lunes, 26 de julio de 2010

INDIANOS, UNA FORMA DE HEROISMO. 2 -Epopeya en tierras extrañas


2-EPOPEYA EN TIERRAS EXTRAÑAS
Es posible que sólo un emigrante pueda comprender la magnitud y la hondura del verbo esperar.
En todas las grandes ciudades hispanoamericanas hay un lugar donde se concentran los quioscos de prensa principales, que importan periódicos europeos. Los de cada país llegan un día específico de la semana, incluyendo diarios y semanarios, independientemente de que exista en la ciudad de acogida una edición especial de algún diario español. Causa una congoja inenarrable asistir a un espectáculo que se repite con monotonía: en Caracas, por ejemplo, hay una calle llamada Sabana Grande, en cuyo arranque, un poco más ancho que el resto, se sitúan dos grandes quioscos que reciben los martes publicaciones de España. Suponiendo que los repartidores lleguen habitualmente a las 11 de la mañana, si se visitan a las 9.30 ó a las 10 las cafeterías de alrededor es posible oír más acento español de lo acostumbrado. Anhelantes, los emigrados acechan como almas en pena, con ojos hambrientos, la llegada de la furgoneta que reparte los periódicos.
En cuanto esa furgoneta se acerca a uno de los quioscos, el revuelo es como la “carrera del oro”, porque no es raro que algún diario se agote en seguida. Y es que no todos los que esperan son hacendados ricos o profesionales libres. En muchos casos, se trata de empleados que han pedido un par de horas de permiso para ese fin concreto. Porque no todos ni la mayoría, realizan sus sueños.
A las penurias para pagarse el pasaje y los problemas de la travesía, había que añadir las dificultades de adaptarse cuando llegaban a sus ciudades de acogida. Hay que considerar que mudándose dentro de España de una región a otra ya se encuentra diferencias que producen extrañeza y, a veces, incomodidad; la mudanza a otro país en tierras tas lejanas entrañaba siempre choques culturales inmensos; no sólo por los horarios, formas de entender la diversión o la extrema rareza de las comidas; sobre todo, se trataba del espíritu con que encarar la vida; siempre hay que tener muy presente que nosotros los españoles entendemos el día a día de manera distinta a todo el mundo; no es que sea para sentirse muy orgulloso, pero es verdad que el vitalismo español, tanto en Cataluña, como en Andalucía como en Galicia, no se da en ninguna parte y menos en los países hispanoamericanos. Nadie come a las tres en todo el mundo. Ni cena a las once. Ni trasnocha a diario. Esas cosas, que algunas pueden parecer perniciosas, no las hace nadie salvo en España.
Los emigrantes no solían viajar demasiado informados sino que, con frecuencia, llegaban con una visión sumamente desenfocada, inducidos por los emigrados anteriores, que ocultaban sus vicisitudes y sólo hablaban de glorias. Fueron innumerables los que se sintieron defraudados en sus expectativas. El proceso de adaptación presentaba unos peldaños para los que nadie los había preparado. Casi siempre, la realidad, crudísima, desbarataba los sueños. Cuentan muchos que al rato de llegar, caminaban sin rumbo por las cercanías de los muelles, llevando en la mano un papel con una dirección escrita, cuyo camino nadie les señalaba.

Hubo un recodo de la Historia en que Hispanoamérica fue extraordinariamente solidaria con los españoles; el exilio republicano halló en algunos países, como Colombia o México, amables y acogedores refugios donde no sólo sobrevivir, sino, también, llevar adelante sus proyectos intelectuales. Refiriéndose a la contribución de los emigrantes políticos republicanos españoles en Colombia, la escritora María Eugenia Martínez Gorroño escribe: “A partir de 1934 el Partido Liberal en Colombia inició un proceso de renovaciones e impulsos gubernamentales con la intención de industrializar y modernizar el país. Como base imprescindible se planteaba la reforma del sistema educativo. A consecuencia de la caída de la II República (española) varios exiliados españoles, ya en territorio francés, buscaban un destino americano donde ubicar su exilio y algunos de ellos fueron invitados y seleccionados para establecerse en Colombia. Los proyectos y necesidades ocasionaron la preferente ubicación profesional de los exiliados españoles hacia el campo profesional de la enseñanza, principalmente universitaria. Así la Universidad Nacional, en periodo de estructuración y la Escuela Normal Superior, entidad creada para solventar la carencia de profesorado cualificado para enfrentar la reforma, se convirtieron en las dos entidades en donde los exiliados españoles prestaron sus servicios. En ellas no sólo impartieron clases, sino que contribuyeron a la creación de nuevos estudios y especialidades. Varios exiliados españoles fueron el motor fundamental para la creación de nuevas facultades, centros científicos y de investigación que se convirtieron en el punto de partida para el inicio de nuevas ciencias, en donde se formaron los primeros especialistas del país”.
El exilio republicano, una de nuestras cíclicas emigraciones forzosas, fue oportunamente beneficioso en el caso de Colombia y sumamente útil para muchos otros países hispanoamericanos. Curiosamente, éstos exiliados que se consideraban a sí mismo emigrantes “muy provisionales”, figuran entre los que más han permanecido en sus lugares de acogida, pero sin dejar de añorar el jamón de Jabugo y las gambas a la plancha.

Los españoles que vivían en tierras lejanas igual que Santa Teresa, “sin vivir en mí”, nunca rindieron su esperanza y habitaban la ciudad de su emigración años y años sintiendo que se trataba de algo transitorio. Tal es la razón de buscar las noticias de España como alimento de primera necesidad; acudían a comprar el periódico de su preferencia pero lo hacían generalmente mucho antes de la llegada, por si se agotara; por tanto, esperaban y esperaban, sin importar cuánto.
Y esperar, no pararon de hacerlo durante el tiempo que duraba lo que sus corazones interpretaban como exilio.
La espera suprema era, por supuesto, la fecha en que podría tomarse un avión o un barco que se dirigiera a España.
Pero vistos desde España, desde las localidades donde quedaron sus familiares, los emigrantes viven vidas maravillosas. Recorren territorios fabulosos, contemplan paisajes mitificados en el cine y los reportajes, miran de cerca animales que los permanecientes sólo pueden contemplar en las revistas o los documentales de la 2. En la creencia de los que permanecieron, el emigrante es incomparablemente feliz y privilegiado, porque experimenta sensaciones y placeres que ellos no podrán experimentar jamás.
Ésa es una de las visiones más distorsionadas que puede ofrecer el desconocimiento. Un desconocimiento basado en la creencia de que la universal forma de vivir es la suya, que llega a constituirse en prejuicios sumamente injustos.
Los sociólogos ven la emigración como un factor de corrección de las diferencias de densidad poblacional y de riqueza entre estados. Así, fríamente; si en su país hay un veinte por ciento de parados, soluciónelo enviándolos al purgatorio de la emigración. Que sus hijos crezcan sin padre es cosa suya. Que se les rompa el alma es una fatalidad que tendrán que sufrir los desplazados.

Y aunque se iban muchos padres de familia cuyos hijos crecían como desconocidos, fueron muy numerosos los hombres prácticamente adolescentes que se marchaban porque habían crecido bajo la convicción de que la emigración iba a ser su única e insoslayable salida. En los últimos años del XIX y los primeros del XX, centenares de miles de jóvenes se marcharon de Asturias, Cantabria y otras zonas del Cantábrico, y cruzaron el Atlántico en busca de una vida mejor. Abundaban los adolescentes y hasta niños menores de 17 años, edad límite en que podían librarse entonces del servicio militar.
La realidad no es nunca el espejismo que se cree ver a la distancia. Es duro vivir en cualquier parte, hasta en el paraíso, porque acechan serpientes, pero lo es más si uno es cierta clase de inadaptado que, por esperar y esperar, posterga una y otra vez la decisión de “renacionalizarse”. Hay emigrantes españoles que han vivido fuera treinta o cuarenta años conservando el pasaporte. Por muy bello y privilegiado que parezca el que el emigrante viva en un país exótico, las dificultades acechan en cada recoveco de la vida. Y si se es español, está la cuota de nostalgia añadida de ese modo de entender la vida que nosotros tenemos, que nunca se parece ni remotamente a la manera de entenderla en la ciudad de acogida, por mucho que hablemos de “países hermanos”. Los llamados “países hermanos” de América no se parecen mucho a España, salvo el idioma, y a veces ni eso. Podría decirse como aquel escéptico inglés que aseguraba que lo único que diferenciaba a Inglaterra y Estados Unidos era la lengua. Hay muchas maneras de hablar el español, y lo vemos sin necesidad de salir de España, pero la realidad es que en muchos casos es difícil entenderse con un sudamericano en su país, aunque hable su versión del idioma. Pero los modos de vida tienen poco que ver con los nuestros. Es muy posible que, prescindiendo del idioma, uno pueda sentirse más en casa en Nueva York que en Quito, pongamos por caso. Y para colmo, en el centro de Nueva York, los aledaños de Times Square, se oye más español que inglés.
Percibimos todo lo desconocido como peligroso. Ésa es una constante de la condición humana, pero el peligro en bastantes lugares de América es real. A veces únicamente por la feracidad de su naturaleza, exuberante hasta en la producción de infecciones y hongos. Otras veces, la peligrosidad la exhiben maneras de entender la sociedad y las jerarquías y otras, la persistencia y desarrollo de algo que fueron los comerciantes de la Casa de Contratación de Sevilla los que lo llevaron allí: la corrupción. Es imposible describir el miedo que, siendo completamente inocente y arcangélico, puede uno sentir en ciertas ciudades de América Española cuando se acerca un policía.

Puede que no sea transmisible a otros la experiencia muy personal de sentirlo todo como extraño, como hostil. A quien permanece y se desarrolla en una misma ciudad y evoluciona junto a ella y al mismo ritmo que toda una comunidad, le resultaría incomprensible el relato de algunas circunstancias. Contaba un emigrante una anécdota ocurrida en la ventanilla de control documentario del aeropuerto de cierta gran ciudad hispanoamericana. Había viajado por medio mundo y, en el origen, había pedido visa en su ciudad de partida para ingresar en ese país; el sello de la visa consignaba el número de pasaje que el emigrante presentó en aquel momento, pero en un viaje largo es muy frecuente cambiar de ruta por múltiples circunstancias y el que mostró al cabo de dos meses en la ventanilla mencionada ya no era el original. El funcionario examinó con mucho detenimiento el número una y otra vez, así como el rostro del emigrante; lo miró socarronamente y en vez de rechazar su ingreso, le dijo:
-¿Sabe usted que yo puedo rechazar su ingreso y hacerle dar media vuelta, para ir de nuevo a Los Ángeles? También podría encerrarlo setenta y dos horas.
Como es lógico, el emigrante se quedó de piedra, preguntándose con angustia qué podía hacer. Dudó unos instantes, calibrando la dimensión del lío en que se había metido, cuando sintió una mano que se posaba en su hombro y le hacía volver la cabeza.
Un norteamericano bastante mayor y con apariencia de muy experto, le dijo en inglés, por lo bajo:
-Mete un billete de veinte dólares en el pasaporte y dáselo al policía.
Maravillado, el emigrante comprobó instantáneamente el efecto. Sus problemas acabaron ahí.

