sábado, 24 de abril de 2010

1er capítulo CATAROS, LA LIBERTAD ANIQUILADA

1000- 1100
Mani. El dualismo y el evangelio de San Juan.

Modernamente, hablamos de maniqueísmo para referirnos a personas extremistas u opiniones que no aceptan las medias tintas. El negro y el blanco sin matices ni grises intermedios. El bien y el mal puros, sin tibiezas.
Pero no siempre tenemos en cuenta de dónde viene el término. Maniqueísmo es una doctrina religiosa nacida en oriente cercano, igual que todos los sistemas de creencias que hoy día consideramos occidentales. Y es derivación de su fundador, Manes o Mani, como cristianismo lo es de Cristo o budismo de Buda.
En los albores del siglo XII pudo terminar la Edad Media. Habían pasado seis siglos desde que la Iglesia de Roma sustituyera al Imperio Romano como centinela del mundo, por la iniciativa de Constantino que, viendo que el hecho cristiano era un enemigo fortísimo del Imperio contra el que se habían estrellado varios de sus antecesores, tuvo la idea de someter el cristianismo cubriéndolo con la pátina de su poner. El cristianismo sustituyó a los demás ritos paganos adaptándose a ellos y adoptando casi todas sus apariencias como religión de estado de Constantino, incluido rituales, apariencias, virginidades, fechas festivas y demás. . Desde aquel truco, habían transcurrido más de seis siglos de dominio del fanatismo absoluto sobre la razón y En el XII Europa comenzaba a tomar conciencia de que la ignorancia y la cerrazón que habían posibilitado durante seiscientos años el brillo de Roma no eran un buen camino.
Aunque suelen escenificarse en épocas anteriores, es en esta etapa cuando sedimentan las leyendas en torno al tan controvertido e indefinible santo Grial, que tanta literatura fantástica ha producido y que sirvió de pretexto para aquellas grandes migraciones aventureras que fueron las cruzadas. Según la leyenda más difundida, José de Arimatea recogió la sangre de Cristo en el en el Gólgota, lugar donde se consideraba que fue crucificado Jesucristo; otra versión, en evangelios apócrifos, asegura que la sangre la recogió en el sepulcro. Estos evangelios también señalan que el local de la última cena era propiedad de José de Arimatea. Tras la resurrección de Jesús, Arimatea fue apresado, bajo la acusación de haber sustraído el cuerpo de su sepulcro. Se le encerró en una torre, donde recibió la visión de Jesús y la revelación del Misterio del que el Santo Grial era un símbolo. .La parte más chauvinista de la leyenda asegura que José de Arimatea se trasladó a las Islas Británicas, estableciéndose en la ciudad de Glastonbury, donde fundó la primera iglesia británica consagrada a la Virgen y a donde habría llevado el Santo Grial.
Simultáneamente con tanta actividad cultural del XII y aventuras hambrientas de saber, por toda Europa, incluidas las instituciones católicas, comenzó un fenómeno que en opinión de los historiadores debió liquidar la Edad Media. Como consecuencia de un desarrollo demográfico que no tenía antecedentes y un notable racionalismo agrícola, nació el interés por el conocimiento, se fundaron las escuelas catedralicias que dieron origen a las universidades, se produjo en España un avance científico imprevisto y por todos los rincones del continente la inteligencia dio pruebas de no resignarse a la mediocridad oscura de unos clérigos conscientes de su incapacidad y por ello celosos de todo brillo de la razón, que consideraban amenazante contra su poder cimentado sobre la mediocridad. Durante el siglo XII pudo acabar la Edad Media, pero allí estaba la curia romana para impedirlo y prolongar el oscurantismo. Acompañando las sinergias sociales, económicas y culturales, surgió por todas partes la necesidad de hacerse preguntas sobre los abusos, el dispendio y la crueldad de esa curia romana que protagonizaba ya durante seis siglos el mayor fraude social que registra nuestra Historia. Todas las catedrales, basílicas y grandes templos europeos se han edificado sobre el engaño de reliquias siempre falsas y siempre solemnemente refrendadas por el poder de Roma. Los cinco o seis prepucios de Jesús que existen en Europa nos hablan del fraude de modo clamoroso, pero ¿no es cómico que pudiéramos construir un edificio como el Empire State si juntásemos todos los fragmentos y astillas “auténticos” de la cruz de Jesucristo que la iglesia de Roma reconoce como verdaderos?
En el escenario de agitación cultural y resurgimiento de la razón del siglo XII, fue lógica la aparición de preguntas en la mente de las personas honestas. De manera simultánea y sin relación entre sí, se dio por todas partes el fenómeno: gente llena de fe y amor a Jesucristo reivindicaba un cristianismo primigenio, sencillo y honesto, y se preguntaban por la licitud de lo que veían: clérigos que con las bendiciones de Roma practicaban todos los pecados capitales, exhibían joyas, barraganas e hijos, batallaban entre sí y contra todos los demás para ser más y más poderosos, utilizaban el miedo/tabú que producía lo sagrado para enriquecerse mediante métodos tan innobles como las bulas. Casi al mismo tiempo que las personas honestas se hacían, airadas, esas preguntas, surgió en la mente de los clérigos la autodefensa: si cualquier desgraciado criticaba su desmesura, ambición y crueldades no tenían más remedios que eliminarlos. Claraval o Francisco de Asís deben ser incluidos en las categoría de contestatarios, aunque tuvieron suerte y acabaron en los altares en vez de en la hoguera.
En la agitación propia de los siglos XI y XII surgió una hermosa historia de amor, como la de Abelardo y Eloisa, y se había producido ya un intento de reforma de la corrupción romana mediante el gregorianismo, pero los poderes absolutos no cambian si no se les obliga y todo se mantuvo igual para terminar el siglo XII con el surgimiento del más monstruoso y perverso invento que registra nuestra Historia: la Inquisición.
Al oriente de Europa ya entonces se había producido el cisma que dio origen a la Iglesia Ortodoxa. Hay que recordar que Bizancio era producto de la división del Imperio Romano en dos partes. Por consiguiente, no podía someterse a la Iglesia católica, que no era más que el mantenimiento del poder cesarista e inventó su propio cristianismo, el ortodoxo. Pero si el lujo y el dispendio eran en Roma habituales Bizancio ha pasado a la historia como paradigma de la máxima ostentación del lujo. Todavía hoy, vemos que los naturales de los países que formaron parte de ese imperio gustan de llevar horteras y pesadísimas cadenas de oro al cuello y lucen en brazos y manos todo el oro que pueden. Entonces, en el siglo XII, esas aficiones debieron de poseer magnitudes que no podemos ni imaginar, pero da para suponer que los clérigos ortodoxos compartirían con sus compadres católicos, al menos, el gusto por la riqueza y el poder. Así no es de extrañar que aparecieran corrientes como los Bogomilos, entre otras.
Mucho antes, hacia el siglo III, había surgido en Persia un movimiento espiritualista que, aun aceptando muchos conceptos cristianos, se planteó una cuestión que debía de parecerles muy lógica: El Dios bueno, luminoso, provisor, no podía ser autor de los males del mundo. Éste, con sus crueldades y sufrimientos, tenía que haber sido creado por otro poder. El Dios bueno no estaba interesado por la materia, que era el universo sombrío y malvado creado por la fuerza oscura. Por lo tanto, la materia y cuanto conlleva es producto del mal y el único camino a Dios es el espiritual. Ocurría cuando San Agustín escribía y expresaba su fe. Este santo católico nació en noviembre del año 354, en Tagaste, que hoy se llama Souk-Ahras, ciudad de la antigua Numidia, la actual Argelia. Su madre era cristiana y su padre, pagano. Agustín se emparejó con una cartaginesa y en el año 372 nació Adeodatus, nombre que en latín significa regalo de Dios. En el año 373, Agustín se unió al dualismo de los maniqueos, muy extendido en aquellos momentos, fundado por Mani, que había nacido al sur de Babilonia (actual Irak). Mani había ido hasta la India, donde recibió la influencia del budismo. Bajo la protección del rey persa Shapur, que reinó gran parte del siglo III, predicó en todo el imperio y hasta envió misioneros al imperio romano.
Agustín permaneció entusiásticamente fiel al dualismo de Mani hasta más allá del año 380.

Como queda dicho, el que predicó el dualismo, Mani o Manes, dio lugar a lo que ahora denominamos “maniqueísmo”, que antes que a una perspectiva de los cosas define a una religión. Basándose en este principio dualista y espiritual, los maniqueos asimilaron como fundamental el más espiritualista de los evangelios, el de San Juan. Manes o Mani, nació hacia 216 en un ambiente familiar impregnado del gnosticismo que dominaba lo religioso desde Mesopotamia hasta el Mediterráneo. Sobre elementos tomados tanto del budismo como del cristianismo primigenio, el gnosticismo consideraba el mundo de lo material obra de un dios caído por oposición a la obra del verdadero Dios, interesado sólo en lo espiritual y la luz. Bajo la influencia persa de Zoroastro y educado en la comunidad judía de los elkasitas, Mani se consideraba a sí mismo el último de los grandes profetas bíblicos y creía en la importancia trascendental que la educación tiene para el espíritu.

Al brotar los deseos de pureza y sencillez de los siglos XI-XII, en el oriente de Europa hallaron que tanto San Juan como Mani expresaban una puridad más cercana al mensaje de Cristo, y así nacieron una serie de movimientos dualistas que fueron sustituyendo, a escala popular, el cristianismo oficial por todos los Balcanes y otras zonas. Tanto en Servia como en Bosnia y Bulgaria llegaron a ser mayoritarios y mientras retrocedían por todas partes las corrientes que imponían los popes ortodoxos por un lado y Roma por el otro, las masas asumían con entusiasmo esa nueva sencillez del mensaje evangélico.
Los cátaros, en cuanto que cristianos, apoyaban su creencia dualista en el Evangelio de San Juan. En este texto, el apóstol usa la palabra “Nihil” que puede interpretarse según la visión del lector como adverbio “nada” o sustantivo “la nada”. Tieniendo esas dos posibilidades presentes la tradución católica decía: “Todo ha sido hecho por Él, y sin Él nada se hizo”, mientras que los cátaros traducían “Todo ha sido hecho por Él y sin Él se hizo la nada”. Por consiguiente, para los puros el Bien es y está en Dios omnipotente. El Mal es el diable, “Nihil”(la nada), con éste se creó todo lo material y fenecible; su creación se originó en el caos y a él regresara.
De todo ello se deduce que los cátaros se consideraban a así mismos inequívocamente cristianos, pero se atribuían la características incompatible de ser herederos directos de los apóstoles. No por enemistad ni rivalidad, sino por convicción completamente sincera, consideraban al catolicismo obra de Natael, el demonio.
Como herederos directos de los apóstoles, ponían muchísimo empeño en la nueva sencillez del mensaje evangélico.
Pero ¿podían triunfar la razón, la inteligencia y la simplicidad frente al poder omnímodo de los clérigos?

