miércoles, 24 de febrero de 2010

¿QUÉ IDIOMA HABLAMOS?

Resulta exasperante el mal uso que se hace de nuestra lengua en los medios de información:
Da la impresión de que los profesores y catedráticos ignoran caractees esenciales de la lengua, porque la gente joven a la que han "instruido" (licenciados y doctores incluidos) cometen reiteradamente innumerables errores. Algunos ejemplos:
ACENTÚAN I después de U: ejemplo ruÍna
ABUSAN PLEONÁSTICAMENTE DE LAS PREPOSICIONES(ej. "Les presento A mengano, A fulano y A zutano -sobran las dos últimas A)
HAN DEJADO DE USAR CASI TODAS LAS COMPUESTAS (ej. malos ratos por MALRATOS)
HAN DEJADO DE USAR LAS CONTRACCIONES (ej. de el retiro, en vez DEL)
En general, las últimas generaciones están complicando y alargando incorrectamente su código de comunicación. Partiendo de la desenfocada aseveración de que "el inglés es más corto que el español", cometen pedanterías inaceptables: ej. Experimentado por EXPERTO. Han desechado por completo los superlativos; ya nada es rapidísimo, sino súper rápido… Todo código es mejor cuanto más sencillo y corto sea. La pésima enseñanza de la lengua española en las escuelas de España, ha complicado y alargado ineficiente y estúpidamente nuestro código, el idioma
Como sugerencia general a mis lectores:
LA PROSA ES MEJOR CUANTO MÁS BREVE Y CLARA

martes, 23 de febrero de 2010

DESPUÉS DE LA DESBANDÁ. Aquí tenéis el capítulo 10, con el que se completa la primera parte de la novela.


X
Mani iba a cumplir dieciséis años cuando anunciaron que la guerra había terminado; estaba en el puente de uno de los barcos atracados y escuchó que lo exclamaban en el muelle unos hombres entre vítores.
Paradójicamente, no sintió nada.
Tenía que ir dos o tres veces por semana al puerto, donde a su pesar se le instalaba un extraño vacío en el pecho. Recogía los manifiestos, respondía las preguntas de los capitanes, hacía las averiguaciones que doña Elena le encargaba y escuchaba las explicaciones con una extraña mezcla de pánico y añoranza. Pánico porque a pesar de que doña Elena le instruía con una extraña lucidez a despecho de su edad, creía entender cada día menos del negocio, lo que le producía enorme desazón. Añoranza porque suponía que el Templao debía de trabajar en el puerto, pero nunca conseguía verlo siquiera y doña Elena le advertía a diario de que no debía indagar abiertamente sobre gente de “esa clase”.
-Si te lo tropiezas, muy bien. Al fin y al cabo, habéis pasado mucho juntos, pero mis hombres o los de la junta no te respetarían como deben si descubrieran que tienes ese tipo de relaciones. Recuerda que tú eres el jefe. Tienes que aprender a cuidar tu posición.
¿Qué posición?, se pregunto Mani tratando de que la pregtunta no brotara en sus ojos. Antes de conseguir que el Templao lo aceptase a su lado, había tenido que recorrer un largo calvario de bromas, desdenes y burlas, porque Joaquín era desde siempre el muchacho más fuerte, más popular y más respetado del barrio, y él era sólo un niño cinco años menor al que nadie respetaba.
Evocó con un vacío en el pecho enorme la primera vez día que consiguió pasar una tarde junto al Templao, sintiéndose su igual.

Cuando salían a la calle Huerto de Monjas, el Templao preguntó:
-¿Pelas la pava con mi Inma?
-Eso quisiera yo... -respondió, de nuevo ruborizado.
-¿Cuántos años tienes?
-Once he cumplío.
-Tienes dos años menos que ella.
-Pos me llega por aquí -Mani señaló su oreja derecha.
-Que no te vea yo ponerle las manos encima, ¿eh?
-¡Que dices, Guaqui! Yo no ofendería a tu hermana ni que me mataran, y mucho menos siendo tú su hermano. Si no tuviera una pechá de motivos pa admirarte, además me estás haciendo este favor tan grande.
-No te estoy haciendo ningun favor, Mani. Hasta la hora que me vaya al taller, no tengo ná que hacer. Tú sí que me hiciste un favor anteanoche; a lo mejor no te diste cuenta, pero si aquellos hijoputas se hubieran liao a tiros, tú habrías sío el primero en caer por venir a avisarme. Los tienes de piedra y te debo la vida, Mani.
-Pero... a ti te respetan tanto, Guaqui; a mí me da una pelusa cuando veo que te hacen tanto la pelota. El Quini dice...
-Mira, Mani; al Quini, ni agua... ¿No te das cuenta de que está perdío del tó? Ya no sabe hacer namás que afanar, y ya viste lo que hizo la noche de los júas, cargarse a un guardia. Si no estuvieran las cosas como están, que los guardias no dan abasto con tantos asaltos y navajazos que hay tós los días, ya nos habrían llevao al barrio en pleno a la comisaría de vigilancia, pa sacarnos información sobre el escondite de ese majareta perdío. El Quini tiene el porvenir más negro que los calzoncillos blancos del borracho de su padre.
-Esta tarde, me ha ofrecío un negocio...
-¡Mani! ¿Has hablao otra vez con él? ¡Estás pa que te encierren! Ni lo escuches, ¿me oyes? Si se te acerca, dale una patá en el culo.
Holgaba pedirle consejo sobre la propuesta; ¡un jornal de cuatro duros diarios que se esfumaba! Bueno, a lo mejor podía convencer al Templao de que le ayudase en algo más repentino y mucho más productivo, sin tener que exponerse un día tras otro, sólo una vez. Llegados al final de calle Larios, Mani preparó el dinero para el tranvía. En el momento de subir, el Templao le dijo:
-Paga tú namás, Mani; yo iré de rondón en el tope.
-Mi madre me ha dao dinero.
-Pos guárdalo, que falta te hace.
Durante la tediosa marcha del tranvía a lo largo de unos tres kilómetros, Mani lo veía agazapado, para que el conductor no le descubriese; lamentó no continuar conversando con él todo el trayecto, porque precisamente el Templao, el líder de los muchachos del barrio, era el único de su edad que no se burlaba de él, le trataba como a un igual y le hacía sentir que había acabado su niñez por fin.
Llegados a la parada, y luego de preguntar a un vendedor de melones, recorrieron varias calles siguiendo sus indicaciones.
-Mira, también andan asaltando tiendas por este barrio tan tranquilo -el Templao señaló la puerta y escaparates rotos de un ultramarinos.
-Y por allí arriba, hay un chalet quemao -informó Mani.
-Yo tengo que pedirte también un favor, Mani.
-Larga.
-Tu hermano Paco... en fin. Es el tío más cojonúo del barrio y yo quiero me lleve a su célula.
Mani no tenía ni idea de lo que la palabra significaba. Por otro lado, le parecía de pronto que todas las consideraciones del Templao estaban motivadas por la pretensión de que le sirviera de intermediario ante su hermano. Tal idea le produjo decepción y enojo, pero consiguió liberarse de ambos sentimientos con la idea de que él también quería usar a Guaqui como intermediario ante Inma.