Algunas dificultades no eran tan anecdóticas. En realidad, muchas de ellas no tenían nada de divertidas. Con relación a la guerra independentista de Cuba, Ramiro de Maeztu, conocedor de los tremendos y muchas veces insoportables sufrimientos de los emigrantes, escribió en “Los españoles en América”:
“Es curioso que la revolución actual de Cuba haya anunciado la adopción de medidas contra los comerciantes españoles. No será la primera vez que una revolución americana persiga a nuestros compatriotas. Tampoco será la última. El comercio español en América es una de las cosas más florecientes del nuevo mundo, y las revoluciones suelen ser enemigas de las instituciones que prosperan. Tampoco son afectas a las órdenes religiosas, que en América suelen estar constituidas por españoles, y que también progresan lo bastante para afilar los dientes de la envidia. Si la gobernación de los pueblos hispánicos estuviera dirigida por pensadores políticos de altura, lo que se haría es estudiar con toda diligencia el secreto de las instituciones prósperas y desentrañar sus principios, a fin de aplicarlos y adoptarlos a las otras: al ejército y a la enseñanza pública, al régimen de la propiedad territorial y al de la dirección del Estado. El lector puede estar seguro de que no hay en América instituciones de estructura más sólida que el pequeño comercio español y las congregaciones religiosas. El día en que el espíritu de conservación de nuestra América se sobreponga al instinto revolucionario, no cesarán las prensas de estampar libros que estudien uno y otras”.

Contrariamente a lo que se afirma, los españoles han ido encontrando con bastante frecuencia incomprensión y hostilidad en algunos sitios americanos, a partir de Fernando VII y el proceso que le siguió. Curiosamente, tales actitudes eran sostenidas por personas apellidadas Sánchez, Rodríguez o García. Junto a algún himno nacional en el que se afirma que nos arrancarán el corazón, hay sitios en el que se cuentan episodios protagonizados por colonizadores españoles que practicaban el canibalismo (¡). Esa clase de reproches y disparates eran producto de los inventos nacionalistas, que mienten y distorsionan siempre la historia porque tienen que convencer a sus seguidores de la peligrosidad del odiado; lo curioso es que luego, en la cotidianeidad, esos sentimientos no se ponen habitualmente de manifiesto. Hay muchas ciudades donde las élites presumen sin excepción de antepasados españoles, ufanándose de apellidos más o menos hidalgos; recurren con frecuencia a pretensiones de biografías heroicas que son verdaderos prodigios de imaginación.
Sorprendentemente, hay muchos países donde el ideal físico humano siempre es el español del tópico. Castaño, altanero, con bigote ellos o melena larga y rizada ellas. María Félix y Jorge Negrete podrían ser paradigmas de ese ideal

Aunque parezca extraño, dado los muchos brasileños que inmigran aquí ahora, todavía son bastantes los españoles que residen en el Brasil. Los grandes flujos migratorios españoles hacia ese país tuvieron lugar en torno a tres ciclos históricos. Durante el final del siglo XIX, la década de 1889 a 1899, se fueron a Brasil 175.000 españoles. Es la época de la regencia de María Cristina y la guerra de Cuba, lo que tuvo enormes repercusiones sobre el fenómeno migratorio. Después fue durante la década de 1904 a 1914, cuando saltaron a aquel país un total de 243.600 españoles. En 1914 comenzó la guerra europea y se produjeron muy grandes y violentas agitaciones sociales en España (semana trágica, campañas de Marruecos, etc.). Por último, hubo otro gran flujo de emigrantes en la década de 1951 a 1961, con un total de 105.845, porque el final de la guerra europea coincidió también con enormes movimientos de emigrantes españoles. El idioma no ha sido en Brasil nunca un inconveniente, entre otras razones porque toda la gente educada habla fluidamente el español. Hubo españoles que se hicieron muy ricos y vivieron razonablemente felices en esa tierra. Muchos de ellos, para nuestra sorpresa, abrazaron los ritos animistas de Umbanda y algún gallego o andaluz llegó a ser “pãe de santo”, que es una especie de sacerdote de esa religión. A despecho de este síntoma profundísimo de adaptación incondicional, y a despecho también de la postal turística, la vida en Brasil es muy dura para quien esté acostumbrado a otra cosa.
La última oleada de españoles emigrantes hacia América Hispana se produjo en los cincuenta del siglo XX. Aunque ya había comenzado la emigración a distintos países europeos, algunas repúblicas americanas todavía se sugerían como destino deseables para los españoles. Argentina, Venezuela y Brasil fueron los principales países hacia donde subsistió el éxodo.
Además de la nostalgia, la añoranza, el amor insatisfecho y el deseo de abrazar a los parientes, la vida de un emigrante puede ser catastróficamente dura. Desde el mismo acto de emigrar.

Hubo un tiempo en nuestro pasado reciente en que, por las dificilísimas circunstancias sociales de los cuarenta, emigrar era una necesidad perentoria y, como vemos hacer ahora a los que llegan del Sur, muchos jóvenes españoles se jugaron la vida en embarcaciones que no se llamaban “pateras” pero venían a ser muy semejantes. Un grupo en concreto, se reunió para comprar conjuntamente una barcaza marinera en las costas entre Málaga y Cádiz y sin conocimientos marineros apenas, iniciaron una odisea digna de Jasón y sus argonautas. Primero buscaron sin ninguna pericia Las Canarias, imitando a Colón, que era lo que a algunos de ello les parecía lo más astuto de la historia. Una vez allí, y después de varios días de indeterminación y miedo, y tras mucho preguntar, se hicieron a la mar con más pánico que esperanza; pusieron rumbo al Oeste, confiando más en la suerte que en un plan que no tenían. Azotados por olas descomunales, y a los pocos días por el hambre y la sed, siguieron obsesivamente la derrota del Sol poniente y fueron y fueron adelante hasta llegar a perder el sentido del tiempo y el espacio.
Se habían propuesto llegar a las costas de Venezuela, y les parecía que el rumbo que estaban siguiendo les llevaría allí de cualquier modo, fuesen cuales fueran los inconvenientes que se les iban presentando. Desfallecidos, con algún muerto a bordo y los demás casi a punto, y más de la mitad queriendo lanzarse al agua para acabar el viaje de una vez, fueron perdiendo la conciencia bajo un Sol despiadado hasta que la barcaza acabó navegando a su aire, sin gobierno ni acechanza de ninguno de ellos. Soñaban paraísos que no encontraban en su debilidad de moribundos, y no llegaba ningún alcatraz a despertarles con sus graznidos para avisarles de que la tierra estaba a la vista. La riqueza aparecía ante ellos retrocediendo burlona y cubierta de una niebla remota, donde las ilusiones se volvían de hielo, y el oro dejaba de brillar, eclipsado por la desesperanza de la pesadilla. El próspero paraíso soñado no era de este mundo, o al menos no era del mundo al que ellos pertenecían. Antes de perder el último viso de conciencia, se convencieron de que no había en la tierra nada que se les permitiera ambicionar.
Nunca supieron calcular ni aproximadamente el tiempo que vivieron en ese limbo sin objeto. Todos, en sus ensoñaciones febriles, crían que habían muerto y ya nada podría hacerles volver al proceloso mar donde derivaban sin rumbo.
Un día, despertaron mientras iban siendo depositados en una playa de arenas de color salmón claro, transportados en brazos de hombres desnudos. Cubiertos de plumas a modo de galas en la cabeza y con las caras extrañamente pintadas, aquel pueblo les alimentó y les cuidaron todos ellos, incluidas sus sonrientes y abnegadas mujeres, hasta que fueron consiguiendo ponerse de pie después de algunos días.
Tardaron aún algún tiempo en averiguar que no habían alcanzado las costas de Venezuela, sino las de Brasil, pero sí comprobaron pronto que aquel pueblo aborigen, primitivo pero nada salvaje, les había salvado la vida.
Acabaron hablando el curioso “portuñol” (mezcla de portugués y español) que hablan casi todos los españoles de Brasil, y muchos alcanzaron la prosperidad allí y vieron con el tiempo que sus hijos y nietos sólo hablaban portugués, mientras ellos soñaban todas las noches con regresos quiméricos atiborrados de bacalao al pil-pil, pulpo a feira y chorizo de Cantimpalo.


Pocos que no hayan visto desde muy cerca el fenómeno conocen la infinidad de motivos, percances y decepciones que han abonado el sufrimiento de los emigrantes durante toda su historia. Con motivo de la celebración del Día del Emigrante, que festejan en Argentina todos los cuatro de septiembre, el autor Enrique F. Widmann-Miguel escribió:
“Nos sos de acá ni sos de allá. Conmemorándose el 4 de septiembre en la República Argentina el Día del Inmigrante, vale recordar el dolor del desarraigo de la desvinculación familiar, las penurias, sufrimientos y esfuerzo de mujeres y hombres que protagonizaran la emigración española a tierras americanas, ya que además de su valor histórico y emotivo, constituye un ejemplo que, con visión de futuro, abre un panorama pleno de esperanza, de comprensión, de integración en suma, en una Iberoamérica realizada y compartida. Así como hoy muchos hispanoamericanos, que buscando su lugar en el mundo en la moderna y democrática España actual, aportan lo suyo para fortalecer la estructura del vínculo humano que hace a la integración, los españoles que arraigaran en Iberoamérica, fueron los precursores que construyeron los cimientos de la sólida base sobre la que se apoya tal estructura, que permitirá afrontar con la fuerza de la unión el desafío del cambiante y competitivo mundo de hoy.
La emigración, hecho profundamente arraigado en los sentimientos de muchos de los que, aunque nacidos en suelo americano, reconocemos nuestra raíces allende los mares, se ha reiterado en la historia de la humanidad, cuando los hombres debieron encarar situaciones coyunturales de depresión en su tierra de origen que, limitando su participación económica y social, obstaculizaran su desarrollo individual y familiar; enfrentando situaciones que los llevaron a buscar nuevos y mejores horizontes, con oportunidades alternativas de vida y trabajo, surgiendo entonces el fenómeno de la emigración como puerta de salida y solución para el problema planteado.
La emigración ha sido incluso motivo de inspiración de la expresión creadora de los artistas, que dejaron memoria de ello en sus obras. Ejemplo de ello son las coplas de El emigrante, canción que inmortalizara el célebre Juanito Valderrama:
Adiós mi España querida
Dentro de mi alma
Te llevo metida,
Y aunque soy un emigrante
Jamás en la vida
Yo podré olvidarte…
Con esperanza, buscando mejores horizontes, numerosos españoles salieron de sus pueblos para instalarse en otras tierras, soñando con un mejor futuro. Así, cruzaron el océano, llamados por algún familiar o amigo que los precediera, o por determinación propia, para “hacer las Américas”.
Siguiendo sus destinos, tuvieron dos querencias: estando físicamente en una, con el alma puesta en ambas.
Materialmente, son evidencia de ello las mejoras que los españoles de América introdujeron en sus pueblos de origen, en la medida de sus posibilidades. En numerosas poblaciones de España se realizaron diversas obras con recursos recibidos de América; no sólo recursos económicos, pensando, en su momento, también el aporte cultura.
La revista “La Estampa”, de Madrid, destacaba en una nota del año 1932 que, en Corporales –pueblo de León- a los niños se les llamaba “pibes”, a la mujer, “china”, a la propia madre “mi vieja”, informando que, para esa época, había más vecinos de esa villa leonesa en la Argentina que en el pueblo.
La emigración masiva fue de tal magnitud que, aún ahora, Buenos Aires puede considerarse como la quinta provincia gallega, por el gran número de personas de ese origen residentes en la capital argentina y alrededores que, inscritos en el Censo Electoral de Residentes Ausentes (CERA), llegan a influir con sus votos en los resultados de elecciones autonómicas y municipales.
Distinta suerte tuvieron los emigrantes españoles en su viaje a América. Muchos pudieron hacerlo sin mayores inconvenientes. Otros, fueron estafados por delincuentes que operaban en la vecindad de los puertos, aún antes de salir. Algunos, sufriendo penurias en el viaje”.