viernes, 23 de abril de 2010

Capítulo XVIII DESPUÉS DE LA DESBANDÁ


XVIII
-¡Viva el campeón de España! –aclamó un camarero al verlo llegar.
El Templao saludó tímidamente con la mano.
La venta del Botijo se alzaba en uno de los repechos más altos de los Montes, un paraje muy empinado de Málaga en los primeros kilómetros de la difícil y abrupta carretera que ascendía con dirección a Madrid. Abundaban las ventas, un tipo de mesones popularizados en tiempo de bandoleros, forajidos mitificados de los que todavía cabalgaban algunos por las sierras que envolvían la ciudad al norte, como sombras de un pasado agonizante. Los rumores aseguraban que las ventas pertenecían a bandoleros enriquecidos y aburguesados; al menos, se sabía que la del Botijo era propiedad de un sobrino de Flores Arocha el Terrible, el más famoso de los bandoleros del siglo XX. La comida típica consistía en lo que -de acuerdo con la tradición- preparaban las mujeres de los bandidos para la supervivencia en montañas aisladas de sitios despoblados de la comarca; lomo frito en manteca, salchichón tierno de Málaga, chicharrones adobados en manteca “colorá”, migas de pan con ajo, jamón, cabeza de jabalí y aceitunas, pajaritos fritos y morcillas de Ronda. Desde el exiguo llano que rodeaba el Botijo, un emparrado umbrío sobre un precipicio vertical, se divisaba toda la ciudad como desde las nubes, confundidos el firmamento y el mar en el azul de calima y ensueño donde Málaga flotaba imprecisa, igual que en un “sfumato” del Renacimiento; una vista que había inspirado al poeta Vicente Aleixandre la metáfora de “ciudad no en la Tierra”. Joaquín el Templao había subido poco a los Montes y nunca antes le habían parecido tan especiales; no se daba cuenta de que sus ojos y todo su cuerpo veían el mundo desde una nueva dimensión. A lo lejos, y a pesar de la pátina azul-violeta que impregnaba el panorama, el puerto era un dibujo muy claramente delineado en el resplandeciente mar de Alborán; como si fuera posible, trató inútilmente de identificar en primer lugar a sus compañeros arrumbadores y, a los lejos, la remotísima cabaña del Chafarino. Suspiró mientras sacudía la cabeza y sonreía a Fali, que le miraba expectante; todavía no había asimilado que experimentaba una metamorfosis, como una crisálida que se convierte en mariposa, ni eran voluntarios sus ademanes apocados ni sus expresiones de temor. Al citarle, Quini le había advertido de que “no te conviene llegar puntual; ahora, puedes hacerte esperar. Haz que esperen, que deseen con ansia tu llegá, date a valer”.
Por lo tanto, la sala se encontraba llena. No conocía más que a Quini y sus socios.
Los demás era gente que sólo a algunos había visto de lejos. Todas las mujeres eran desconocidas.
-Me parece que son putas –murmuró Fali a su oído.
-¿Estás seguro?
-A lo mejó. Sus caras me suenan una pechá.
-¿Te darías un garbeo por las mesas, pa averiguarlo? Si resultara que sí, mira a ver si puedes averiguar de una que se llama Viky; es guapa como la virgen Zamarrilla y tiene una melena negra y rizá que le llega a media espalda. Tiene a toas horas una media sonrisa que es como si se cachondeara de uno, anda como los caballos de raza, mueve las caderas como un abanico y sus ojos van dejando un reguero de luz.
-Me parece que sé de quien hablas. No te apures, dalo por hecho.
Las zalemas y lisonjas comenzaron de inmediato. Entre exageraciones dichas con tonos grandilocuentes, todos pugnaban por acercarse a él vaticinándole triunfos en cadena. Iba a ser campeón de Europa y, muy pronto, campeón del Mundo; a continuación, se convertiría en una leyenda a escala universal. “Que se preparen los negros de Estados Unidos. Tú eres lo más grande que ha visto el boxeo en toa su historia”. A su lado, Quini se pavoneaba como si él personalmente hubiera ganado el combate. Se alzó pidiendo silencio y propuso un brindis:

-Por el futuro campeón de Europa de los semipesados. Una autoridad ha prometío que el combate se peleará en el circo Price de Madrid, porque el gobierno del Generalísimo, que Dios guarde, lo está gestionando con muchísimo interés. A lo mejó, todavía pa este verano.
Estalló un largo aplauso, terminado el cual entró una panda de verdiales con sus crótalos, panderos y violines. Las alborotadas bailarinas fueron invitando a bailar a los comensales y, en el fondo del salón, obligaron a levantarse a un viejo gitano, alto y de pelo más cano que rubio, apodado el Piyayo. Joaquín lo conocía de verlo mendigar cantando por las tabernas del centro, acompañándose él mismo con una guitarra mal afinada; interpretaba un palo de flamenco inventado por él en Cuba, donde había vivido muchos años. Decían que sólo conseguía afrontar su vida de soledad y desplazamiento emigrante emborrachándose a diario; el Piyayo marcó pocos pasos de manera insegura y en seguida desistió. Los verdialeros le rogaron que cantara, pero él tosió como si una dificultad se lo impidiera, y volvió a su asiento.
Continuó la vertiginosa música toda la tarde y cuando bajaron de los Montes al anochecer, la mayoría estaban borrachos. No así Joaquín, que no había dejado de pensar con impaciencia en su necesidad de saber. Preguntó a Fali cuando éste se acomodó a su lado en el taxi:
-¿Qué has averiguao?
-Sé dónde trabaja la Viky, pero me han dicho que los lunes no va.
-De toas maneras, ¿te importa que quedemos mañana?
El Templao durmió mal. Despertó durante una de las revueltas inquietas y, a las seis de la mañana, sudoroso y con un desagradable vacío en el estómago, decidió ir a desayunar en uno de los cafés de los madrugadores del centro, situado junto a un mercado que llamaban “Atarazanas”. Lo encontró lleno de marineros, juerguistas trasnochadores, prostitutas desesperadas y estibadores que conocía. Por tanto, recibió felicitaciones, inclusive de desconocidos que acaban de enterarse de quién era. No pudo disfrutar del café con tejeringos y salió del café decepcionado. Sentía náuseas. No teniendo que ir a arrumbar, no sabía qué hacer todo el día. Le habría apetecido ir a charlar con el Chafarino, de no ser por su impaciencia por ir esa tarde a indagar sobre Viky y sobre la inquietante desconocida, y también porque deseaba evitar oír al anciano llamarla “prostituta”. Sabía que se debatía en una paradoja, pero no podía evitarlo.
Disponía de dinero, mucho más del que había poseído en su vida. Decidió impresionar a Viky, que lo viera con un aspecto diferente de cuando se conocieron en aquella fiesta perversa. Recorrió varias veces el centro, buscando un traje ya confeccionado que pudiera usar en seguida; a punto de desistir, recordó dónde trabajaba Fali y fue a hablar con su jefe, en calle Calderería; éste le comentó que un cliente le había devuelto uno “porque le pareció mu caro”. Los pantalones le quedaban cortos y la chaqueta le apretaba en los hombros.
-Recuerdo que dejé tela suficiente en el doblez del bajo. Por ser quien eres, puedo echar de largo a los pantalones ahorita mismo, en un momento. Con la chaqueta no podría hacer ná antes de diez o quince días.
-Da igual. Arrégleme los pantalones y llevaré la chaqueta abierta.
Una vez que salió ya trajeado, y sintiéndose un poco ridículo, se compró una gorra de visera en un establecimiento al lado de la sastrería. Se contempló en el reflejo de un escaparate y, satisfecho, se dirigió al puerto.
Algo malicioso y divirtiéndose mucho, pasó delante de uno de los almacenes donde estaban arrumbando sus compañeros, aunque no muy cerca. Nadie lo reconoció, lo que le animó a dirigirse a uno de los barcos de doña Elena:

-¿Ha venido Mani esta mañana por aquí? -preguntó a un guarda.
-¿Quién?
El Templao rectificó:
-Don Manuel.
-Ah. No ha llegado todavía, pero sé que tiene que venir. Ahora está en el Virgen de la Soledad, allí, en el muelle dos.
El Templao se apresuró, a ver si tenía la oportunidad de encontrarse con él al pie de la pasarela, sin tener que rogar que lo llamaran ni exponerse a una posible negativa. Pero se cruzó con su coche a mitad de camino. Joaquín se paró con la respiración detenida, mirando muy fijamente a Mani tras el cristal de la ventanilla. Era asombroso su aspecto actual, podía interpretar una película con Bette Davis o Katharine Hepburn; el Templao estaba seguro de que le había visto y reconocido, pero el coche pasó de largo sin detenerse. Tras pararse un instante viendo distanciarse el coche, Joaquín siguió su camino y desistió con decepción y resentimiento. Una voz amarga en su estómago le gritaba que el rompimiento con Mani era perpetuo.
Vagó varias horas por la ciudad sin verla; algunos viandantes lo reconocían y vitoreaban, pero ni siquiera devolvió sonrisas. Uno de los vacíos de su pecho se había clausurado para siempre, por lo que era imperioso rellenar el otro.
Iba a encontrarse con Fali en una céntrica marisquería llamada “La Mar Chica”; aunque la cita era a las siete y media, llegó mucho antes Como pasó mucho rato en una de las mesas de fuera, numerosos parroquianos iban reconociéndolo y felicitándolo, al tiempo que extendía el rumor entre los viandantes. Tenía que esperar por temor a un desencuentro con Fali, de modo que no pudo huir, mientras su nombre corría de boca en boca hasta rodearle el clamor.
Cuando Fali llegó, se dio cuenta de lo que pasaba. Se acercó y le preguntó al oído:
-¿Has pagao?
-Si.
-Po echa a correr.
A cada momento se alegraba más de haber aceptado el consejo del Chafarino. Fali estaba resultando un ayudante impagable. Rectificó a su propio pensamiento. Ahora podía pagarle.
-Toma, Fali.
El joven miró el billete de quinientas pesetas con enorme sorpresa.
-¿Qué es esto?
-Pa que te compres lo que quieras.
-Tú no estás bien de la cabeza. ¿Te vas a portar como esos ricos repentinos, que van por ahí derrochando su fortuna hasta quedarse a dos velas?
-Yo…
Fali dobló el billete y lo metió en el bolsillo interior de la chaqueta del Templao.
-Si te sale del corazón ayudarme de vez en cuando, no tienes que exagerar.
-Está bien, Fali. Haremos un arreglo de hoy en adelante, pero ahora guárdate las quinientas pesetas por la madre que te parió o voy a partirte la cara.
Notó que Fali se enternecía y contenía el impulso de abrazarlo. Joaquín le puso la mano en el hombro y lo zarandeó un poco, mientras volvía a darle el billete.
-¿Qué quieres que hagamos?
-Ir a la casa que te dijeron ayer –respondió el Templao.
-Me refirieron que no tiene horario fijo, que na más que va si la madame le manda decir expresamente que tiene un cliente pa ella.
-Mejor. Así podemos averiguar sin que se entere.
Había oscurecido lo suficiente como para que comenzara a haber animación en la calle Beatas. Notó que Fali deseaba decirle algo pero dudaba.
-¿Qué pasa, Fali?
-Verás… Estoy pensando que no te conviene que te reconozcan estas fulanas. Si entras preguntando por la Viky y alguien se da cuenta de quién eres, van a contarle a ella que te puede sacar hasta los tuétanos. Me parece que conozco a una que trabaja en esa casa…
-¿Te has acostao con ella?
A Fali se le encendieron las mejillas.
-No. Es que le cosemos a su hombre y ella va con él pa las pruebas. Deja que entre yo y me esperas fuera, procurando ponerte en un rincón oscuro pa que nadie te vea bien, que en esta calle no se den cuenta de quién eres.
El Templao se apoyó contra la pared, a la sombra del único farol que había a la vista, con la pierna flexionada y un pie apoyado en un zócalo. Pasó más de media hora sin que Fali regresara. Vio salir a una de las mujeres que, en cuando recorrió unos pasos, se dio cuenta de que era la misma que había seguido la semana anterior, movido por un pálpito misterioso. Corrió hacia ella, poniéndole la mano en el hombro. La mujer volvió la cara hacia él y fue como si le dieran un latigazo en los ojos.
Aunque muy repintada y escotada, no dudó ni un instante que se trataba de su hermana Inma, la hermana cuya supuesta muerte había llorado desconsoladamente desde dos años y medio atrás. Alzó las cejas, espantado, con náuseas y apretándose el vientre. Ella echó a correr.
Le alcanzó Fali, a zancadas.
-¿Qué te pasa, Joaquín? Parece que hubieras visto a la muerte.
¿Qué había visto? ¿La muerte en persona o la aparición de un alma en pena? Viva o muerta, carne mortal o fantasma, era ella, no le cabía la menor duda. Inma, el ángel profanado por un muchacho falangista fanatizado por su padre; Inma, la princesa manchada y arrastrada a la locura por una horda de inconscientes salvajes disfrazados de respetabilidad; Inma la modestia luminosa transmutada en impúdica vestal.
-Algo así. –respondió Joaquín a Fali- Vámonos.
-¿No quieres saber lo que me han contao?
-Sí. Vamos a un café y me lo refieres.
Sentados en medio del bullicio del café, el Templao dijo para sí:
-No pué ser; estaba muerta.
-¿Qué dices, Joaquín?
Le contó los sucesos de la desbandá con detalle. El asfalto tan inundado de sangre que todos resbalaban. La escena ominosa de la plaza de Torrox. La cuesta de bajada a Nerja, en cuyo final se encontraba la meta de su esperanza desesperada. El pedregal donde veinte fugitivos trataron inútilmente de esconderse. La ensordecedora traca de muerte llovida del cielo. Los dieciocho que no consiguieron volver a enderezarse. El vientre abierto de la cuñada embarazada de Mani, tan bella e inocente. La madre abatida para siempre e Inma paralizada en un ademán de baile con su harapiento vestido de gitana. Fali se echó a llorar.
-Sé de la que hablas. La he visto cantidad de veces; es mu guapa, Lo que más destaca son sus ojos verdes, como los de la copla; pero parece un poco mayor que tú, no más chica. ¿Estás seguro de que es ella?
-Pongo la mano en el fuego.
Lo haría sin miedo. Era ella, por más increíble que le pareciera. Dos años largos vividos bajo la convicción de que estaba solo en el mundo, mientras su hermana recorría los pasillos húmedos y oscuros del desvarío y la prostitución. ¡Cuánto se había perdido! ¡Cuánto habían perdido los dos! El resbaladizo y mugriento camino que ya había comenzado a pisar antes de la desbandá, había continuado recorriéndolo veintiséis meses más. ¿Qué nivel de degeneración habría alcanzado ya? Aunque estuviera gangrenada o fuera una leprosa, pondría los cinco sentidos en devolverla al altar donde vivía de adolescente, antes de la violación colectiva de los falangistas. Por complicado que pudiera resultar, no tenía más remedio que rescatarla y tratar de que volviera a ser ella, aunque tuviera que fundirla como a las campanas. Fali, sin dejar de mirarlo intensamente, notaba cómo se debatía, preguntó:
-¿Qué piensas hacer?
-Sacarla de allí.
Fali meditó un instante, con expresión severa.
-Sería imposible, Joaquín. Las reglas de la prostitución no son las del mundo normal que conoces… Las caras amables que ponen a los que llegan con dinero fresco, dispuestos a pagar los ser vicios, son cuchillos afilados para quienes pretendieran agradir sus normas y convenios. Aunque aparezcan las madamas como jefas, los verdaderos amos son siempre mafiosos indecentes, dispuestos a matar. Además, si ha echao a correr es que no quiere saber ná de ti.
-No creo que supiera que soy su hermano.
-¿No? Entonces, ¿por qué ha corrío?
-Se habrá asustao, pero no me ha reconocío, por mi salud. Me ha mirao como si yo fuera el demonio. Ya te he contao lo que pasó; cuando creía que había muerto, llevaba sin verla una pila de años y por aquellos tiempos ella no regía bien. Hasta se metió a mantenía de un patriarca gitano. Por la pinta que tenía cuando la reencontramos en el momento de escapar, se dedicaba a mendigar disfrazá de gitana. No tengo otra que sacarla de allí, aunque sea a la fuerza y cueste lo que cueste. Si no por ella, por mi madre que en paz descanse.
- Ten por seguro que esa casa la protegen un montón de sinvergüenzas. Vivimos un tiempo mu raro, Joaquín. Son montones las mujeres casás que se han metío a putas, y no veas tú la pila de matones salvajes, pagaos por los verdaderos dueños, que defienden el negocio y hasta las fuerzan a quedarse cuando ellas quieren irse. Aunque seas campeón de España de los semipesados, no vayas a creerte…
Joaquín se preguntó por qué razón sabría Fali tanto de esos ambientes. La intuición le decía que no porque fuese a comprar los servicios de prostitutas.
-Vamos otra vez pallá, Joaquín, y trato de averiguar quién es la dueña, por si pudiéramos llegar a un arreglo con ella.
-¿Te parece que sería posible? Yo no lo creo.
-Con la via que llevamos esta temporá, el dinero lo arregla tó.

jueves, 22 de abril de 2010

EL OCASO DE LOS DRUIDAS



PRIMER LIBRO
Castro de Santa Tecla. La elección

1
Más allá de tres o cuatro brazas, era imposible ver nada. La niebla había posado sobre la mar rizos como guedejas de algodón, unos mechones blancos inmóviles, acariciados con suavidad por el paso leve de la barcaza. Los hombres se deslizaban sigilosos y alelados, temiendo despertar a los monstruos de las profundidades.
Aunque casi todos eran marineros avezados y supervivientes de horribles temporales, la cortina de niebla les sobrecogía y por ello los nueve permanecían en silencio, seis en los remos, uno al timón y dos con las artes de pesca preparadas para echarlas en cuanto encontrasen un lugar propicio, cualquiera de los caladeros conocidos que la tradición había transmitido de padres a hijos. Pero no conseguían orientarse con los puntos habituales de referencia borrados por la niebla. La punta rocosa que semejaba el pico de un águila; el carvallo que asomaba sobre el acantilado, retorcido por las tormentas; las ruinas del castro de Santa Tecla en el extremo sur, flanqueando la desembocadura del río; la gran cabaña cuadrangular que era su refugio en la playa, el almacén donde guardaban las redes y, con frecuencia, la alcoba de su solaz.
En esos momentos de escalofrío, no había nada que sus ojos avizores y expertos pudieran distinguir más que el blanco grisáceo que todo lo velaba, como si hubiesen inundado el mundo de leche.
La vela izada y desplegada del todo no les servía para avanzar en la calma chicha, de modo que los remeros sudaban con las manos rotas, bogando afanosos aunque no tenían claro el rumbo. Cada vez que los seis remos rompían la quietud del mar, sonaba el chapoteo de las palas con la sincronía perfecta de quienes no tenían nada más en que pensar.

El timonel murmuró sin dirigirse a nadie en particular:
-Esto ha de ser el limbo entre el cielo y la tierra, del que hablaba el otro día el anacoreta de la Cova do Mar.
Lo dijo muy bajo, pero su voz sonó como un graznido que rompió el tenso silencio de la espera vigilante de una presa. Algo que aunque no les alimentase, les aliviara al menos el desasosiego.
-Tiene que ser cosa de brujería –dijo el primer remero de estribor, volviendo un poco la cabeza hacia babor.
Aunque no lo había mencionado, todos en la barca comprendieron la alusión. El que había hablado y otros cuatro giraron la cabeza hacia el tercero de los remeros de babor, un joven forzudo, todavía adolescente, que no era natural del poblado del que los demás provenían. Ese muchacho de cabello amarillo y ojos de mar era un ser diferente, probablemente con necesidades, miedos y victorias distintas de la gente normal. Lo habían aceptado en la tripulación porque les faltaba un par de brazos, pero desde el primer día sentían su compañía como una presencia inquietante, a ratos perturbadora y llena de malos presagios.
Los habitantes del bosque pertenecían a otra raza, a otro dios y a otra manera de entender la vida. Eran seres misteriosos, capaces de hechizar a las personas con los ojos y de transmutar las piedras en cualquier materia que necesitasen. Hablaban con los pozos y los veneros, invocaban a diosas impúdicas que recorrían sus sueños y encantamientos completamente desnudas, sedientas de la sangre inocente de niños que debían serles sacrificados cada vez que se enfurecían. Por la inspiración de sus diosas como demonios, esa gente indescifrable del bosque fabricaba elixires que les proporcionaban vigor de titanes, y otros que sometían a sus caprichos a cualquier forastero temerario que se dejase seducir.

Nadie de la aldea pescadora de la playa se aventuraba jamás por lo más intrincado del bosque. Cuando necesitaban atravesarlo, lo hacían en grupo y por caminos hollados durante generaciones en todo el tiempo que abarcaba su memoria.
Si Conall fuese un adulto, no lo habrían aceptado en el barco. Su juventud había servido a medias como garantía de que no era temible, aunque no las tenían todas consigo. Si los seres del bosque poseían facultades prodigiosas, ¿sería indispensable haber alcanzado la edad adulta para servirse de ellas? ¿No era, en el fondo, tan temible un niño celta como el más sibilino y fuerte de sus hombres?
Conall fingió no enterarse de las alusiones.
Continuó remando, impasible sólo en apariencia, porque siempre que oía esa clase de comidillas se le desataba un vendaval en el pecho. La vida en el bosque había llegado al ocaso, todo su pueblo arrastraba una existencia crepuscular sin apenas esperanzas ni aliento. ¿Qué otra cosa podía hacer un joven ambicioso como él, sino tratar de adaptarse a los tiempos? Los acontecimientos de las últimas generaciones habían recluido a los celtas al margen del camino por donde avanzaba el mundo. Ya no les quedaba más que ser espectadores de los nuevos tiempos y morir. La única manera de salvarse era diluirse en las nuevas costumbres y estilos de vida. Al fin y al cabo, ¿qué tenía de interesante vivir camuflado entre árboles y matorrales, fundidos con el paisaje y mudos para no ser acosados ni exterminados? ¿Qué ventajas presentaba esa clase de vida para un muchacho a quien le quedaba toda una vida por vivir sin renunciar a sus ambiciones? Poderosas ambiciones intactas, fuesen cuales fueran sus circunstancias. Mejor sería que los pocos supervivientes del clan que aún languidecían en el bosque se diluyeran en las prósperas comunidades del litoral, confundiéndose con ellos y aceptando sus dioses, su lengua y sus costumbres. Él y los suyos necesitaban acabar con los druidas vestidos de blanco, que eran quienes se oponían con ferocidad suicida a la realidad del mundo presente; tenían que ignorarlos para someterse a continuación a los monjes vestidos de negro que habían comenzado a apropiarse de parcelas limítrofes del bosque, mediante el recurso de talar los árboles y quemar la vegetación. En los espacios conquistados, desterraban toda la vida a fin de vivir ellos según sus costumbres.