En la actuialidad, cuando ambos habían sufrido las peores calamidades y la vida y el tiempo les había conducido casi a la edad adulta, con el correspondiente dominio sobre el respectivo libre albedrío, se le decía que no le convenía la compañía del amigo que más habia querido en su vida. Se sintió extrañamente culpable por no rebelarse.
Los marinos, incluidos los capitanes, lo trataban con mucha deferencia y no daban muestras de reprocharle su juventud. Había ganado algo de peso, aunque continuaba muy flaco; pero su aspecto presentaba en conjunto enorme galanura, embutido en los trajes de rico paño que le confeccionaba a medida el sastre de calle Larios.
Bajó la mirada para contemplar a los hombres que se alejaban muelle adelante, festejando que la distante guerra hubiera acabado. Se pararon ante un grupo de arrumbadores que trabajaban ante uno de los almacenes y corearon varios vivas, mientras saltaban con júbilo y se pasaban botellas de vino.
Uno de los arrumbadores contempló con complacencia la silueta del elegante joven apoyado con garbo y displicencia en la borda de un barco cercano.
No tenía que forzar demasiado la vista para saber que era Mani. Todos los días le parecía que había crecido un poco más. Si ahora pudieran caminar medio abrazados, como lo habían hecho antaño tantas veces, era seguro que Mani sobrepasaría su altura lo menos en cinco o seis centímetros.
Le parecía natural que fuese objeto de tantas lisonjas. Le había perdido el miedo a que lo reconocieran los numerosos chivatos que pululaban por Málaga, y lucía su pelo normal, peinado cuidadosamente. Ya no era tan claro, pero nadie dudaría de que ese muchacho, tan apuesto y reservado, formaba parte de la más alta aristocracia de la ciudad. A pesar de la distancia desde la que siempre le observaba, resultaba notorio el respeto de todos; los nuevos carabineros, en realidad guardias civiles, lo saludaban marcialmente al pasar ante él o al ser llamados a su presencia. Sintió orgullo. El niño que más sinceramente le había confesado su admiración en el barrio, se había convertido en uno de los hombres más importantes de la ciudad. Conservaba en el ánimo rescoldos del fuego que encendió en su pecho, cinco años antes, el hecho de que Mani le confesara su admiración y afecto, siendo él mismo un muchacho tan digno de admiración y afecto. Su cariño por Mani no precisaba ser alimentado por el trato presente ni por sucesos actuales, porque era suficiente e imborrable el rastro de lo ocurrido en el pasado.
El Templao comprobó, una vez más, que Mani no lo reconocía a la distancia. Pero poseía la gallardía necesaria y la prudencia conveniente para presentir que no debía llevar la iniciativa de un saludo.
-Oye, estoy hecho polvo –comentó a su lado uno de los arrumbadores. ¿Y si vamos a pescadería, a tomarnos un café?
-Ahora, un café me caería como una piedra en la barriga, porque tengo un hambre…
-Joder, Guaqui, tú siempre pensando en la comía. Así estás, que pareces Primo Carnera.
El Templao sonrió. La mayoría de sus compañeros le apodaban “Primo Carnera” o “Paulino Uzcudun”, pero a él le parecían exageraciones. No era tan enorme como los famosos boxeadores ni había practicado jamás ninguna clase de deporte.
Nunca pedía permiso para abandonar el trabajo por un rato, porque ese tiempo se lo descontaban de la paga, de la que necesitaba hasta la última perra chica. Todos sus compañeros se tomaban algún receso de vez en cuando, pero él estaba obligado a resistir

