lunes, 12 de septiembre de 2011

EL POLLA. Novela a medio componer, ofrezco aquí las primeras quince páginas del original


el Polla

Los sabios tienen sobre los ignorantes
las mismas ventajas que los vivos sobre los muertos.


Capítulo 1
Las rechiflas acabaron formando un recuerdo residual del que resultaba incapaz de distinguir lo real de lo imaginado:
Tenía seis años, pero participaba poco de los juegos escolares, ya que no consideraba amigos a sus condiscípulos a causa de sus burlas. El colegio ocupaba una parcela semi rural y el clima de la ciudad era muy benigno, por lo que los retozos infantiles semejaban una excursión. Una característica suya que no podía identificar le hacía sentirse distinto de los demás. El tiempo del recreo lo pasaba mirándolos como si los viera en la televisión, con un sentimiento de extrañeza nunca aclarado; se sabía diferente, aunque no sabía por qué. Su juego solitario consistía en interpretar las formas de las nubes o contemplar los insectos y cuando sentía ganas de aliviarse, entraba en el apestoso retrete colectivo del colegio, seguido de inmediato por un grupo numeroso; iba a orinar, para lo que no tenía necesidad de abrirse la bragueta del pantalón. En el mismo instante, alguno de los otros chiquillos gritaba:
-¡Atención! El Dioni va a sacar la bicha.
Los demás niños, ninguno mayor de siete años, se arremolinaban alrededor de Dionisio en el momento que extraía el pene por debajo del pernil del pantalón corto. La salida de la “bicha” ocasionaba exclamaciones y risotadas, que terminaban con algo parecido a un aplauso cuando acababa la meada. Él sonreía beatíficamente, sin comprender la razón del revuelo, ya que todo lo suyo le parecía natural y de lo más corriente, aunque siempre persistiera el sentimiento de no ser como ellos.
No recordaba situaciones parecidas del resto de su niñez, pero sí de cuando la adolescencia comenzó a manifestarse con salacidad incontrolable. Casi todas las muchachas de su vecindario se lo dijeron alguna vez:
-Tu porvenir es meterte a chulo.
Al cumplir Dionisio los diecisiete sin que su infame trayectoria escolar prometiera nada, su padre fue más específico. Estaban desnudándose a la vez en una caseta de playa; cuando el chico se bajó el calzoncillo hasta las rodillas, su padre se quedó inmóvil, alelado, mirando con ojos maravillados hacia su entrepierna. Tras unos instantes de mudez y mucho desconcierto de los dos, el padre se bajó el calzoncillo, lo que confirmó la idea de Dionisio de que lo suyo no era tan especial. Salieron ambos con cara de circunstancias y en silencio hacia las tumbonas, donde el resto de la familia había montado ya una especie de campamento tuareg con las neveras portátiles, las toallas, flotadores, sombrillas y los cestos y bolsas de comida.
Después de comer, Dionisio notó que su padre procuraba echar la siesta en la hamaca situada junto a la suya. Sobre la algarabía de la comilona mezclada con arena y risas, y a despecho de las miradas lascivas hacia las muchachas que aquella tarde habían decidido hacer “topless”, en las mejillas de Dionisio perduraba aún el sonrojo del momento desconcertante de la caseta, y cuando su padre –tumbado ahora boca abajo, impaciente y al tiempo dubitativo, y mirándolo de reojo- denotó que iba decirle algo que por su actitud parecía importante, la rojez de las mejillas del muchacho aumentó. Dionisio reprochó con ojos resueltos la mueca burlona de los labios de su padre, pero dijo con tono de rabieta:
-¿Qué quieres, papá?
El padre vaciló unos segundos aunque tenía de sobra elaborado el discurso:
-Oye, niño; no tienes cabeza para los estudios ni apuntas condiciones artísticas. Pero tienes… un don. ¿Sabes de lo que hablo?
Con un arrebol volcánico, Dionisio asintió.
-Pues ya lo sabes, niño. Lo tuyo es de otro mundo. Volverás locas a las mujeres y… también a algunos hombres. Te harías rico si te atrevieras a chulear.
-Tú…tienes lo mismo que yo y…
-Sí, niño; pero yo hice la tremenda tontería de enamorarme de tu madre cuando tenía tu edad. No cometas el mismo error y sácale partido a esa entrepierna sobrenatural.