No ser de ningún sitio es lo peor que el emigrante siente. Tanto en su exilio como, paradójicamente, después del regreso. Nunca se puede llegar a ser del país de acogida, ni siquiera en el caso de nacionalizarse. Lo triste es que, después de regresados, comprenden que tampoco son de aquí. Sus claves han variado, aunque no adoptara las del país que los acogió. Y nadie puede cambiar drásticamente sus claves cuando ha madurado y se ha desarrollado como persona. Si alguien emigra a los veinte años, todavía no es un hombre pleno, todavía le quedan muchos cursos de la vida que completar. Cuando crece en otro ambiente y madura con él, se convierte en un híbrido; un ser con conceptos inoculados por sus padres y amigos de la niñez que asume de adulto comportamientos y valores distintos. Al crecer y convertirse en maduro en otros ambientes, tampoco puede considerarse plenamente de acá cuando regresa. Y lo más grave es que los demás, sus paisanos, son los primeros en notarlo.

Desde el principio, como vimos, les acechaba el “malfario”, que con penosa frecuencia acababa dejando de ser una acechanza para realizarse. Albergaban esperanza, pero siempre tenían que esperar. Podía engañarles un abusón que los estafaba con un pasaje falso en el que se iban todos sus ahorros. Y por lo tanto la espera se prolongaba aún más. Luego, una vez en cubierta, había que esperar a ver lo que les deparaba la suerte en La Habana, Río de Janeiro, Buenos Aires, San Juan o Caracas. Una vez llegados, la espera consistía en perseguir la fortuna, que podía llegar con ruedas ligeras o con terribles penalidades. Por fin, la espera consistía en aguardar a “tener lo suficiente”, que con frecuencia nunca era bastante. Mientras, ¿quién puede poner precio a las caricias que no recibieron de sus madres, al consuelo que no les llegó de sus hermanos o al consejo que no recibieron de sus padres?
Blanca Sánchez Alonso, en “Las causas de la emigración española”, escribió:
"Antes de iniciar un viaje debían hacer cuentas sobre lo que invertían y lo que iban obtener de esta búsqueda de trabajo. Por una parte los gastos monetarios: el precio del viaje y del alojamiento y sustento durante un periodo no inferior a un mes; además los ingresos perdidos tanto durante el tiempo del viaje, como durante el período de búsqueda de trabajo y aprendizaje en el nuevo empleo. Pero con ser éstos importantes, no se podía olvidar los gastos síquicos de pérdida de familiares y amigos; adaptación a otras costumbres, clima, etc. Para compensar estos gastos el emigrante tenía que tener alguna información previa de lo que se iba a encontrar al otro lado del Atlántico, por ello era un estímulo muy importante que en ese destino estuviera ya algún familiar o vecino que hubiera transmitido a través de carta o simplemente demostrara a través del envío de remesas que la situación laboral de ese lugar le permitía vivir y ahorrar".


En su “blog”, Roque Alonso escribe:
“Los pisos y apartamentos de los barrios periféricos, dormitorios de las grandes ciudades españolas. Se construyeron en los años 60-70 del siglo pasado para los millones de extremeños, andaluces, castellano-manchegos, gallegos... que habían llegado a las grandes urbes pocos años antes y, tras una o dos décadas de sufrido trabajo, empezaban a vislumbrar algún desahogo económico. Pisos de pocos metros y delgadas paredes. Barrios con más edificios que metros cuadrados, con menos jardines y servicios públicos que vecinos ricos; mal diseñados y peor atendidos. Ahora, la historia de la emigración la protagonizan otros, llegados a cientos de miles en los últimos años a esta España opulenta y algo olvidadiza. Magrebíes, sudamericanos, subsaharianos, rumanos... También huyendo de la miseria, el hambre y la inseguridad. Ahora son ellos quienes alquilan, a precio de oro, esos pisos tan gastados que dejaron los ex emigrantes españoles de los 70 para comprarse uno nuevo, con jardín y piscina comunitaria, o el adosadito en zona residencial, con aire puro y vecinos más selectos, sin inmigrantes hacinados en el piso de enfrente, entre otras cosas. Aquella emigración española, con sus desarraigos y sufrimientos, largas jornadas laborales y sueldos «competitivos», hicieron posible la España desarrollada de hoy. Esta inmigración de ahora, con similares o peores condiciones humanas y de trabajo, que vive en la calle o en ‘pisos patera’, ¿puede ser tan mala para el país? Si no podemos evitar nuestra situación geográfica, entre dos continentes (Europa y África) y dos mares (Atlántico y Mediterráneo), aprovechemosla con inteligencia, sin falsos temores. Tenemos la ventaja de que aún hay muchos españoles que vivieron en esos mismos pisos tan usados, que también fueron pobres, explotados y diferentes y, sin embargo, lograron salir adelante sin dejar de ser “gente de bien”.

Graciela Guzmán y Jesús Guanche escriben en “Emigrantes españoles en Cuba”:
La emigración española fue un proceso continuado a lo largo de los siglos XIX y XX que, con diferentes características, fue evolucionando desde una colonización dirigida a la creación de núcleos urbanos, con el establecimiento de colonos blancos, hasta la entrada de trabajadores libres en régimen de asalariados, de acuerdo al desarrollo de la economía y del sistema productivo cubanos.
Además de estos factores de índole económica, en el proceso de inmigración y colonización blanca actuaron otros factores de carácter político, social y cultural. La demanda de mano de obra abundante y barata se hizo sentir cada vez con mayor fuerza desde que el sistema esclavista entró en crisis y gran parte de esta oferta, tanto en las ciudades como en el campo, fue cubierta con la llegada masiva de inmigrantes españoles.
Hasta 1904 Cuba fue el destino principal de los españoles que decidieron emigrar. El período en que se registra el mayor volumen de entradas de emigrantes en la isla abarca desde 1912 a 1921 y desciende a partir de ese último año, tras la caída de los precios del azúcar en el mercado mundial y la crisis que sobrevino.
ETAPAS DE LA MIGRACIÓN
PRIMERA ETAPA: (1882-1930). Es la etapa de la migración española masiva a Iberoamérica, debido a problemas de tipo económico, problemas demográficos, etc... Cuatro de cada diez españoles se asientan en La Habana, y una proporción similar en las provincias azucareras de Oriente, Camagüey y las Villas.
SEGUNDA ETAPA: (1931-1945). De la emigración económica al exilio político. Se producen en Cuba las primeras reticencias a la emigración española a aceptar la llegada de refugiados, escudándose en los problemas laborales. Realmente era el temor a estos emigrantes, considerados peligrosos desde el punto de vista político, pues podían alterar su paz social.
TERCERA ETAPA: (1946 -1958). El retorno a la emigración económica. De nuevo se produjo una situación de reanudación del flujo migratorio, gracias a la expansión económica que sufre esta zona, coincidiendo con el rápido desarrollo de la industrialización. En 1960 la escasa emigración recibida tiene como resultado un estancamiento de las cifras de españoles residentes con respecto a 1950.
EXPERIENCIA DEL VIAJE
El viaje de los emigrantes españoles hacia Cuba comenzaba en una localidad, pueblo o capital de España. Si salían de uno de los grandes puertos de embarque, el periplo se simplificaba bastante; si no, el emigrante tenía que trasladarse a la costa, al puerto que le había sido adjudicado por la agencia de emigración correspondiente. El tren se convirtió en uno de los medios de transporte más usados por la emigración en la primera fase del viaje. Las familias también llegaban a los puertos en “caravanas”, viajando por España a pie o en carros.
Ya en las ciudades portuarias, pasaban una larga espera hasta que llegase el ansiado momento de embarcar. A todo esto se sumaba la compleja documentación que los emigrantes tenían que presentar ante el gobierno civil del puerto para poder embarcar.
Los momentos del embarque y la despedida en los muelles alcanzaban cotas de gran dramatismo. Muchos de ellos no volverían a ver a sus familias, a su pueblo ni a su país. Era un punto de no retorno. Sin embargo, en muchos casos, algunos emigrantes no pudieron resistir los momentos de tensión previos al embarque. Las deserciones y arrepentimientos no fueron infrecuentes.
El embarque no se efectuaba directamente a los buques sino mediante lanchas y barcazas que les conducían desde los embarcaderos hasta los buques fondeados en las dársenas.
Durante la travesía, hombres mujeres y niños tenían que soportar un viaje cuya duración nunca era inferior a 20 días. La travesía de los barcos migratorios estaba llena de penalidades, a pesar de las inspecciones por parte de las autoridades de Marina e Inmigración españolas. Éstas no fueron muy rigurosas y acababan embarcando más pasajeros de los que debían, o se llevaba un número insuficiente de chalecos salvavidas, e incluso se separaban familias o iban los hombres por un lado y las mujeres y los niños por otro. Además, sufrían incomodidades, falta de higiene, hacinamiento, suciedad, parásitos en la literas, frío o calor, hambre (era habitual la escasez de alimentos, las comidas mal cocinadas, la suciedad de los alimentos), y hasta era normal la escasez de agua potable a bordo. En definitiva, se padecían condiciones de vida infrahumanas.
También hay que suponer lo duras que debieron ser las condiciones en que aquel éxodo tremendo de la Guerra Civil se encaminó hacia su indeseado e imprevisto destino. A pesar de que muchos de los obligados a exiliarse eran personas muy destacadas, entre las que abundaban importantes profesionales. Ernesto García Camarero en “El exilio español de 1939” escribió: La presente parte de esta obra, dedicada a la ciencia en la emigración de 1939, presenta, a diferencia de otros campos de la cultura, una peculiaridad notable, consistente en el hecho de que la ciencia no ha arraigado en España desde el Renacimiento, pese a los dos grandes intentos que en tal sentido se han hecho en los tres últimos siglos, y por tanto una emigración en el cuerpo débil de la ciencia española, todavía inmaduro, ha significado un retroceso más notable y grave que en otras disciplinas más arraigadas en nuestro suelo y por ende de más fácil resurgimiento. Por esta peculiaridad nos vamos a permitir un párrafo introductorio sobre la actividad científica en la cultura española contemporánea y sobre las instituciones científicas de antes de la guerra, que nos ayuden a apreciar la magnitud del fenómeno de la emigración de científicos españoles motivada por la derrota de la República en nuestra guerra civil. También incluimos un párrafo en el que, sin pretender dar soluciones a problemas tan complejos, trataremos de señalar que un tema de sumo interés es el estudio de las causas y circunstancias específicas que motivaron la emigración de científicos y con ello tratar de evitar que un problema de la magnitud del exilio de 1939 se trivialice intentando en muchos casos reducirlo a una conveniencia personal o a una falta de patriotismo.
El caso ya mencionado de los marineros inexpertos que acabaron en Brasil pretendiendo ir a Venezuela, se repitió mucho. Javier Rada, en “Cayuquero, mi amor: Emigrantes españoles, el pasado de un drama actual”, escribe: “La Elvira” fue un paupérrimo velero que transportó en 1949 a más de 100 inmigrantes clandestinos españoles a Venezuela. Reproducimos su odisea gracias a los descendientes de uno de ellos, Paco Azcona.
En Venezuela habitan hoy 126.000 españoles, la mayoría de origen canario o gallego (el 54% regresaron). Sólo entre 1948-1950, unos 12.000 canarios emigraron. Entre 1900 y 1913, 180.000 emigrantes españoles zarparon al año.
Por comunidades. Los gallegos, canarios, vascos, catalanes y andaluces fueron los que más emigraron. Dependiendo de la época, y de las leyes migratorias, hubo cargamentos clandestinos, embarcados en alta mar, o en los puertos de Burdeos, Lisboa, Marsella o Gibraltar, lugares más permisivos. También hubo inmigrantes que viajaron de modo legal, acudiendo a las propuestas de empleo. (les motivaba) Hambre y riquezas. Emigraron por la miseria reinante en el país, o escuchando indebidamente a los reclutadores que prometían riqueza, o a sus propios familiares por sus cartas. "Júrame que no morirás", le dijo, siendo niña, Blanca Azcona a su padre, Paco. "Miénteme, dime que estaremos siempre juntos, unidos, como eternos Don Quijote y Sancho Panza", susurró con cálido acento venezolano. Paco Azcona, su "papá", ‘incumplió’ la promesa, y murió a la edad de 76 años. ¿Acaso podía cumplirla? En su entierro, en el municipio venezolano de Guarena, sonó el segundo himno de aquel país: “Alma llanera”. Y cuando la tierra que le había acogido cayó sobre el féretro, sus hijos improvisaron una isa canaria, su última voluntad: "Palmero sube a la Palma…". De su memoria sobreviven los recuerdos de sus tres hijos (Blanca, Raquel y Jesús). Y de su historia, una cinta de casette en la que narró el calamitoso viaje.