miércoles, 17 de febrero de 2010

DESPUÉS DE LA DESBANDÁ. Capítulo 9º


IX
-Tú no te preocupes por mí –insistió el Templao.
Doña Elena había mandado entregarle una talega llena de embutidos, vino y pan.
-Tendría que irme contigo –declaró Mani.
-Ni se te ocurra. Con ella estarás bien. Aprovéchate.
-¿Dónde vas a ir?
-No lo sé, Mani. A lo mejor me quedo por la playa del Chafarino.
-¿Cómo sabré dónde encontrarte?
-No te preocupes más. Cuando tenga algo fijo, vendré a decírtelo. Pórtate bien y no seas tonto. Adiós.
Mani lo vio alejarse camino de la parte alta de la ciudad, dando un rodeo enorme por miedo a que alguien pudiera reconocerlo por el centro de, tan cerca del puerto. ¿Iban a tener que comportarse siempre con la misma precaución, como si fueran fugitivos de la justicia? Negó a su propio pensamiento. Málaga, la ciudad paradisíaca que ensalzaban los poetas, ¿podía haberse vuelto tan hostil? Recordó la naturalidad con que el obispo y otra gente importante visitaban a doña Elena en la destruida casa de la Caleta; bajo su amparo, estaría seguro. Pero ¿qué sería del Templao? Miró con profunda tristeza la ancha espalda que se distanciaba, como si se desvaneciera poco a poco en un pliegue imposible del tiempo; a la vez que su más querido amigo se disolvía en una esperanza que presentía vana, iba esfumándose una parte trascendental de su adolescencia. La dulzura del amor y la confianza luminosa de la amistad habían sido arrancadas de su corazón como las capas de una cebolla infame. Inma, su primer amor, y su hermano, el Templao, habían convulsionado su joven vida… y los había perdido. Porque por mucho que su corazón le pidiera correr tras el rastro del Templao, la cabeza le decía que eso no le convenía.
Volvió a la vivienda de la prima de doña Elena con la congoja de una nueva pérdida. A cada paso con mayor convicción, presentía que no vería más al Templao, por lo que respondió con un mohín la pregunta de doña Elena:
-¿Has fijado alguna cita con ese muchacho?
Debería haberlo hecho, se dijo. Tanto el Templao como él se habían encomendado al azar para volver a encontrarse. Quiso recriminarse el error, pero en lugar de ello frunció los labios con determinación.
-Están disponiéndome una habitación en un palacete que he alquilao en la Caleta –informó doña Elena-. Pediré que arreglen otra, al lado, para ti. Tendrás que vigilar por mí la reconstrucción de la casa, que va a comenzar mañana. También voy a necesitar que vayas al puerto, a revisar el estado de los barcos, a ver lo que puedan haber hecho esos salvajes; pero antes tienen que teñirte esta pelusilla que te han dejado, y hacerte un traje y todo lo demás, para que luzcas de acuerdo con tu categoría. Por la misma razón, pasao mañana tienes una cita con el alcalde, pa que te conozca y decirle de mi parte que el mes que viene iré a visitarlo. Se trata de que si alguien te reconoce, tenga la mar de claro que no podrá nada contra ti. Por la misma razón, te conseguiré una entrevista con el gobernador militar, al que le dirás que puede contar con los barcos por si necesitara algo. A continuación, cuando ya te hayas dado a conocer, de manera mu evidente, en los círculos del poder, será cuando vayas al puerto, donde tú serás desde ahora mi único representante. Tómate en serio el asunto y actúa en consecuencia, porque ésa es la vida que te doy.
Sucedía de manera nada solemne. La anciana había decidido prohijarlo en cierta medida, y ni siquiera había creído necesario discutir sobre ello. De modo espontáneo, el hijo de una bastarda de su marido se convertía en su apoderado. Mani escuchó las instrucciones mecánicamente, pero en seguida se estremeció. ¿A qué podía referirse doña Elena con lo de la categoría?
Tres días más tarde, se hizo la misma pregunta, junto a las conocidas jambas del portalón de la verja que había protegido el jardín de doña Elena. Nunca había visto tantos trabajadores afanándose al mismo tiempo en una sola casa, como si se dispusieran a construir un gran edificio.
Vio renacer la mansión como en una película pasada a cámara rápida. Iba cada día, lo que le hacía caminar sólo unos centenares de metros desde la casa que doña Elena había alquilado. A diario, sentía desconcierto porque no siempre había el mismo número de trabajadores. Con frecuencia, advertía que a uno de ellos no lo había visto nunca; se trataba de sujetos que se sumaban a la cuadrilla como fantasmas que hubieran sido invocados, siempre andrajosos, barbudos y malcarados, y generalmente portando una pequeña manta jerezada al hombro. Después de notar tales irrupciones muchas veces, un día decidió espiar lo que hablaba uno de ellos con los albañiles habituales. Se alarmó tanto, que pasó varias noches de insomnio, sin decidir si debía comunicárselo a doña Elena o no:
-Nos mandan a los civiles un día sí y otro también, siempre procedentes de nuestros pueblos, porque así se aseguran de que nos reconocerán. Pero nosotros dominamos la serranía fenomenal; cantamos bandolaos o silbidos para avisarnos de que llega uno y entonces, nos escondemos y soltamos a las mulas, que se saben los caminos de memoria; los civiles siguen persiguiéndolas a ellas, mientras nosotros nos ponemos a salvo.
Sin duda, se trataba de los famosos maquis que pululaban por todas las serranías de Mälaga, que seguramente bajaban de vez en cuando para ganarse un jornal con el que sobrevivir. Aunque consideraba que su presencia en la obra podía ocasionar muchos problemas, siempre vencía su compasión por el hombre concreto y nunca se convencía a sí mismo de denunciarlo.
De todos modos, él siempre podía alegar ignorancia, porque no tenía por qué conocer a ninguno de los maquis e ignoraba los compromisos del constructor y lo que doña Elena hubiera hablado con él. Ella sólo le pedía un informe diario del avance de la obra, tanto de la casa como del invernadero y los demás elementos del jardín.
Mas resultaba sorprendente que, algunos días, el número de obreros se doblara y no por la presencia subrepticia de maquis, sino por otra clase de personas con expresiones desesperadas; llegaban varios camiones de reparto, parecidos al que él había comandado durante la guerra, y se apeaba un gran número de apesadumbrados hombres, muchos con heridas y heterogéneas vestimentas predominantemente grises, que se sumaban a los albañiles con miradas sombrías, a las órdenes de unos sujetos que parecían sargentos de la legión; se afanaban mucho más que los obreros habituales.
Invariablemente, el ritmo de la obra daba un salto importante y repentino. Pero a pesar de su extrañeza, jamás preguntó a nadie si, como le decía un pálpito, podían ser prisioneros forzados a trabajar para un particular. Reprimió el pálpito y la pregunta, porque la intuición le decía que tales cosas podían perjudicarle.
Tampoco informó ni preguntó a doña Elenma sobre este asunto.
Su relación con la anciana había cambiado.
Ya no era aquella mimosa y extravagante señora que había entrado su vida inopinadamente, y acariciaba sus cejas y mejillas con un brillo húmedo de añoranza en los ojos. Ahora, lo trataba con la intimidad de un familiar cercano, como la abuela poderosa que no se plantea la menor duda de que su nieto y heredero cumpliría fielmente sus órdenes

jueves, 11 de febrero de 2010

DESPUES DE LA DESBANDÁ 8º capítulo

DESPUÉS DE LA DESBANDÁ
Capítulo VIII

-La Paca me ha contao que asegurabas que eres mi nieto… -dijo doña Elena.
Había pasado menos de una semana desde la última vez que la viera y no podía haber cambiado más su aspecto. Muy repeinada con sus ondas grises en las sienes y coquetamente maquillada, vestía un jersey lila y azul que se le ajustaba al cuello y las muñecas, como para disimular las heridas de la sarna, pero ya no se rascaba constantemente.
-¿Le molesta que haya dicho eso? -preguntó Mani, preocupado.
-No, qué va. Me ha encantao. En realidad, eres de verdad casi mi nieto. Pero tienes que comprender las precauciones de esa muchacha. Vino sin resuello, diciéndome que me buscaban. Pasó lo menos media hora contándome los detalles. En seguida me di cuenta de que eras tú y tu amigo el grandullón y, en cuanto lo comprendí, la mandé que corriera a traerte pacá.
-¿Qué le ha dicho el médico?
-Que esto no es tan grave y que me curaré en pocos días. Ya ni tengo picores. ¿Estás seguro de que murieron todos?
A Mani se le saltaron las lágrimas mientras asentía.
-¡Pobrecillo! ¿Dónde has dormido estos días?
-En el campo. Anoche, en La Virreina, al lao de una chumbera.
-¿Tampoco tu amigo tiene donde ir?
-No.
La anciana meditó unos instantes, cabeceando. Tenía delante de sí a la única persona por la que podría sentir la necesidad de seguir viviendo. Era necesario anticiparse.
-Baja a decirle a tu amigo que suba. Por lo menos hoy, puede comer y dormir aquí. En cuanto a ti, voy a mandar venir a mi peluquera, pa que te tiña de castaño esa pelusilla que te queda en la cabeza.
Terminado el almuerzo, todos remolonearon conversando en la sobremesa, mientras la prima de doña Elena sacaba una bandeja de borrachuelos de la última navidad. El Templao se apresuró a coger uno, pero sólo dio un bocado; sabía rancio.
-Dice Rosario –comentó doña Elena, señalando a su prima-, que están encarcelando a muchos, principalmente de los que huyeron. Tu madre no tenía que haberse ido.
-Mi madre –afirmó Mani- no habría dejado que sus hijos se fueran sin ella ni muerta. Al final, toda la familia está junta como ella quería, menos yo.
Doña Elena asintió con expresión muy triste. Alzó la mano y acarició las cejas casi invisibles de Mani, como cuando la fiesta de carnaval.
-Menos mal. Tú eres muy superior a tus hermanos. Miguel era uno de los hombres más guapos que he visto en mi vida, igualito que tu abuelo, pero era muy inconsciente. De Ricardo no me acuerdo mucho, pero por lo que sé era bastante majareta y un poquillo miserable. Paco era muy serio, demasiao pa su edad, pero los rusos le habían lavado el cerebro. Antonio era un loco suicida que expuso a tu familia al peligro demasiadas veces. Aparte de tu madre, pobrecita, la persona que más lamento que haya muerto es Angustias. Pobre preciosidad. Por ella, se armó la de Troya y hubo el enfrentamiento familiar que hubo, pero a nadie podían caberle dudas de que estaba loquita por Miguel. A todos llegué a quererlos, pero sobre todo quería a tu madre y hubiera deseado que fuese de veras mi hija. Qué pena que pasara cuarenta años odiándome ella y sin conocer su existencia yo. Era la hija bastarda del hombre maravilloso con el que me casé, que al cabo del tiempo comprendí que había sido algo cobarde. Puedes creer que si yo hubiera conocido la existencia de tu madre, su vida habría sido muy diferente.
Involuntariamente, Mani revivió en su mente las ideas infantiles, cuando creía que su madre era una princesa de cuento, habituada a los miriñaques enjoyados. De haber vivido como doña Elena sugería, sin duda habría resaltado como una aristócrata, pero había tenido que afanarse para criar sola a cinco hijos varones, abandonada por un marido pusilánime. Y le había salido bien la obra. Mani no conocía a ninguna familia de su barrio tan obstinada por mantenerse unida.
-¿Usted sabe lo que le pasó a mi abuela aquel día, en su casa?
-Claro, yo estaba allí. Pero me tragué por completo la historia de que era una ladrona que había asaltado mi hogar de recién casada. ¡Qué tonta que fui! Pero si tu abuelo no hubiera muerto tan pronto, a la largo yo habría acabado por averiguarlo todo. Qué desgracia más grande. Tu abuela murió en la cárcel; tu abuelo, m i marido, murió de resultas de una coz y tu madre perdió no sólo a su padre, sino las oportunidades de toda una vida.
La voz de doña Elena se desdibujó en la atención de Mani. Lo que decía le hizo revivir aquella conversación con Paula, mantenida en Torre del Mar, recostados ambos en el suelo