Un vago sentimiento de trasgresión le hizo temer que la diosa se dispusiera a castigarle, porque en ese momento, sin transición, se desató un temporal tan espantoso como una maldición divina. La niebla fue disuelta en pocos instantes y en su lugar les envolvieron olas como montañas verdinegras.
-A éste, habría que mandarlo de nuevo a su bosque embrujado –dijo el timonel, señalando sin recato a Conall con el hombro-. El señor Yago nos va a castigar por darle cobijo y sustento.
Nadie respondió, pero tampoco le contradijeron.
Angustiado por el bamboleo que estremecía el navío, Conall resolvió que si lograba poner pie en tierra de nuevo tendría que encontrar con urgencia una solución para su vida.

miércoles, 21 de abril de 2010

II LOS PERGAMINOS CÁTAROS



Capítulo I
MISTERIOSO HALLAZGO
Octubre de 1810

Mossen Laurenç descargó el hacha con rabia contra el tronco tendido en el suelo, haciendo saltar oleadas de astillas. Era tan completo el silencio, que las menudas partículas de madera golpearon sonoramente contra las piedras tapizadas de verdín del muro lateral de la iglesia de Nuestra Señora de Cap d’Aran. Cada golpe era un estallido, una detonación de donde emergían las astillas como proyectiles, que le arañaban la piel y se le clavaban en los músculos de los brazos inflamados por el esfuerzo y la furia. La luz del alba reflejada por las cumbres nevadas apenas iluminaba el pequeño huerto parroquial, una exigua meseta entre dos taludes cubierta de musgo y trébol, empapada de escarcha a medio derretir y cosida de hoyuelos de las pisadas impetuosas del joven párroco.
Iba a cumplir treinta y dos años, pero la sangre bullía tumultuosa en los complicados altorrelieves que formaban las venas de sus miembros, como las de un adolescente muy vigoroso que acabara de descubrir los poderes de la carne. Las descargas del hacha eran azotes a su conciencia, un castigo contra el pecado que su mente y los escalofríos le exigían cometer a todas horas, mientras rezaba, mientras se arrepentía, mientras consentía que su alma fuera presa de la desesperación y le convulsionara el demente rencor contra sus propias debilidades.
Las lágrimas corrían por sus mejillas sin ser llanto, mezcladas con el sudor que no llegaba a convertirse en bálsamo que aliviase el estremecimiento perpetuo de su piel, el vello erizado de anticipación, el latido que le exigía noche y día volver a pecar con lo mismo que había pecado en Seo de Urgel.
No podía recaer. Ahora menos que entonces. Aran era un microcosmo demasiado concéntrico y encerrado en sí mismo. Sí allí, en la capital de la diócesis, había constituido un escándalo su conducta, ¿qué consideración recibiría en Tredòs, entre campesinos sentenciosos y estrechos de miras a quienes apenas conseguía entender? Si en Seo de Urgel se había visto obligado a afrontar un castigo tan severo como el destierro a este remoto valle prisionero entre montañas, ¿cuán grande podía ser la condena a que se arriesgaría ahora?
Había nacido en uno de los caseríos que moteaban de humo y diminutos resplandores de hogares el verde helado del amanecer, pero ingresado en el seminario de Barcelona a los doce años, nunca había regresado hasta ahora. El estudio afanoso del latín, las conversas en catalán y castellano y el tormento permanente de saberse encaminado hacia la verdad mientras el satánico seductor trataba de descarriarlo, le habían hecho olvidar su lengua materna. No sólo había dejado de saber expresarse en aranés, sino que apenas conseguía comprender unas pocas frases de lo que sus feligreses le decían.
Lanzó el hacha lejos de sí, como si ese gesto constituyera un castigo contra lo que no podía ser más que un demonio que buscaba su perdición. Entre los chorros copiosos de sudor brotaba vapor de sus axilas, de los anchísimos hombros, de los robustos brazos y del tronco desnudo, expuesto sin rubor dado que ningún ser humano solía hollar la escarcha de la madrugada en las recoletas soledades donde se alzaba la casa cural, al otro lado del templo desde donde se despeñaba montaña abajo la minúscula aldea. A tales horas, apenas sonaban a veces los cascos de algún caballo francés, de los centinelas que el ejército de Napoleón había diseminado pocos días antes por el valle. Su desnudez desafiaba el frío porque no lo sentía, pues era mucho más ardiente que un volcán lo que emergía de sus poros.
Entró en la sacristía. Se enjugó el sudor en los faldones de la camisa antes de ponérsela, se abrochó con impaciencia la interminable hilera de botones de la sotana y se contempló de reojo en el reflejo del vidrio de la ventana. Temía que pudieran crecer cuernos infernales en sus sienes y resplandores rojos en sus pupilas, pero lo que el reflejo le devolvía era una cara no exenta de armonía, no demasiado característica ni perturbadora como lo sería la de un demonio. A pesar de lo muy pecador que se reconocía, el rostro del párroco que veía en el cristal era el de un treintañero más bien bonachón, como si conservara una inocencia que reconocía haber perdido hacía muchos años.
Una vez cubierto de los ornamentos sagrados, se dispuso a celebrar la misa. Sólo había dos mujeres en los reclinatorios, que lo miraron igual que le miraban todos desde que llegara a Tredòs, con una mezcla de desconcierto y reprobadora distancia. El obispo había podido desterrarle a Aran gracias a que era aranés, puesto que ésa era condición indispensable para ejercer el sacerdocio en el valle debido a sus privilegios ancestrales. Todos sabían que era paisano, y por ello no le perdonaban que no pudiera expresarse en aranés. El escudo que la misa en latín representaba le eximía de remordimientos por ello, aunque reconocía que debía esforzarse, porque había ido perdiendo clientela en el confesonario desde el primer día y ya sólo muy raramente se acercaba alguien. Le apenaba enterarse de que algunos de sus vecinos, los más devotos, emprendían el azaroso viaje hasta Vielha para confesarse con el arcipreste, pero era una pena sin rencor. Ellos tenían razón mientras que él era un pecador exiliado y castigado al ostracismo, que merecía el desdén.
Durante la misa, miró muchas veces los deteriorados murales románicos; iluminados por las oscilantes llamas de las velas, los ojos de Nuestra Señora parecían vivos y no halló en ellos reproches, sólo luz. Una luz sobrenatural que le alivió un poco. Pero los desconchones del yeso añadían misterio a los rostros pintados, de manera que las beatíficas expresiones de los santos y los apóstoles parecían acusadoras y condenatorias. Ya no podía esperar más. Ni los ángeles ni las vírgenes de las paredes le comunicaban paz, sólo recriminaciones. Tenía que hacer algo o se volvería loco.
Como de costumbre, nadie le esperaba al terminar la misa. Las dos mujeres habían abandonado la iglesia con prisas, tal como solían hacer todos por temor a reconocer en sus gestos la insultante incapacidad de comprenderles. No podía postergar más el intento de encontrar solución.
Al ensillar el caballo pocos minutos más tarde, se preguntó si resistiría llevarle monte abajo hasta Vielha, tan jamelgo parecía. Era mejor que fuera así, porque de ser un vigoroso corcel ya se lo habrían requisado los soldados de Napoleón.

Mossen Peir besó la estola con una sonrisa tomándola de manos del monaguillo poco antes de comenzar la misa. En Vilac, donde se encontraba realizando la visita pastoral a que le obligaba todos los meses su condición de arcipreste, las campesinas poseían una inocencia que habían perdido casi todas las vecinas de la populosa Vielha, a punto ya de alcanzar los mil doscientos habitantes. Debería relacionarse más con esa inocencia carente por completo de malicia, aunque sus obligaciones se lo permitieran tan poco. Tan modestas, encendidas de rubor sus mejillas y candorosas en sus reclinatorios, cada uno de los gestos de las jóvenes matronas era una invitación a sobrevolar con ellas las miserias de la vida.
El párroco nuevo que le había mandado el obispo a Tredòs carecía de sentido de la caridad para agradecer al Señor tales bendiciones. Mossen Laurenç era un hombre demasiado rígido que necesitaba aprender cuanto antes a vivir de acuerdo con el paisaje y el paisanaje, o se arriesgaría a que el paisaje y el paisanaje le rechazaran y expulsaran como un advenedizo malquerido.
Como si pensar en él fuese una invocación, vio a mossen Laureç entrar en el templo con profunda devoción, encogido, realizando esfuerzos de no ser advertido por él para no distraerle. Mossen Peir sonrió. Por mucho que se esforzara, Laurenç no podía pasar inadvertido, pues era claramente más alto que los pobladores del valle y tampoco eran comunes unas proporciones tan fornidas como las suyas. ¡Qué poco sentido común el de ese hombre! ¡Qué malgasto insolente de vitalidad! Era una verdadera ofensa a Nuestro Señor que no glorificase un cuerpo tan privilegiado.
Las miradas de los dos se encontraron y notó que el párroco de Tredòs bajaba los ojos con turbación, mientras enfocaba unas pupilas desorbitadas y escandalizadas hacia las figuras que decoraban la pila bautismal, pobre pazguato. Tenía que forzarlo a ajustarse a las circunstancias o su magisterio parroquial no serviría de nada, porque iba a convertirse en una sarta de errores que más tarde tendría que atajar de la peor manera. Debía intervenir ahora, como un cirujano que extirpa un grano antes de que se convierta en una fogarada. De hoy no podía pasar.

martes, 20 de abril de 2010

INDIANOS. -Rumbo a una incógnita-1


1-RUMBO A UNA INCÓGNITA
En todas las etapas y eras de la historia, los seres humanos hemos emigrado siempre, por múltiples motivos, y lo certifican los grandes movimientos civilizadores de que tenemos constancia. Celtas, hunos, turcos, mongoles, godos, gitanos, fenicios; muchos grandes pueblos del pasado emigraron bien por la ambición conquistadora de sus líderes o, sobre todo, por dificultades en el país de origen. Desde el primer grupo de homínidos que aseguran los paleontólogos que abandonaron África, probablemente por catastróficos cambios climatológicos, nunca se ha parado de emigrar.
Las poblaciones desplazadas más o menos involuntariamente son una lamentable constante en la historia; y en la de España de los últimos siglos en particular, se dan los casos judío y morisco. Los hebreos expulsados en 1492 llevaban casi dos milenios siendo españoles y por lo tanto cabe suponer la enormidad del sufrimiento de aquellas caravanas de niños, ancianos y mujeres que avistó Cristóbal Colón saliendo de Córdoba cuando se dirigía a Palos con sus capitulaciones de Santa Fe firmadas por los reyes, que, por cierto, vivían rodeados de judíos ennoblecidos que simulaban ser cristianos. El poderoso Luis de Santángel, tesorero real y amigo personal y muy íntimo de Fernando de Aragón, era un converso valenciano. La expulsión de otros españoles en 1613, los moriscos, fue sufrida no sólo por ellos, sino también y sobre todo por los que quedaron, que tenían muy escasa habilidad en su arte inmenso de la agricultura. Éstos son casos extremos, de expulsiones masivas, que también se dieron con comunidades completas e igual injusticia en otros muchos lugares de Europa y en distintas épocas, incluyendo el siglo XX. Pero la que aquí nos interesa en especial es la emigración individual en busca de fortuna.

