jueves, 31 de mayo de 2012

NO DEJÉIS DE LEER LOS CUENTOS DE MI BIOGRAFÍA

Es la forma más original que se me ha ocurrido de contar algunas claves de mi pasado

lunes, 28 de mayo de 2012

RELATOS DE MI BIOGRAFÍA, por Luis Melero LA EXTRAÑA CIUDAD

Los seis meses que llevaba en Buenos Aires no me habían servido todavía para librarme del todo de mis obsesiones, pero era mucho más feliz de lo que jamás creí poder serlo. Un extraño escenario para el subconsciente de un muchacho asustado. Una ciudad extraña donde todos parecían amarse. Donde la gente preguntaba “¿qué te pasa” si te mostrabas mustio. Donde para invitarte a comer sólo te decían “ven tal día a mi casa”. Donde los llamados “colectivos”, los autobuses, iban atestados y era frecuentísimo que algún hombre me empalase contra el pantalón con su pene erecto, sin que yo pudiera evadirme porque íbamos como anchoas en lata. Donde te miraban sin disimulo, a los ojos, de frente, hubiera lo que hubiese en la mirada, que en ningún caso les avergonzaba. Una ciudad extraña, donde parecía no ser delito ni condenable amar a quien a uno le diese la gana. Nunca había sentido la menor paz de niño ni de adolescente; mis recuerdos conscientes e inconscientes estaban llenos de miedo; miedo constante, insuperable, perpetuo. Ni en Barcelona ni en Milán había conseguido librarme de tales sentimientos profundos. Miedo a salir a la calle, miedo a volver a mi casa, miedo a querer participar en los juegos callejeros y que me expulsaran, miedo a los ojos grises de mi padre, miedo a las indirectas y bofetadas de mi hermana mayor, miedo a los insultos y las ironías directísimas de su marido gitano, miedo a morirme cada noche a causa de mi asma ignorada sobre el colchón lleno de gusanos que había heredado de mi bisabuela muerta, que antes de morir se meaba en la cama. El miedo era lo único seguro en mi biografía infantil No poseía recuerdos amables, como los juegos de niños o los cuidados de mi padre; de mi padre sólo recordaba sus puños y sus patadas, y de mis amigos, las burlas y el escarnio; únicamente algo desconcertante me producía una amarga alegría: el beso que me había robado un primo mío algo mayor que yo, que ya de adulto supe que era un pedófilo casado. Mi madre no me permitía jugar con otros niños, aduciendo un soplo en el corazón que nunca me han detectado de mayor, pero sí permitía las palizas sudorosas de mi padre, que con frecuencia ella provocaba. Una de las frases más aterrorizantes de mi niñez era cuando ella me decía: “Verás cuando se lo diga a tu padre”. No importara lo que hubiera hecho, que en ningún caso recuerdo; lo importante era que ella recibiera pruebas de amor de su marido adúltero público, y las palizas despiadadas de mi padre a su único hijo varón eran para ella pruebas de amor. Ahora, salvo la lucha por conseguir trabajar sin tener permiso de emigrante, mi vida en Buenos Aires era plácida y muy satisfactoria. Era una ciudad extraña, no sólo porque no la conociera; era realmente extraña, en su lenguaje, en sus costumbres y en sus expresiones. La que más gracia me hacía era “la concha de la lora”. Ignoraba el significado de “concha”; pocos días después de llegar, me asaltó por la calle arbolada un ataque primaveral de asma; media hora más tarde, tuve que tirar el pañuelo empapado y entré en una especia de mercería a comprar otro. Para mi sorpresa, la dueña me identificó en seguida como español, aunque mi acento malagueño era muy distinto del castellano. Admirado, le respondí que sí y ella comentó: “Yo nací en San Sebastián, pero me trajeron aquí con tres años”. Y comenté: “Es una ciudad preciosa, edificada a la orilla de una bahía casi circular que se llama la Concha; y se llama la concha porque tiene forma de concha”. Esto último lo ilustré juntando las dos manos para escenificar la forma. La dueña y una clienta me miraron con gesto extraño, pero no me reprocharon nada. Cuando supe el significado, me harte de reír. El lunfardo no se usaba en los sitios donde yo me movía y dudo que se usara en alguna parte. Ya entonces se había convertido en objeto de estudio académico; yo todavía no había descubierto conscientemente mi gusto por las palabras, pero un impulso me obligó a asistir a tales conferencias. Aprendí el sentido de muchísimas letras de tango que no entendía y supe que el más lunfardo de todos era “Percanta”. Percanta que me amuraste en lo mejor de mi vida, dejándome el alma herida…” Yo no sabía cuán herida estaba mi alma, pero la sentía cicatrizar. Durante esos seis meses, Buenos Aires, extrañamente, había ido cicatrizando mi alma sin tener que recurrir a los servicios de los incontables psicólogos que se anunciaban por todos lados. La mayoría de costumbres y gestos contribuían a la cicatrización: las tertulias con universitarios donde tanto conseguía brillar sin proponérmelo, cantando copla como espontáneo en ciertos locales de afluencia de españoles, jugando al fútbol en el Bosque de Palermo con los compañeros de la publicitaria, bañándome en la playa de la Costanera, donde uno salía del agua convertido en estatua de arcilla. Una mañana de domingo, estaba recostado en la playita con un grupo de amigas y amigos cuando me fijé en alguien que venía; al parecerme mi amigo Chencho me levanté de prisa y eché a correr hacia él, antes de recordar que no podía ser porque estaba a muchos millares de kilómetros de Málaga. Era una ciudad tan extraña, que un día caí en la cuenta que tenía más amigos y amigas de los que podía contar a lo largo de toda mi vida. Tenía amigos que no me despreciaban ni se burlaban de mí. Jugaba al fútbol con ellos. Iba de excursión para remar por el Paraná, donde competía contra muchachos que me parecían hercúleos comparados conmigo, aunque muchos elogiaban mi físico. Acampaba en el Tigre bajo una nube inclemente de mosquitos, de cuyos ataques me defendían ellos, al oírme gritar, corriendo a rociarme con aerosoles. Como no entendía del todo sus expresiones, creía que todavía nadie me había invitado intercambiar fluidos. Una vez, una chica me dijo que la visitase al día siguiente en calle Ayacucho; por su pronunciación, yo escribí “calle Achacucho”. Participaba en tertulias, algunas con personajes tan interesantes como Julio Cortázar o una joven y muy bella poetisa judía llamada Renata Sussheim. Un local de la calle Corrientes, llamado “Los inmortales”, me fascinaba. A veces, reunía dinero durante una semana para poder ir a Los Inmortales a comerme una pizza de cebolla y queso a la piedra. Siempre que iba, alguien entablaba conversación conmigo desde la mesa vecina; de modo que tuve que ir dominando mi recelo y estupor faciales en tales ocasiones. Muchos de mis mejores amigos los había conocido de improviso en ese local. Inesperadamente para mi acomplejado espíritu, hacer amigos era sumamente fácil en Buenos Aires. Participaba en paseos colectivos por La Boca, salidas nocturnas a las cuevas de tango, paseos gastronómicos por los quioscos de la Costanera… Era tan frecuente mi participación en tales eventos, que ya había dominado del todo el poso de miedo que sentí durante los primeros meses. Ya había conseguido tratarlos como iguales, y dejado de sentir el deseo de esconderme que me había acompañado toda mi vida. Tan extraña era Buenos Aires, que hasta yo tenía cabida en ella. Había más de treinta teatros, en uno de los cuales, el Avenida, había asistido a un recital de Carmen Sevilla, respaldada por un “ballet” de chicas argentinas a quienes les habían enseñado a mover los brazos imitando el flamenco, pero apestaban a coristas de cabaret; con este subterfugio, el empresario se había ahorrado el costo de traer un ballet flamenco de España. Me pareció que la propia Carmen miraba de reojo a su “cuerpo de baile”, sintiéndose en evidencia. En cambio, había asistido también, en el Odeón, a una versión en español de Hello Dolly, protagonizada por Libertad Lamarque. Me entusiasmó. Estos extras estaban económicamente fuera de mi alcance, pero mis “tíos” me preguntaban, cada vez que me veían, “¿te falta algo? Y aunque respondieran que no, me metían un billete en el bolsillo. Esos regalos me proporcionaron acceso a cosas que no podía costear, como ir al Teatro Colón o comer de vez en cuando en La Hacienda. Las torturas e insultos de mis padres, hermana y cuñado me habían hecho sentir incapaz y feo, pero en Buenos Aires mucha gente opinaba que yo era muy guapo, lo que me desconcertaba sobremanera. Pero la alusión frecuente a mi ignorada apostura comenzaba a hacerme cuestionar la opinión que sobre mí mismo me había insuflado mi familia. Resultaban sorprendentes algunas