-Tienes que contármelo, mamá.
Paula comprendió instantáneamente. Observó el rostro de su hijo unos segundos.
-¿Qué temes, que no salgamos de ésta?
-No, mamá. De ésta vamos a salir, te lo juro. Te prometo que vamos a llegar a un sitio tranquilo, y seremos felices pa siempre. Pero no creo que vuelva a encontrar nunca otra ocasión igual pa que me digas...
-Yo tenía pocos años cuando sucedió; así que lo sé de oídas. Ni siquiera estoy segura de que ocurriera verdaderamente como lo recuerdo.
Era un día de mayo de 1897, en un jardín refrescado por las sombras de dos araucarias gigantescas bajo las que se abría un caleidoscopio de flores. Había otros muchos árboles en una extensión de terreno que parecía un parque público: Cedros, palmeras, ficus y limoneros, rodeados de arbustos de rosas y celindros. El perfume era tan omnipresente como la tibieza amable del sol de media mañana. Josefa había tenido que saltar a duras penas la verja tras ser rechazada por los criados en la entrada, muy violentamente, y tenía la pobre falda pardusca rasgada por un costado a causa de una de las lanzas doradas de la verja; aunque su pudor no sufriría menoscabo, porque vestía otras dos sayas bajo la falda rasgada, le avergonzaba el guiñapo que iba arrastrando sobre los guijarros blancos y grises del caminillo que conducía hacia el ventanal. Podía oír rumores de voces, aunque no muy claramente, porque el trino de los pájaros la envolvía como un concierto. Sí, había mucha gente en la casa medio oculta por buganvillas, rosales trepadores, glicinas y jazmines. Algunas cristaleras, las más bajas, transparentaban el apresurado ir y venir de muchachas vestidas como princesas; podía verlas recogiendo sus faldas para subir las escaleras o bajarlas, para correr a través de las alfombras o entre el abigarrado mobiliario, en un trasiego continuo de última hora. Había muchas cosas sorprendentes en ese salón entrevisto por las cristaleras y lo que más le llamó la atención fueron las numerosísimas miniaturas de barcos veleros. Josefa comprendió que no existía ningún punto en esa fachada por donde pudiera entrar; tendría que encontrar la puerta de servicio, en uno de los dos laterales, puesto que ya había comprobado la inutilidad de intentarlo ante la hermosa puerta de multicolores cristales emplomados. Era tan completo el agobio de las prisas que dominaba a todos los ocupantes de la casa, incluida la servidumbre, que la puerta de servicio estaba abierta de par en par. Entró sin tomar precauciones y en vez de permanecer oculta en la cocina o acechando desde las múltiples estancias de esa parte de la casa, se dejó guiar por las voces hacia el salón principal, un lugar decorado de un modo que no sabía que existieran escenarios así en la ciudad. Escuchaba la voz de Francisco Manuel sonando quedo en algún lugar cercano, pero no podía identificar con exactitud ni la dirección de donde llegaba el sonido ni, mucho menos, la habitación. Además de miedo, sentía tanta congoja que apenas podía respirar, y tenía que avanzar casi sin ver dónde pisaba, porque la cegaban las lágrimas. Francisco Manuel, antes tan leal, tan inmutable, no había vuelto a visitarla desde el nacimiento de su segunda hija; la primera, la que tenían en común, había gozado sobradamente de las risas y los halagos del que parecía el padre mejor del mundo, el más hermoso, el más gentil y dadivoso. Pero Paulita llevaba veintidós días sin probar el poder de los brazos del padre, sin oler el aliento de sus besos y ella, la madre desesperada que continuaba fingiendo paz ante su hija, había perdido los deseos de vivir si tenía que hacerlo sin el amor del único hombre que había tocado en su vida. Los primeros tres años, había creído sus promesas imposibles, que el primogénito de los Robles del Altozano se casaría algún día con ella, una pobretona modistilla sin educación ni fortuna. Luego, cuando satisfizo su ruego de que, al menos, le diera el apellido a Paula, todo pareció haber quedado saldado satisfactoriamente y fueron durante cinco años volcanes de amor absoluto. El matrimonio con Elena se había celebrado dos años atrás, y ni Francisco Manuel lo mencionó ni Josefa quiso darse por enterada; fingió ignorancia porque nunca aceptó sentirse la otra y una forma de evitarlo era no mencionar a la esposa legítima; por lo tanto, jamás había surgido de su boca un reproche en esos dos años. Pero hacía tres semanas que había tenido noticias del nacimiento de Rita, el cuarto día de ausencia de Francisco Manuel, cuando fue a preguntar por los alrededores a la servidumbre de su casa y de las demás casas de su calle; había esperado en vano su regreso los veintiún días hasta la tarde anterior, cuando se enteró de que iban a celebrar el bautismo de Rita. No sabía lo que iba a decirle, a él o a cualquiera que se cruzase en su camino, sólo necesitaba una explicación o una herida de muerte: que él le contara satisfactoriamente por qué no la había visitado, aunque ella tuviera que engullir la mentira, o que le dijera, de una vez, que había muerto el amor. Avanzó un par de pasos más, todavía con la esperanza de encontrarse con él y nadie más, poder saber, obtener su explicación y una palabra de esperanza, y al desplazarse hacia el centro del salón, el guiñapo que colgaba de su falda se enganchó a la barroca pata trípode de un velador, que cayó con gran estrépito al romperse su frágil tablero de cristal decorado y al caer el jarrón de plata que había encima. Inconscientemente, quiso arreglar el estropicio, creyendo que podría juntar los trozos esmerilados del rico vidrio y, para ello, sujetó el jarrón de plata. Al instante, comprendió su error cuando una doncella, parada tras ella, comenzó a gritar "¡ladrona, ladrona!"; el salón se llenó de gente inmediatamente: las amigas y primas de Elena Viana-Cárdenas James-Gray, sus padres y primos, la servidumbre casi en pleno, los padres y hermanos de Francisco Manuel, y, por fin, éste, que llegó con el brazo echado por los hombros de Elena, quien llevaba a Rita en brazos, ya terminada de vestir para el bautismo. Inexplicablemente, Josefa seguía aferrando el asa del jarrón de plata, como si ése fuera su único asidero con la vida. Sus ojos se cruzaron con los de Francisco Manuel, en cuya tez acababa de instalarse un témpano de hielo; conturbado, todavía parecía más hermoso. Notó su lucha interior, sus desesperados intentos de imaginar una solución para lo que no la tenía. El padre de Elena, un rechoncho hombre de pelo ensortijado completamente blanco, de sonrisa afable pero de ojos de acero, ordenó con vozarrón de marinero a un lacayo: "Federico, coge la calesa y ve deprisa en busca de los guardias". Salió el hombre uniformado como la gente de los cuadros, y mientras tanto, Josefa seguía aferrando el asa del jarrón, Francisco Manuel palidecía más y más y Elena encontraba el hilo invisible que unía en expresiones de entendimiento las miradas de los dos. Quiso engañarse a sí misma, creer que no, que en modo alguno se confirmaban los chismes que tanto habían ido a rondarle y tanto había desdeñado, pero Josefa, cuya expresión cenicienta parecía la de alguien en el umbral de la muerte, gimió: "Pacomani, por favor". Pacomani era el apelativo cariñoso de Francisco Manuel, que sólo los muy íntimos conocían además de sus padres y hermanos. Elena miró hacia su marido con indignación, esperando que él justificase el conocimiento del diminutivo familiar por parte de aquella miserable ladrona, pero él, como si emergiera de un mar proceloso donde hubiera estado a punto de ahogarse, sonrió seductoramente a su mujer, le echó el brazo por los hombros, la besó en el pómulo y dijo: "Vamos, mi adorada, no dejemos que este incidente nos amargue la celebración del bautismo de nuestra hija". Una hora más tarde, Josefa era conducida a la prevención y, dos días después, a la cárcel, donde murió el día que Paula cumplió los once años.