El consejo, sumado al clamor de sus vecinas, le martilló las sienes durante el resto del verano. Llegado septiembre y ante la pregunta de sus padres de si iba a continuar la tarea imposible de estudiar o qué se proponía hacer con su vida, meditó un montón de días sentado en el muro de canalización del río. Pasaba horas y horas mirando el pedregoso y seco lecho, inmóvil.
Pensaba con frecuencia creciente en la primera muchacha que penetró. Sus gritos, convulsiones y alaridos. El miedo a que alguien la oyese y creyera que él la maltrataba. El susto y la impotencia de casi un año, que pasó evitando el acercamiento a cualquiera de las que se le sugerían, por temor a que se repitiera aquella escena; sin embargo, la renuncia alentó el clamor que corría de boca en boca por el barrio. La supuesta “maltratada” les contó a sus amigas el don incomparable de Dionisio, de modo que se convirtieron en multitud las que ansiaban comprobarlo.
Lo que para las chicas con las que tenía escarceos era una lisonja más que una broma, para él fue tomando cuerpo a partir de la conversación con su padre en la playa. Aguzó el oído para tratar de averiguar si se trataba de algo que pudiera estar al alcance de sus aptitudes y situación, e inclusive consultó a los vecinos con los que tenía mayor intimidad.
-Fonsi, ¿tú crees que yo…podría meterme a puto?
-¡Cómo no! Con lo que te cuelga, ¿qué quieres que te diga? Yo no lo pensaría. Puedes hacerte rico con tu polla, que te lo digo yo. Fíjate en el Bibi, que no tiene ni la mitad que tú, y se lo rifan las ricachonas y los pudientes de Marbella,
Mediado el otoño, alcanzó el convencimiento de que eso era lo que deseaba hacer con su vida. Con objeto de llegar a imaginar un método para lograrlo, dedicó muchas tardes a leer las revistas de “información rosa” que su madre y sus dos hermanas leían con avidez. Al principio, creyó que todos aquellos noviazgos, rupturas y adulterios eran reales y se asombraba sobremanera, escandalizado; pero poco a poco se fue convenciendo del indigesto tejido de mentiras e invenciones pagadas que contenían esas publicaciones.
Estudió las caras, las ropas y las actitudes; en poco tiempo se convirtió en un experto capaz de reconocer a todos los famosillos, sobre todos a los más descarriados. Hasta se creyó capaz de descubrir tras los oropeles aparentemente honestos a las que se prostituían bajo el influjo de una famosa madame que decía que no lo era.
Una vez que le pareció haber comprendido cuál sería el sistema, decidió ponerlo en práctica

Capítulo2
Rodolfo poseía en las fotos la apostura de un príncipe de cuento de hadas. Dionisio lo eligió después reflexionar meticulosamente durante semanas. Intuía en él algo oculto; estaba seguro de que en los ojos de Rodolfo había una profundidad a la que muy pocos o nadie tenían acceso, mas para él resultaba evidente que las personas tan glamorosas con las que salía en las fotos de las revistas ignoraban cuestiones esenciales del “figurín” supuestamente frívolo que tenían al lado.
Los periodistas alababan con frecuencia su fotogenia y simpatía, pero nadie mencionaba un trabajo ni profesión alguna. Otros “playboys” disimulaban la prostitución diciendo que eran jinetes, cantantes en ciernes, campeones de pimpóng o “artistas”; Rodolfo, en cambio, no daba la impresión de avergonzarse. Nunca se empeñaba en el esfuerzo inútil de adornarse con títulos imaginarios.
Los cronistas lo aclamaban como el más formidable “playboy” del mundo desde Porfirio Rubirosa, el chulo más afortunado de la historia, por lo que Dionisio averiguó mediante Internet. Pero comparó las fotos y halló que Rodolfo, “el nuevo Valentino” según lo apodaban, tenía no sólo una belleza mucho más rotunda, sino también poderes ignotos que le convertían en alguien muy superior a Rubírosa.
De modo que tomó la decisión, y aprovechó un momento que se encontró a solas con su padre.
-Está bien, hijo. Es buena idea. Pero tu plan va a resultar caro y no puedo darte más que… unos cuatrocientos euros. Te verás en apuros.
-No importa, papá. A lo mejor me sale algún “trabajillo” y así puedo ir practicando.
-De acuerdo, pero ten cuidado. Nunca, nunca, hagas nada sin condón.
-Pero si ninguno me entra…
-Ve a ese “porno shop” que hay al doblar la esquina. Tienen unos especiales para tíos como nosotros. Siempre los compro por si acaso, pero ahora no me queda ninguno.