Refiriéndose a la emigración asturiana, en un libro titulado “Asturias en la Emigración”, el autor Luciano Méndez Muslera explica los motivos que movían a sus paisanos que emigraban: imitación de los que habían triunfado, o lo fingían, la huida de los hidalgos segundones (fenómeno común a toda España; los segundones tenían que buscarse la vida, porque todo lo heredaban los primogénitos). También menciona una curiosa figura: unos “ganchos” agenciados por los armadores a fin de redondear sus negocios. Alude este autor a un motivo que fue recurrente en toda España a lo largo de los siglos, la evasión de la milicia.
Con el intento, acaso fallido, de una evidentísima abstracción de los ciclos verdaderos de la Historia, el autor Guillermo Scarfo afirma que la emigración vasca “no se debía a la falta de trabajo, ni a causa alguna física o económica, a diferencia de muchos levantinos que emigraban a causa de su miseria, y que muchos emigrantes vascos, santanderinos y asturianos suelen llevar pequeños capitales y una formación cultural adecuada"
Rosalía de Castro, nacida en el año 37 del XIX, el de la gran emigración, dedicó sentimiento y emoción dolorida en muchos poemas a la emigración gallega, según el autor Emilio González López. “En Follas Novas (1880) incluyó toda una parte, el quinto libro, a poetizar la triste situación de los emigrantes y de las familias que dejan su tierra, libro que tituló As viudas dos vivos e as viudas dos mortos (Las viudas de los vivos y las viudas de los muertos). En Follas Novas Rosalía contempla el éxodo de las gentes de Galicia que emigran para América. Con inmensa tristeza los ve ir, pensando que no hay nada más doloroso que dejar la propia tierra en busca de un porvenir incierto". En su libro En las orillas del Sar, vuelve a tratar el tema, pero contemplado ahora desde un punto de vista diferente. Ya no ve la poetisa la marcha de los emigrantes, sino que piensa en los que se han ido y están ya en América. Y Rosalía, entristecida por su larga ausencia de la tierra, los llama para que se reintegren a la patria amada. Esta llamada, que tiene el dolor de una madre que se dirige a sus hijos extraviados por el mundo, se expresa en una serie de poemas que recoge bajo el título de Volved…
Volved, que os aseguro
que al pie de cada arroyo y cada fuente
de linfa transparente
donde se reflejó vuestro semblante,
y en cada viejo muro
que os prestó sombra cuando niños erais
y jugabais inquietos
y que escuchó más tarde los secretos
del que ya adolescente
o mozo enamorado,
en el soto, en el monte y en el prado,
y dondequiera que un día os guió el pie ligero…,
yo os lo digo y os juro
que hay genios misteriosos
que os llaman tan sentidos y amorosos
y con tan hondo y dolorido acento,
que hacen más triste el suspirar del viento
cuando en las noches del invierno duro
de vuestro hogar, que entristeció el ausente,
discurren por los ámbitos medrosos,
y en las eras sollozan silenciosos.
Y van del monte al río
llenos de luto y siempre murmurando:
“¡Partieron…! ¿Hasta cuándo?
¡Qué soledad! ¿No volverán, Dios mío?
…que son lo más sentido y bello que se ha escrito en la poesía castellana sobre la emigración. (...) No es Rosalía quien llama a los emigrantes, sino toda Galicia: es toda la tierra, su viento, sus ríos y sus bosques que se han quedado abandonados por los que se fueron".

A pesar de que los poetas y a veces los políticos reclamaban a los emigrantes que volvieran, muchos autores han dedicado monografías a lamentar el maltrato que, mayoritariamente, ha venido dando nuestra literatura a los Indianos. Una injusticia absurda que seguramente la ha motivado en primer lugar la falta de reflexión, añadida a un culposo desconocimiento.
Mirando especialmente a Murcia, el autor José Ibáñez Martín dice que “la Literatura murciana ha cumplido este designio, y en sus obras podemos encontrar la aventura dramática del hombre obligado a desplazarse fuera del ámbito vital originario. Si elegimos como referencia el siglo XX, nos encontramos el testimonio de los arrastrados por la crisis de finales del XIX, y obligados, como el poeta Vicente Medina, a buscar el sustento en Argentina, o en Brasil, Francia y Barcelona, como los personajes de El otro lado del mundo, de Berta Serra. Otras migraciones como la causada por la Guerra Civil o por la búsqueda del bienestar económico en otras tierras quedan reflejadas en obras como Cancionero morisco, de Andrés Salom, los poemas de Julián Andúgar y Francisco Sánchez Bautista, así como en la novelística de José María Castillo-Navarro y José Luis Castillo-Puche”.
Desde una universidad estadounidense, y en un estudio sobre la literatura española, el autor José Ignacio Barrio Olano afirma que: “hay que precisar que las Indias no son, en realidad, un escenario típico de la novela picaresca. No hay, por lo menos en los siglos XVI y XVII, novelas picarescas españolas de ambiente americano y sólo son tres los pícaros literarios que eventualmente pasan a las Indias: Alonso mozo de muchos amos, el buscón Pablos y Lazarillo de Manzanares. Sin embargo, las Indias son una referencia constante en la picaresca, porque si no aparecen propiamente como un escenario, sí aparecen como una expectativa, como un rumbo conocidísimo en el que es más emblemática la vuelta que la ida y como una carrera a seguir. Es precisamente en "la carrera de las Indias" donde se forma el personaje del perulero o indiano que, una vez acumulada suficiente riqueza, regresa a España para vivir de las rentas. En ese momento histórico, el rumbo de las Indias es, como lo expresa Estebanillo González, "el camino de la codicia.” En la picaresca, la mentalidad mesiánica de Cristóbal Colón ha quedado por tanto reemplazada por una mentalidad lucrativa y mercantil: si el propósito más definitivo de Colón era transportar el oro y las riquezas americanas hasta Jerusalén para reconstituirla como ciudad escatológica y cumplir así las profecías de Isaías y de Esdras, un pícaro como Lazarillo de Manzanares dirá, por el contrario, lo siguiente: Mi intento... nunca fue vivir de asiento en éste o en otro lugar alguno de los de España, antes dar conmigo en las Indias, donde hombres bajos vienen de ordinario ricos, aunque vayan sin oficio, porque, llevando consigo el poderse aplicar a mercaderes de cosas bajas, nunca se vienen sin dineros. Para la mentalidad picaresca, las Indias se asemejan por tanto a la tierra fabulosa de Jauja o de Cucaña, donde el interesado puede, con un poco de maña, "lograr las cosas con poco trabajo o a costa ajena."

Nada más lejos de la realidad que la idea de que los emigrantes conseguían sin esfuerzo sus logros, impresión injusta que está bastante difundida, sobre todo entre quienes escriben sobre indianos. No sólo autores españoles han abordado la cuestión. El italiano Edmundo D’Amicis imitó a los de novelistas y poetas españoles que desgranaban sus nostalgias y penas por los emigrantes que no volvían y los que volvían incomprendidos. Además de Rosalía de Castro y Pío Baroja, han escrito sobre ellos Leopoldo Alas, Rafael Alberti, Juan Antonio Cabestani o el propio García Lorca, que los conoció y habló con ellos in situ, tanto en La Habana como en Buenos Aires.
Vituperados y maltratados con demasiada frecuencia por muchos ciudadanos de algunos de los países de acogida, que a pesar de necesitarlos tanto pasaban en seguida a criticarlos “porque venís a llevaros lo nuestro”. Y cuando volvían los indianos a España se encontraban prácticamente con la misma incomprensión, que en este caso amargaba mucho más.

lunes, 19 de abril de 2010

2ªparte/1 -- LA DESBANDÁ

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II. La condena de Sísifo
Como cada día durante los últimos cuatro meses, Paula Robles del Altozano se levantó sigilosamente de la cama mucho antes de amanecer; trató de no hacer ruido al vestirse, se alisó el pelo rubio a ciegas para no encender la luz y revisó a tientas el envoltorio que había preparado la noche anterior. Todo estaba en orden, porque ni siquiera se le ocurría soñar con incluir las golosinas que le gustaría que hubiera en el paquete. Antes de salir, se acercó al vano que comunicaba su dormitorio-taller con el cuarto donde dormían sus hijos. No tendría que ser cuidadosa al abrir la puerta de la vivienda para salir a la galería, porque al menos Antonio y Paco habían despertado ya y conversaban; aunque hablaban en murmullos, porque Miguel y Ricardo dormían aún, percibió la tensión del tono rajado de Antonio:
-...y después de arrasar las derechas las ilusiones del proletariao en Asturias y toa España, los cofrades de la Expiración se han empeñao en sacar su procesión la Semana Santa que viene. ¡Como si no hubiera millones de cosas más necesarias! Son como alacranes acechando a ver cómo clavarnos el aguijón, pa escarmentarnos por lo del 31 y someternos a sus abusos de toa la vida.
-Se saldrán con la suya -afirmó Paco-; el gobernador ha dicho que les apoya y que pueden contar con la banda de bomberos. Tendremos otra vez autos de fe y capirotes de la Inquisición por las calles de Málaga, ahora que se sienten poderosos habiendo masacrao a los asturianos.
Paula halló sorprendente oírles tan de acuerdo entre sí.
-Es que no tienen entrañas -dijo Antonio-. Exhiben lujo a porrillos, pa que los obreros renunciemos a pensar por nosostros mismos y poder devorarnos las asaúras per seculam seculorum. Quieren que traguemos que los señoritos trasnochaos sigan llevando las riendas, digan lo que digan esos periodistas reaccionarios, que no paran de escribir mentiras pa que nos olvidemos de toa la sangre que se ha derramao por sus estilográficas pintando la revolución con colmillos de chacal, mientras Lerroux ordenaba a Franco y Goded masacrar a los proletarios.
-Volveremos a lo de siempre -sentenció Paco-. Penitentes descalzos, ríos de cera, saeteras fanáticas y hombres de trono flagelaos, como en la Edad Media, y adúlteras putonas disfrazás de beatas pa lucir sus mantillas y sus peinetas de brillantes.
-Po si se empeñan en avasallar con sus monigotes, que se atengan a las consecuencias. Ni yo ni mis compañeros nos chupamos los mocos.
-Antonio -aconsejó Paco-, no vuelvas a las andás, por favor.
Paula apreció el modo reposado de hablar que Paco estaba adquiriendo, sentencioso como si fuera mayor que Antonio. Sobre el desconcierto que le asaltaba últimamente por que el segundo de sus hijos pareciera tan a punto de elevarse sobre la medianía cultural que les rodeaba, flotaba el orgullo de que al menos uno lo consiguiera.
-¡Andás! -exclamó Antonio-. ¿Qué dice tu querido Partido Comunista, que nos quedemos cruzaos de brazos y permitamos que nos den bofetás con sus ídolos?
-No. Dice que más urgente que sacar procesiones es que Málaga tenga universidad, y se corrija la injusticia que nos imponen los señoritingos de Sevilla y Graná, que no paran de luchar a brazo partío pa que Málaga siga sepultá en la incultura sin conseguir nunca su propio poder intelectual. La cuestión, Antonio, es que hay que hacer las cosas con método. Si nos organizáramos en vez discutir entre nosostros, a lo mejor acabaríamos con esas supersticiones, pero dando patás al aire no se llega a ná. ¿En qué paró la quema de iglesias?; se fortalecieron las derechas, ¿es que no te acuerdas?, porque los irresponsables como tú les disteis argumentos pa arremeter contra tó lo que oliera a izquierda. Por cá uno de los incendios, salieron millones de velas en las manos de beatas resentías pidiendo nuestras cabezas. Y así nos va, que nadie dice ni por ahí te pudras aunque Yagüe haya entrao como Atila contra los asturianos.
-Pero los principios son los principios -insistió Antonio- y tenemos la obligación histórica de acabar con el opio del pueblo; no hay por qué aguantar tantas humillaciones de hipócritas putañeros ricos disfrazaos de beatos de comunión de diaria. Y por si no tuviéramos bastante, la Ana y mamá empeñás en que me case por la Iglesia.
-¿Qué más da, Antonio? Desterrar esas cosas llevará una pechá de tiempo, no cambian los reflejos condicionaos en tan pocos años que llevamos de República. A la Ana, a lo mejor podrías convencerla de casaros por lo civil, pero ya sabes cómo es mamá. Ella quiere que respetemos las reglas, y no podemos olvidar de improviso cinco siglos de tradición. Consiente, que ya vendrán tiempos mejores.
-¡Paco! -exclamó Antonio-, no estarás hablando en serio...
-Hay que ser realistas y acechar la ocasión sin espantar la caza.
Paula sonrió. Dijeran lo que dijeran los periódicos sobre la "república revolucionaria y libertaria" que germinaba en barrios como el suyo, la mayoría de la gente todavía se casaba por la Iglesia. Podían gritar "viva Rusia" con el puño en alto, usar camisa roja, adornarse con la hoz y el martillo o tarararear la versión carnavalesca del Himno de Riego: "si los curas y monjas supieran/ la paliza que les van a dar/ subirían a los coros cantando:/ libertad, libertad, libertad"; pero a la hora de casarse prevalecían las tradiciones y pocos, y de ningún modo las mujeres, podían imaginar que se casaban de veras si no les bendecía un sacerdote católico. Contra las novias, y también contra los padres de las novias, se estrellaban estrepitosamente las revoluciones. Como anticipaba que Antonio acabaría cediendo, ya había pensado en el vestido blanco que confeccionaría para Ana, lleno de fruncidos, flores y volantes de satén, copiado del que usaba Katharine Hepburn en "Las cuatro hermanitas", porque Ana poseía un cuello y un aire tan aristocráticos como la actriz norteamericana, por lo que se sentía muy esperanzada, a ver si la novia conseguía pulir al novio. Ese vestido iba a ser su obra maestra. Los intentos de rebeldía de Antonio no eran más que chiquilladas, pero le preocupaba la solidez de los argumentos de Paco y la sobriedad que adquirían sus maneras, sobre todo en los últimos cuatro meses, cada vez que hablaba de un futuro que a ella le causaba escalofríos. Principalmente, cuando especulaba sobre lo ocurrido a Mani aventurando ideas estremecedoras.
Salió de la vivienda con sigilo para que los cuatro pudieran dencansar todavía casi media hora, antes de afrontar la azarosa aventura diaria de los periódicos. Abandonó el corralón de Las Dos Puertas por la salida que daba a calle Curadero, la que más directamente conducía hacia el puente sobre el río Guadalmedina.