-Mi hija Rita –doña Elena parecía hablar para sí misma-, creció entre sedas y jazmines, y como es lógico acabó siendo una frívola de tomo y lomo. Ojalá que tu madre hubiera sido también mi hija. Y la habría querido como si lo fuera, si Francisco Manuel no hubiera sido tan insincero. ¡Dios mío! Pensar que perdió a su madre cuando tenía sólo once años. Paula fue una mujer excepcional, y además puso en el mundo a un muchacho como tú, que eres más excepcional todavía.
Mani se ruborizó. Miró al Templao de reojo, notando que disimulaba una sonrisa.
-Yo sí lo sabía –afirmó Rosario, la prima de doña Elena.
-¡Qué dices! –exclamó doña Elena.
-Y tú no te enteraste porque estabas completamente ciega por Francisco Manuel. Nunca quisiste darte cuenta de que era el muchacho más guapo de Málaga y que todas estaban locas por él; tanto, que se pasó por la piedra a la mitad. Hasta quiso tumbarme a mí.
-¡Rosario!
-Lo que yo te diga. Y, para ser sincera, no caí en sus brazos por respeto a ti. Pero él sí que lo intentó de veras.
-¡Madre mía! –la voz de doña Elena sonó a lamento.

lunes, 8 de febrero de 2010

LAS CUENTAS DE LAS EDITORIALES.

La mayoría de las editoriales españolas engañan y defraudan a sus escritores. Firman contratos donde se dice textualmente "el autor recibirá el 10% (o el 7%, o el 8%) del precio de venta. Se entiende en todo el mundo que el precio de venta es el PRECIO DE VENTA AL PÚBLICO y, precisamente para evaluar justamente el reparto de los derechos, los libros llevan los precios impresos en la solapa.
Pero a la hora de pagar, las editoriales españolas calculan (en su mayoría) el porcentaje de derechos de los escritores sobre la base de sus acuerdos privados con los distribuidores.
Es frecuente que haya en Barcelona editoras que se quitan de enmedio, perseguidas por sus autores y proveedores a los que han estafado. Concretamente, hay una que fue Directora General de la Mujer, que no sólo se queda fraudulentamente con el dinero de sus escritores, sino que los estafa en la redacción de los contratos.
De manera que tales editoriales (la mayoría de las españolas) se apropian fraudulentamente del 73% del dinero que los escritores tenemos derecho legal a cobrar.
La Generalitat de Cataluña, el Ministerio de Industra y el Parlamento español son cómplices con su silencio del esperpento de que los escritores no podamos vivir en España de nuestro trabajo.