Capítulo 3
-Sócrates, Platón y Aristóteles se impacientaron con el cretinismo que observaban alrededor y crearon sin planearlo el universo de la duda. Desde entonces, demostraron de ese modo la superioridad del ser humano sobre la animalidad.
Lo que Rodolfo decía le sonaba a Dionisio a enigma insondable y más raro que el perro verde de un presentador de televisión. Esa lección de filosofía, tan inesperada en el chulo que deseaba adoptar como modelo y guía, la había recitado el famoso playboy en respuesta a las vacilaciones de un año que Dionisio le narró..
-La mayoría de los que hacen este trabajo –continuó Rodolfo- son cretinos, y así comprobarás que muchísimos caen en las drogas o en ludopatía incurable. Si tienes dudas, es que piensas, lo que te hace superior, al menos, a la mitad de los chulos de España.

Dionisio se había valido de ruegos pacientes y múltiples recomendaciones para llegar a ser recibido por el famoso “playboy”, el Casanova de quien decían que era el mayor conquistador de mujeres famosas. La verdad era que quienes se jactaban en la Costa de estar bien informados, aseguraban que Rodolfo era un chulo anunciado en Internet y en páginas de “rentboys”, en inglés, como “el mejor escort del verano”, el más caro de Europa. Pero tras presentarse y pedirle ayuda, se encontró con que en vez de un famoso prostituto parecía tener delante a un sesudo profesor. Físicamente, Rodolfo retrataba sin duda su profesión y su estatus. Magníficamente vestido y alto sin exageración, sus proporciones corporales eran las de un atleta; mucho más bello que casi todos los modelos que Dionisio había examinado últimamente en los anuncios con el propósito de imitarlos. Rodolfo superaba a la mayoría de ellos, podía ser sin duda uno de esos que llamaban “modelo internacional, razón por la que Dionisio dedujo que el modelaje no sería demasiado bien pagado.

Lo contradictorio eran sus ojos. No por feos. Eran verdes y muy hermosos. Lo sorprendente, e inesperado, era lo que parecía haber dentro de ellos.
-¿Cómo te llamas?
-Dionisio .
-Oh. Tendrás que elegir un nombre “artístico”, uno que suene bien y sea fácil de recordar, como Fredy o Tony, o algo así.
-¿No podría ser Dioni?
-¿El diminutivo de tu nombre real? Suena a ladrón bizco y a una de lengua inglesa le sonará a nombre de mujer… pero está bien. De todos modos, en esta profesión da resultado ser un poco ambiguo. ¿Te das cuenta? Aquí nos tienes, dudando por algo tan poco trascendental. Dudamos con demasiada frecuencia. Dudar es un atributo de la inteligencia;. Por lo que veo, tú has elegido ya. Quienes te han aconsejado que te dediques a esto no se equivocan. Tienes de sobra los atributos necesarios; pero hay que refinarte muchísimo si no quieres quedarte en prostituto de saunas de gays o chuloputas.
-Yo…
Dionisio se ruborizó. Rodolfo sonrió de manera enigmática.
-Ése es el primer problema que deberías superar.
-¿Ponerme colorado?
-Sí. Pero no se trata sólo de que no se te note el rubor, sino de que nada pueda ruborizarte. ¿Comprendes?
-No.
-Tienes que llegar a un estado mental en el que nada te afecte mucho. Como si fueras un superhombre o un ser sobrenatural.
-¿Y eso como se hace? Yo no tengo medios ni cultura, ni conozco a nadie a quien pueda preguntarle.
Rodolfo observó al adolescente durante una larga pausa. El muchacho podía ser de gran ayuda, una oportunidad inesperada; y podía representar la respuesta a muchas de sus reflexiones de los últimos tiempos, a pesar de que mascullaba evidentemente algo que debía de inquietarle mucho.
-Estás dándole vueltas a un asunto, pero no te decides a decírmelo.
Dionisio contempló al que intentaba que fuese su maestro. Estaba convencido de que sus amigos del barrio, inclusive los que se jactaban por la exuberancia de su testosterona, se volverían en la calle a mirarlo. En ocasiones, los programas de televisión dedicados al cotilleo, y las revistas de lo mismo, lo llamaban el “Valentino español”. Cuando le preguntó a su madre qué significaba ese nombre, ella tuvo que consultar también a su madre. La abuela habló de la belleza arrebatadora de un actor antiguo. Ahora, sentado en el enorme sofá de color burdeos, se dijo a sí mismo que Rodolfo podía ser actor y a lo mejor no lo era. Sencillamente, porque no lo deseaba.