Mientras, enormes extensiones de España se quedaban desiertas. Santiago Lázaro Carrascosa, en “Emigración soriana hacia América”, escribió: A esta regla de despoblación soriana no debería escapar, y no escapó, nuestro pueblo natal, que de haber tenido en épocas anteriores hasta bien entrado el siglo XX, 500 a 550 habitantes, ahora han quedado reducidos a 30 ó menos, y no está lejos el día en que, como tantísimos pueblos sorianos y castellanos, se convierta en un pueblo abandonado.
Las causas fundamentales de esta emigración y sangría humana de Trébago, así como de la provincia, no son otras que la necesidad perentoria e ineludible de procurar el alimento y sostén primarios de la vida material, y no ya el satisfacer ocios o expansiones lúdicas y de descanso. Es decir, ante la imposibilidad de conseguir siquiera el mínimo de alimentación, vestido, vivienda y educación, en el medio rural del pueblo, los habitantes no tuvieron más remedio que emprender el camino de la emigración. Aunque no se nos olvida que las guerras, las discordias entre nobles, entre estos y la Monarquía, la peste, los atropellos cometidos por la Monarquía, la Nobleza y la Iglesia sobre los campesinos, menestrales y artesanos, también lo fueron, el principal motivo y causa de la emigración fue la penuria económica de las gentes del medio rural.
El término de Trébago, de unas 2.200 Has., de las cuales unas 650 son susceptibles de explotación agraria, dirigida a cereales, se puede considerar medio agrícola, medio ganadero. Es decir, no tiene las condiciones idóneas, como gran parte de la provincia, para la explotación, en su tiempo, de la ganadería trashumante, aunque algo tuvo, pero sí para en combinación con la agricultura mantener ganados estantes locales, de cuya simbiosis procedía el rendimiento económico para mantener la población. Como consecuencia de este equilibrio agrícola-ganadero, todos estos pequeños pueblos fueron sobreviviendo, aunque fuera en no muy buenas condiciones”.
Lamentablemente, la mayoría de quienes intentaron la travesía fracasaron en el viaje o en cuanto a amasar la fortuna que pretendían. No fueron demasiados los que consiguieron la riqueza soñada, los más numerosos ganaban apenas lo suficiente para sobrevivir. Fueron muy pocos los triunfadores, y muchos de estos volvieron en muchos casos con el secreto impulso de deslumbrar a los conciudadanos de una España miserable; tan admirados como odiados, los indianos importaban en su viaje de regreso, sobre todo, las ansias de vivir. Porque habían padecido de todo, lo primero incomprensión. Por eso fueron incontables los barcos de emigrantes clandestinos detenidos en las costas de Venezuela durante los cincuenta. Es muy difícil imaginar desde España lo que puede ser una prisión situada en un remoto lugar de un país del trópico. O la arbitrariedad por la que se le encarceló. O el terror de enfrentarse a enfermedades completamente ignoradas en su pasada experiencia vital. O a parásitos como la sarna, que en algunos sitios son tan corrientes como el resfriado; alguno cuenta que durante su estancia en uno de esos países, padeció la sarna veinticinco veces; acabó aprendiendo a curársela en veinticuatro horas, mediante un casi baño total en benzoato de bencilo. Sin olvidar en muchos casos, la hostilidad establecida en ocasiones oficialmente o, por lo menos, como una de las características de los sistemas de enseñanza. Ni con la escritura de una especie de “Episodios de la Emigración”, en imitación de Benito Pérez Galdós, podría reflejarse de modo panorámico y suficiente el sufrimiento, las penas, las privaciones, las zancadillas y las frustraciones que han padecido nuestros emigrantes.

domingo, 25 de julio de 2010

LOS PERGAMINOS CÁTAROS. Capítulo 3


Capítulo III
CAMP DELS CREMATS

En cuanto le autorizaron a entrar en la sala de oficiales de la guarnición napoleónica de Vielha, en el fuerte de la Sainte Croix, Joan Pere confirmó que eran los arrogantes militares franceses quienes gobernaban de hecho en Aran, a juzgar por los numerosos prohombres del valle que esperaban audiencia. Estaban la mayoría de los más ricos y resultaba desolador su aire de abatimiento y nerviosismo, como si todas las conjeturas que se les ocurrían tuviesen los visos más pesimistas sobre catástrofes personales y familiares.
Volvió a angustiarle la idea de que peligraran sus prerrogativas de rico ganadero y la influencia con que su familia había señoreado durante generaciones en la comarca. Él era el único aranés que podía, en justicia, ser denominado potentado por el gran número de animales que poseía, dado que todo Aran se regía por insólitas reglas ancestrales gracias a las cuales la propiedad de la tierra era comunitaria. Debido a la dimensión de su cabaña ganadera, él era uno de los pocos que podían pagar a otras aldeas vecinas por el uso de los prados
Empujado por sus miedos y las puyas de su esposa, había maquinado durante semanas un método para sortear el peligro de que la trashumancia de su ganado pudiera verse obstaculizada por la codicia del ejército francés. Ahora trataba de ponerlo en práctica, ya que las nieves estaban desapareciendo de las tierras bajas y la primavera despuntaba, lo que le permitiría celebrar una fiesta en el jardín, ya que el salón de su casa era demasiado exiguo y modesto como para albergar celebraciones pomposas.
-¿Qué buscas, ciudadano? –le preguntó un capitán en francés de modo huraño.
Tras recitar una retahíla de sus títulos y propiedades, Joan Pere informó también en francés:
-Vengo a pediros a vos y a vuestros heroicos compañeros y preclaros jefes y oficiales que honréis mi casa. He dispuesto un agasajo para esta noche, donde quisiera saber si puedo aspirar a disfrutar el inmenso e indescriptible honor de recibiros.
El oficial sonrió socarronamente, tensando con la quijada el rico barbuquejo de su gorro emplumado. El campesino que tenía delante era tan despreciable como todos los araneses, esa raza de híbridos que nadie sabía si eran franceses pervertidos o españoles que pretendieran escapar a la bajeza de su condición. Lo examinó con curiosidad a ver si, como se decía de los naturales de Aran Garona abajo, también caminaba torcido, pero no apreció esa tara. Lo que sí advirtió fue la untuosidad de la actitud y las expresiones serviles de Joan Pere, lo que le inspiró desprecio.
-Aguarda mientras pregunto al comandante.
Joan Pere tuvo que esperar cinco horas, pero abandonó la guarnición exultante, ya que la invitación había sido aceptada.


Marianna llevaba cuatro días rondando la casona del torreón y siguiendo de lejos las andanzas de Joan Pere cuando la abandonaba. Con chismes inventados y chácharas de mercado, había conseguido relacionarse con varios de los sirvientes de la casa, y así obtuvo dos informaciones valiosas: que el claustro de sus juegos infantiles continuaba existiendo y lo que Joan Pere pretendía con sus visitas a la guarnición francesa. Sentía expectación ante lo imprevisible de la respuesta; todos aquellos a quienes preguntaba le respondían lo mismo: los franceses hacían muy pocas visitas de cortesía.
Tenían razones para no aceptar invitaciones que podían convertirse en trampas; sabían que les odiaban en todos los rincones del valle aunque fuesen lisonjeras las expresiones con que trataban de desconcertarles, pero no consumarían la anexión del territorio a Francia si no llegaban a entenderse con los araneses, salvo que los exterminasen. Los indispensables asaltos a granjas y los apresamientos de granjeros que se negaban a entregarles alimentos obstruían el propósito.
Cuando Marianna vio que Joan Pere salía de la guarnición con expresión de júbilo y montaba el caballo con mayor prestancia de lo habitual, comprendió que lo había conseguido. Iba a celebrarse la fiesta que podía facilitarle a ella la ocasión. Una vez que averiguó que sería esa misma noche, fustigó el caballo valle arriba, porque tenía que prepararse.
-¿No será arriesgado? –preguntó mossen Laurenç.
-De riesgos está lleno el camino de la gloria, mossen. Pero no temáis. Hablo perfectamente francés, sin el menor acento si quiero, y voy a engalanarme de manera que será difícil reconocerme.
-Pero, ¿y si alguien lo consiguiera?
-No os preocupéis tanto, mossen. Podré comprobar si es ése el lugar señalado en el plano y cuidaré de mí misma. Tengo recursos.
Mossen Laurenç asintió en silencio. Efectivamente, le sobraban los recursos; pero le angustiaba que ella sufriera un percance y que fuese apresada por los franceses. Si tal cosa ocurriera, estaría perdido, porque no soportaría imaginar que era forzada y violentada por otros hombres, como se rumoreaba que hacían los militares galos con sus prisioneras. Si Marianna cayese presa, él tendría que jugarse el ministerio y la vida para salvarla.
Mientras tales ideas pasaban como nubarrones por su mente, ella le observaba tal como venía haciendo últimamente, con la pregunta de si sentiría con el tiempo inclinación a corresponder tanto amor como él le demostraba. No sabía responderse y ello le causaba sentimientos de culpa.
Marianna se encerró en su cuarto durante unas tres horas. Cuando abrió la puerta, mossen Laurenç entendió que ya no podía dudar más: ella tenía alguna clase de pacto con el diablo, porque la mujer que ahora contemplaba parecía provenir de otro mundo. A pesar de lo que sentía por ella, no la habría reconocido si no acabara de salir de su habitación.