anécdotas, como la ocurrida con un compañero de trabajo. Éramos varios jóvenes en el estudio de publicidad y, uno de ellos, llamado Gutiérrez, me parecía el chico más guapo que viera nunca; una tarde, otro de los compañeros me invitó a tomar un vino a la salida; en realidad, en cierto sentido me invitó a llevar una vela, porque a los pocos minutos se presentó su novia, que era ya casi su esposa. Tomamos vino, comimos empanadas chilenas y salteñas, y una media hora más tarde, cuando yo comenzaba a buscar un pretexto para dejarlos solos, ella comentó: “Mirá, Tino; siempre consideramos a tu compañero Gutiérrez como una gran belleza, pero al lado de Luis resultaría muy antiguo; Luis es una gran belleza moderna, como de actor de cine”. Me quedé patidifuso y olvidé mi prisa por marcharme; en cambio ella se fue quince minutos más tarde. A su salida, Tino me propuso: “Venite conmigo a casa”. “Vives en Quilmes”, objeté yo. “¿Qué importa? Si se te hace tarde para volver a Martínez, te quedas a dormir en mi casa”. Este tipo de invitaciones, que se daban mucho en el cine de jóvenes de Estados Unidos, a mí nunca me habían sucedido en Málaga. Yo vivía en Martínez, lo que ocasionaba muchas confusiones en la agencia de publicidad donde trabajaba, porque se trataba de una de las urbanizaciones más lujosas de la provincia de Buenos Aires, seguramente por albergar la residencia presidencial. Pero mi situación era de “arrimado” junto a la esposa de uno de los primos de mi madre, una siciliana a quien no le gustaba nada mi presencia. Mi hospedaje había ocurrido de un modo no muy natural, sino bastante forzado. A mi llegada a Buenos Aires, me quedaban tres mil pesetas en el bolsillo, lo que no iba a bastarme ni para sobrevivir un mes. Tenía imperiosamente que buscar a los parientes de mi madre. Fui al Banco Español de Rio de la Plata a preguntar por el único pariente cuyo nombre recordaba completo; me trataron muy bien porque él había tenido un cargo importante, pero ya se había jubilado. Fui a la dirección que me proporcionaron, dentro de la ciudad de Buenos Aires (o sea, dentro del espacio que delimita la Autopista General Paz, más allá de la cual todo es provincia) Se trataba de varios edificios cercanos a la avenida Santa Fe, muy lujosos. El inquilino actual me informó de que mi pariente le había vendido la propiedad y no conocía la nueva dirección. “Creo que es en la provincia, por Vicente López”. Y allá que fui. Como el apellido era muy poco corriente, confiaba en que no tardaría en dar con él, pero me costó casi un mes encontrarlo. Fue el 22 de diciembre. Mi pariente me trató de “sobrino” y me presentó a todos sus vecinos y un montón más de gente. Era un hombre muy afable, llamado también Luis, de quien yo había heredado el nombre, tal como intuí por lo que me fue contando con el tiempo. Después de mucha celebración, un par de rondas de mate y visitas inacabables de sus hijos, nueras y nietos, a quienes iba llamando por teléfono, me pareció que era hora de marcharme. “Vente el 25”, me dijo al salir de su casa. Demoré algo durante la vuelta, porque me apeé del tren al apreciar un insólito atardecer por la ventanilla. Ni siquiera retuve el nombre dela estación, pero recuerdo aquel atardecer tras un cielo emborregado como si lo tuviera dentro de mi cabeza. Yo ocupaba un cuartillo de una mísera pensión situada en calle Carlos Pellegrini, en pleno centro. El día 25, tomé un baño a media mañana y vestí la ropa que me pareció más favorecedora y presentable, incluyendo una chaqueta liviana aunque hacía un calor infernal. Comí unos macarrones muy pasados en un bar cercano y, cuando me pareció que ya podría llegar con cierta dignidad a casa de mi tío Luis, fui a tomar el tren en la estación de San Martin. Cuando llamé a la puerta pasaba de la una. La mujer de mi tío me abrió con un reproche. “¿Cómo has tardado tanto?”. Tras ella, aprecié una multitud de unos treinta parientes cruzados de brazos, que me esperaban para la gran comilona navideña que me habían preparado. Me disculpé como pude, pero no le dieron mucha importancia. Se pusieron a comer como salidos de una guerra. Todos habían aportado algo; pejerreyes, pizzas, ensaladas griegas, estofados españoles y asado argentino en cantidades imposibles de chorizos, morcillas, mollejas, chinchulines, asado de tiras y demás. Comieron durante horas, hasta que llegó un momento en que yo había digerido ya los macarrones y sentí un hambre considerable. Acabé comiendo al mismo ritmo que ellos hasta las cinco y media de la tarde. Durante la interminable sobremesa, entre mates y copitas de licores varios, me bautizaron como Luisillo, porque Luis tenía un hijo a quien llamaban Luisito. Ese diminutivo de mi nombre produjo un efecto curioso; me sentí más parte de una familia y querido que nunca antes, de modo que acabé contando cuáles eran mis circunstancias verdaderas, que hasta entonces había tratado de disimular. Un hermano de Luis, llamado Manuel, me preguntó “¿Vives de verdad en esa pensión? La conozco, porque está cerca de mi ferretería; es un lugar infecto. El domingo próximo, ven a comer en mi casa; tenemos que hablar”. Acudí el domingo mucho antes de la hora sugerida, por mi temor a llegar tarde. Me encontré a la esposa de Manuel regando el jardín; me recibió con un gesto algo adusto, de modo que para congraciarme con ella, le pedí que me pasara la manguera, que yo continuaría regando. Durante el almuerzo, pareció que continuaran una discusión interrumpida esa mañana. Mi tío Manuel dijo: “Bueno, estamos de acuerdo en que Luisillo se venga a vivir con nosotros, ¿verdad?; ocupará la habitación de Enrique”. Enrique era su único hijo, que estudiaba en una escuela militar fuera de Buenos Aires. Así me encontré residiendo en una hermosa casa de una urbanización burguesa, lleno de gente burguesa que me trataba como igual, y junto a una mujer que no ahorraba los gestos de hostilidad. De manera que me habitué a estar en casa el menor tiempo posible. Si carecía de dinero como para ir al centro, visitaba a alguno de los supuestos amigos-vecinos, o caminaba durante horas por esa urbanización y las avenidas General San Martín y Maipú. A veces llegaba hasta Vicente López, donde, además de Luis, vivía otro primo de mi madre llamado Guillermo, homosexual confeso, dedicado a la costura, que siempre me hacía mucha fiesta cuando lo visitaba. En su casa probé por vez primera el dulce de tomate, que ignoraba que pudiera hacerse. Una de las extrañas costumbres bonaerenses que más me entusiasmaban era la programación de “trasnoche” de los cines, porque así tenía el pretexto para no tomar el tren a Martínez hasta horas de la madrugada. Se trataba de una costumbre bastante extendida, pues eran muy numerosas las salas que programaban esa sesión, y no sólo los fines de semana. Una noche de jueves, antes de la media noche, me preguntaba qué hacer hasta la madrugada. Recorrí varios cines de trasnoche hasta dar con uno cuyo programa doble me interesó: Una película española, “La tia Tula” y otra italiana, “Addio, fratello crudele”. Atendía la taquilla un hombre mayor, que al escuchar mi acento, me miró fijamente y, tras examinarme unos segundos, me dijo: “Espera un poco”. Sumamente extrañado, decidí esperar a ver. Unos minutos más tarde, el taquillero me llamó y me preguntó: “Sabes qué clase de cine es éste”, con acento castellano viejo. Negué con la cabeza. Poco después, salió de la taquilla y me empujó un poco hacia un rincón. “Ven, que voy a abrir para ti el anfiteatro. Tú no puedes entrar solo en el patio de butacas”. En efecto, abrió para mí un empinado graderío vacío. Ocupé una butaca de la primera fila y cuando me acostumbré a la penumbra, percibí abajo el motivo por el que el hombre me había hecho el favor. Todos abajo eran hombres y muchos se estaban metiendo mano. A partir de ese día, el dueño vallisoletano del cine, que era dueño de otras seis salas, me trató como parte de su nutrida familia. Durante un asado en Mar del Plata me contó que “En Buenos Aires todos los hombres se comportan de manera Bisexual. Aunque estén casados o tengan novia, si se presenta la ocasión se acuestan con sus amigos sin ninguna clase de remordimientos”. Tuve ocasión de comprobarlo con el tiempo. Mi compañero de trabajo Tino me asaltó en diversas ocasiones, hasta delante de su novia. Varios de los nietos de mis tíos me invitaban a salidas en dúo solitario, y fuera en un cine o una cabaña del Tigre, acababan metiéndome mano. Y así fue de manera habitual, hasta que conocí a Pepe. Pero Pepe es mi mejor y más extraña historia en el extraño Buenos Aires: ya hablaré de él.