miércoles, 3 de febrero de 2010

DESPUÉS DE LA DESBANDÁ. Capítulo VII



VII
El Mundo Nuevo era una vía que atravesaba el monte de Gibralfaro, comunicando los paraísos del litoral con uno de los barios pequeño burgueses más célebres. A la parte más bucólica de este barriola llamaban el “Chupitira”, referencia a quienes se alimentaban con las almejas y coquinas que podían recogerse libremente en la playa, personas que a pesar de su pobreza -y hasta miseria-, vivían tratando de aparentar fortunas fantasiosas. Según se decía, era el lugar de Málaga donde residían mayor número de “entretenidas”, ex prostitutas mantenidas por los respetables comerciantes del centro y los industriales del vino.
El Templao y Mani subieron cansinamente el camino, que más adelante descendía de modo abrupto. Transitaban en silencio; Mani cavilaba, apretando fuertemente los labios frente a las barreras que su propia mente le presentaba; el Templao comentó:
-¿En qué se habrá metío ése?
-¿El Quini?
-¡Claro!, ¿cómo se explica lo que hemos visto? Por ahí comentan que hay un montón de quinquis de mala muerte que se han metío a chivatos de los fascistas.
Mani le tapó la boca con la mano, porque su amigo había pronunciado esa palabra en un tono alto.
-Pero si el Quini anda chivatando, podía habernos denunciao. Ganaría puntos haciendo que me detengan, porque to el mundo dice que me buscan.
-No se atrevería, Mani. Si ese majareta anduviera chivatando, son demasiaos lo que se vengarían; ¿tú te imaginas lo que podrían largar algunos sobre él, con la vía que ha tenío? Y nosotros, más que nadie, que lo conocemos chachipendi y lo tenemos más visto que la Alameda.
-¿Por qué habrá dicho que el Chafarino no ha muerto? Yo lo vi.
-¿Qué es lo que viste, Mani?
Aquella noche, el Templao casi no quería soltar el volante porque no se atrevía a bajar del camión, por miedo a que se lo robaran.
-Su cuerpo carbonizao –respondió Mani.
-¿Y cómo puedes estar tan seguro de que era él? Un cuerpo carbonizao es eso, un pedazo de carbón.
-Pero…
El razonamiento del Templao, junto con la exclamación de Quini, encendió la duda en el ánimo de Mani. Sintió algo indefinible en el pecho y prisa incontenible…
-Vamos pallá, Guaqui.
-¿A la playa?
Echaron a correr, desentendidos de su necesidad de moverse discretamente. El Templao, por su entrenamiento militar, eligió el camino del río, por donde llegaron pronto a la línea de playa, que recorrieron camino de La Isla aunque distaba mucho de la desembocadura.. Confirmaron con decepción y aburrimiento que la cabaña del Chafarino había desaparecido con el fuego; sólo una mancha oscura señalaba el espacio que ocupara. El Templao examinó a Mani, que contemplaba esa mancha con la misma desolación que había exhibido tras descubrir el incendio cinco noches antes.
-Por qué habrá dicho eso el Quini? –se extrañó Mani.
-¿No sabes de más que ese tío está chalao perdío?
Había varios hombres levantando empalizadas de cañas y chopos unos metros más allá de donde estuviera la cabaña del ciego. Tal vez alguien aprovechaba la desaparición del viejo redero para construirse una nueva vivienda. El Templao sintió algo dentro del pecho que no supo identificar, pero mirando de reojo el perfil lívido de su amigo decidió que convenía marcharse deprisa.
Volvieron sobre sus pasos, atravesaron de nuevo el centro y toda la ciudad, para proseguir la busca de Elena Viana-Cárdenas James-Grey en el Compás. .
Era ésta era una pequeña cuesta que conducía hacia una hermosa basílica, alzada donde había estado el campamento de Fernando el Católico cuando conquistó la ciudad; también conducía al Hospital Militar y el laberinto de pequeños jardines de las entretenidas de los adúlteros prósperos. El Templao miró a izquierda y derecha con desánimo.
-Bueno. ¿Y ahora qué hacemos?
-Si buscamos la casa de una prima de doña Elena –afirmó Mani-, no puede ser cualquier casa.
-Po no veo que haya grandes mansiones por aquí.
-No te fíes, Guaqui. Cuando mi madre me mandaba a entregar aquellos vestíos a las casas de las putas, aunque siempre era en callejones apestosos, cuando me abrían la puerta resultaban ser casas espléndidas. ¿Quién podría decir que una casa cualquiera de esas no es por dentro un palacio?
-¿No se te ocurre pensar que la prima de la de los barcos no tiene por qué ser rica?
Buscando angustiosamente algún dato en su memoria, Mani recordó:
-¿Quién sabía vida y milagros de tós los vecinos en nuestro barrio, Guaqui?
El Templao meditó un instante.
-El barbero. Maldita sea la madre que lo parió.
-Po tenemos que buscar una barbería.
Corrieron a lo largo del Compás y una pequeña plaza adyacente, en busca de las bandas blancas, rojas y azules que distinguían las barberías. Encontraron una muy pequeña, escondida en un oscuro retranqueo.
El aburrido, ocioso y desanimado barbero les informó:
-Sí, murmuran que la de los barcos está por aquí cerca. Lo siento chaveas, yo no sé dónde vive su prima. ¿Por qué no le preguntáis a Rosa, la del ultramarinos?
Señaló una tienda de comestibles situada casi enfrente.
-Sí, seguro que la tienen por este barrio –les informó la tendera, muy sonriente y dicharachera-, porque ayer vino una criada y me compró tós los artículos buenos que tenía. Atún, bacalao, salchichón de Málaga, morcillas y queso de Ronda, aceite del mejó de lo mejó y carne de membrillo auténtica de Puente Genil. ¡Una pila de duros! Pero no sé dónde vive. Si esperáis por aquí, me imagino que esa criá vendrá hoy otra vez. No querréis hacerle ná, ¿verdad?
Mani y el Templao se miraron con ojos opacos.
Se sentaron en el derrumbado bordillo de la acera. Asombrosamente, los huidos de la desbandá seguían regresando todavía. Ya no se trataba de cortejos, sino de gente desperdigada o grupos familiares, famélicos, con expresiones de espanto, desnudez harapienta y pies sangrantes. Bajaban del Mundo Nuevo, por lo que supusieron que probablemente serían mucho más numerosos los que se habían continuado camino del centro por el paseo del litoral, sin desviarse.
¿Es que esto no va a acabar nunca? –murmuró el Templao con rabia.
-Mi Paco decía que éramos más de trescientos mil –comentó Mani-. Suponte tú.
-¡Y los que no volverán nunca, porque habrán muerto!
-Por lo que vimos con nuestros propios ojos, lo menos habrán muerto la mitad.
-Mira, Mani. Ésa podría ser la criá que ha dicho la tendera.
Señalaba una mujer de mediana edad, achaparrada y aspecto pueblerino, que se dirigía a la tienda portando dos grandes bolsas vacías. Se alzaron y esperaron unos minutos, para dar tiempo a que entrase en el negocio de ultramarinos. Acudieron inmediatamente después y, tras una pregunta muda, la tendera asintió. Mani se apresuró a preguntar:
-Oiga usted. ¿Podría decirnos dónde está doña Elena Viana-Cárdenas, la señora de los barcos.
Fue muy notable la expresión de recelo con que la mujer le miró.
-¿Quién?
Por la cautela y el tono de la pregunta, Mani dedujo que se trataba, efectivamente, de la sirvienta de la prima de doña Elena.
-Señora, se lo suplico. Soy su… nieto… y llevamos éste y yo dos días buscándola por toa Málaga.
Persistían la vacilación y las dudas, por lo que Mani insistió:
-Le doy mi palabrita del niño Jesús de que ella es la única familia que me queda y que yo… también soy la única familia que le queda a ella. Estaba mu malita cuando me fui hace seis días, y necesito convencerme de que está bien. Tenga usted compasión. Haga el favor de llevarme con ella.
La mujer les dio la espalda a los dos, sin volverse hacia el mostrador ni hablar con la tendera. Dio muestras de sostener una dura lucha interior durante varios minutos, tras los cuales se volvió hacia Mani y dijo:
-He escuchao que la de los barcos está por la vecindá. Como dices que eres lo único que le queda, me da lástima y voy a ir a averiguar con la vecina a la que escuché decirlo. Vuelvo en seguía, pero si ustedes venéis detrás mío, por la madre que me parió que me sentaré en el suelo y no me moveré hasta que ustedes os perdáis de vista. Tener paciencia y a esperar.
Sin añadir nada más, abandonó las dos bolsas en el mostrador y salió apresuradamente; corrió para atravesar la calle, mirando atrás a cada paso. El Templao murmuró al oído de Mani:
-Esa sabe más de lo que dice.
-Po claro. Es de verdad la criada de la prima.
-Vamos detrás corriendo.
-No, Guaqui. Habrá que aguantarse las ganas. Vamos a esperar.
La tendera comentó:
-¡Menuda lagarta! Está más claro que el agua que sabe dónde está la de los barcos, pero es que no podemos fiarnos ni del lucero del alba. Dicen que hay hasta padres que denuncian a sus hijos… Suponeos ustedes.
-¿Padres que denuncian a sus hijos? –se asombró Mani.
-¡Digo! En la Ciudad Jardín, un niño de quince años les ha contao a los nacionales que su padre y tos sus hermanos era anarquistas. Y… ¿habéis escuchao del ministro que vive en la Caleta?
Mani asintió. Había ido dos veces a su casa, a entregar vestidos confeccionados por su madre.
-…Po los comunistas mandaron a sus hijas las orejas del andoba, metías en un frasco, después de haberlo asesinao. Ahora, las dos se han vuelto majaretas perdías y andan señalando a tó quisque, acusándolos de ser amigos de los rusos. Entre antes de ayer y hoy, dicen que ellas dos solitas han metío en la cárcel a más de dos mil.
-Eso no pueden ser más que chismes –protestó el Templao.
-¿Qué dices, niño? ¿Es que no te has enterao de lo que está pasando por toa Málaga? Si es que las paredes oyen…
El Templao bajó la cabeza, con los ojos ensombrecidos. Pasaban por su mente las imágenes elusivas del conductor del camión y el carbonero. ¿Tanto había cambiado el mundo? Mani le sonrió tristemente.
-¡Tenemos que tener un cuidaíto…! -dijo.
-Pero Mani ¿Qué mierda de vida va a ser ésta?
-Ya has visto lo del Quini. Supongo que tó va a ser igual, de quedarse con la boca abierta.
-Yo no sé tú, Mani. Pero yo no soy capaz de andar por la vida con dos caras y las entrañas llenas de mala leche.
Mani asintió mientras miraba fijamente a los ojos de su amigo. Efectivamente, era la persona con menor doblez que conocía, generoso, sincero, simple y directo, incapaz de traicionar. Se sintió mucho más viejo que el fortísimo y musculoso héroe de barrio, cinco años mayor que él. Por mucho que razonara con él, no podría convencerlo de que se preparase para el género de vida que sin duda iban a tener que llevar en lo sucesivo. Con cierta sorpresa, presintió que iba a tener que protegerlo toda su vida, pensamiento que le hizo sentir algo de cansancio.
-Abre bien los ojos –le dijo.
-¡Digo! –exclamó la tendera-. Po no hay que abrir los ojos ni ná. Si el conserje del Círculo Mercantil ha denunciao a la mitad de los comerciantes de la calle Larios, acusándolos de republicanos…
-¡Eso tío está chalao! –exclamó el Templao.