Por su flaqueza y la modestia de los arreos, el caballo desentonaba como un clamor de la amazona, fastuosamente ataviada según cánones cortesanos, y por ello Marianna desmontó y lo amarró a más de cien metros de la puerta de Joan Pere.
Al acercarse a la concurrida entrada, sonrió complacida cuando notó con cuántas consideraciones acudían dos criados en su ayuda, uno de los cuales era el que le había confiado la información sobre las pretensiones de su amo, que dijo muy obsequiosamente:
-Señora, apoyaos en nuestros brazos y permitid que os alcemos en volandas, para que vuestros pies no se manchen de barro.
Mientras lo agradecía porque más que barro era un montón de boñigas de los recios percherones araneses, Mariana miró de reojo al criado, a ver si algo en sus gestos denotaba que la había reconocido pero deslumbraba demasiado la ropa como para fijarse en la cara. Confiaba en que tal efecto se mantuviera durante toda la velada y nadie la identificase.
Supuso que todos los invitados franceses habían llegado ya, por la profusión de airones de plumas que sobresalían entre los grupos que ocupaban la ancha extensión del jardín, cuya modestia lo hacia parecer un huerto. Para compensar la carencia de fuentes, setos o arriates floridos, habían colgado cadenetas de papel de colores y luminarias que no eran más que candiles colgados en las ramas de los árboles; cualquier verbena pueblerina era mucho más brillante.
Cuando descubrió las miradas, Marianna se preguntó si se habría excedido con sus galas, lo que podía ser un inconveniente para la busca. Le abrieron un pasillo los sonrientes oficiales franceses, que inclinaban levemente la cabeza a su paso; abriéndose paso a través corro, acudió a saludarla Joan Pere con grandes aspavientos, sin ningún signo de reconocerla y con patente curiosidad en los ojos. Aunque él se expresó en aranés, ella respondió el saludo en francés, para reforzar el efecto del atavío:
-Disculpad que no os haya avisado, señor, y que acuda a vuestra fiesta sin haber sido invitada. Estoy de paso en el valle y no he dado a conocer mi presencia para no turbar la vida cotidiana ni las labores de la buena gente de estos parajes.
Mientras la conducía hacia el punto central de la fiesta, un pequeño claro donde dos músicos interpretaban un anticuado y desafinado rigodón, Joan Pere giró la cabeza hacia ella con expresión deslumbrada y, al tiempo, asintiendo como si estuviera informado de su nombre y su altísima alcurnia, aunque evidentemente no tenía ni idea de quién se apoyaba en su brazo. Respondió:
-Vos, señora, no necesitáis invitación alguna, pues toda la Tierra os pertenece.
Ella sonrió con la certeza de que su acompañante había aprendido esa frase en algún libro.
Durante las siguientes dos horas, Marianna temió no poder escabullirse en busca de la pared y el pie que debía señalar un punto concreto o un sillar de piedra, porque el asedio militar a que fue sometida parecía un afanoso intento de asalto para conquistar la fortaleza más imbatible. Volvió a recriminarse a sí misma por el exceso de cuidado en el atavío. Repartió sonrisas e ingeniosas frases en francés sin dejar de acechar su ocasión, aunque se distrajo en varias ocasiones porque le divertía al tiempo que le repugnaba el juego de Joan Pere en procura del favor del ejército de Napoleón.
Junto con los reproches por su severidad extrema con los sirvientes, lo que más se comentaba en el valle era la frustración por no haber tenido un hijo varón que le heredase. Tenía cuatro hijas que no destacaban por su belleza, las cuales se habían emperifollado como coliflores cubiertas de alhajas de oropel. Mientras el padre repartía reverencias entre los emplumados oficiales e insistía con untuosidad en servirles más copas de vino o nuevas viandas, las hijas se insinuaban de manera nada pudorosa al comandante y a los dos capitanes, que eran muy jóvenes para su rango y no iban acompañados de sus esposas, o tal vez ni siquiera estaban casados. Éstos, por sus expresiones, se daban cuenta del juego, pero las muchachas insistían con tesón sin comprender que estaban poniéndose en evidencia. Tampoco Joan Pere lo advertía. Todo lo contrario; exhibían sus ademanes el convencimiento de ser el hombre más astuto del mundo, mientras contemplaba con orgullo y arrobo la actuación de sus cuatro hijas como si estuvieran llevando a cabo un plan maquiavélico.
Marianna comenzó a desesperar cerca de la medianoche, faltando poco para que dieran por acabada la fiesta. Tres de los militares se empeñaban en turnarse a su lado sin parar de traerle bebidas y platillos, mientras Joan Pere no la perdía de vista con la pretensión de solicitarle que mediase a su favor ante los franceses. ¿Cómo iba a deslizarse hacia el interior de la casa en busca del claustro?
Halló la solución por accidente. Dada la pugna que los tres militares mantenían para ver quién la obsequiaba más y mejor, uno de ellos, intentando acercarse más, apartó con fuerza el ramaje del peral bajo el que se sentaba. Al hacerlo, se derramó el aceite ardiente del candil colgado en el centro de la copa del arbolito y en seguida comenzaron a arder varias ramas. Unas gotas de aceite habían salpicado sobre la rica falda de brocado, por lo que Marianna fingió consternación y alegó necesitar ir a la cocina para limpiar las manchas, mientras sus tres pretendientes se apresuraban a apagar el fuego.
Cuando corría hacia el interior de la casa, no advirtió que Joan Pere la observaba con atención, pues empezaba a preguntarse dónde había visto él esa cara con anterioridad.
Mariana reconoció al instante lo que restaba del claustro, integrado en un hermoso patio interior lleno de flores y plantas poco frecuentes en Arán y que debían de haber sido traídas de la más cálida Barcelona. Le pareció sorprendente el resultado, que parecía obra de alguien con mucho mejor gusto que Joan Pere; en vez de tratar de complementar las florituras del claustro original, el resto de la galería cuadrangular era austero, y las piedras esculpidas resaltaban con toda su ingenua magnificencia casi milenaria.
Encontró una figura tal como había imaginado desde el principio que debía ser la que el pergamino indicaba. En el capitel de una de las columnas falsas, adosada a la pared muy cerca del único rincón intacto del edificio original, una Magdalena arrodillada enjugaba con su cabello los pies de Jesucristo. La postura de ella era muy forzada, lo cual no la hacía muy diferente de todas las esculturas románicas, pero destacaba como un grito el pie derecho; en vez de comprimirse contra el inexistente suelo del capitel, estaba extendido de manera muy poco natural, imitando la punta de una flecha.
Sólo un sillar del otro lado del rincón era señalado claramente por ese pie. Como se encontraba muy alto, empujó uno de los pesados bancos que orlaban el patio. Encima, alcanzaba lo indispensable extendiendo los brazos, pero la piedra era muy lisa, enrasada con las demás y encajada sin que nada la distinguiese.
Tenía que darse prisa o la iban a sorprender, pero nada sugería un resorte ni un resquicio en la piedra, ni había un desajuste que resaltara. Se empinó sobre las puntas de los pies para contemplar el sillar más de cerca, sin descubrir ningún detalle; se agachó varias veces para mirar la pared en perspectiva, y no vio nada fuera de plomada; golpeó con el puño en las piedras contiguas, y nada.
Muy impaciente y nerviosa, con los oídos alerta en acecho de los rumores que indicasen la aproximación de alguien, murmuró la frase del pergamino tal como había sido escrita, literalmente:
“Al pus founs de la cabo, metme los pes a la pared” “Trobar clus”.
Había descuidado un detalle primordial: el plural. ¡Eran más de uno los pies que tenía que observar!
La “llave” que necesitaba descifrar debía estar señalada por más de uno, al menos los dos de la propia Magdalena. Giró la cabeza hacia el capitel y trazó mentalmente una línea desde la punta del pie izquierdo hacia la pared, una piedra situada dos hileras más abajo de la que señalaba el derecho.
Marianna reflexionó. Quienquiera que hubiera dibujado el pergamino e imaginado el escondite, lo hizo en el siglo XII o XIII. No creía que hubiera elaborado alguna clase de resorte ni los mecanismos que sólo proliferaron a partir del Renacimiento. Tenía que tratarse de algo muy simple desde el punto de vista mecánico. La piedra que señalaba el pie izquierdo de la figura se encontraba exactamente, sin la menor variación, en la vertical de la otra, la más importante. En medio de las dos, la junta de la hilera intermedia en el centro del espacio comprendido entre ambas. Los demás sillares, tallados por un cantero muy cuidadoso, no se alineaban con tanta exactitud.
Empujó el sillar más bajo, sin ningún resultado. Tampoco lo había obtenido empujando ni golpeando el superior. Quiso probar a presionar los dos a un tiempo con fuerza, pero para ello necesitaba suplementar la altura del banco, para auparse un poco más. No había a la vista un escabel o una banqueta. Las voces que llegaban del jardín estaban menguando, lo que significaba que los invitados a la fiesta comenzaban a marcharse; tenía que apresurarse.
Entró en la habitación más cercana, un cuarto de austeridad espartana. Todos los muebles eran muy oscuros y sin brillo, y olía a rancio. Sobre un estante, había una arqueta claveteada que le pareció sólida; vertió el contenido, papeles doblados que parecían cartas o documentos, y salió de nuevo al claustro. Colocó sobre el banco la arqueta de costado, por el lado más alto. Antes de subirse encima, probó la resistencia calculando si aguantaría; se recogió la ampulosa falda, subió en el banco y, aupada con cuidado en la arqueta, se encontró por fin con la cabeza al mismo nivel del más alto de los dos sillares.
Después, al recordarlo días más tarde, aquel instante le pareció mágico, como si algo sobrenatural guiase su cuerpo y su raciocinio. Puso la palma de las manos en cada uno de los bloques de piedra y en seguida escuchó un chasquido dentro de la pared. El sillar más alto, que parecía una piedra maciza, no era más que una losa a punto de caer al suelo, con el consiguiente estrépito que haría que la sorprendiesen Joan Pere o su servidumbre. Tuvo la agilidad de evitarlo, lo que le produjo un pequeño corte en el índice derecho al apresar la losa. Empujada por un resorte, un simple hierro doblado que había estado sujeto por la otra piedra, la losa dejó al descubierto un pequeño nicho practicado en el sillar. Había un voluminoso rollo de pergaminos, que Marianna se guardó en el refajo, y una piedra-cuño, semejante a la que había encontrado mossen Laurenç, pero más tosca. El extraño mineral era el mismo, y también era igual la imagen grabada, un ojo con tres cruces, pero la talla había sido realizada por un artesano menos habilidoso.
Iba a guardarse en el refajo también la piedra, cuando oyó un nuevo chasquido y, antes de poder reaccionar, la arqueta se desguazó y ella cayó al suelo sobre sus posaderas, al tiempo que la losa se rompía produciendo tal estrépito, que en seguida vio con espanto que acudían varias personas, sirvientes sobre todo. Estaba incorporándose para coger la piedra tallada y guardarla antes de que la vieran, pero en ese momento notó que tras los recién llegados acudía Joan Pere, que en vez de observarla a ella examinaba con mirada penetrante el hueco aparecido en la pared y la losa rota en el suelo.
Marianna comprendió que no podía quedarse a dar explicaciones.
Echó a correr hacia la salida, empujando a los oficiales franceses que acudían presurosos a renovar el asedio; ya no eran tantos, porque muchos se habían marchado, pero sí los suficientes como para estorbar sin pretenderlo la carrera de Joan Pere y sus criados, que trataban de atraparla y en dos ocasiones estuvieron a punto de conseguirlo.
Una vez en el exterior de la casa, Marianna se recogió la falda y más que correr, voló. Llegó hasta el caballo a zancadas agónicas y lo puso inmediatamente a galope con la esperanza de que nadie la hubiera reconocido, pero lamentando haber tenido que abandonar el segundo cuño de los cátaros.