sábado, 26 de mayo de 2012

RELATOS DE MI BIOGRAFÍA, por Luis Melero. HUIDA A BUENOS AIRES

HUIDA A BUENOS AIRES Caminaba por la calle Navas de Tolosa con la mano en la mejilla, como si así pudiera aliviarme el dolor. Que me quitaran una muela era para mí casi tan doloroso como si me extirpasen un dedo. Había vuelto de Milán a Barcelona con ese único fin, porque no me fiaba de los dentistas italianos, demasiado torpes, gesticuladores y parlanchines como para recordar el refrán: “Habla más que un sacamuelas”. -Hombre, Luis, es un milagro que te encuentre… Llevaba unos seis meses sin ver a mi amigo Quadranch, el “gris”, que era como llamábamos entonces a los policías nacionales. Casi nunca habíamos hablado más que para discutir sobre Málaga y Barcelona y sus respectivas Barceloneta y Malagueta, nombres cuya similitud semántica me desconcertaba. -Vaya, Jorge, me alegro de verte. -Te he dicho unas tres mil setecientas veces que me llamo Jordi… -Vale, como tú quieras. -¿Cuándo has vuelto de Milán? -Anteayer, para ir al dentista. Me acaban de dejar mellado. -¡Qué lujos! -Déjate de bromas. Se trata sólo de miedo. Recién llegado a Milán, tuvieron que sacarme una muela y me hicieron una carnicería… -¿Adónde vas? -A ninguna parte. Sólo paseo. -Voy a cambiarme de ropa. Ven conmigo, que quiero hablar contigo. Como Jordi Quadranch vivía en calle Viñals, en la casa de al lado de mis tíos donde me hospedaba, desanduve el camino a su lado sin protesta. Tardó sólo unos seis minutos en cambiarse de ropa. Sin el uniforme, parecía casi tan joven como yo, aunque era cinco años mayor. -Vamos –me dijo como si fuera una orden según su costumbre, actitud que él sabía que me encorajinaba. Salimos a caminar, él como si cavilara sobre algo importante y yo, con evidente impaciencia en el rostro y mis actitudes. Pero sabía muy bien que sería tiempo perdido tratar de que se explicara antes del momento en que él decidiera hacerlo. -Estás más gordo. Era verdad. Antes de viajar a Italia, pesaba cincuenta y ocho kilos. En Milán, recalé en una pensión que era a la vez una trattoría muy popular y estábamos en invierno, un invierno “paduano”, mucho más frío que el de Málaga o Barcelona. Entre que la dueña me adoptó como un sobrino y el apetito consecuencia del frío y el horario, tan diferente del español, empecé a comer a todas horas y abundantemente. El ossobuco, los espaguetis y el chocolate me habían hecho ganar siete kilos. -Pues tú… se ve que vas mucho al gimnasio –repliqué. -Tú también deberías ir, tienes buena base… un esqueleto estupendo, pero si sigues aumentando de peso, pronto tendrás barriga. -No fotis –protesté. -Tú, cuídate, o ya no podrás fanfarronear más con la ropa que te gusta comprarte antes que nadie. No era la primera vez que me reprendía veladamente por mis gustos. Contuve el reproche y decidí virar el diálogo. -¿Cómo está tu hermana? -Sigue esperándote y por lo tanto no se echa novio. -No digas tonterías. -Claro que sí. -Pero si es hasta mayor que tú. -Te lleva sólo siete años, y es la más guapa de Barcelona. Era verdad. Carme era una chica guapísima que, cuando me convertí en su vecino, me parecía inalcanzable. Después, me había causado muchos sinsabores. Hablaba de los charnegos con evidente desdén y como si yo no fuera uno de ellos. Ella me había dado a conocer el separatismo catalán, cuestión de la que en Málaga yo no tenía ni idea. Pero que yo le indicara que debía considerarme despreciable, puesto que yo también era charnego, nunca me sirvió de nada. Porque su evidente encaprichamiento por mí lo exhibía con expresiones muy seguras, como si yo fuera de su propiedad, pese a que jamás exterioricé el menor acuerdo. -Pero yo soy charnego, recuérdalo- le dije a Jordi. -A ella, eso no le importa. -Lo dices como si me perdonara la vida. -No exageres. -¿Que no exagere, Jorge? ¿Todos los malagueños, andaluces, murcianos, gallegos y demás son despreciables, pero yo me he redimido? -Tú eres muy… particular. -¿Lo ves? Los nacionalistas me infláis las pelotas. -Yo no soy nacionalista, Luis. -Dices eso porque eres policía y seguramente os prohibirán ciertas cosas. Pero que eres catalanista… joé, un montón. -Eso no es lo mismo. Claro que soy catalanista. ¿Tú no eres la exageración máxima del malagueñismo? Pues a mí me gusta mi tierra. -Te traicionas a diario, Jordi. Dices que eres catalanista nada más, pero te he oído muchas cosas… que bueno… -¿A qué te refieres? -Las referencias a los murcianos, ciertas expresiones como “de Valencia ni el arroz” y muchas cosas así. Tu nacionalismo es medular, tan profundo, que no puedes ocultarlo. Jordi calló y me adelantó unos pasos, como si inconscientemente quisiera librarse de una molestia. Me apresuré para espetarle: -Los separatistas inventáis tantas tonterías, que ya me habéis quitado el gusto de vivir en Barcelona, donde había proyectado quedarme para siempre. Como decía Jean Paul Sartre, reinventáis la historia. Habláis de España como si fuera cosa ajena, a pesar de que Tarragona fue la capital de la mayor parte de España en tiempos de Roma… Contigo, no, porque me has dado pruebas de sobra de que me quieres; pero con tu hermana y tus amigos, aunque aprendí catalán, siempre me sentí postergado, discriminado. Y no se trata de palabras, sino de actitudes indisimulables. No fotis, Luis. No tenía ni idea de eso. -Nunca te lo dije, porque te respeto más de lo que crees. Pero eso es lo que siente un charnego en vuestras reuniones. -Pero tú… -Jordi vaciló- ¿has dudado alguna vez que puedes contar conmigo. -Nunca lo dudé Jordi. Sé que me quieres mucho, por alguna razón que no puedo explicarme, porque tu cariño por un malagueño no encaja con lo que sé de ti. -¿Qué has estado haciendo en Milán? –me preguntó Jordi bajo la sombra del Hospital de San Pau. Él conocía de sobra mis proyectos cuando me marché a Milán, así que la pregunta me extrañó. -¿Qué quieres decir? -¿Te has hecho notar en contra de España? Su tono me produjo frío. Aunque Jordi se había comportado conmigo siempre como un igual muy amistoso y más íntimo de lo que condicionaba su nacionalismo, no dejaba de ser un policía “del régimen” y su expresión en ese momento era lóbrega. Hice memoria. Los días que viví en Milán vi muchos anuncios de manifestaciones contra Franco y había pasado junto a algunas, sin llegar nunca a participar de verdad. No conseguí identificar algún recuerdo “sospechoso”. -¿Cómo iba a hacerme notar? En una excursión a Florencia perdí la mitad de mi dinero, que todavía no había ingresado en un banco. He tenido que hacer cabriolas para seguir adelante con mis proyectos. Soy casi un chaval, sin dinero ni relaciones, ni influencias. ¿Qué podría significar yo políticamente? -¿Has quemado banderas de España? Sentí un estremecimiento. De repente, la escena de la plaza del Domo me vino a la mente tan vívida como el día que ocurrió. Habían inaugurado la Expotur española poco antes. Como muchos atardeceres, di un paseo Corso Garibaldi abajo hasta la Galería Vittorio Emmanuele, hasta acabar en la plaza del Domo, una de las más bellas del mundo. Pero topé con algo completamente inesperado, una nutrida manifestación antifranquista convocada contra la Expotur (que la noche anterior inaugurara el ministro Fraga). Por la exposición, habían engalanado espectacularmente toda la plaza con banderas españolas, una bajo cada ventana. Los tres lados de la plaza lo ocupan edificios de igual arquitectura, cuyas fachadas almohadilladas son fáciles de escalar. Instantes después de mi llegada, alguien en la manifestación dio la consigna de abatir las banderas, y de repente veinte o treinta muchachos escalaban las fachadas y arrancaban las telas rojo y gualda. Unos cuantos, fueron apilándolas en el centro de la plaza hasta formar un montón considerable, que alguien roció con un combustible ocasionando una gran hoguera. Me acerqué como hipnotizado. Tal vez fuera por el humo, o quién sabe si por el orgullo maltrecho, me encontré llorando a chorros. La pregunta de Jordi me obligó a sentirme como si todavía estuviese en el Domo de Milán, con los ojos llorosos y el alma encogida. No recordaba claramente mis movimientos en la plaza durante la quema, porque había permanecido varios minutos en un trance. -Hace dos o tres días –prosiguió Jordi-, me apropié de un expediente que no me correspondía, porque aparecía tu nombre y quise averiguar de qué se trataba. Había una lista de españoles en Italia que son “enemigos del régimen”. Me sentí aplanado, como si fuera a hundirme en el asfalto camino de la Sagrada Familia. -Lo que sea que haya en ese expediente –repliqué-, es una malinterpretación. ¿Qué me aconsejas que haga, Jordi? -Hablaban de uno “documentos gráficos” que van a enviar pronto. No lo podía creer. ¿Me habían tomado fotografías en la plaza del Domo? De cualquier modo, ninguna de esas fotos podía mostrarme haciendo lo que no había hecho. -¿Qué hago, Jordi? –¿Vas a volver pronto a Milán? -Había pensado ir a Málaga cuando se me baje la inflamación. -Pues ve. Déjame un teléfono a donde te pueda llamar. -Mi familia no tiene teléfono. Toma éste, que es el de un amigo algo mayor. El amigo “algo mayor” era en realidad un marica de mediana edad que llevaba muchos años tratando de meterme en su cama. -Está bien, Luis. Mira, no te hagas notar nada en ninguna parte. Allí pertenecías a la JIC, ¿no? En efecto, en Málaga había participado desde niño en las reuniones de la juventud independiente católica, que se celebraban en dependencias traseras del obispado. Pese a ello, había a diario una pareja de grises vigilando nuestra salida en la puerta, siempre los mismos, de modo que hacía mucho que los saludábamos con algo de ironía. -¿Ni siquiera a esos amigos debo ver? -De ningún modo, Luis. Te hablo de una cosa seria. Al volver a Málaga, la vivienda de mis padres me pareció más pequeña y sórdida de lo que figuraba en mi recuerdo. No pude aceptar la oferta de mi madre de que me quedara con ellos. Busqué un empleo en una tienda y alquilé en seguida un modesto apartamento del que dispondría sólo dos meses, puesto que lo alquilaban en temporada turística mucho más caro. Llevaba poco más de dos semanas trabajando cuando una tarde vi con disgusto que mi pretendiente de mediana edad, llamado Amadeo, entraba decididamente en la tienda y se dirigía presuroso hacia el punto donde yo estaba. Miré al dueño de la tienda, cuyos ojos –alternativamente fijos en mi amigo y en mí- eran un caudal de preguntas; más aun cuando Amadeo se acercó a mí inclinándose sobre el mostrador para hablarme al oído. -Luis, tienes que huir de Málaga. -¿Qué estás diciendo? -Han llamado a mi casa. Es un amigo tuyo de Barcelona, que dice que es policía. Me ha dicho que han mandado del consulado de Milán una foto donde apareces quemando una bandera de España. -Yo no hice eso. -Pues en la foto se ve clarísimo. No podía imaginar qué clase de efecto visual habría producido una imagen mía como si quemase una bandera española, cosa que habían hecho multitudes aquella tarde, pero no yo. -Tu amigo dice que salgas de España hoy mismo. No disponía de dinero. Esperaba con impaciencia el final del mes, porque tras pagar el alquiler y la garantía, me había quedado muy escaso de dinero. Estaba comiendo muy precariamente. Una vez que Amadeo salió de la tienda con las mismas prisas con que había llegado, tuve que disimular mi consternación bajo la mirada inquisitiva del dueño. Yo trataba de reunir valor para pedirle un préstamo que jamás podría devolverle, cuando dijo: -Luis, tengo que salir. ¿Puedes ocuparte de cerrar la tienda y quedarte un rato para cuadrar las cuentas? -Sí, claro, vete. Me dio la llave de una pequeña caja metálica donde guardaba por la noche el producto de las ventas del día. A punto de salir de la tienda, se volvió hacia mí para preguntarme: -¿Pasa algo malo? -No te preocupes, es sólo que me han dicho que un amigo de Barcelona ha tenido un accidente. -Ah, bueno. Anota la hora a la que te vayas, por si tengo que pagarte alguna hora extra. -No te preocupes por eso. No me llevará ni media hora cerrar las cuentas. Faltaban sólo unos minutos para la hora del cierre, que esperé con impaciencia. No tomé conscientemente ninguna determinación, fue como si un robot teledirigiera mi voluntad y mi mano. Sumé las ventas del día y resté el remanente diario para cambio. No cuadró del todo, porque sobraban catorce pesetas. Era algo que ocurría a diario, ya que muchos clientes se iban sin esperar el cambio cuando era insignificante. Igual que un autómata, cogí un folio y redacté una dolida carta de disculpa para mi jefe, por las treinta mil pesetas que le robaba. Fui a casa de mis padres, donde, a mi partida hacia Italia, había quedado toda mi ropa de verano. Llené apresuradamente una maleta, tomé un taxi y embarqué en el primer avión hacia Madrid. Una vez en Barajas, examiné el tablero donde anunciaban las salidas más inminentes. Había un vuelo a Buenos Aires para dentro de dos horas. Buenos Aires, un nombre premonitorio. Una tabla de salvación en medio de una tempestad. No objeté nada a mi pensamiento. Como lugar para huir hasta ver qué pasaba con la confusión italiana, era demasiado remoto. Pero era el único sitio donde había parientes lejanos. Primos de mi madre. No sabía su dirección ni podía pedírsela a mi madre, no teniendo teléfono. Pero sería fácil dar con él, porque trabajaba en el Banco Español de Río de la Plata. Huiría, pues a Buenos Aires.