-Te mueres por decirme algo –insistió Rodolfo- que debe de preocuparte una barbaridad, porque tu expresión está descomponiéndose.
-¿Eres gay?
Rodolfo no respondió. Sonrió al tiempo que componía un gesto que Dionisio no supo interpretar.
-¿Te acuestas con hombres? –insistió Dionisio.
Ahora, Rodolfo soltó una carcajada breve.






























III
La breve carcajada trasladó a Rodolfo al urente y efímero paraíso de su niñez. El paisaje era la piscina de un chalet inmenso, situado en la más deseada urbanización de Madrid, La Moraleja que, aunque los verdaderos ilustres y potentados tradicionales la calificaban como “hortera “y “de nuevos ricos”, agrupaba en un espacio no muy extenso a la mayoría de la farándula famosa y la moderna clase empresarial. En la imagen evocada, Rodolfo tenía doce años; jugaba con su hermano mayor, Alonso, cuyo decimoquinto cumpleaños iba a celebrarse en el mismo lugar al día siguiente.
-A que no te haces cuatro largos sin descansar… -le retó Alonso.
-Estoy hecho polvo. Anoche…
-Ya lo sé. Anoche estuviste trasteando con los libros hasta el amanecer. En el desayuno, papá le ha dicho a mamá que ya no sabe qué hacer contigo. Coño, Rodolfo, que tienes doce años.
-¿Y qué?
-Hay que divertirse y pasarlo lo mejor que podamos.
Con impaciencia y desdén, Rodolfo contempló sesgadamente el rostro sonriente e insípido de su hermano. Alonso era un estudiante pésimo, que probablemente produciría a su madre más inquietud que él con sus lecturas nocturnas.
-Otra vez está mirándote la vecina –murmuró Rodolfo-; vuelve la cabeza con disimulo; trata de taparse con el seto de pino marino.
-No es a mí a quien espía –respondió Alonso con un encogimiento de hombros-, sino a ti. Bebe los vientos por tu cara bonita.
-Tú no estás bien de la cabeza. Ella tiene tu edad.
-¿Y qué más da? Fíjate en su propia madre. Se casó con su padre teniendo ella treinta y él veintiuno.
Rodolfo asintió. La historia de esa familia era una de las preferidas por los chismes de la urbanización. El padre había sido un cantante muy famoso; siendo casi niño, fue seducido por un noble, también muy famoso, que aupó al cantante novel hasta el estrellato. Cuando el noble iba a morirse, pidió al cantante el favor de que se casara con su hija, a quien daban por solterona incurable y que sería la heredera de su fortuna y el título; un título que dejaría de tener titular tal como se presentaba el futuro.
-Cásate con ella, Uriel. A oscuras en la cama, cualquier cuerpo es un cuerpo. Cásate con ella y dame nietos. Si no me dices que sí, no me moriré tranquilo.
Para sorpresa de la farándula de la época, el cantante se casó con la hija de su protector y fue desde entonces para la prensa el más amante y fiel de los maridos. Tal como el noble muerto deseaba, le dio cuatro nietos, el menor de los cuales era la muchacha de catorce años que ahora se escondía tras el pino.
-Pero si comentan que su madre es lesbiana –arguyó Rodolfo a su hermano Alonso.
-No te fíes. Sea lo que sea su madre, a ella le molas tú. Está claro.
-Ella no está mal, pero se parece demasiado a la cara de caballo de su madre.
-Tienes razón- afirmó Alonso-. Ya ves tú, dicen que para poder follársela, su padre metía en la cama también a un jovencito y comentan por ahí que cuando iban en esos viajes internacionales tan largos, ella dormía con chicas y él, con chicos.
-¿Y tú quieres que yo me interese por su hija?
-Bueno… lo que trato es de que tengas pareja mañana en mi fiesta.
-¿Para qué necesito yo una pareja en tu fiesta?
-Para acallar los rumores. Todos los amigos vendrán en pareja, y no te conviene ser la excepción.
-¿Qué rumores, Alonso?