Joan Pere examinó la enigmática piedra con un escalofrío. Era un objeto muy raro que parecía valioso. Y la muy perra debía de haberse llevado más cosas, como oro y gemas. Por las tres cruces grabadas y por el origen de la pared donde había estado oculta, perteneciente a un viejísimo convento, consideró que debía mostrársela al arcipreste sin demora. Con muchas cautelas para no incomodar a ningún francés, abrevió la fiesta ya languideciente y mandó con discreción ensillar su caballo; en cuanto consiguió librarse del último invitado, cabalgó con dirección a Vielha.
Mossen Peir oyó los golpes desaforados en el portón cuando se disponía a acostarse.
-No se preocupe, Mossen –le dijo desde la puerta entreabierta de la habitación la sobrina llegada recientemente para sustituir a la anterior, que ya resultaba demasiado mayor para los gustos del arcipreste-; yo abriré.
Mossen Peir volvió a abrocharse la sotana antes de acudir al encuentro del visitante, lo que le dio tiempo de contener el malhumor por lo intempestivo de la visita.
-¿A qué tanta urgencia?-preguntó sin disimular el desagrado-. ¿No veis que éstas no son horas?
-Disculpe, mossen Peir, pero temo que me han robado un tesoro valiosísimo.
-¿Quién?
-Una mujer cuyo nombre desconozco. Una dama francesa que se encuentra de visita en el valle.
-Nadie me ha informado de tal visita. ¿Qué os ha robado?
-Lo ignoro. Valiéndose de alguna clase de conocimiento, acaso brujeril, ha conseguido abrir un nicho oculto en el interior de un sillar del antiguo claustro que, como bien sabéis, alberga mi casa. No he podido ver las riquezas que haya sacado del escondite, porque ha huido con presteza, pero en el momento de escapar se le ha caído esto.
Joan Pere exhibió la piedra en la palma de la mano, ligeramente temblorosa por su indignación. En el primer instante, Mossen Peir creyó que era la misma que ya le enseñara mossen Laurenç cinco meses antes, pero al cogerla notó que el tallado era menos delicado y el acabado, más áspero.
-¿Estáis seguro de no haber reconocido a… la dama?
-Sí, mossen, estoy seguro. Jamás la había visto en toda mi vida.
Mossen Peir sonrió. El presuntuoso campesino que tenía delante no sobresalía por su agudeza. Como estaba al corriente de cuanto ocurría en el valle hasta en sus detalles más nimios, tenía conocimiento de los convites que mossen Laurenç había estado celebrando para que su barragana se integrase con rapidez en los ambientes araneses, y el poderoso Joan Pere había sido el primer invitado, seguramente porque Laurenç temía la influencia que pudiera desplegar en la zona de Cap d’Aran en contra de Marianna, a quien todos apodaban “la zaragozana”.
No era conveniente decir a Joan Pere quién creía él que era esa mujer, porque habría disputas y demandas que podían complicar la investigación del hombre del Vaticano que, según le escribiera el obispo, pronto llegaría al valle. La visita iba a producirse como consecuencia de la carta que él le había enviado reproduciendo de memoria el dibujo de la piedra que mossen Laurenç le mostrara. ¿Qué significaría que el obispo se apresurara tanto con ese asunto? Desde que recibiera su carta, llevaba quince días en un estado de ansiosa expectación desconocido para él, que ya creía estar de vuelta de la inmensa mayoría de las contingencias que podían producirse en sus relaciones con la jerarquía de la Iglesia. ¿Qué habría de relevante en su mal trazado dibujo como para que llegase con tanta premura, sólo cinco meses después de haber informado sobre la piedra, un enviado del mismísimo Vaticano? Debía de tratarse de algo tremendo. ¿Un objeto de sobra conocido por la Curia y cuyo paradero se ignoraba? ¿Un secreto que debía seguir siendo secreto? ¿Un tesoro? ¿Alguna clase de clave antigua? Por temor a lo que se pudiera derivar de la inspección que el enviado realizaría, había tomado ciertas previsiones de discreción y disimulo, tanto en las parroquias aranesas y en el arciprestazgo como en su propia vida privada.
En todo caso, no podía obstaculizar lo que pretendiera hacer el enviado del Papa, permitiendo que alguien con tan poco tacto como Joan Pere le importunara.
-Descuidad, Joan Pere. Yo, personalmente, me encargaré de averiguar cuanto os conviene.
-¿Y recuperaré lo mío?
-¿Lo vuestro? Recordad que si algo ha sido robado lo han sacado de la pared de un convento, y pertenece por tanto a la Iglesia.
-Pero esa pared se encuentra en mi casa.
Mossen Peir suspiró profundamente, conteniendo su impaciencia antes de decir:
-Bien, no os preocupéis. Veremos qué resulta de mis investigaciones. Ahora, id a dormir y ya hablaremos.


Mossen Laurenç oyó con alivio el trote y los resuellos del caballo. Gracias a Dios, Marianna regresaba sana y salva. Abrió la puerta con el corazón a galope y una alegría que no era capaz de disimular.
Marianna notó los signos de su agitación detectando de nuevo en su mirada el inmenso amor que él sentía y, tal como venía ocurriéndole, se sintió culpable, porque jamás conseguiría corresponderle con igual intensidad. Sonrió levemente para rebajar la tensión que iba a causarle.
-Mossen, he tenido un tropiezo.
-¿Grave?
-Lo ignoro. Joan Pere me ha sorprendido cuando ya había descubierto el escondrijo y el contenido. Pero no os preocupéis; estoy segura de que no me ha reconocido.
-Tal escondrijo ¿se trataba de un nicho pequeño, en un sillar? –preguntó Mossen Laurenç.
Marianna asintió.
-¿Había algo en el interior?
-Una piedra igual que la del primer nicho y estos pergaminos –Marianna extrajo el rollo que guardaba en el refajo.
El sacerdote contó diez pergaminos de excelente elaboración y no muy dañados por el tiempo. Dio una ojeada al texto, pero no consiguió entender ni una palabra.
-Parece que se trata de la misma lengua del primero. ¿Podrás descifrar un texto tan largo?
-Sí, mossen. Voy a traducíroslo.

“En Montsegur, en el año del Señor de 1243.
En la cima de esta montaña sacrosanta, nosotros, que totalizábamos cuatrocientos ochenta y ocho en el momento en que elegimos reunirnos aquí, en este castillo que desde antiguo es una intersección entre la vileza y la Luz, un punto de comunicación entre la Divinidad y sus criaturas. Nos refugiamos con la resolución de custodiar y proteger el precioso legado recibido en herencia durante muchas generaciones de hombres buenos. No todos los cuatrocientos ochenta y ocho eran revestidos, pero todos han resistido como si lo fueran, conduciéndose siempre con la modestia, generosidad, honradez y valentía propias de los mejores hombres buenos.
El señor de Montesegur, Ramón de Perella, es nuestro supremo jefe terrenal, que señorea el castillo junto con Doña Corba, su esposa, y Esclaramonda, su hija. Manda las acciones militares del castillo el señor de Mirepoix, Don Pedro Roger, al frente de cien caballeros de armas, también buenos hombres aunque muchos no hayan sido revestidos ni hayan recibido el consolament.
Conocen desde el primer día el valor supremo que para la Verdad y la Luz representan sesenta de los perfectos aquí refugiados, pues ellos son los sesenta hombres y mujeres más sabios del orbe entre los revestidos del presente.
Por las penalidades, por las enfermedades que el funesto Mal extiende sobre esta imperfecta Tierra de pecado y por el hambre, han muerto ya más de trescientos, trescientos afortunados que ahora viven y glorifican a Dios en la Luz perfecta.
Los demás, sin apenas alimentos, sin techo para cobijarnos de la niebla, la lluvia, el frío y la humedad pertinaz, mujeres, hombres y niños dormimos y agonizamos sobre hojas secas y paja, al aire libre, sin que ninguno pueda ocultar ni velar sus miserias de todos los demás. Nadie se ha quejado por ello, porque todos reconocemos que la posesión de bienes terrenales corrompe el alma.
Ha ya muchos meses que permanecemos en profundo recogimiento y el silencio nos acompaña. Es un silencio cuya sugestión nos inclina a añorar y procurar con pasión santa la paz del luminoso más allá, donde la carne no sienta el dolor ni el Mal se manifieste por todos los entresijos, muros y tinieblas de esta vida imperfecta que no es sino la antesala oscura de la promesa dual suprema y pura del Bien. Todos los aquí refugiados anhelamos gozar por fin del Bien sin mezcla de Mal alguno. Todos hacemos guardia permanente, postrados, pero no por miedo a un asalto que ya se ha demostrado imposible por lo inexpugnable de este castillo, sino atentos a las señales que, sin duda, han de producirse cuando la hora sea llegada.
Mas de repente, un amanecer de mayo pasado, el perfecto que permanecía de guardia en la más alta almena, Guillaume Claret, avistó la llegada del ejército del rey de Francia. Hugo de Arcis, senescal del malhadado socio del tirano de Roma, Luis IX, avanzaba hacia esta montaña entre muy estridentes y agoreros cantos de un Tedeum. Le acompañaban con gran despliegue de símbolos y banderías de las tiranías romana y francesa numerosos y crueles señores, especialistas en la creación pérfida de las más horribles máquinas de guerra y asalto. Tras todos ellos, llegaron en formación más de diez mil hombres de armas.
Nada de ello les ha servido para ascender hasta nosotros y asaltar este castillo bendecido por Dios, pero el cerco ha sido tan férreo e irrompible, que pocos alimentos han podido llegar a nosotros desde entonces.
Al principio, conseguimos que se alejasen del pie de la montaña, para alzar su campamento blasfemo bastante más lejos de nosotros. Pero han ido armando y reforzando en torno a la montaña un cerco de acero. A través de él, hombres buenos que merecerían ser revestidos, campesinos sencillos, han ido pasando con generosidad y coraje algunas viandas para nuestro sustento a través de las anfractuosidades de las peñas y rocas y caminos secretos, varios de ellos subterráneos, que lo sitiadores no habían conseguido descubrir hasta ha poco. Mas han ido desplegando tanta crueldad en los castigos a esos campesinos, que ya nada asciende la montaña para alimentar estos cuerpos imperfectos. La Luz viene acercándose con el final de nuestro aliento.
Quien poseía bienes, los ha compartido con sus hermanos y con quienes sin sentir nuestra fe ni haber recibido el consolament nos ayudan en este trance; quienes disponían de víveres, los han compartido con todos y ahora, alcanzada la plenitud luminosa del vacío, nuestros cuerpos se disponen a recibir el consuelo supremo. Nos sabemos preparados con gozo y confianza en la paz eterna.
El cuño sagrado y sus tres copias, junto con nuestras posesiones más valiosas y cuatro ejemplares de este documento, serán evacuados por cuatro revestidos –dos hombres y dos mujeres- que han sido elegidos por la tradición y herencia.
El cuño bendito de nuestros mayores utilizado desde la matanza de Carcasona, deberá ser oculto entre piedras de templos, cenobios o ermitas, piedras consagradas y ofrecidas al Señor antes de ser profanadas por la ofensa monstruosa a Dios que representan los vicios del tirano de Roma.
Se nos ha ofrecido vivir y dejarnos marchar tras estos diez meses de espantoso asedio si abjuramos de nuestra fe. Roger de Belissen y Ramón de Perella partieron ha tres semanas para oír la propuesta. Cuando hoy han reingresado entre nosotros para detallarnos las condiciones, el grito de los puros y los revestidos aquí refugiados ha surgido unánime y desgarrado: ¡Puslèu cremar que renunciar! Así es, renunciar sería para nosotros peor que morir, de modo que hemos elegido la hoguera que ya nos están preparando ahí abajo. Noche y día suenan las sierras y los martillos, y los pájaros gimen sin ramas donde posarse, porque grandes extensiones del bosque han sido asoladas para nuestra cremación.
Los obispos Ramón Agulher y Bertrán Martí permanecemos todo el día en oración, con devoto recogimiento en el ansia de ser acogidos en el seno del Señor y declaramos estar dispuestos, pues todos los revestidos y todos los perfectos y todos cuantos se han compadecido de nosotros nos hallamos preparados.