lunes, 1 de febrero de 2010

DESPUÉS DE LA DESBANDÁ, VI Capítulo



VI
El Templao notaba el escepticismo de Mani. El chico que antaño había elegido luchar con tenacidad conmovedora por convertirse en su amigo, se estaba distanciando aunque ni él mismo se diera cuenta. Para su propia sorpresa, le enternecía evocar aquellos días del verano de 1934; Mani era entonces todavía un niño con aire de querubín barroco, mientras que él, trabajador del puerto, era ya un musculoso y exuberante casi adulto, muy admirado en el barrio; la adoración y persecución del muchacho la había interpretado sólo como un intento de pedirle venia para enamorar a su hermana Inma, pero el día a día le fue demostrando que, por alguna razón inexplicable, el chico ansiaba su aprobación y su amistad. Inexplicable, porque la madre de Mani era vista por los vecinos como una especie de reina destronada y a sus cinco hijos se les consideraba los más sabios y con mejor futuro del barrio.
Siempre había temido que Mani acabase dándole de lado. El adolescente que todavía no alcanzaba del todo su estatura, era en realidad mucho más poderoso y listo que él. Más grande. Sus capacidades no podían compararse. Mani razonaba como una persona mayor muy sabia, poseía una cultura que no imaginaba de dónde habría sacado, ya que apenas había ido a la escuela; poseía el aplomo propio de quien está al cabo de la calle, y la autoridad y el liderazgo le surgían de modo natural, sin esfuerzo ni ampulosos gestos de dominio.
Mani iba a lograr sin esfuerzo posiciones en la vida que él no podía ni soñar. Siempre intuyó que llegaría el día en que tuviera que decirle adiós, pero le dolía enormemente el temor de que ocurriera tan pronto, y más contando con las dificultades por las que estaban pasando.
Los jardines de las mansiones convertidas en cenizas por los sucesos de julio del año anterior, dejados en libertad, estaban preparándose por su cuenta para la primavera que ya se presentía por todos lados. Almendros nevados, algodonosos por las flores; hermosas rosas precoces, cascadas de madreselvas que ya perfumaban las tapias encaladas, yucas desafiantes como ejércitos de lanceros; unos ficus a los que llamaban “falsos magnolios”, mostraban ya los conos que se convertirían sin tardanza en hojas nuevas y en hermosas flores muy fragantes.
-Míralo. Ahí va otra vez –indicó el Templao, señalado un lustroso coche que les había sobrepasado deprisa.
-¿Quién?
-El Quini. Pareció que se iba pal Palo, pero se ve que ha dado marcha atrás. Creo que también está buscando el consulado de México.
-No parece él –observó Mani con tono demasiado terminante.
-¡No paras de discutirme, Mani!
-¿Qué te pasa, Guaqui?
-Que ná de lo que digo te parece bien. Se nota que me consideras un chalao sin vista ninguna. ¡Ese que va ahí es el Quini, como que me llamo Joaquín!
-¡Tranquilízate, Guaqui!
-¡Qué coño estás diciendo! -tronó el Templao. Yo estoy mu tranquilo
-Bueno, Guaqui, está bien. Tendrás razón, pero… Si ha conseguío salir de la cárcel, tan tranquilo, por qué iba a ir en busca de refugio político.
-¿Y quien dice que vaya a buscar refugio pa él, Mani? ¿Es que no puede estar buscando también a alguien, como nosotros?
Mani asintió y hundió la barbilla en el pecho. Le había alarmado la explosión temperamental del Templao. ¿De verdad lo trataba con desafección altiva? Lo quería y lo necesitaba tanto, que no podía ser verdad. Debía de tratarse de una impresión poco objetiva, ya que el Templao, tan audaz y jactancioso, no dejaba de tener sus pequeñas manías y complejos.
Pero, ¿y si tenía razón? ¿Qué podía estar ocurriéndole? Lo padecido durante la desbandá ¿le había cambiado? La experiencia debía de haber sido como una fragua para todos los que habían corrido, una fragua ardiente que les había fundido de nuevo. Necesitaba al Chafarino; necesitaba que serenase su espíritu afligido con aquella voz tronante de marinero viejo; necesitaba que aclarase sus dudas, necesitaba sus sabias lecciones. Entre lágrimas que intentó que el Templao no advirtiera, evocó la noche terrible de los preparativos de la huida. Cuando fueron en busca del Chafarino para avisarle de la escapada de toda la familia y para ver si él necesitaba algo.