Guaqui el Templao se alzó de la manta extendida en el suelo. Alrededor, sus siete hermanos varones dormían profundamente, narcotizados por los estómagos insatisfechos, y Pipe, el menor, se revolvía en sueños embadurnándose con sus propias heces. Al otro lado de la barrera formada por dos sillas ensambladas entre sí, dormían su madre y sus cuatro hermanas. Si limpiaba la mierda de Pipe, despertaría, se pondría a ronronear o a quejarse, y los demás irían despertando también y sus lloros le atraparían. Quiso ser ingrávido al saltar sobre ellos para alcanzar el rincón donde la ropa de todos se amontonaba en una sola percha de pie.
Desde que leía cuanto caía en sus manos para conseguir que Paco le llevase a su célula, estaba ocurriéndole algo muy extraño: su olfato se había vuelto tan remilgado como para notar el tufo casi sólido que flotaba en la habitación, y había dejado de parecerle natural el espectáculo de los doce miembros de su familia durmiendo en el suelo cabeza contra trasero, narices sumergidas en las axilas y heces revueltas coloreando las extremedidades de los tres pequeños. Trató de aflojar el pellizco que siempre le atenazaba el pecho cuando, mirándolos, se preguntaba el tiempo que tardaría en rescatarlos de esa clase de vida. Una palmada sobre su corazón deshizo el nudo y abortó el sollozo. Aún no había amanecido cuando echó a correr calle Rosal Blanco abajo sin acabar de vestirse del todo; aunque todavía estaban en octubre, sintió un escalofrío; era una madrugada casi gélida para el otoño de Málaga, que habitualmente no era más que otra primavera con olores y colores distintos. En vez de dirigirse al puerto, torció a la derecha en la calle Huerto de Monjas y corrió hacia el puente del Guadalmedina, para llegar, como cada día, antes de que Paula le descubriera; no quería verse obligado a dar unas explicaciones de las que carecía si no era contando la innombrable verdad; ni siquiera en su mente podía explicarse lo que originaba el impulso ni la magnitud del temor al desastre que creía ver aproximarse. La visita sería tan breve y tan monologante como siempre a lo largo de los últimos cuatro meses. Por más que cavilaba, le era imposible entender lo que causaba su congoja. ¿Agradecimiento? ¿Convencimiento de que él y no Mani pudo haber sido la víctima?

Omar Medina Gutiérrez el Chafarino comenzó a hacerse el desayuno al alba. No necesitaba encender una vela ni un candil, pero si lo hubiera hecho, un observador no habría sido capaz de notar que era un ciego el que preparaba el café, ponía la leche a hervir, tostaba el pan y le restregaba ajos y aceite de oliva; realizaba la tarea con movimientos precisos que parecían espontáneos pero que eran el resultado de varios decenios de entrenamiento. Acabó de vestirse mientras el café llegaba al primer hervor. Había echado a un lado la ropa cotidiana para optar por el conjunto de traje que permanecía meses colgado en el mismo clavo. Se abrochó el cuello de la camisa de algodón crudo y sonrió mientras componía con seguridad el nudo de la corbata, como si lo hiciera a diario cuando, en realidad, no recordaba habérsela puesto en los últimos tres o cuatro años. El horario era el mismo de todos los días, pero hoy no iba a permanecer catorce horas tejiendo redes a la puerta del cañizo. Hoy iría al puerto.
Tras caminar media hora desde el cañaveral que orillaba la costa, aguardó el tranvía en la cabecera de la línea. Bajaron en tropel las bienhumoradas y cigarreras de la fábrica de tabaco y una mano compasiva le ayudó a subir a la plataforma; aceptó la ayuda para no devolver un desaire, ya que podía moverse con gran seguridad en las peligrosas calles de la ciudad, aún lejos de la amigable arena de su playa.
El suceso de la calle Nueva había llegado a sus oídos por casualidad la tarde anterior, porque reconoció las voces de cuatro de los muchachos que pasaron aquella mañana de junio comiendo coquinas y almejas crudas cerca de su cabaña, y les prestó atención estremecido por la crudeza del relato y el misterio irresuelto de la identidad del atacante. Cuando dedujo con seguridad de quién hablaban, tras afirmar uno de ellos que "a su amigo Quini se lo han llevao al penal del Puerto de Santa María, pa los restos", comprendió por qué no había vuelto Mani aunque le hubiera prometido volver y dejó de sentir rencor por el desaire y el olvido. Con un trabajoso esfuerzo de memoria, recordó un apodo, "el Templao", y que este joven trabajaba de arrumbador en el puerto. En cuanto consideró que la memoria le era fiel y conservaba el dato sin que lo deformase el tiempo, tomó la decisión de abandonar por un día la playa. Bajando del tranvía en la Acera de la Marina, fue resueltamente hacia el muelle.
-Toavía no han empezao a venir los arrumbaores -le respondió un carabinero.
-Pero, ¿sabe de quién le hablo?
-Claro que sí. Tó el mundo conoce al Templao por aquí; es uno de los gachós más resalaos del puerto. Los capataces se lo rifan, porque da gusto trabajar con él.
-¿Cuando tardará?
Por la pausa, el Chafarino comprendió que el guardia debía de estar tratando de ver la hora en su reloj bajo la todavía débil luz
-Más o menos, una hora.
-¿Lo puedo esperar por aquí?
-Claro. Venga, que voy a llevarle a unas pacas de lana, pa que siente a esperarlo.
El Chafarino agradeció, ahora sinceramente, la ayuda, porque el muelle era un sitio demasiado imprevisible por el trasiego de mercancías, y le confundía la mezcla de olores que anulaba su sentido de la orientación. Se dejó conducir por la mano del guardia apoyada en su codo izquierdo y se sentó a esperar.

La monja brotaba de la pared convertida en estatua de mercurio, líquida y algo vagorosa, pero palpable y pesada. Fría. Marmóreamente fría. Más que pavor, causaba inquietud por la infinidad de preguntas que inspiraba y la imposibilidad de hallar las respuestas. Casi siempre era al primer vistazo una adolescente impúber, hermosa y mimada por su familia, la fortuna y el amor, pero en seguida acudían tétricas filas de monjas, gimiendo como plañideras, vestidas con harapos malolientes de desenterrados y con los rostros cubiertos de velos negros, para acosarla y maldecirla, mientras ella, que de repente era una vieja pintarrajeada como una prostituta, reía siniestramente a través de una boca desdentada de donde emergían como aullidos los pecados más monstruosos de la historia de la Cristiandad. Era un resplandor maravillosamente sugestivo a veces, pero sin transición se volvía amenazador, y entonces había que invocar a Imperio Argentina para que los demonios huyeran espantados con los repiques de castañuelas, y en cuanto se iba la artista hacia el barrio del Perchel, al otro lado del río Guadalmedina, persiguiendo a los gitanos que robaban pavos para comérselos asados con guindas, surgía como por ensalmo Concha la Chata, deslumbrante en una desnudez de diosa que no poseía, acariciando sin parar todos los penes que encontraba a su paso y una vez superado el vahído entre horrendo y glorioso del orgasmo, llegaba Inma, de cuyos ojos verdes manaban torrentes de luz como los de la Farola del puerto donde trabajaba el Templao, un faro que indicaba el camino para escapar del espanto, y ese camino conducía extrañamente hacia una playa donde un viejo ciego que parecía tener mejor vista que nadie le hablaba de la locura del mundo conduciéndolo hacia el Café de Chinitas, para que asistiese al reto que Paquiro lanzó a su hermano al dar las cuatro el reloj, afirmando que era más torero que él, mientras un torero lloraba junto al cadáver acuchillado de Rita la cantaora, lamentando no tener ya quien le dijera "Paco, llévame a los toros", pero de repente el viejo dejaba de ser ciego y viejo y era un adolescente, un sabio con todos los saberes griegos y babilonios, gritando en el mar de Galilea a una monja réproba que se apoyaba en el brazo de un falangista vestido con la parafernalia importada de Italia y Abisinia, que no era Serafín, sino su padre el barbero, quien iba asesinando niños a tiros por las calles entre las aclamaciones de la monja de mercurio, que brotaba una y otra vez de la pared y llegaba a replicarse hasta el infinito, para formar un batallón de lanceros bengalíes dotados de gigantescos pechos femeninos descubiertos, quienes componían una barrera de picas ante la barbería de Gustavo el Granaíno para que Antonio, Paco, Ricardo y Miguel Rodríguez Robles del Altozano no pudieran arrasarla para consumar su venganza, exaltados por los gritos de Guaqui el Templao que dirigía el ataque, vestido de negro luto. Pero el ángel rubio encaramado en el hombro izquierdo se apiadaba y borraba el campo de batalla para dibujar el edén maravilloso donde Paula Robles del Altozano, vestida de sedas recamadas de perlas, recogía su miriñaque al pasar entre los senderos de rosas y celindros, bañada por la luz dorada del sol como si ardiera una incendio de azafrán.