Encabezaba el escrito el dibujo, muy trabajado, de una paloma.
Bajo la firma de los dos obispos, el sello con la imagen del ojo y las tres cruces, evidentemente impreso con la piedra labrada, y parecía que la tinta utilizada fuera sangre. También había dibujados otros muchos signos, como cruces de brazos iguales, estrellas de cinco puntas, pentagramas y trazos que pretendían representar una cruz antropomórfica. Tras la lectura y considerando las disposiciones que dictaba para protegerla, daba la impresión de que la piedra fuese, por sí misma, algo de extraordinario valor, bien fuera por razones materiales, por significados espirituales o por alguna clase de simbolismo ancestral.
Marianna advirtió que el rostro del mossen se ensombrecía por el recelo y el rechazo.
-¿Queréis que continúe? –preguntó.
Sin ánimo de contrariarla, pero con emociones muy contradictorias, mossen Laurenç respondió con tono metálico, entre dientes, como si quisiera a pesar de preferir no querer:
-Sigue, Marianna. Me maravilla la prontitud con que descifras esa lengua extraña.
Sin agradecer el elogio, Marianna extendió otro de los pergaminos, escrito con caligrafía muy diferente del anterior y adornado con menos florituras. Leyó:

En Montsegur, el año del Señor de 1244.
Ha dos meses, en plenas celebraciones de la Natividad de Nuestro Señor, el caballero de Belcaire consiguió prodigiosamente cruzar el cerco infame que ahoga este castillo. Se nos presentó con un rehén, un enemigo que dijo haber apresado en el camino de llegada, lo que no fuimos capaces de comprender dado que son más de diez mil los que ahí abajo nos asedian.
Tras arrodillarse ante los dos patriarcas que cuidan nuestros espíritus y recibir su bendición, Belcaire se postró ante mí y me entregó una misiva firmada por mi hermano Ramón. Un hermano que fue revestido en su día, y sufrió por ello cautiverio, pero que, sin embargo, incomprensiblemente ha sido liberado por los tiranos de Francia y Roma y hasta ha recuperado sus haciendas. Pido al Señor de la Luz y la Verdad que ello no haya sido en pago de traicionar a su propio hermano.
Avisóme Belcaire de que en pocos días recibiríamos un aviso, confirmando que las actuaciones de Raimundo, el conde de Tolosa, marchaban bien, lo que sería señal de que podía ser vencido el asedio de los dos tiranos e íbamos a ser liberados. La señal sería una gran hoguera en la cima del monte Bidorta que desde Monstsegur se divisa con claridad.
Despedí a Belcaire con una recompensa acaso desmesurada, pero los bienes materiales han dejado de tener para nosotros valor alguno.
Tal como nos anunció, doce noches más tarde ardió una vistosa hoguera en la cima del Bidorta, y de tal modo renació la esperanza de que el destino de cuantos nos hacinamos en Montsegur fuese menos cruel.
Pero el tiempo ha transcurrido, el cerco continúa y día a día nos volvemos menos crédulos con los emisarios numerosos que nos llegan, sin ser ni detenidos ni obstaculizados por los sitiadores.
He tomado, por lo tanto, la determinación de que sean preparados los cuatro revestidos cuya misión será distinta y al margen de la de todos nosotros.
Ramón de Perella, señor de Montsegur.

Seguía en los pergaminos posteriores una lista prolija de los nombres y parentelas de quienes se refugiaban en la fortaleza, un balance minucioso y de todo lo acaecido durante el largo y doloroso encierro, una descripción sorprendentemente bien informada de la composición del ejército que les cercaba, un balance de los víveres, que en el renglón final se quedaba en cero, y una descripción junto con un croquis de la pira inmensa que los sitiadores habían tardado semanas en preparar, ya que se trataba de una construcción para la que habían talado centenares de árboles.
Más por el recuento que por los relatos, Mariana tenía lágrimas en los ojos, unas lágrimas que, de una parte, entristecieron a mossen Laurenç, que ya no podía experimentar la menor indiferencia por cuanto le concerniese a ella, y de otra, lo exasperaron, pues sabía que las producían un sentimiento de solidaridad y empatía muy profunda con los herejes del relato. Esa mujer no sólo le había hundido en el pecado, sino que ahora podía hacerle incurrir también en piedad por una de las herejías más nocivas que la Iglesia había tenido que enfrentar.
Tras carraspear para aclararse la voz y librarse del sollozo, Marianna comenzó la lectura de un pergamino con apariencia un poco diferente, que tenía continuación correlativa en otros dos:

Yo, Esclaramunda Bonnet, esposa de Berenguer, madre de Pèir, Sarah, Rosaura y Guillermina, doncella de Rosemunda, señora de Montsegur, para la posteridad imperfecta de la carne y el mundo.
Digo que:
Fui designada para la misión de salvar una de las cuatro copias de estas crónicas y balances junto con uno de los cuatro sellos que nuestros obispos custodiaban de dos en dos. Los revestidos con quienes abandoné Montsegur por el pasadizo secreto que unas buenas almas nos habían desvelado tiempo ha, fueron Amiel Aicar, Hue Poteiví y Arsendis Domergue, quienes, igual que yo, portan copias de los pergaminos y sellos para guardarlos en otros tres valles tan remotos como éste donde me encuentro, tal como hemos hecho siempre que nos sentíamos tan cerca como ahora de nuestro exterminio a manos del tirano de Roma.
Sabemos de antiguo que el Languedoc es una geografía sacrosanta, con relaciones privilegiadas con los mundos invisibles. Existen configuraciones telúricas que propician los favores del otro mundo, el de la Luz y la Verdad.
Y por ello, es el lugar donde elegimos vivir la existencia imperfecta de la carne hasta que podamos trasmigrar o alcanzar la Luz definitiva. Nosotros abandonamos ahora su centro más telúrico con profundo pesar, alejándonos hacia confines ignotos y desapacibles que cubren las brumas y el espanto, y con el desconsuelo de alejarnos sin retorno de esta tierra amada y amable.
Ninguno de los cuatro conoce el destino de los otros tres, para que no podamos traicionarnos si cualquiera de nosotros fuese capturado por los perros romanos o por los chacales franceses y sufriera tormento. Los cuatro, y sólo nosotros, contamos en nuestros ancestros con antepasados que, muchos años ha, recibieron la misma orden y cada uno de nosotros debe encaminarse al mismo lugar donde se encaminó su antecesor.
El último exterminio despiadado e infame se produjo el pasado 16 de marzo.
Y como me ha sido encomendado, estoy obligada a relatar que:
Hace dos días, el 14 de marzo, celebramos la Bema en el equinoccio de primavera, anticipado este año milagrosamente a la fecha en que se conmemora la conversión del rey Shappur bajo la iluminación de Manes. Llegada la Bema, ya estamos todos dispuestos.
La madrugada del día en que Montsegur habría de convertirse en nuestro Gólgota, salí con los otros tres revestidos portando cada uno de nosotros su copia de este secreto, que sólo otro puro merecerá descubrir y que él se convierta en testigo y guardián como nosotros lo hemos sido.
Pude ver la pira dispuesta allí abajo, al pie de la peña, mientras, dificultada por mi condición de mujer, me descolgaba a duras penas de los roquedales de Montsegur. Era inmensa, con las proporciones de una catedral. Aunque fuimos cuatrocientos ochenta y ocho, ahora sólo éramos doscientos diecinueve en Montsegur, pero la pira podía servir para el martirio de más de mil, tan formidable era. De no ser por el desconsuelo y la congoja insoportable de conocer su finalidad, habríamos llorado también por el crimen cometido por Hugo de Arcis talando tan ingente cantidad de árboles centenarios, agostando la vida de un bosque entero. Teníamos que partir, pero la fascinación y el dolor, y la consternación, nos mantenían prendidos a nuestro punto de observación, donde no era posible que nos descubrieran. En torno a la formidable pira, se encontraban nuestros sitiadores en formación. En el frontal, aguardaban tres obispos lacayos del tirano de Roma, con sus anillos de oro y piedras preciosas en los dedos, cosas que Cristo jamás les ordenó que ostentasen, y junto a ellos, una formación inmisericorde de clérigos portando innumerables legajos de acusaciones falsas, donde se relacionaban nuestros supuestos pecados pero donde, sin duda, no se menciona el pecado de codicia fratricida que a ellos les anima.
Los cuatro aguardamos la consumición de nuestros hermanos, apesadumbrados por no encontrarnos entre ellos. Los doscientos quince bajaron de Montsegur cogidos de la mano y cantando nuestros himnos. Subieron a la pira colosal sin dejar de cantar, sonriendo y glorificando al Señor que pronto les acogería en su Luz eterna. Todos aguantaron sin lamentos, sólo era dado oír los murmullos de sus oraciones, pero cuando las llamas se extendieron por el gigantesco estrado, los horrorosos gritos de dolor, involuntarios por incontenibles, fueron como el tronar de una tormenta, como el aullido de un vendaval que conmovía hasta lo más recóndito de las entrañas, que zarandeaba la capacidad de creer en el género humano, que destrozaba la idea de que los hombres podremos algún día entendernos y convivir en armonía en este reino del Mal donde el Bien brilla únicamente en brevísimos destellos. Nadie podría asistir a una escena tan espantosa sin sentir que todas sus creencias zozobraban.
Mirándoles, nosotros cuatro sólo podíamos hallar consuelo con el pensamiento de que nuestros doscientos quince hermanos revestidos, tras ese inconcebible sacrificio en la hoguera, han alcanzado la luz eterna y contemplan ahora el Bien en la Gloria del Señor.
Lo que nunca podré olvidar, ni cuando me cubran las cenizas del tiempo, es el olor terrible a carne quemada, el hedor insufrible de la carne sacrificada, la pestilencia de quienes dejaban aquí su carne para alcanzar la Luz, glorificado sea el Señor.
Ardieron y lograron su tránsito Berenguela y sus hijas, Marianna del Giscar y sus hijas y todas las revestidas que recibieron el consolament el día que yo lo recibí. Las vi consumirse sin pavor ni rencores, iluminadas por la esperanza divina del puro amor cristiano.
Mi copioso llanto, mi dolor y mis lamentos no son por ellas, que ahora gozan y brillan en la Luz eterna, sino por mí, por estar privada de momento del gozo de su compañía.
Juro por el Bien que todo cuanto aquí se relata es verdad.
Prosigo once días más tarde, cuando estoy a punto de llegar a mi objetivo último, glorificada sea la Luz del Señor, y ya siento que el pulso se me escapa.
Ahora, bendita sea la bondad y misericordia de Dios, me encuentro a punto de alcanzar, por fin, la paz que me negué junto con mis hermanos en la pira de Montsegur sólo para cumplir este cometido.
Para que en la batalla eterna prevalezca el bien sobre el mal, quien lea este pergamino vendrá obligado, por la pureza de su espíritu, a darlo a conocer.
Que sea hallado junto con los otros y el cuño, es cuanto ruego en nombre del Bien.
Cumplo el mandato de guardar estos valiosos testimonios y las claves para hallar el anterior, en uno de los muchos receptáculos disimulados en templos católicos romanos por algunos de sus constructores, fieles puros revestidos en su mayoría, porque en reductos del tirano de Roma es donde más difícil resultará descubrirlos ni imaginar que en ellos los ocultamos. “El uel de la blossa esclaric el camp dels cremats”
Tras las llamas de la pira de Montsegur del 16 de marzo, en Aran a 27 de marzo de 1244.
Déjoust ma finestra
i a un amelhié
que fa de flous blancos
coumo de papié.