-Joder, Rodolfo. ¿No lo sabes? Eres tan guapo, que podrías pasar por Sarita Montiel; si no te echas novia pronto, acabarán diciendo que eres maricón; si lo sabré yo. Pero tu problema en estos momentos es que todos dicen que estás chiflado. No haces más que estudiar, leer y preguntar cosas que nadie sabe ni le interesan. Joder, si sacas en el instituto notas con las que ni sueñan nuestros amigos, lo más bajo que has sacado es un notable y vas un año por delante de tu edad. Me he peleado por ti unas cuantas veces, pero… ya no más. Lo que te encuentres, tú te lo habrás buscado por tus “rarezas”.
Las lecturas obsesivas inquietaban también a sus padres. Rodolfo les había escuchado comentar que “ese hijo nuestro no tiene porvenir, con tantas imbecilidades. De tanto leer, acabará pasándole como a don Quijote. Menos mal que Alonso sí tiene sentido práctico”.
-Pues entonces, tú no necesitas que yo esté en tu fiesta -respondió a su hermano, sentado al borde de la piscina mientras chapoteaba con los pies en el agua.
-Vamos, tío, no seas impertinente. ¿Cómo se te ocurre, no bajar a mi fiesta?
-Yo no pienso echarme una novia de un día para dar gusto a la gente.
-Bueno, haz lo que te salga del forro -contemporizó Alonso.
Rodolfo se detuvo a meditar durante una larga pausa, lamentando la frivolidad de los gestos de su hermano. Tras unos momentos en silencio, inspiró hondo y adoptó un aire cómicamente doctoral para decirle a Alonso:
-Esos amigos de los que hablas son tan imbéciles como la mayoría de la gente. Joder, Alonso, que eres mi hermano y no puedes ser como ellos.
-¿Qué quieres decir?
-Te voy a poner un ejemplo: Esperas en el vestíbulo el ascensor de bajada. A tu lado, una persona aprieta sin parar el botón de subida. Llega un ascensor que va para arriba; con asombro, ves que se abre la puerta y la persona que apretaba el botón de subida lo ignora; ni siquiera lo mira, y sigue pulsando con muchos nervios y fuerza el botón de subida. Llega de nuevo un ascensor que sube; se abre la puerta y esperas expectante que esa persona suba, ya que demuestra tanta prisa. De nuevo lo deja ir sin tomarlo. El ascensor de bajada no llega ni de coña. Una y otra vez llegan ascensores que suben, porque al control automático de los ascensores se le están dando órdenes sucesivas y apresuradas de subida, y esa persona no los toma. Vuelve a insistir apretando violentamente botones de subida. Por fin, para un ascensor que indica que baja. Suspiras aliviado y lo tomas. Estupefacto, ves que la persona que apretaba el botón de subida se introduce a tu lado, mirándote de reojo con odio, quién sabe por qué. Tal vez sea que le incomoda compartir contigo un espacio tan pequeño. Cuando el ascensor llega abajo, esa persona echa a correr y sale a la calle. Te preguntas por qué apretaría con tanta impaciencia y tan reiteradamente el botón de subida.
Adolfo adoptó una expresión perpleja para preguntar:
-¿Qué quieres decir, Rodolfo?
-Yo he visto una escena como esa muchas veces, y siempre me ha dado cuenta de que a otras personas presentes no les extrañaba. No creo que tú seas tan vulgar y mediocre como los demás…
Alonso calló un momento. Reconoció para sí que no entendía más de la mitad de lo que su hermano menor solía decir.
-Mira. Mañana tendré tres años más que tú. Déjate de coñas. El negocio de papa nos va a necesitar bien pronto y para mí, sin ti, sería demasié. Le voy a decir a mamá que mande la biblioteca a un guardamuebles…
Rodolfo sintió descomposición antes de recordar que su madre, que tanto se enorgullecía ante sus amigas de la biblioteca heredada de su padre, no aceptaría ocultarla en un oscuro almacén .



IV
Ante la pregunta de Dionisio que ponía en cuestión la medida de su virilidad, Rodolfo rió un buen rato aunque la evocación de su niñez le producía alguna angustia. Después de una larga pausa, preguntó:
-¿Sabes quién es Pepe Orduña?
Durante unos instantes, Dionisio forzó su memoria. Le pareció que se trataba de un famosísimo bailaor flamenco que estaba casado con la cantante más famosa del país, una que apodaban La Rondeña. Se dio cuenta de que Rodolfo estaba esperando su respuesta y asintió mirándolo a los ojos.