Al salir a la anchura de la playa, miró el emplazamiento de la choza con incredulidad. De la frágil construcción de cañas y restos de barcos no quedaba casi nada, sólo el amontonamiento de rescoldos y una mancha pardusca de arena carbonizada que desprendía todavía débiles madejas de humo. Quería creer que se había equivocado a causa del cañaveral incendiado, y que ése no era el lugar donde el Chafarino vivía, sino cualquiera de los otros cañizos alzados en la playa por los marineros. Buscó en todas las direcciones con mirada extraviada, ansiando que uno de los dioses que el anciano inventaba hubiera desplazado milagrosamente la cabaña hacia otro punto; ansiaba recuperar el sentido de la orientación y descubrir dónde estaba la choza y que el Chafarino abriera la puerta con un tazón caliente de caldo de pescado en la mano para reconfortarle del frío como un puñal que sentía en el corazón. Gritó. Llamó con todas sus fuerzas al Chafarino, hasta que se le quebró la garganta, acartonada. Sólo respondía el rumor de la brisa indiferente y el crepitar del fuego del cañaveral. Entonces, lo vio; era una masa carbonizada como todo lo que lo rodeaba, pero sabía que eran los restos de su amigo. Se arrodilló junto a él, extrañado de que en ese pedazo de carbón ceniciento pudiera reconocer tan fielmente a quien, ahora lo sabía, había querido tanto; creía poder ver sus pupilas estériles que, sin embargo, tan fijo parecían mirar; su sonrisa entre socarrona y comprensiva y sus hábiles pasos a través de los estorbos del mundo; creía escuchar sus palabras sabias mientras ansiaba con todo el alma poder volver a oír lo que antes creía que eran desvaríos y ahora necesitaba como agua fresca en medio del desierto. Alzó con rabia los puños al cielo, esperando que alguien le diera una explicación, que respondiera al enigma de por qué una bomba traicionera había destruido tanta sabiduría inofensiva, tanta capacidad de dar, tanta generosidad. Sabía que estaba llorando y no se avergonzaba; tenía que llorar ahora todo lo que pudiera, para no tener que llorar por siempre la ausencia del que, sin pretenderlo ni saberlo, había sido verdaderamente su padre. Un bocinazo, con el que el Templao le comunicaba su impaciencia, le recordó que tenía muchas cosas que hacer y buscó con los ojos el punto donde antaño se alzaba de la arena la proa de la jábega que al Chafarino le servía de fogón, marcado claramente todavía por la silueta de la barca quemada; tomó uno de los pedazos de tabla que habían sobrevivido al fuego, y con él fue escarbando un hoyo a través de las ascuas y la ceniza. El lío de las armas estaba tal como lo recordaba, enterrado a más de medio metro de profundidad, preservado de la humedad gracias a la pericia del Chafarino. Recuperar las tres pistolas y las abundantes municiones, alivió un poco su congoja. Corrió hacia el camión y supo disimular la tristeza ante el Templao, para no añadir un lastre más a todo lo que iban a tener que penar a lo largo de la noche.

Hasta aquella noche, Mani no había tenido oportunidad de descubrir cuánto quiso al anciano sentencioso y ciego que, sin poder leer, poseía más libros que nadie que hubiera conocido. Fue el guía de sus primeros años de adolescente, el padre que no había tenido, la fuente de los principales hechos históricos que conocía. Durante tres años, y a causa de haber ido con Quini a la playa, el Chafarino había sido su mentor, el maestro amable y comprensivo que compensaba sus frecuentes faltas a la escuela.
Se dijo que si el Chafarino viviese, sus angustias y apremios no existirían. Ni sentiría tanta necesidad de encontrar a doña Elena.
Ahora, caminando hacia el consulado de México, Mani no conseguía sustraerse al temor de que pudiera cambiar algo en sus sentimientos hacia el Templao, cualquier cosa que no consiguiera controlar. También a él lo necesitaba y sabía que, tan fornido y valiente como era, el Templao lo necesitaba igualmente a él. Sacudió la mano junto su frente, a ver si conseguía apartar tan agorero pálpito.
Había un despliegue de militares muy ostentoso ante la verja del consulado de México. Españoles e italianos; curiosamente, no constituían una formación homogénea; los italianos estaban a un lado y, en el otro extremo, los españoles. Estos no permitían pasar a nadie, para que no aumentase el número de refugiados políticos. En los pasos que recorrieron desde que los avistaron hasta que llegaron cerca, detuvieron a cuatro que metieron forzadamente en un coche cerrado.
Sin embargo, Quini, vestido con un ridículo traje de cuadritos de color marrón, se apeó con desparpajo del coche y habló con uno que parecía sargento, que lo dejó pasar abriéndole servilmente la puerta de la verja.
Los dos muchachos se miraron entre sí, asombrados, con incredulidad.
-Mani, creo que no nos conviene acercarnos –dijo el Templao.
-Tienes razón –concordó Mani-. Será mejor que nos quedemos un rato por aquí, viendo a ver el percal.
Transcurrió algo más de media hora. Mani continuaba cavilando sobre el estado de su relación con el Templao que, a su vez, lo miraba constantemente de reojo, como si esperase algo que no acababa de producirse.
Vieron salir a Quini de la villa sólo cuarenta minutos después de entrar; pasó entre los refugiados del jardín mirándolos atentamente, como si buscara a alguien; cuando el sargento que le había dado paso lo vio acercarse, abrió la verja con el mismo servilismo que a la entrada y casi una reverencia.
-¿A quién se habrá follao ése? -ironizó el Templao en un murmullo.
Con el pie ya en el estribo para entrar en el coche, Quini miró en su dirección; Mani y el Templao creyeron que era una mirada casual pero muy pronto cambiaron de idea cuando Quini volvió a salir del coche y corrió hacia ellos.
-¿Qué hacéis aquí? Comentan que habéis muerto.
-Po mira tú –respondió el Templao-. Estamos vivitos y coleando.
-¿Intentáis refugiaros en el consulao?
-No, que va –respondió Mani-. Tratamos de encontrar a la de los barcos.
-No está ahí –informó Quini con seguridad-. Ni en los demás consulaos; media Málaga se ha refugiao en dominios extranjeros… ¡qué pechá! Oí decir que la de los barcos está en el Hospital Militar.
-Tampoco está allí. Ya hemos preguntao –afirmó el Templao.
-Pero estar, ha estao –afirmó Quini con rotundidad-. Como estuvo el hijo del barbero, el Serafín; pero ya se ha ío; ahora anda detrás de los italianos a toas horas. ¿Por qué no buscáis a la de los barcos por el Compás? No sé quién, me dijeron que una prima suya vive por allí. Me lo contaron en la calle… ¿Has visto ya a tu Inma? –preguntó al Templao.
Sobresaltado, éste examinó la expresión de Quini con suspicacia, antes de responder.
-Mi Inma ha muerto –dijo con un quejido.
-¡Qué va! –discrepó Quini.
Con los ojos desorbitados y un escalofrío recorriéndole la espalda de modo fulminante, el Templao preguntó:
-¿Qué quieres decir?
Quini, antaño quinqui irrecuperable y ahora disfrazado de persona respetable, aunque ridícula, eludió de modo forzado las dos miradas, compuso una expresión desencajada y titubeó:
-Que… yo… No, nada, olvídalo. Me habré confundío. Mirad, si queréis ustedes un consejo, echar a correr y perderos de aquí. Iros con el loco de la playa.
-También ha muerto –dijo Mani
-¿Qué el Chafarino ha muerto? ¡Qué va!