En ese instante, Mossen Laurenç no era capaz de encontrar un adjetivo para sus sentimientos. Marianna tenía húmedos los ojos y ello le producía congoja, pero el relato también se la causaba muy a su pesar. Tenía que impedir que en su corazón anidase compasión hacia aquellos herejes que la Santa Madre Iglesia había tenido que exterminar.
-Creo que la canción del final es una nueva clave –dijo Marianna-, porque no tiene nada que ver con lo que viene antes y, además, parece como si lo hubieran escrito después.
Mossen Laurenç se sentía demasiado conmocionado para pensar en ello, pero, efectivamente, esa frase sin sentido no encajaba en el relato. Era un añadido con un significado distinto.
-¿Dónde está la piedra nueva que encontraste? A lo mejor nos da una pista…
-Cayó al suelo –informó Marianna- y no tuve tiempo de recogerla cuando escapé. No podía. Estaba rodeada de gente dispuesta a atraparme.
-¡Oh, Dios mío!
-¿Por qué la alarma? ¿Qué os preocupa, mossen?
-Me parece que tú conoces mejor que yo este valle, aunque hayas vivido tantos años fuera. Todo el mundo lo sabe todo de los demás y el arcipreste es una especie de ojo que todo lo ve, pues nadie quiere ocultarle nada por temor a que se entere por conductos ajenos. Aun en el caso de que no te hayan reconocido en casa de Joan Pere, mossen Peir va a deducir en seguida que eras tú, porque alguien le enseñará esa piedra y él ya vio hace tiempo la que guardamos aquí. Corres un peligro inmenso, Marianna, peligro de que sufras y de que yo tenga que perderme para salvarte. Si el arcipreste sospecha que había en ese escondrijo cosas de mayor valor que la piedra, va a mandar prenderte.

sábado, 24 de julio de 2010

EL OCASO DE LOS DRUIDAS. Capítulo 4


4
El paisaje era espléndido, un hogar precioso que los dioses habían otorgado generosamente a su clan, pero esa tarde podía gozarlo sólo porque lo conocía de memoria.
El druida Galaaz contaba cerca de cien años, y aún así conservaba la visión más aguda de que hubiera noticia entre los habitantes del bosque. Su pueblo creía que era un don otorgado por la madre Dana, pero él sabía que se trataba sólo de buenos ojos, muy sanos y perspicaces, que siempre habían sido especiales y que toda su vida había cuidado con esmero utilizando las fórmulas que todo buen druida debía conocer. Le gustaba contemplar el mundo desde ese lugar, el viejo castro de los ancestros del pueblo celta que los invasores cristianos llamaban “Santa Tecla”. Hacía muchas generaciones que habían dejado de habitarlo, porque exiliarse a las profundidades del bosque era mucho más seguro dadas las circunstancias. Una especie de nostalgia atávica le inclinaba a pasar varias horas a diario en ese mirador privilegiado, desde donde el mar parecía cristal liso y el río, a su izquierda, era una formidable morada de la diosa. Ese día, la niebla había alzado un velo demasiado tupido, a través del cual veía más la imaginación que la mirada.
-Ved, señor –dijo Lugaro-. Alguien ha vuelto a construir una cabaña redonda.
-¿Estás seguro? La niebla lo tapa todo.
-Bueno, señor. No es que la vea… exactamente. Pero la vi esta mañana, cuando me mandasteis a recoger caléndulas, y sé que está ahí, en el primer muro circular de esta parte del castro. Ahora, si fuerzo la vista, creo que la veo. O su silueta, como una mancha gris en la muralla de niebla.
-¿Tienes idea de quién pueda haberla levantado?
-No, señor.
-¿Crees que será uno de los nuestros?
-Por la forma de construirla, yo diría que sí. Es una cabaña celta, sin duda; no es tosca ni retorcida como las de los cristianos de la playa, sino que su constructor ha seleccionado muy bien los troncos, todos iguales, y también las trancas para los remates. El techo de ramas y bálago es el más regular que he visto nunca.
-Porque has visto pocos, Lugaro. Cuando yo era niño ya no vivíamos habitualmente en el castro, pero muchos de los nuestros mantenían casas magníficas ocupando casi todos los círculos de piedra. Había dejado de ser seguro vivir permanentemente aquí, pero algunos celtas gustaban de pasar largas temporadas del verano frente a la majestuosidad de este paisaje.

-También esa costumbre ha muerto.
La voz del ayudante del druida sonó casi como un quejido. Galaaz suspiró antes de comentar:
-¿Sabes, Lugaro? Yo no estoy seguro del todo de que vivir camuflados en el bosque sea una vida honorable. Es como si nos avergonzáramos de ser lo que somos. En realidad, nos escondemos verdaderamente aunque nos cueste aceptarlo. Pero esta tierra es nuestra hace más de dos mil años. Resulta muy triste considerar que tenemos que ocultarnos ante unos recién llegados cuyas costumbres son tan bárbaras como su aspecto. Nos llaman brujos como si esa palabra fuese la peor de las ofensas, porque no conocen su significado ni la profundidad de la ciencia que entraña. Cuando me entero de que han agredido a una de nuestras mujeres con la cobardía con que ellos hacen tales barbaridades, el corazón me sangra, Lugaro, y aunque debería sentir compasión de su ignorancia, no lo consigo. Sus insultos y agresiones nos están empujando más y más a lo profundo del bosque, cada vez a lugares más inaccesibles.
-¿Deberíamos combatirlos?
Galaaz cabeceó de un modo que el criado no fue capaz de discernir si había asentido o negado.
-En el pasado –respondió Galaaz-, los demás pueblos nos consideraban a los celtas los guerreros más fieros del universo. Desde Galacia a Hibernia, desde Valaquia a Galia, desde Helvecia a Hiperbórea, hemos tenido fama de feroces. Pero ahora y aquí no estamos en condiciones de combatir. Nuestra única posibilidad de sobrevivir en esta tierra es la discreción en la que nuestro clan lleva varios siglos aposentado. Nos están exterminando, Lugaro, y la diosa no me da respuestas claras de qué debo hacer. Presiento que está muy enojada conmigo, porque aún no he comenzado a instruir a mi sucesor.
-¿Ya habéis elegido uno?
-Ese es el problema, Lugaro. ¿A quién crees tú que podría elegir en las circunstancias que vivimos? Hay pocos jóvenes con nosotros. Los niños demasiado niños no pueden ser iniciados y los viejos demasiado viejos no son capaces de superar la iniciación.
El sirviente se encogió de hombros con desaliento.
Realmente, se trataba de una elección muy difícil. Era verdad que el poblado celta camuflado con el bosque permanecía habitado mayoritariamente por viejos y niños. Muchos hombres jóvenes estaban desertando no sólo del lugar, sino también de su cultura y costumbres. Se disfrazaban con las vestimentas pardas de los invasores, trataban de difuminarse entre los prósperos y crecientes poblados cristianos, que se multiplicaban de año en año. De temporada en temporada disminuía la edad a la que los muchachos celtas desertaban del clan.
-Cada vez huyen más jóvenes, Lugaro. Ahí tienes a Conall, que dicen que ya, a los dieciséis años, quiere abandonarnos. ¿Cómo voy a elegir a un aprendiz de druida que antes de acabar su formación pudiera desaparecer? Cuando mi abuelo me eligió a mí, había una generación de jóvenes soñando con ser druidas. Todavía cuando nuestro buen Tito alcanzó su categoría de bardo, eran muy numerosos los jóvenes aspirantes. Ahora, sin embargo, la elección es difícil no por la abundancia de aspirantes, sino porque nadie aspira ya a este inmenso honor.
-¿Cómo hemos llegado a esta situación, señor?
-Hace mil años que nos sentenciaron, Lugaro. Habíamos convivido a lo ancho y largo de Europa con culturas innumerables sin dejar de ser nosotros mismos en todo el continente, conservando nuestros dioses, nuestro modo de vivir y nuestra lengua. Pero el Imperio Romano odiaba las diferencias. No solamente trataba de someter a los pueblos, sino que pretendía que todos se convirtieran en romanos. Y lo consiguieron, Lugaro. Llevaron su afán uniformador al máximo del paroxismo, porque la única alternativa que ofrecían era el exterminio. O te convertías en romano o te masacraban. Con nosotros no pudieron en media Hispania, en la Galia profunda, en Hibernia y en otros lugares diseminados por lo más recóndito de los bosques de todo el continente y, como consecuencia, somos verdaderos espectros. Y desde el hundimiento del Imperio Romano, los vencedores que lo combatían han acabado adoptando su mismo proceder. Hemos podido sobrevivir al precio de ser casi invisibles y de quedar incomunicados los clanes, sin apenas noticias los unos de los otros. Durante mi iniciación, recorrí como sabes gran parte de la Hispania y, como recordarás, encontramos muy pocos clanes que, además, resultaban a veces irreconocibles de tanto como habían mimetizado a los pueblos hostiles que los acosaban.


-Señor…
Galaaz llevaba todo el día notando que su fiel sirviente quería decirle algo sin acabar de decidirse.
-Dime, Lugaro. Aquí nadie te va a oír y si lo que dices no me gusta, yo fingiré no haberlo escuchado.
-Es que… esta mañana, cuando mandabais a vuestra nieta Divea…
-No es mi nieta. Es hija de mi nieta.
-Perdonad, señor, mi equivocación, pero ya sabéis que el clan suele llamarla vuestra “nieta”. Pues bien, cuando mandabais a Divea en busca de hierbas, notando su aplicación para nombrarlas sin error, enumerarlas y establecer el plan y las prioridades de recolección, se me ocurrió preguntarme si…
-Habla de una vez, Lugaro. Comienzas a enojarme con tus vacilaciones.
-¿No os parece que Divea sería la mejor cualificada para convertirse en druidesa del clan, señor?
Galaaz sintió que subía a sus pómulos algo de rubor. La idea de instruir a Divea le había asaltado últimamente con frecuencia. Más por el parentesco y juventud que por el hecho de ser mujer, venía desechando ese pensamiento que cada día era más insistente. Había que iniciar la formación druídica muy pronto, antes de que la demencia transitoria de la adolescencia pervirtiera el toque de la diosa de modo irremediable. Divea se encontraba justo en esa frontera, pero él estaba obligado a resistir el impulso de pensar en esa hermosa muchacha como sucesora. De un lado, temía mostrar ante su pueblo un favoritismo hacia su familia que nadie había practicado jamás entre los celtas. Por otro lado, una de las reglas para la designación de alumnos druídicos exigía tener en cuenta la armonía o desarmonía de los tres seres de cada individuo, consistentes en lo que cada uno opinaba de sí mismo, lo que opinaban los demás y lo que en el fondo de su espíritu era en realidad. ¿Cómo podía conciliar el ser de la opinión del clan con el de la visión que Divea tenía de sí misma y lo que pudiera ser en esencia, cuestión que él aún no había entrado a dilucidar? Era la diosa quien tocaba la frente del elegido y los celtas sólo tenían que descubrir el signo y acatarlo. Pero ¿y si no había descubierto todavía la esencia verdadera de Divea, y su toque divino, precisamente porque la muchacha era sangre de su sangre y sólo tenía catorce años? Catorce años, una edad a la que él llevaba ya varios preparándose, porque el clan en pleno descubrió el signo en su frente cuando sólo contaba cuatro. Por seriedad, rigor, laboriosidad, carisma y disposición, Divea merecía el honor. Y en resumidas cuentas, no había dudas de que en su clan era la persona que mejor conocía los rudimentos físicos del druidismo.

-¿Hablas en serio, Lugaro? –preguntó Galaaz, sinceramente confuso- ¿Sabes a lo que yo me arriesgaría si favoreciera a un pariente mío sin merecerlo?
-Ella posee el toque, señor. Vos, que sois el más capacitado para descubrirlo, no queréis verlo porque es vuestra… bisnieta. Pero hace casi un año que se comenta en el bosque que Divea ha sido tocada por la diosa. Algunas de sus amigas cuentan cosas que sólo pueden significar eso.
-¿Qué cosas, Lugaro?
-Los animales no temen su mirada, señor. Las bestias la rehuyen o se amansan y postran ante ella. Todas las muchachas lo comentan con pasmo. Hace poco, el bardo Tito comentó que se dan en ella las tres claves del conocimiento: saber, osar y callar. Sabe mucho, como comprobé esta mañana cuando relacionaba las especies de vuestro encargo; es valiente, pues se asegura que no teme ni a lo más recóndito y oscuro del bosque; y, como todos sabemos sobradamente, es tan discreta y firme como los robles milenarios. Tal vez nos ciega su hermosura, que de tanto deslumbrarnos nos impide ver la luz que refulge en su pecho, señor.
Galaaz apretó los labios. Formar a un druida tomaba antaño más de quince años, pero Divea llevaba toda su vida en contacto con las nociones fundamentales del druidismo. Era posible que la muchacha hubiera desarrollado facultades sin él apreciarlo y que, gracias a la modestia de su carácter, se hubiera guardado muy bien de vanagloriarse. Pero al druida no le estaba permitido pasar por alto cuestiones tan graves como el toque de la diosa. ¿Había omitido apreciar lo que tenía dentro de su propia casa? ¿Estarían perdiendo agudeza sus ojos?