martes, 22 de mayo de 2012

jueves, 17 de mayo de 2012

LO QUE LA SEGURIDAD SOCIAL TE QUITA, JAMÁS TE LO DEVUELVE

Uno tiene la sensación de ser él último mono de esta comedia. Los extranjeros -que jamás han cotizado- reciben de la Seguridad Social mucho mejor trato que yo, que además de muchos más, coticé durante 7 años a razón de 105.000 pesetas mensuales, pero me asignaron una pensión de 500 euros, con la que paso todos los meses varios días de hambre, porque vivo solo, pago alquiler y no tengo quien me ayude. En 2007, padecí un infarto de cerebelo. Inenarrable lo ocurrido cuando me llevaron a urgencias, tanto como el tiempo que pasó después hasta que me diagnosticaron. Me sometí a diversos programas de rehabilitación y me recuperé casi del todo, pero una de las secuelas no tuvo arreglo: me había quedado un problema respiratorio que me produce atragantamientos frecuentes y golpes gravísimos de tos. Para contrarrestar y casi eliminar esa tos, me recetaron aspirar un producto que se llama RILAST, por el que ningún médico me hizo la menor advertencia. Durante los años transcurridos desde entonces, he perdido siete piezas dentales y dos puentes, podridos sin recuperación posible. El año pasado, al cambiar de médico, el nuevo resultó ser un hombre afable y atento que me aclaro que esas pérdidas se debían al RILAST, y que era obligatorio enjuagarme con agua y bicarbonato, para contrarrestar ese medicamento que es como nitroglicderina contra el esmalte dental. Durante el último año, no he vuelto a perder ninguna pieza, pero me he visto obligado a masticar con los incisivos, de manera que han sufrido un desgaste galopante. Hace dos o tres meses que sufro grandes dolores al masticar y apenas puedo comer. Ayer me dijo el dentista del seguro que tiene que extraerme un incisivo, con lo que se cumplirá uno de mis temores más inimaginables: verme mellado en el espejo. Me dijo el dentista que fuera a la trabajadora social. Esta mañana, la trabajadora social me ha reenviado a otros dos departamentos. E•l primero a donde he ido, calle Tomá Heredia, me dicen que la Seguridad sólo se ocuparía -de concedérmelo- de la prótesis, pero no todavía, "habrá que esperar unos meses". La cuestión es que Seguridad Social me quitó durante siete años unos ocho millones de pesetas (48.000 euros), aparte de diversas cantidades. Pero la Seguridad Social que me ha quitado las muelas al no darme la información adecuanda, no me va a solucionar el problema dental aunque esté muriendo por casi no poder comer. Hay quien elogia entusiásticamente a la Seguridad Social, al haber sido tratado a cuerpo de Rey, pero la realidad cotidiana es que el personal subalterno propina un trato humillante a los pacientes (nos tratan de tú niñatas de 20 años), y no le importan nuestros dientes ni un bledo. Y NO ES AHORA, POR LA CRISIS. LA SEGURIDAD SOCIAL ES ENEMIGA DE LOS DIENTES DE LOS ESPAÑOLES DESDE SIEMPRE SIEMPRE. Y ROCA EDITORIAL, que me ha robado más de cien mil euros, QUIERE QUE YO MUERA