-¿Sigue la mejoría? -preguntó Paula a la monja, en el atrio del Hospital Civil.
-Anoche bajó la inflamación todavía más. Dice el médico que ya ha pasao lo peor.
-Entonces, ¿recuperará pronto el conocimiento?
-Eso, sólo Dios lo sabe.
Paula se impacientó.
-Pero... ¿lo sabe el médico?
-Tranquilízate, Paula. Hay que tener paciencia y humildad, y confiar en la misericordia infinita de Dios.
-Usted no sabe lo que dice. ¿Cómo voy a tener paciencia con un hijo que nadie me dice si lo he perdío o no? Llevo llorando toas las noches de cuatro meses y ya no creo que me queden lágrimas en el cuerpo.
-Los designios de Dios son inescrutables. Quién sabe si no será bueno que tarde en recuperarse, pa que haya tiempo de que los hermanos se tranquilicen y no piensen en barbaridades.
Paula se mordió el labio. La monja tenía razón y hablaba de lo que a ella le había angustiado todas esas noches de llanto. Si Mani salía del coma, sus hermanos lograrían arrancarle el nombre. En cuanto lo supieran, se desataría la guerra.
-Está arriba el chavea que viene tós los días -informó la monja.
-Lo imaginaba. Por eso me entretengo con usted, pa dar tiempo a que se vaya, porque me huelo que no quiere que yo me entere. Toas las mañanas corre delante de mí, volviendo la cabeza con disimulo.
-Es conmovedor. ¿Sabes lo que hace, Paula? -Tras la negativa, la monja continuó: -Le cuenta en susurros a tu hijo las cosas que pasan en el barrio y lo que hace él en el puerto, como si Mani pudiera oírle.
-A lo mejor lo oye -aventuró Paula, desafiante.
-Pudiera ser. Ojalá.
-¿Ha vuelto a venir el otro?
-¿El criado rarito? Sí. Mira, ahí está el paquete que le mandó la señora de La Caleta a tu hijo ayer. Por como huele, le manda gloria bendita.
-¿No le dije que no aceptara esos regalos?
-Oh, Paula. Eres demasiado intransigente. Ayer tarde, yo no estaba de guardia y no me acordé de advertírselo a la monja que me sustituyó, pero lo tuyo es provocar la ira de Dios Nuestro Señor. ¿Quién sabe si esa señora no tratará de favorecer a tu hijo por la inspiración misericordiosa de Jesucristo?
-Usted no sabe lo que dice. Déle el paquete a un pobre.
-¿Más pobre que tú? -ironizó la religiosa.

-Me han dicho las monjas abajo que se te va a curar la infección por fin, Mani, pero de verdad y no como la otra vez, que recaíste a los dos días, y aunque me da un alegrón, tengo un canguelo que me cago patas abajo, porque no voy a conseguir estar aquí cuando despiertes, y a lo mejor te da por largar el nombre del Serafín antes de darte cuenta de lo que haces ni pensar en las consecuencias de poner a toa tu familia enfrente de los falangistas de Málaga, que si te acuerdas de lo que vimos en calle Camas la noche de los júas te harás una idea de las cosas que están pasando. Como han aplastao la revolución y están matando a los mineros de Asturias como chinches, los fascistas están envalentonaos; hay en el barrio de La Trinidad una pila de mujeres, madres de activistas de izquierda, que las han violao antes de obligarlas a tragar litros de aceite de ricino y la semana pasá hubo una especie de guerra en la calle de la Victoria, cuando doce falangistas fueron a provocar a los gitanos en la plaza de Santa María. A mí me contó lo del tiro del Serafín un amigo del Quini, que este quinqui de mala muerte se lo chismeó antes de que se lo llevaran pal penal del Puerto, y en cuanto lo supe me vine pacá, a ver si podía ponerle un dique a la riá que se va a formar en cuanto se enteren tus hermanos, que destrozarán al Serafín y luego vendrán los del Serafín a destrozarlos a ellos y a ver lo que le harán a tu madre, que no quiero ni imaginarlo porque lloro cuando miro a la mía y me acuerdo de tu cara cuando vimos a aquella muerta apuñalá en la esquina de la calle de Los Cristos, la noche de los júas. Por lo menos, yo amenacé al que me lo dijo con que le cortaría la picha si se ponía a publicar el chisme por el barrio, pero ya sabes tú, Mani, cómo es nuestro barrio, que tó se acaba sabiendo, y en el momento más inesperao tu Antonio se va a enterar. Yo, ni siquiera me he acercao a tu Paco, con las ganas que tengo de que me lleve a su célula, por si se me escapara algo, pero seguro que cualquiera largará. Menos mal que han pasao ya cuatro meses y el lío se irá olvidando, pero ahora que dicen que podrías volver a este mundo, a lo mejor lo sueltas y yo no puedo estar aquí tó el santo día pa taparte la boca. Vengo tó lo temprano que puedo a ver si te pillo despierto el primero, antes de que te pongas a largar como una cotorra sin pensar en las consecuencias. Además, me da no sé qué verte ahí con los ojos cerraos y me entra mucho coraje por toas las cosas que estás perdiéndote. Mi Inma se pega unas pechás de llorar por ti que corren ríos de lágrimas calle Rosal Blanco abajo, y me parece que a ti te gustaría saberlo. He visto ya "La hermana San Sulpicio", que la Imperio está mejor y más guapa que nunca, y me muero de ganas de invitarte a que la veas tú. También te estás perdiendo las novedades, porque las cosas se están organizando mejor en el barrio ahora que hemos comprendío que el chivato de los guardias era el Serafín; lo hacemos tó con más disimulo y a lo mejor llega pronto la revolución, aunque con lo que ha pasao en Asturias, quién sabe si nos machacarán la jeta. En cuanto esté seguro de que no se me va a escapar ná de lo del tiro del Serafín, tengo que hablar con tu Paco, porque pa mí que él me explicaría mejor que nadie por qué se fue la revolución a pique en Madrid, Barcelona y, sobre tó, en Asturias, cuando estaba al alcance de la mano. Le voy a decir que soy mu buen amigo tuyo, ¿vale?; espero que no te dé coraje que abuse contándole esa mentira; pero, mira, Mani, que yo quería decirte que me gustó mucho hablar contigo las dos veces que tuvimos oportunidad, que por algo eres hijo de quien eres, y ahora estoy convencío de que con el tiempo serás uno de los fulanos más importantes del barrio y que si quieres que te proteja en el puerto pa trabajar con los ratas, po que eso está hecho. A lo mejor hasta me viene bien a mí, porque podemos hacerlo a medias, que ya sabes tú de más cómo está el panorama en mi casa. Ya te explicaré cómo sería, que yo iría guardando las bolsas que tú recogieras en un escondite chipén que yo me sé. Y bueno, que tengo que largarme, porque voy a llegar tarde al currelo y a ver si esta tarde me da tiempo de venir otro poquillo.

Paula quería quedarse un poco más junto a la cama de Mani, pero no podía prescindir de lo que le pagarían esa misma mañana por un vestido cuyo dobladillo aún tenía que coser. Deseaba aguardar el milagro que ahora parecía tan inminente, tras cuatro meses de zozobra y los desengaños de cada una de las veces en que la fiebre remitió un par de días para volver con mayor virulencia cuando ya se creía a punto de recuperar al menor de sus hijos, el que mayores esperanzas le inspiraba desde su alumbramiento, porque con él daba la impresión de que el destino quisiera corregir injustos designios del pasado, materializando la paradoja de los cuentos de hadas, colocar a un príncipe poco menos que en un estercolero para que alguien llegara a redimirlo con un beso. Ahora, por segundo día consecutivo, la frente tenía la sana tibieza de un niño de once años, desterrado el ardor de fragua que estuviera durante meses a punto de derretirle el cráneo. Ya no jadeaba como si pudiera rajársele el pecho. A pesar del enflaquecimiento, las mejillas volvían a teñirse con los tonos propios de un niño sano, cosa que no había sucedido durante ninguna de las mejorías anteriores, ya que entonces persistía el enrojecimiento febril. Pese a su delgadez, el cuerpo del niño recuperaba a ojos vista las armazones interiores, por lo que resurgía la arquitectura de unos volúmenes que le habían hecho sobresalir entre los de su generación desde siempre; en las últimas veinticuatro horas, había dejado de ser un muñeco desarticulado para convertirse de nuevo en el proyecto de hombre excepcional que pareciera desde su nacimiento. En cualquier momento podía abrir los ojos, pero no a los fantasmas del sueño como había hecho tantas veces durante los cuatro meses de muerte en vida, sino a la realidad del mundo en tiempo presente. El prodigio estaba a punto de suceder y ella no podía aguardarlo más, porque no disponía ni de seis reales para comprar en el mercado del Molinillo algo que preparar de comer a sus hijos y, por lo tanto, terminar el vestido era indispensable. La luz entraba a raudales por las ventanas gigantescas cubiertas de cortinas blancas movidas por la brisa; debían de ser más de las nueve. Tenía que apresurarse.