-Pues a pesar de quien es su mujer, el fulano se monta unas orgías de tíos en su yate que todo el mundo comenta en estos andurriales. Cada vez que ella está de gira, él se viene por aquí y manda a sus ayudantes a contratar los prostitutos más solicitados del momento. Cuando ya está en alta mar con el cortejo, manda que todos se desnuden a “tutiplén” y monta una de película. A mí me mandó contratar hace tres o cuatro veranos, y ni te imaginas el dinero que mandó ofrecerme, porque aquel año fue el primero que a las famosas de Madrid les dio por disputárseme, y una de ellas le había hablado a Pepe Orduña maravillas de mí. Con aquel dinero, ya no habría tenido que trabajar más aquel verano, pero mandé decirle que enrollara los billetes y se los metiera en el culo.
Impresionado por el relato, Dionisio rumió largamente sus implicaciones.
-Pero y ella, ¿no se entera de esas cosas que hace su marido?
Rodolfo rió ahora de modo más escandaloso y libre.
-Podría hablarte de una buena colección de matrimonios famosos, con hijos, en los que ambos van a la cama por separado, él con chicos y ella con chicas. La mujer de Orduña tiene una novia en Miami a la que llega a regalarle pulseras de brillantes.
Callaron durante unos minutos. Dionisio sentía demasiado desconcierto como para continuar preguntando sobre esas personas tan extravagantes. Por su parte, Rodolfo calculaba los pros y contras de la pretensión de Dionisio de ser su alumno, y la conveniencia o importunidad de permitirle vivir en su casa.
-¿Dónde vives, Jeny?
-En un barrio de Málaga que se llama Mangas Verdes.
-¿A qué se dedica tu padre?
-Pintor de coches. Yo he intentado aprender la profesión, pero la pintura pulverizada me da alergia.
-Por tu ropa, veo que la economía de tu familia debe de ser modesta.
-Somos cuatro hermanos y yo soy el mayor. Como le damos tanta guerra a mi madre, no puede trabajar, por lo que el único sueldo es el de mi padre. Vamos tirando.
-Ya veo.
Rodolfo examinó despacio la ropa del muchacho. A su llegada, mientras Dionisio le explicaba atropelladamente el motivo de la visita, se había quitado la camiseta para exhibir un torso adolescente lampiño y bien torneado. A continuación se bajó el pantalón y los calzoncillos, para demostrar que sus argumentos eran mejores que sus argumentaciones. Ahora, hundido en el sofá de terciopelo color vino tinto, resultaba más menudo y menos pretencioso que al principio. Resolvió que era una cuestión de pose inadecuada y de ropa inconveniente.
-Estamos a treinta y cuatro kilómetros de Málaga. ¿Tienes coche?
-¡Qué va! Ni siquiera tengo edad para que me den el carnet.
-¿A quién puedo preguntare por tu… honradez?
-Al párroco.
Rodolfo sonrió. ¿Qué pensaría ese párroco si lo llamaba para preguntarle por la moralidad de Dionisio y le explicaba la razón de su interés?
-¿Consumes drogas?
-¡Qué va!
-En esta profesión tendrás que aparentar que las tomas. Pero sólo aparentarlo. Nunca te aficiones a ellas. Si yo te contara de los artistas y los políticos drogadictos que hay en este país…
Dionisio calló. Tanto su padre como sus amigos, le advertían sobre ese riesgo. Pero sólo una vez había intentado fumar tabaco y lo tiró como si le quemara los labios. No creía que pudiera aficionarse a las drogas, ni siquiera simularlo.
-Vamos a ver, Jeny… Este piso tiene cinco habitaciones y no hay nadie la mayor parte del tiempo. Yo tengo que dormir muchas noches en hoteles o en las casa de mis clientas. O sea, que es un desperdicio. Si quieres vivir aquí, yo podría ayudarte y enseñarte mi profesión, pero no podrías comenzar a ejercerla hasta que estuvieras muy bien preparado.
-¿Y tardaría mucho?
Rodolfo examinó de nuevo la ropa y la pose del chico. Meditó un poco antes de responder:
-Para serte sincero, sí que tardarías un poco. Pero déjame contarte algo. Sócrates, que era un filósofo muy importante de la antigüedad griega, comenzó su búsqueda preguntando y conversando con aquellas personas a quienes la gente consideraba sabias, pero se dio cuenta de que en realidad creían saber más de lo que realmente sabían; filósofos, poetas, y artistas, todos creían tener un gran conocimiento, pero Sócrates llegó a ser consciente de la ignorancia que lo rodeaba y de la suya propia. Afirman que dijo una frase que algunos repiten con falsa modestia: “sólo sé que no sé nada”. Aunque yo me permito dudarlo. La gente se inventa frases muy redondas que supuestamente habrían dicho personajes famosos, inclusive en el momento de morir a solas, cuando no había quien pudiera contarlo. Lo que quiero decirte es que no vayas a creer que tengo la llave de la sabiduría para convertirte en el chulo perfecto. Lo que sí que puedo hacer es tratar de enseñarte lo que sé, y sospecho que con tu juventud y las actitudes tan desprejuiciadas de tu generación, seguramente me podrías superar algún día. Y yo te diría lo mismo que Sócrates.