domingo, 13 de mayo de 2012

II tercio. GUIA PARA GAYS NOVATOS Y SUS DESCONSOLADOS PADRES

EJERCICIO Nº 3 Reprímete. Ten calma y aguanta hasta el viernes, aunque tengas la convicción de que, durante estos tres días, Carlos no solamente va a estar en ascuas, sino que pasará un mal trago. Cuando llegue el momento de salir de permiso de fin de semana, abórdale y proponle viajar juntos. Durante el recorrido, lejos del escaparate expuesto a todos que es cualquier rincón del cuartel, habla con él serenamente. Puedes proponerle desde estar cuarenta y ocho horas encerrados en un motel tras pasar por la farmacia, hasta postergar vuestra alianza para después de licenciaros. Desde emprender un noviazgo que ocultaréis a todo el mundo, hasta acordar un pacto de espera para confirmar la fuerza de vuestros sentimientos. Mas cualquier decisión que adoptéis debe estar presidida por la necesidad ineludible de ser discretos ante vuestros compañeros de cuartel. De hecho, tenéis que dejaros mutuamente claro que, desde ahora, vais a evitar hacer "manitas" con las miradas. Comprobarás que, después de hablar con franqueza y libre de la incertidumbre, tales gestos no son ya necesarios y, con el paso de los días, llegarás a la conclusión de que vuestros encuentros secretos serán tanto más placenteros y gratificantes cuanto mayor sea el ayuno de gestos y confidencias que os impongáis durante los días que permanecéis en el cuartel. En general, es más rentable para un gay ser discreto que vestirse con el traje de lagarterana que constituye todo adorno plumífero. No se trata de ser hipócrita ni andar escondiéndote obsesivamente, sino de mantenerte dentro de las formas que hacen posible la convivencia con todo el mundo, tirios y troyanos, gays y heterosexuales, blancos y amarillos, para no tener que sumergirte en un gueto que no solamente no te apetece, sino que no te conviene, ya que tienes ambiciones profesionales muy altas que no admiten limitaciones. También para tu familia será todo más fácil si no les sitúas en la obligación de salir a cada paso en tu defensa ni les pones en evidencia. Esto sólo es posible si no exhibes signos externos que canten sonoramente tu condición. Signos que son percibidos, siempre y en todos los casos, como desafíos. Y tú no estas para desafiar a nadie. Verás que la gente ríe las gracietas mariconiles con un punto de nerviosismo, que casi siempre tiene como componente fundamental el desconcierto. Y si escarbas un poco en la piel de muchos de esos gay/folclóricas aparentemente tan desparpajados y humorísticos, te encontrarías con la sorpresa de que, a pesar de su prodigalidad verbal que tanto divierte en los bautizos y comuniones, cargan grandes e incontroladas tristezas interiores. Fuera de las reuniones, comprobarás que el común de la gente no hace buenas migas con esos gays, que les eluden como se da la espalda a quienes nos retan a pensar en cosas que no deseamos meditar; que las personas corrientes tienen cánones estéticos que se les desbaratan ante esos prójimos y que ninguno de los que antes han reído y aplaudido a rabiar les invitaría a comer a solas en un restaurante. No creas, tampoco, que debas sentirte obligado a la ocultación sin más. Por fortuna, la libertad es un patrimonio cada vez más común a pesar de los pesares, y va siendo progresivamente arrinconado el prejuicio contra los gay por sólo el hecho de serlo. Aparte de que vivimos en una legalidad desconocida antes de ahora. Pero una cosa es no ocultar y otra muy diferente andar pregonando tu condición. Y en el cuartel, menos que en ninguna otra parte. Con tales disquisiciones, te viene a la memoria el caso de Maritrini. Decía que era paisano de cierto matador de toros, natural de la ancha Castilla. Nada más engancharse, y todavía en la cola del reparto, se puso a gesticular en plan Marujita Díaz y a cantar por Mari Trini. Consecuentemente, se convirtió al instante en el bufón del cuartel. En su mismo reemplazo, había ingresado uno, apodado "Chiquito" porque medía un poco más de dos metros, que, lógicamente, fue elegido para cabo gastador. Era un líder natural, y no solamente por su estatura, y pronto se arracimó a su alrededor un grupo que llegó a ser célebre, a causa de que cuando formaban en la fila del reparto del pan, como alguien trataba de ahorrar unas monedas y entregaban a cada soldado una pieza del día y otra del anterior, gritaban siempre "¡pan duro!", tras lo cual lanzaban los chuscos mustios al aire, uso que llegó a ser seguido por todo el regimiento que, a la voz de "¡pan duro!" de Chiquito o cualquiera de sus secuaces, lanzaba colectivamente sus panes mientras coreaba la misma consigna, de modo que eran toneladas de pan las que había que recoger en la basura diaria, que pronto se convirtió en granero no sólo de perros asilvestrados, ratas y otras alimañas, sino de toda la vagabundería de muchos kilómetros a la redonda. Maritrini era tanto o más popular que la "peña del pan duro", aunque con otro matiz. A Maritrini le jaleaban y aplaudían al pasar, pero nadie se le acercaba con el propósito de intimar con él, mientras que los del pan duro tenían que zafarse de la multitud que les requería como compinches. Ocurrió que, como era de esperar, Maritrini comenzó a sufrir el aislamiento que ocasiona notar que no se puede compartir una confidencia con nadie, la amargura de saberse tan severa y colectivamente despreciado, la frustración de no poder aspirar al consuelo no ya de un revolcón, sino de una simple palabra amable, y de ahí a la pendiente abajo sólo medió un traspiés. El traspiés consistió en enamorarse, en última instancia y a falta de alguien mejor, de uno que tenía pendiente un juicio por atraco a mano armada y que, en cuanto se licenciara, daría con sus huesos en la cárcel, un sujeto que encajaba perfectamente en el tópico y tenía un desagradable aspecto patibulario que, sin embargo, era lo que más atraía a Maritrini. Le montó un acoso que fue pronto patente para todo el cuartel. El sujeto, que al fin y al cabo ya había probado toda clase de mieles, incluidas las que se dan tras las rejas, no rechazó a Maritrini y más bien le siguió el juego, porque tampoco él estaba exento de necesidades. Hubo un primer encuentro que bastó para arrebatar a Maritrini de este mundo. Fue de noche y cuando las letrinas eran el único lugar íntimo a su alcance. Después, comenzaron a faltar cosas de las taquillas. Desaparecían las monedas de los uniformes de faena colgados en la anteducha y más tarde, los billetes. En una progresión que fue muy rápida, los hurtos fueron haciéndose más y más importantes, mientras Maritrini penaba todos los tormentos del amor porque, por mucho que le diera a aquel sujeto, más decía necesitar y, a cambio, sólo había puntapiés y muy poco, casi nada, de lo otro. Chiquito sorprendió a Maritrini un día metiendo mano en la cartuchera donde guardaba el paquete de Fortuna y mil doscientas pesetas. Lo cogió en volandas y lo llevó sin soltarlo al centro del patio, sin que las patadas y tarascadas de Maritrini le amilanaran y mientras llamaba a todos sus compinches al grito de "¡pan duro!". Acudieron no sólo estos, sino todo el regimiento. Maritrini fue desnudado a jalones y obligado a ponerse de rodillas en el centro de un corro. Durante más de una hora, una interminable fila aguardó turno para azotarle las nalgas con toallas mojadas. Por último, le forzaron a introducirse por la trasera una botella de Coca Cola. Permaneció en el hospital hasta su licenciamiento, que fue considerado conveniente anticipar. Tal como está la situación de Santiago, temes que podría correr la suerte de Maritrini. La posibilidad te parece tan estremecedora, que la has comentado con Carlos durante uno de los encuentros de fin de semana. Carlos te aconseja no involucrarte, porque no ve posibilidad de que hagas nada. Suele serenarte la voz de Carlos. El suave acento andaluz proporciona a su voz un tono senequista, que hace que sus palabras te suenen sensatas y prudentes. Sin embargo, no se te ha apaciguado la inquietud, no tanto por Santiago, sino por su amigo, sobre quien has escuchado ya comentarios que apuntan en la peor de las direcciones. El amigo de Santiago es mestizo de guineano y valenciana y tiene en el cuerpo una marcha que, más que plumas, es sandunga y ritmo afrocubano puro. En cualquier otro lugar podría pasar por un chico salsoso muy divertido y cordial en demasía; en el cuartel, parece la personificación de Celia Cruz. SITUACIÓN Nº 4 Mientras te preguntas si convendría llamar aparte a Santiago y hablar con