Miguel esperaba a su hermano Antonio en la parada del tranvía de la Acera de la Marina. El sitio de Mani en calle Nueva era tan bueno, que se le habían agotado los periódicos a las nueve y media de la mañana; si a Antonio no le habían sobrado ejemplares tras la animación marinera del desayuno en Las Cuatro Esquinas de El Palo, habría acabado su jornada laboral.
-¿Qué hay, Migue? -le saludó Angustias, la hija del barbero, de pasada y sin detenerse, como si quisiera disimular que había tomado la iniciativa del saludo.
-No corras tanto, chiquilla -rogó Miguel-, que vas a llegar allí antes de salir pallá. ¿A dónde vas?
Angustias se paró y , para no demostrar demasiado interés, sólo se volvió a medias hacia el muchacho, cuya expresión risueña y anhelante exteriorizaba sin disimulos el deslumbramiento que le causaba la joven. El sol, todavía no muy alto sobre la dársena del puerto, refulgía como un monte nevado en la sonrisa femenina y se multiplicaba en os enormes ojos verdes, que ella entrecerró para que él no advirtiera que también la deslumbraba.
-Al mercao de Atarazanas, a comprar castañas de asar. ¿Está mejor tu hermano?
-Así, así.
-¿Todavía no ha despertao?
-¡Qué va! Habrá que resignarse.
La expresión de Angustias se iluminó un poco más. Aunque reconocía para sus adentros que era una crueldad sentirlo así, le aliviaba que Mani pudiera no recobrar nunca la consciencia, porque, en tal caso, jamás desvelaría quién le había disparado y ella no se vería forzada a desterrar a Miguel de sus sueños. Unos sueños contra los que había luchado como una fiera, porque sabía que no podían ser más que el anticipo de la pesadilla en que la oposición de su familia convertiría sus ilusiones. Tras muchos meses de lucha, había tenido que aceptar su derrota y aunque no dejaba de afligirle la anticipación del drama, se sentía libre de soñar, y esa libertad se estaba convirtiendo en júbilo que estimulaba su audacia. Había tomado la iniciativa de un saludo que cualquiera del barrio consideraría poco menos que una desvergüenza en una mocita de su edad. Que se hundiera el mundo y arrastrara las malas lenguas al abismo, porque ella necesitaba que Miguel Rodríguez Robles del Altozano tomara cuenta de su existencia.
-¡Chiquilla, hay que ver lo bien que te sienta el sol en la cara! -exclamó Miguel, atónito por la cercanía de una belleza en la que no encontraba el menor defecto y agobiado por el ahogo que le producía que ella se dignara hablarle y sonreírle.
-A ti también, Migue; es una maravilla cómo brilla tu pelo. Parece oro viejo.
El piropo pilló al joven un poco a contrapié, por lo que dudó si corresponderlo, mientras miraba la cara de la muchacha y apartaba la vista una y otra vez, alternativamente, indeciso sobre cuál podía ser su estrategia y preguntándose si le valía la de siempre, la que empleaba con las demás, o sea, tensar los hombros e inflar el pecho para que el jersey no ocultase su fina musculatura labrada por un imaginero barroco, pasarse la mano derecha por el pelo dorado como si pretendiera alisárselo, para que ella se hipnotizara como todas, y acariciarse la entrepierna brevemente, simulando un gesto reflejo pero señalando, en realidad, que llenaba adecuadamente el pantalón. Decidió que nada de ello le valía en este momento, porque Angustias se alzaba en un universo propio que la situaba muy por encima de las muchachas del barrio, pero ¿qué podía servirle, qué tenía que hacer? La familia de Angustias, desde el aposentamiento en la calle Curadero, se mostraba tan altanera, que aunque ella le pareciera lo más hermoso que había visto jamás, no había entrado en sus cálculos la posibilidad de incluirla en su extensa colección de conquistas. La asombrosa realidad era que la joven granadina ni siquiera le inspiraba deseos sexuales, sólo veneración, como quien contempla de lejos una costosa e inaprensible obra de arte en un museo. Ahora, el elogio de su pelo la situaba en el mismo nivel pasional de las otras, porque era eso lo primero que todas alababan; si Angustias se mostraba dispuesta a bajar al territorio de la gente común, a lo mejor tenía alguna oportunidad de convencerla de ir juntos al huerto de La Virreina. Por lo tanto, le convenía devolver el piropo.
-Y tú... tienes los ojos más grandes que un mar donde se podrían pescar atunes y todavía quedaría sitio pa unas cuantas ballenas.
-Osú, Migue, hay que ver lo exagerao que eres.
-¿Exagerao? ¡Qué va! Mira, quédate quieta una mijilla...
-¿Qué pasa?
Angustias vio aproximarse la tez sonrosada y la mirada azul de Miguel, que se sumergía profundamente en sus ojos. Anheló que se atreviera a cometer la profanación; que la besara, aunque ella tendría que fingir indignación y amagar una bofetada.
-Estáte quieta, chiquilla, que veo ahí, en medio de tu ojo izquierdo, a un pobre hombre que ha naufragao en una isla desierta. Como muevas mucho los cañaverales de tus pestañas, vas a hacer que un ventarrón lo arrastre y el pobre desgraciao se caiga de la isla y se ahogue.
Angustias rió a carcajadas. Miguel decidió que había llegado el momento de echar la red:
-¿Quieres que te espere esta tarde?
-¿Dónde? -preguntó ella sin vacilación.
-¿En la esquina del Molinillo?
-No, allí podría vernos alguien que le iría con el chisme a mi madre. Mejor, en la puerta de la sacristía de San Felipe, a las siete y media. Te espero.
Angustias se alejó presurosa, como si temiera que él alegase algún impedimento. Miguel la contempló caminar, diciéndose que no sólo tenía las piernas preciosas, sino que las movía como nadie. La voz de Antonio, que acababa de saltar del pescante del tranvía, le sacó del ensimismamiento:
-¿Ya te la has trajinao, por fin?
-Hola, Antonio, ¿se te han acabao los periódicos a ti también?
-Sí, ya sabes. Lo de la otra noche en los Callejones del Perchel, con dos muertos y tantísimos deteníos, es una noticia de ésas que agotarían el doble de los periódicos de los días normales. ¿Te has conquistao a la niña del Granaíno?
-No sé.
-Ándate con cuidao, que dicen que su hermano tontea con los falangistas y tú sabes de más cómo se las gastan esos salvajes. ¿Es que no tienes chochos de sobra?
-No es éso, Antonio.
-¡Ah!, ¿no?
Antonio examinó al penúltimo de sus hermanos. Si él fuera una mujer y no un rudo sindicalista de la CNT y el Sindicato de Parados, ansiaría meterse en la cama con Miguel, por lo que de hecho suspiraban la mayoría de las muchachas del barrio, ya que todas se volvían pendones en su presencia. No creía que hubiera en el mundo alguien más guapo ni con mayor facilidad de seducir mujeres, pero, claro, a todo los cochinos les llega su San Martín, y ahora, por el tono y la expresión soñadora, su hermano parecía haberse enamorado.
-Bueno, Migue sea lo que sea, ve con cuidaíto. ¿Sabes algo nuevo del niño?
-Anoche dijo mamá que llevaba sin calentura desde la madrugá. Habrá que ir esta tarde, que aunque a mí me parecería mentira, a lo mejor hay novedades de pronto.
-Sí, tenemos que ir después de comer, a ver si despierta de una puñetera vez y me dice quién fue el hijo de puta que trató de matarlo. Recuerda tó lo que hemos hablao sobre eso y estáte al liquindoy.

A mediodía, Guaqui el Templao sudaba a chorros bajo el saco de alubias que arrumbaba del almacén al barco, cuando el carabinero le dijo al pasar:
-Oye, Guaqui, disculpa, que se me había olvidao, joé. Hay un pobre ciego que está esperándote desde la madrugá pa hablar contigo.
-¿Un ciego? Yo no me trato con ninguno. ¿Qué querrá?
No paró de hacerse mentalmente la pregunta hasta la hora del almuerzo. Cuando sonó la campana avisando de que era la una, deslió el bocadillo de chicharrones con manteca colorada y fue devorándolo con avidez canina mientras se acercaba al Chafarino. Se detuvo a dos metros, preguntándose si el carabinero no se habría equivocado con la ceguera, puesto que el anciano parecía mirarle mientras le sonreía.
-¿Eres el Templao? -preguntó como si le viera llegar y le reconociera-. ¿El amigo que tanto admira Mani?
Guaqui sintió asombro por tres razones. La primera, que Mani utilizara el mote para nombrarle; la segunda, que considerase que eran amigos; la tercera, que el hijo de Paula y hermano de Paco encontrara en él algo admirable.
-Sí... yo soy amigo del Mani. ¿Qué quería usted?
-Verás, yo vivo en la playa de La Isla y...
-¿Usted es el Chafarino? -el anciano asintió-. Mani me contó que lo había conocío.
-Es que ayer tarde vinieron a la playa los muchachos con los que él estaba cuando le conocí y lo que contaron me puso el corazón en un puño... ¿Es verdad lo del tiro y que lleva desde el verano en el hospital?
-Sí.
-Yo... -Omar Medina vaciló-, verás; quisiera que no te cieguen los prejuicios antes de que acabe de decir lo que quiero que sepas, para que me ayudes... o mejor dicho, para que ayudes a tu amigo. Sólo he hablado una vez con Mani, pero fue suficiente; desde aquel día, no he dejado de pensar en él. Hablamos cerca de dos horas y me pasó algo que ya me había ocurrido dos veces en mi vida: vi el futuro...
El Chafarino aguardó alguna palabra del Templao que expresara su incredulidad o, al menos, su escepticismo; pero el joven había decidido permanecer a la expectativa desde que al anciano se identificara como aquél de quien había oído decir que era un lunático. No pensaba burlarse, sino escucharle cortésmente y luego, olvidar sus locuras, y si sentía ganas de reír, se aguantaría hasta que no pudiera oírle.
-Me ocurrió la primera vez en mi isla de Congreso, donde nací. Una tarde de tormenta, al oscurecer, bajo el fragor de los truenos sentí como si estuviera leyendo un libro donde se contaba mi historia, pero no la del pasado, sino la que todavía no había sucedido. Lo estremecedor es que todo lo que vi en aquel libro se ha cumplido después. El día que hablé con Mani me pasó lo mismo; mientras me contaba las cosas del barrio y lo que experimentó contigo la noche de los júas, dentro de mi cabeza se abrió otra vez el libro, pero contaba la historia de tu amigo. Y lo que vi en ese libro era tan espantoso, que tuve que ponerme a hablar como una cotorra para evitar que lo hiciera él, para que no continuaran pasado páginas empapadas en sangre movidas por su voz. Cuando los muchachos hablaron ayer del tiro, fue como si leyera una de las páginas que leí aquel día y decía exactamente lo que vi entonces.
Guaqui reprimía la sonrisa. Hallaba patética la expresión aterrada del anciano al evocar unas imágenes que sólo podían ser delirios de una mente trastornada.
-No sonrías, Templao, aunque tienes derecho a pensar que estoy majareta.
Además de citar la risa contenida, la frase describía tan exactamente su pensamiento, que Guaqui sintió que la curiosidad ganaba en su ánimo espacio a la ironía.
-Mani me habló de ti, pero no de tus circunstancias, ¿comprendes lo que quiero decir? Me dijo que necesitaba ser tu amigo para que le ayudaras a conseguir dinero, que tú eras el adolescente más popular del barrio y otras apreciaciones así, y también me contó que trabajas en el puerto, pero de tu familia sólo me habló con entusiasmo enamorado de una hermana tuya que se llama Inma. De los otros diez no me dijo nada, ni de tu madre, ni del padre que os abandonó hace un año y se suicidó borracho, un mes después, tras despreciarle la bailaora del Café de Chinitas por la que dejó a tu madre, pero yo los vi a todos ellos en ese libro ensangrentado de mi cerebro.
Guaqui sintió un escalofrío; ni Mani ni nadie en el barrio sabía que su padre se había suicidado. De hecho, sólo lo sabían su madre y él y habían pactado no contarlo jamás al resto de la familia.
-¿Quién le ha dicho eso? -preguntó con un nudo en la garganta.
-No te asustes, Templao. Siento que tienes carácter y, con tu personalidad y tu fuerza, lo que veo dentro de mí no tendría que impresionarte más de lo que me impresiona a mí. Lo que deberíamos es tratar de aprovecharlo y, por ello, necesito que me ayudes con tu amigo, a ver si consiguiéramos evitar que se cumpla lo que dice el libro. ¿Es verdad que lleva cuatro meses inconsciente?
-Sí, pero ayer se le quitó la calentura y esta mañana estaba mucho mejor. Las monjas dicen que a lo mejor recupera pronto el sentío.
-Entonces, ha sido muy oportuno que se me ocurra venir hoy. ¿Puedes llevarme al hospital?