-¿Y viviría aquí, sin más? ¿Cómo voy a pagar mi comida?
-No digas estupideces. Aquí se tiran todas las semanas montones de comida. No te preocupes por los gastos, porque de todos modos puedes ganarte el sustento y mi ayuda.
-¿Cómo?
-Cuidando esta vivienda. Una mujer viene a limpiar todas las mañanas, aunque casi nunca tiene nada que hacer y lo que hace en realidad es robarme a mansalva. Necesito alguien de confianza que cuide un poco mi… vida.
Dionisio escrutó atentamente el rostro de Rodolfo. Le habían prevenido contra la posibilidad de que un gay quisiera conquistarlo. Volvió a preguntarle:
-¿Eres gay?
Rodolfo permaneció serio un instante, ahora con más enfado que desconcierto en la mirada. A continuación, se echó a reír.
-¿Te molestaría que lo fuera?
-No. Pero yo no quiero tener que acostarme contigo.
-No tienes que preocuparte de eso.





II
Pasó un mes.
Dionisio se aburría mucho, a pesar de que dedicaba en la terraza casi mediodía a los ejercicios físicos que Rodolfo le indicaba. Notó con satisfacción que comenzaban a marcársele los músculos abdominales de un modo muy escultural. Pero el aburrimiento iba siendo cada día mayor. Por no causar gastos, no se atrevía a llamar por teléfono a casa de sus padres más que de vez en cuando y pidiendo primero permiso a Rodolfo; cuando llamaba, conversaba apenas medio minuto, lo justo para preguntar por las novedades y la salud. Esta conducta asombraba grandemente a Rodolfo, acostumbrado a que muchachos en circunstancias parecidas a las de Dionisio fueran seres marginales muy abusadores. Tenía que decirse a sí mismo casi a diario que Dionisio no era marginal, sino pobre, pueblerino y mal estudiante, pero de familia obrera decente.
Mientras Dionisio entrenaba en la terraza, situada en un segundo piso, en ocasiones se paraban a contemplarlo algunas mujeres, lo que acentuaba su rubor. Notaba en esas miradas una clase de interrogación que no comprendía y para la que no tenía respuesta, lógicamente. Se escondía a veces para examinar a la mirona a hurtadillas, y siempre le parecía que había perplejidad en sus ojos.
Era cierto que Rodolfo paraba poco en el piso.
Curiosamente, Dionisio sentía algunos días abandono y una imprecisa sensación de celos muy sorprendente. Sentimientos que se atemperaban cuando, con frecuencia que aumentaba con el paso de los días, Rodolfo elogiaba el orden y el buen funcionamiento de la casa, donde ya nunca ocurrían faltas.
Una noche de martes, Rodolfo no había sido contratado para un servicio y se dispuso a acostarse.
-¿No podemos hablar un poco? –preguntó Dionisio.
-¿De qué?
Dionisio duró unos instantes, cohibido.
-Me huelo que hoy has tenido algún cabreo –aventuró Dionisio.
-¿Porque me has visto llegar serio? No es nada.
Tras una pausa, Rodolfo añadió:
-Tengo veintisiete años. No puedo pensar en dedicarme siempre a lo mismo. Hay días que decido reflexionar. Tengo algún dinero ahorrado, y seguramente lo que haré al final será abrir una discoteca o algo así. Pero no te vayas a creer que soy gilipollas. Estudié periodismo y siempre me decían en la universidad que escribía muy bien. A veces trato de conseguir empleo en un periódico, la radio o una televisión y hasta me he sometido a pruebas, y esta tarde he hecho varias llamadas infructuosas. En este país es un pecado gordísimo ser guapo y tener talento.
-No comprendo.
Rodolfo sonrió. Hacía tiempo que notaba que Dionisio acentuaba con afectación su pretendida ignorancia, como si intentase homenajearle a él reconociendo su superioridad, al tiempo que se mostraba respetuoso.