él de lo que está pasando, cuando vuelves hacia el cuartel sentado en el autocar junto a Carlos, descubres la mirada, inequívocamente suspicaz, que te dirige un chico compañero vuestro, que, como vosotros, vuelve tras el permiso de fin de semana. No se trata de alguien que destaque por nada. Estás convencido de que, de no mediar este encuentro indeseado, tal vez nunca te hubieras fijado en él. Recuerdas a duras penas su nombre, Fernando, pero no su apellido, lo cual demuestra lo poco notable que es, puesto que ya te sabes de memoria el nombre y apellidos de la práctica totalidad de tu compañía, el lugar de origen de la mayoría y las circunstancias familiares de muchos de tus compañeros. Su mirada te ha agobiado pesadamente durante todo el recorrido. La verdad es que no sois los únicos tres soldados que volvéis al cuartel y que, por consiguiente, la circunstancia en que te encuentras, sentado junto a un compañero, es completamente natural. Pero ya sabes leer perfectamente esa clase de miradas y te pones alerta. Fernando no ceja en su observación y notas, de reojo, que Carlos también se ha percatado. Admiras la expresividad de las manos de Carlos. Supones que se debe al arte que practica y que para transmitir algo con una pintura hay que ser capaz, previamente, de transmitirlo con las manos. Sea o no sea así, lo cierto es que has aprendido a deducir su estado de ánimo con sólo mirarle las manos y sin necesidad de observar su cara, y ahora, en los últimos kilómetros del trayecto, las retuerce levemente. Al apearos junto al cuartel, Fernando os ha saludado sólo con un movimiento de cabeza y os ha dado la espalda. EJERCICIO Nº 4 Estás obligado a observar a Fernando durante unos días antes de decidir si es correcto el pálpito que sentiste el domingo por la noche en el autobús. Dependerá de su actitud. Si lo ves cuchichear con alguien y señalar en tu dirección, dalo por hecho. Tendrás que tomar medidas. Pero no hace nada en tal sentido. Lo único fuera de lo que era habitual antes del encuentro es que ciertas veces te mira muy machaconamente, como si quisiera hacerte saber que está en tu secreto. Por si las moscas, Carlos y tú no habéis vuelto a dirigiros la palabra en toda la semana. Llegado el viernes, descubres que te toca una guardia el sábado por la noche y no cuentas con permiso de fin de semana, con lo que debes aplazar la conversación que habías proyectado tener con Fernando. Durante la guardia, decides con razón que no puedes esperar al viernes siguiente. El lunes, después de la instrucción, toma a Fernando por el codo e invítale a una copa en la cantina. Dile que te ha parecido que tenga algo que decirte y prepárate para reír a carcajadas, para convencerle de su monumental error en el caso de que aluda a algo sospechoso en relación con Carlos y tú. Antes que nada, recuerda que Fernando, tan anodino él, no ha exhibido una actitud burlona ni parece que pretenda perjudicaros. Pero Fernando no aborda la cuestión. Te ha agradecido la copa sin más comentario, y hasta crees que se ha sentido aliviado una vez que ha conseguido zafarse de ti. Los meses van pasando y lo de Fernando sigue en suspenso. Ni tú ni Carlos habéis sufrido percance alguno de resultas de aquel encuentro en el autobús; ninguna dificultad ha surgido por su causa. Pero te sigue dirigiendo esas miradas entre huidizas y cómplices. Lo de Santiago, en cambio, empeora día a día. Su amigo mulato circula por el cuartel a través de pasillos de olés y a ritmo de fanfarrias de silbidos. A veces, él responde con reverencias a lo Juanita Reina, y se marca con frecuencia una rumbita entre las aclamaciones burlonas y malintencionadas. No parecen afectarle -aparenta tener concha- pero a Santiago, sí. Cuando ya no falta demasiado para vuestro licenciamiento, has tratado de hablarle una noche, en el momento de subir a su litera, pero él ha soslayado el asunto refiriéndote una anécdota que le han contado sobre Fernando, como si quisiera no verse obligado a hablar de algo que le produce escozor. Según parece, hasta poco antes de ingresar, Fernando se dedicaba a la prostitución en un garito de locas momificadas de Barcelona.. Unos días antes de su incorporación a filas, le ofrecieron una fiesta de despedida en el garito, durante la cual conoció a un director de sucursal bancaria a punto de jubilarse, que se prendó de él, y con premura y sin reflexión se juraron amor eterno, de modo que Fernando disfruta de la situación más desahogada de que se tenga noticia en el cuartel. Pero como no se habían visto antes, Fernando no tenía conocimiento de las aficiones de su protector. Fue después de ingresado en el ejército cuando supo que al banquero le parecía mejor número el tres que el dos, de modo que, según los antecedentes de los que oyó referencias, le gustaba tener un amante fijo pero que hubiera en sus encuentros siempre un tercero en discordia, o concordia, lo cual no viene a cuento. La cuestión es que, sin saberlo, Fernando había sido elegido sólo y precisamente por estar a punto de ingresar en filas y la oportunidad que ello, en opinión de su sexagenario amigo, le proporcionaba, en razón de contar con un vivero inagotable de candidatos a completar el trío. Desde el comienzo, Fernando, discreto, circunspecto y astuto como una raposa, silencioso y escurridizo como un lince, inclinado por su profesión al disimulo y la permanencia en la sombra, había estado trajinándose a los compañeros a cambio de la promesa, siempre cumplida, de un pago de cinco mil pesetas, cantidad que convierte a un número de tropa en Bill Gates y con la que había resuelto sus dificultades económicas, al menos, la cuarta parte del regimiento, aunque tal vez Santiago exagera un poco. Pero el banquero no quiere repetir más que con Fernando, y pretende que el tercero tenga siempre el encanto de la novedad y el atractivo de lo inesperado, de modo que hace tiempo que Fernando tiene las posibilidades de elección cada vez más limitadas, lo que, de repente, comprendes por qué te mira tanto. Santiago ha terminado su narración con una anécdota. Antes de liarse con él, su mulato, que se llama Efraín, fue uno de los que Fernando le llevó al banquero. Le ha contado a Santiago lo ocurrido aquel fin de semana con pelos y señales. Tras ponerse de acuerdo, Fernando y Efraín llegaron juntos al hotel donde les aguardaba el banquero, el más lujoso de una localidad cercana. Se trataba del primer permiso que Fernando había disfrutado desde hacía tres semanas y, por ello, se mostraba muy impaciente. Al principio, Efraín creyó que su impaciencia era debida a una probable carencia de fondos, pero luego comprendió que tenía otro origen. En cuanto el banquero les abrió la puerta de la habitación, y tras serles servida una copa, pues previamente ya había sido llamado el servicio de habitaciones, Fernando se desnudó inmediata y completamente e invitó a Efraín a imitarle. Este, desinhibido, marchoso y sandunguero como es, pidió que pusieran música, y así se hizo y comenzó a escenificar un strip tease con mucho arte y estilo. Fernando le contemplaba con intensidad sorprendente. A la mitad del strip tease, y cuando aún le faltaba quitarse un calcetín y el slip, notó que Fernando se convulsionaba y jadeaba. Dio un grito, y sin ni siquiera rozarse con la mano, tuvo un orgasmo. Escena que no sorprendió al banquero, por lo que Efraín dedujo que no era la primera vez que tenía lugar. A continuación, todo se desarrolló según el guión previsto. Te has reído con el relato, pero no se te ha aliviado la preocupación que sientes por Santiago. Durante la mañana siguiente, reconoces cuánto te inquietaban las miradas de Fernando, pues ahora te sientes distendido aunque te mire y ha transcurrido la mañana con gran placidez. Una placidez despreocupada que llevabas semanas sin experimentar y que salpimentan los mensajes que, de nuevo, intercambias con Carlos desde lejos. De repente, se produce un guirigay y vas a ver de qué se trata. Un grupo se encuentra zahiriendo a Efraín, cuyo hermoso color tostado palidece de una manera extraña, y ahora es ceniza,Tras inmovilizarle un trío, alguien le ha pintado con tinta blanca un pene de estilo pompeyano en la espalda de su camisa caqui. Efraín se ha rebelado y está maldiciendo a quienes lo rodean con un lenguaje barroco y tremendamente expresivo que te sorprende. Las risas, chanzas, amagos de patadas y salpicaduras de tinta aumentan a cada maldición y llegáis, tú y Carlos, justo a tiempo de inmovilizar a Santiago, que se dispone a meter baza sin medir las consecuencias y sin