto.
Hace unos años, las circunstancias me inclinaron a confiar plenamente en un periodista que redactaba bien pero opinaba y fabulaba muy mal. Durante tres o cuatro años, consideré a este personaje un amigo imprescindible. Pero… tuve un presentador una vez, un ex compañero de un periódico, el cual pronunció un panegírico sobre mí y una novela mía que me hizo sonrojar, pero tuve que agradecer. Tiempo después, este presentador me hizo llegar un original con la pretensión de que presionara a mi editorial de entonces para publicarlo. Se lo conté al periodista en el que confiaba, comentándole que el libro era ilegible y, por lo tanto, impublicable, y que no lo iba a recomendar. Escandalizado, me reprochó: “¿Cómo puedes hablar así de quien te hizo aquella presentación tan fantástica?”. Según entendí, él opinaba que yo tenía que mentir por agradecimiento.
Poco a poco, a partir de entonces caí en la cuenta de que este “amigo” ejercía de Ellsworth Toohey, porque comprendí que mi opinión sobre un poeta que él ensalzaba era la correcta y no la suya. El tal “poeta” rimaba e idealizaba escenas terribles y repugnantes de pedofilia; para mí imperdonable aunque su capacidad poética hubiera sido válida, que no lo era. Pero para mi “amigo” periodista era importantísimo promocionarlo, porque lo tenía prisionero de sus notas de elogio, que era la única “fama” del tal. Entonces, caí en la cuenta de que conmigo pretendía lo mismo; no respetaba mi capacidad fabuladora ni mis méritos literarios, sino que pretendía convertirme en rehén de sus elogiosos reportajes en prensa. Quería poder y lo ejercía con el único recurso a su alcance.
En cuanto me liberé de él, se vengó dedicándose a perseguirme obsesivamente, tratando de cerrarme todas las puertas posibles. Especialmente, las del mundo gay, donde él es una especie de chamán. Hoy día, no soy un escritor muy reconocido, pero a estas alturas de la vida me basta con reconocerme yo. Aunque publiqué once libros y tengo treinta y seis escritos, que cuando me llegue la inminente hora, quedarán inéditos. Pero yo no sería capaz de someterme a ningún Ellsworth Toohey, que por cierto hay muchos en España, lo que tal vez es el origen de la mediocridad internacional contemporánea de esta España de mis suspiros.
ELLSWORTH TOOHEY es el personaje fundamental de la novela “El manantial”, de Ayn Rand, un libro de enorme impacto en los EE.UU. del siglo XX, origen de una importante corriente de opinión, inspiración de una maravillosa película que protagonizó Gary Cooper junto a Patricia Neal, y uno de los dos libros que más influyeron en mi adolescencia.
La figura de Ellsworth Toohey, en su interrelación con los demás personajes de “El manantial”, es uno de los más atinados retratos del Mal sin paliativos. El Mal sin sombra de bien alguno. El Mal en todo su esplendor. Una forma mucho más real y palpable de la figura de Mefistófeles que la de Goethe, que en algunos pasajes de ”El manantial” de apariencia inocente, produce verdadero terror. El Mal como cicuta disfrazada de miel. La supeditación de todo rastro de piedad al ejercicio perverso del poder. La carencia total de misericordia. La adoración del poder como lo único importante de la vida. El poder por sí, sin objetivos. El poder envilecedor, embrutecedor, como vemos con tanta abundancia. El poder no para realizar proyectos, sino sólo por el placer de mandar. Entre otros malvados puntos de vista, Toohey sostiene en la novela lo siguiente:"El problema básico del mundo moderno, es la falacia intelectual de considerar que la libertad y la coerción son opuestos. Para resolver los gigantescos problemas que agitan el mundo de hoy, debemos esclarecer nuestra confusión mental. Debemos adquirir una perspectiva filosófica. En esencia, libertad y coerción son la misma cosa. Les daré un ejemplo: los semáforos restringen su libertad de cruzar la calle cuando lo desean. Pero esa restricción les da la libertad de no ser atropellados por un camión. Si se les diera un trabajo y se les prohibiera abandonarlo, se restringiría la libertad de sus carreras, pero se les daría la libertad de no temer al desempleo. Siempre que se impone una nueva coerción sobre nosotros, automáticamente ganamos una nueva libertad. Las dos son inseparables. Sólo aceptando la coerción total podemos conseguir nuestra libertad total."
Tan venenoso personaje es muy complejo, pero trataré de describirlo brevemente, si no lo ha hecho ya el párrafo anterior. Lo que configura Ayn Rand es algo que vemos con frecuencia en los alrededores, aunque no solemos darle mucha importancia o tal vez ni lo vemos. Cuando una persona carente de virtudes y talento accede a una gran cultura, se sumirá en una contradicción angustiosa: tiene suficientes conocimientos para reconocer el talento, y por ello es capaz de darse cuenta de que él no lo posee. Con demasiada frecuencia, el mediocre consciente de serlo se vuelve un malvado corruptor de almas, cuando decide tratar de trasmutar sus carencias en virtud: “No tengo ni podré tener talento, pero adquiriré el poder de decidir quién avanza”.
El Ellsworth Toohey de Ayn Rand escribe una columna en un periódico muy famoso, una columna con la que se va convirtiendo, insensiblemente, en una de las personas más influyentes de Nueva York. Decide quién construye los principales edificios, quién expone en las mejores galerías, quién vende libros y quién lee poemas en los salones más exigentes. ¿Cómo lo hace? Muy sencillo: Utilizando la columna, va encumbrando a personajes sin ningún talento a lo más alto de sus respectivos oficios: arquitectura, poesía, música, pintura, etc., de manera que los convierte en rehenes. Esas mediocridades torpísimas dependen del alimento de prestigio que Toohey siga otorgándoles en su columna y, por consiguiente, son presas suyas. Lo lisonjearán. Se bajarán los pantalones ante él. Le harán la pelota. Harán lo que él les mande por innoble que sea y, de hecho, en tal dependencia de Toohey de muchos influyentes hombres de “éxito” en el Nueva York de los años veinte, se basa el drama de la novela.
Ustedes se preguntarán si hay Tooheys entre nosotros. Y yo les respondería que abran bien los ojos. Acabarán oliéndolos entre escalofríos de pavor. Tal vez descubran voces malísimas cuyo éxito de ventas no tiene explicación, o artistas dando a diario la nota y que sólo querrían ser funcionarios, o rapsodas a los que se resalta a pesar de sus loores a la pedofilia o folclóricas asmáticas que tienen buenas tetas y muy mal oído y, sin embargo, no paran de actuar. La lista sería interminable.
¿Qué se puede hacer contra los Toohey de nuestro mundo? NADA. En nuestra sociedad se acusa de “narcisismo” al individualista. El que sirve con denuedo su visión original de las cosas es un anarquista. Un creador en libertad está muy mal considerado, puede ser objeto de todo tipo de coacciones y felonías. He visto magníficas ideas individuales malogradas en multitudinarios “braintorms”, tanto que muchas veces me he puesto a llorar por la malversación del talento. La persona que sabe y sabe que sabe está muy mal vista entre nosotros. Se premia a quien hace luminosa ostentación de su ignorancia. Se respeta el ordenado conformismo y se pena a quien no acepte las injusticias. Quien haya trabajado en publicidad o en televisión (yo he estado en ambos) podría contar y no parar sobre pactos tácitos de mediocridad.
Lo cual daría para un congreso de filosofía.