-Ya sabes lo que me gusta referirme a los clásicos.
Dionisio asintió mientras bajaba la mirada hacia la alfombra para que Rodolfo no pudiera detectar su temor a aburrirse.
-Con Sócrates se cometieron muchas injusticias en Atenas. Sólo unos pocos contemporáneos suyos se dieron cuenta de la enormidad de su talento, Platón entre ellos. Pero en nuestro mundo es una carga muy pesada tener talento; cuanto mayor sea, mayores serán los impedimentos que encuentres. Yo lo he sufrido en mis propias carnes. En octubre del año pasado, una clienta me facilitó el contacto con el jefe de redacción de un programa de Radio Nacional. Charlamos un rato por teléfono antes de programar un encuentro; sin más, él prometió conseguirme un empleo. Me citó para dos o tres días más tarde; tomaríamos café a la hora de la sobremesa. Como me había hecho aquella promesa, quise demostrarle mi capacidad. La mañana de la cita, me estrujé la cabeza a ver cómo podía hacer esa demostración. Me acordé de que estaba cerca el día de Todos los Santos, o sea, cuando se representa Don Juan Tenorio. No tuve otra ocurrencia que parodiar la escena del sofá, pero convirtiendo a don Juan en un muerto de hambre tipo Carpanta, que se prostituía con el bujarrón don Luis. Coincidió que esa mañana se hablaba mucho de Al-Qaeda y de Ben Laden, e incluí una alusión al asunto para que no cupieran dudas de que acababa de repentizar el escrito, el cual cubría cinco páginas de verso bien trabado que sonaba muy parecido al original. Cuando terminé de escribir, corrí a la cita orgullosísimo de lo que llevaba. Mientras tomábamos café, él volvió a hablarme de que sería bastante fácil conseguirme empleo en el programa de una compañera, que de verdad “está hecho”. Entonces, considerando que yo debía disolver cualquier duda que le quedase sobre mis capacidades, le di a leer la composición de la escena del sofá.
-¡Y te dio un empleo en seguida!
Dionisio lo afirmó con vehemencia, por lo que Rodolfo trató de transmitir ternura sobre su expresión de amargura y decepción.
-¿No ves que sigo en esto? ¡Claro que no me ayudó a encontrar trabajo! Durante aquel café, que me resultó más amargo que la hiel, no paré de observar al tío mientras lo leía, convencido de que se entusiasmaría y me felicitaría calurosísimamente. Sin embargo, pareció que estaba a punto estuvo de caerse del taburete y después leyó de nuevo los cinco folios una y otra vez, como si algo no le cuadrara. Detecté su descomposición, sus giros de cabeza como si buscase un asidero o un argumento para mandarme a freír espárragos. Volvió a mirar los cinco folios mientras se le congestionaba el cuello. Temí que pudiera darle un infarto. Después de un nuevo repaso, me preguntó si lo había escrito ese mismo día. Como resultaba evidente que sí, porque la noticia de Ben Laden se había publicado esa mañana, no añadió nada más; se despidió bastante bruscamente y nunca volví a verlo ni respondió mis llamadas telefónicas.
-Entonces… ¿no te consiguió el trabajo?
-Claro que no. ¿No has comprendido? Antes de nuestro encuentro, el fulano me había considerado un recomendado mediocre, pero creyó descubrir por aquel versito que yo tenía demasiado talento, como si pudiera convertirme en una amenaza para él. El miedo del mediocre.
-¡No comprendo!
Rodolfo sonrió con amargura. Eludió entrar en nuevas explicaciones, porque el recuerdo le producía gran enfado y tristeza.
-No te esfuerces –aconsejó a Dionisio-. Tú, resalta tus atractivos y conviértete en un Casanova con más éxito que yo mismo; con que ganes tanto como yo, sería mucho más de lo que gana aquel tío tan pusilánime y egoísta, aquel jefe de redacción que sabía bien que nunca llegaría más que a eso. La gente es mediocre, Dionisio, pero la profesión que has elegido no lo es. Nuestra vida es muy, muy especial. Lo malo es que siempre resulta sumamente difícil vivir sin que te quieran y también a nosotros nos ocurre, a pesar de la caradura que el mundo nos atribuye a los chulos. Cuanto más aprendas y más experto te vuelvas, más descubrirás que nadie te quiere, aunque todos te aprecien. La práctica me ha demostrado que cuanto más te aprecian, menos te quieren.