comprender que no tiene nada que hacer, porque son veinte o treinta y van aumentando, y algunos han dejado de burlarse porque Efraín les ha alcanzado con un puntapié o una tarascada, y han sustituido las risotadas con amenazas genuinas. Parece que un puntapié particularmente certero ha alcanzado a uno en los mismísimos, de modo que reacciona como un toro furioso y se lanza contra Efraín, junto a quien rueda hasta quedar el amigo de Santiago boca arriba con el otro sentado en su barriga. Lo último que consigues ver de Efraín es su cara, que está siendo golpeada simultáneamente por ocho o diez puños. Cuando dejas de mirarle sangra por la boca, nariz, sienes y pómulos. El griterío es como un fragor. El cerco es una masa numerosísima y compacta y te es imposible no ya ver, sino siquiera intuir lo que está pasando. Carlos te hace notar que habéis perdido de vista a Santiago, de modo que os lanzáis a buscarle con auténtica desesperación. El fragor se ha convertido en un tumulto que parece una asonada militar, y ves correr al oficial de guardia hacia el grupo con el revólver en ristre, seguido de todo el retén. La detonación ha sonado más fuerte que cualquiera de los disparos que hayas realizado jamás en los ejercicios de tiro; tanto, que la algarabía se ha acallado de repente. El oficial vuelve a disparar al aire y se abre lentamente el cerco. En medio, hay un cuerpo caído. No es el de Efraín, puesto que, herido y sangrante, pero consciente, lo llevan de prisa entre cuatro con dirección a la enfermería. Quien yace sin vida es Santiago, en cuyo pecho brilla al sol una navaja albaceteña, CÓMO AFRONTAR LAS SOSPECHAS DE TU FAMILIA Tras licenciarte y luego de la celebración, que abandonaste cuando, al tercer día de comilonas y discotecas, ya no eras capaz de resistir más, has tenido que permanecer algún tiempo convaleciente. Crees que convaleces sólo del atracón, pero, en el fondo, sabes que el tiempo vivido en el cuartel te exige un paréntesis de reflexión. Te han prometido un empleo, pero no las tienes todas contigo, y te has lanzado al trapicheo que parece ser el destino perpetuamente provisional de tu generación. Por lo que pueda pasar, has echado ya no recuerdas cuántas solicitudes ni cuántas instancias, y has perdido la cuenta de los ahorros, de por sí esmirriados, que has gastado en impresos. Así que, como no tienes intención de quedarte cruzado de brazos y estás empapado del consejo de Alvin Toffler, según el cual todas las generaciones por venir tendrán que ser autogestionarias, o sea, que eso del empleo fijo para toda la vida se va a acabar y cada vecino, gay o no, macho o hermafrodita, rubio o moreno, tendrá que correr a rebuscárselas y mojarse el culo en el empeño, cuando te das por repuesto del cuartel has publicado un anuncio en ese periódico de anuncios gratuitos, ofreciéndote para dar clases, y también has pegado cartelitos fotocopiados en los quioscos, paradas de autobús y hasta en el tronco de los árboles de algunas calles principales. También, has dejado tus señas en esa oficina de contratación de profesionales por horas. Te han ofrecido trabajo los viernes y sábados en un bar gay, pero has ajustado cuentas y calculas que no te va a compensar económicamente, sin contar que no te convence nada tener que exponerte en un escaparate donde te pueda identificar hasta la madre del cordero. Has estado tan ocupado con estos asuntos, que no te has dado cuenta de que tu familia vuelve a hacerse preguntas, ahora más justificadamente que nunca, pues tú, lo que se dice novia, ni que te traigan a Blancanieves. Otra cosa sería que te propusieran un encuentro con el príncipe, que ni miedo a las manzanas ni a las madrastras, ni a nada de nada. Y la cuestión es que la adolescencia quedó atrás y varios de tus compañeros de instituto, vecinos incluso de tu propio bloque, pasean los domingos por el parque del barrio empujando junto a su mujer un cochecito infantil; y hay parienta que hasta pasea ya su segundo bombo bajo un premaman talla trescientos. Tu familia más próxima, la de primer grado, se mantiene en una expectación discreta y prudente, pero el resto, primos y demás, te hacen preguntas cada vez que tienen ocasión; que abundan más de lo que tú quisieras, porque formas parte de un clan más bien prolífico y no paran de celebrarse cumpleaños, bautizos, bodas, primeras comuniones, graduaciones y bodas de plata. SITUACIÓN Nº 1 Aquella prima tuya, a quien en el barrio llaman "la tetona", y que ya en la pubertad tenía aspecto de matrona, te ha pillado aparte y con una sonrisa pretendidamente confidencial, ha realizado un canto glorificador de la institución del matrimonio. Ella se casó a los dieciocho años con un trapisondista que, entre bulla y juerga, se montó un invento de no sabes bien qué, la cuestión es que comparte manteles con ciertos prohombres de la ciudad y llevó a vivir a tu prima a una casa con dos mil metros de jardín y piscina privada. Tu prima no da golpe. Tiene dos asistentas y una cocinera que realizan todas las labores hogareñas, sin contar que también viene a veces una costurera por horas para los remiendos. Para no aburrirse, pasa todas las mañanas en la peluquería y las tardes, en cualquiera de los muchos comités en que ha ingresado para realizar obras de caridad con que hacerse a sí misma la caridad de no morir de tedio. Después de la exaltación del matrimonio, te ha señalado unos cuantos ejemplos de amigos comunes que son tremendamente felices, cuyo bienestar es legendario, quienes viven con un pie en el cielo convertidos en padres de familia y compartiendo los fines de semana una caravana con sus suegros o una barbacoa con sus cuñados. Te has contenido a tiempo y no le has dicho que uno de los que ha nombrado, entre salida y salida con su mujercita, es habitual del mismo bar gay a donde vas de vez y cuando, y que a otro le conoces una querida fija. Y, además, lo que sientes que necesitas es neutralizar a tu prima, porque es el personaje indicado para poner en marcha esa maquinaria rumorológica familiar que hace años que temes. EJERCICIO Nº 1 Cortar por lo sano significa amputar un miembro enfermo, por ejemplo un brazo, cortando por la parte todavía limpia y lozana al menos un palmo por encima de donde señorea la gangrena. La boquita de tu prima puede ser tu gangrena y cortar por lo sano con ella no debe causarte el menor escrúpulo. Así como en otros casos más cercanos es preferible recurrir a la argucia de la apariencia gestual para no tener que mentir de palabra, entre otras razones porque, como queda dicho, la mentira declarada es difícil de recordar y te pueden pillar en un renuncio, en el caso de tu oronda pariente no tienes que cortarte un pelo, porque al fin y al cabo hablas con ella nada más que de higo a breva y la mayoría de las veces sólo cruzáis frases intrascendentes. Así que pídele ayuda a Graciela, aquella psicóloga argentina que te presentaron hace dos semanas en ese bar a donde vas a veces, y con quien tan buenas migas hiciste por lo mucho que te agradó su acento. Graciela es lesbiana y su compañera, argentina también, te quitaría el hipo si no fuera porque quien podría quitarte el hipo es un hermano suyo que has visto de pasada en una fotografía que te mostró cuando quiso enseñarte el obelisco inmenso que hay en la avenida principal de Buenos Aires. Tras mirar la foto, donde no conseguiste ver ni la sombra del dichoso obelisco, deseaste con fervor casi cartujano que al hermanito se le ocurriera emigrar a toda pastilla rumbo a la madre patria. La amiga de Graciela trabaja de modelo publicitario. Nada importante, sólo se trata de posar para los folletos de moda de unos grandes almacenes, pero es ciertamente espectacular. Rubia, con esos rasgos entre italianos y españoles que tanto abundan en Argentina, tan alta como tú y con las redondeces muy bien colocadas en sus sitios respectivos. Una especie de Loreto Valverde sin risitas. Cuando le pidas el favor, Graciela se mostrará encantada, porque le divertirá la propuesta y se comportará no sólo de modo comprensivo, sino que te hará sugerencias para mejorar tu proyecto, sugerencias que deberías escuchar con atención. Una vez que os pongáis de acuerdo, haz memoria, a ver a quién conoces en la vecindad de tu prima. Cuando lo consigas y hayas descubierto que, dos calles más allá, vive uno de tus casadísimos ex compañeros de instituto, dirígete a la casa de los dos mil metros de jardín y preséntate sin aviso. Cuando tu prima se reponga de la sorpresa y haya examinado a placer a tu argentinita, explícale que ibas a visitar a tu amigo y, como te has dado cuenta de que llegáis demasiado pronto, has pensado visitarla. Pídele disculpas por la irrupción inesperada. Te asaetará a preguntas y negarás con insistencia que la amiga de Graciela y tú seáis novios, pero como permaneceréis todo el tiempo la mar de amartelados, tu prima creerá que la estás engañando exactamente al revés de como lo estás haciendo en realidad. Pasarán muchos meses, o años quizá, antes de que tu prima vuelva a incordiarte con las dichosa monserga. Pero tu parentela es numerosa. Tendrás que permanecer en guardia todavía algún tiempo, ya que mantienes tu indecisión sobre el asunto de la confidencia con tus padres y no deseas, ni te conviene, que te fuercen a ello por ahora. Dice el refrán que "parientes y trapos viejos, pocos y lejos", y te da la impresión de que lo hubiera inventado un gay, porque no existe otra condición para la que resulte tan pejiguera la parentela. A tenor de como funcionan los clanes y el método de comunicar la información que en ellos se practica, podría llegarse al convencimiento de que en ninguna familia hay lesbianas ni gays, a juzgar por lo muy fácil y ostentosamente que todo el mundo está dispuesto a asombrarse, espantarse, maravillarse y despatarrarse con aspavientos espectaculares cuando surge no ya la convicción, sino sólo la sospecha sobre uno de sus deudos. Y hay que ser muy clementes para calificar de "información" lo que se comunica en estos casos. Otros estarían más inclinados a definirlos como "chismes, murmuraciones, puntapiés en la espinillas, puñaladas traperas, patadas en los mismísimos" y hay extremistas que estarían dispuestos a considerarlos verdaderas intrigas del más rancio estilo palaciego, por el ingrediente de expectativa codiciosa que en muchos casos llevan aparejados. Los califiques como los califiques, la cuestión es que la forzada magnificación de los asombros te ha parecido siempre una soberana impostura. O sea, que todos los gays son huérfanos. O sea, que todos los gays son incluseros. O sea, que los millares de gays que ves funcionar por la vida no deben de tener parientes, pues llegas a contar tantos, que las probabilidades de que cada familia tenga un cupo de uno, o un par, o más, calculas que son muy altas. Las cuentas no te salen. Y, sin embargo, continúas asistiendo a asombros o escuchando hablar de ellos. Unas veces, es el tremendo escándalo familiar que se ha organizado al saberse que fulanito es gay, ése, el hermano pequeño del que le va tan bien con sus trapicheos de contrabando de tabaco. Otras, que dicen que han visto besando a su novio en el coche a Pepito, el hijo del tío Rafael, que no se merece una desgracia así y que ha amasado una fortuna importando prostitutas de Bulgaria. Otras, que ha habido un colectivo rasgamiento de vestiduras porque su mamá ha encontrado una colección de revistas de hombres desnudos en el ropero de Lorencito, el hijo del primo Lorenzo, que tan duramente ha trabajado el pobre en su negocio de adulteración de vino, con el que tan espléndidamente viven los suyos. Por ahora, te desagrada incluso imaginar una escena de tales características que te tuviera a ti por protagonista. SITUACIÓN Nº 2 A regañadientes, has tenido que aceptar la invitación a pasar un fin de semana en la casa que tu tío, el hermano de tu padre, ha comprado en la sierra. Está loco por restregársela por los morros a toda la parentela y ha organizado una barbacoa el sábado por la noche a la que, por lo que te ha dicho tu madre, van a asistir todos tus tíos y primos, tanto los de la rama paterna como los de la materna, así como los ya abundantes maridos y esposas agregados, y no se te consiente faltar a menos que asumas enemistarte con los únicos que te importan, tu padre y tu madre. Así que allá vas. Distraído porque, antes, has tenido que cargar el equipaje y, después, con la conducción del vetusto coche de tu padre y las admoniciones de tu madre, primero en cada esquina y luego en cada curva de la carretera, sólo mediado el viaje se te ocurre preguntarte dónde va a dormir tantísima gente, porque, por grande que la casa sea, no puede serlo tanto como para acomodar a la totalidad del clan. A partir de ese momento se te acaba de agriar lo que, ya desde la noche anterior, era una perspectiva nada atractiva. Meditas las alternativas que tienes y calculas las posibilidades de llevarlas a cabo. Pretextar un compromiso para que acepten que bajes de nuevo a la ciudad despues de la cena no sería de recibo, porque lo normal es que la barbacoa acabe a las tantas y son demasiados los quilómetros que tendrías que conducir. Menos aceptable sería desde la perspectiva familiar que dijeras que deseas dormir en la pensión de la aldea cercana. No encuentras una excusa que pueda parecer plausible. Consecuentemente, pasas todo el día de mal humor y la barbacoa te parece la comida más repulsiva de tu vida. Sabes que han preparado catres, sofás camas, colchonetas y tumbonas de jardín por toda la casa, incluídos el vestíbulo , el salón y el garaje; lo que todavía no han hecho es establecer quiénes van a dormir dónde. Y, tal como venías temiendo desde que iniciaste esta mañana la excursionsita, a la hora del reparto te toca compartir colchoneta con tu primo Salva, ése que tiene tu misma edad y tanto le agradaría a tu madre que trataras más y que fueses su compinche por lo mujeriego que es, que el chico trae de calle a todas las mozas de su barrio y a todas, según se dice, complace. Tu primo Salva no es que esté como un camión, es que pocas veces has visto juntos tantos y tan atractivos, y tan espectaculares, atributos masculinos. Piensas que podría ser una mezcla de Jesulín de Ubrique, Ramón Pellicer y Miguel Indurain. Decididamente, no puedes pasar toda una noche pegado a él. EJERCICIO Nº 2 Tu primo Salva es tan exageradamente viril y se siente tan seguro de su masculinidad, que, como ocurre con frecuencia en tales casos, ha llegado a adoptar, gracias a su preferente roce con mujeres, algunas conductas marujiles. La más llamativa es la de hablar a todas horas de los parientes y amigos, bien o mal, que esto no viene al caso . La cuestión es que, si tu prima la tetona es, por ociosidad, chismosa en grado sumo, tu primo Salva le gana por aclamación. Y, adempás, le has escuchado en ocasiones pronunciar, en relación con un vecino del barrio, los epítetos más despiadados que hayas imaginado jamás que se pueda dedicar a un gay. No te es posible abandonarte al sueño, con la bajada de los controles que conlleva, pegado a él. Llevas algún tiempo en ayunas, porque la separación de Carlos, el pintor melillense, te ha dejado inapetente de otras oportunidades. Los relajados roces nocturnos con Salva serían para ti como una bomba de relojería. Sabes con certeza plena, producto de tu experiencia, que el estallido no demoraría ni diez minutos. Por consiguiente, cuando la barbacoa esté a punto de finalizar propón a Salva ir a una discoteca que hay a escasos quilómetros del pueblo. Aceptará encantado y no existe ningún riesgo de que algún otro pariente se apunte, pues los candidatos y candidatas que se encuentran en vuestro mismo segmento de edad están todos casados. En la discoteca, arréglatelas para no tomar ni un trago, con el pretexto de que tienes que conducir, pero procura que Salva se coja una curda de esas cuya resaca dura una semana. Si se liga a una chica y ves que hay posibilidades de que pase la noche con ella, miel sobre hojuelas, pero, si no, échale en su cubata todos los restos que puedas alcanzar, de modo que, cuando vayáis a dormir, ocurra lo que ocurra, que ya procurarás por tu bien que no ocurra nada, será completamente incapaz de recordar nada por la mañana, cuando su primera urgencia sea tratar su acidez estomacal. La parentela va a ser en esta época tu principal escollo, pues tus padres ya superaron su primera alarma, la de tu adolescencia en la que apenas hubo un remotísimo esbozo de coqueteo con una chica, y ahora se hallan en ese estado de expectación obnubilada que les dura a los progenitores de un gay hasta el día que comprenden que tienen un solterón en casa. Ese estado te conviene por ahora, pues no dispones de medios para irte a vivir por tu cuenta y, de cualquier modo, te sientes bien viviendo con tus padres. Pero la parentela, ay, amigo, va a darte más de un disgusto y mas de dos sobresaltos. Con la civilización, los clanes han ido perdiendo el objetivo que les hizo formarse antes de que el hombre tuviera uso de razón, es decir, la necesidad de protegerse, que se realiza mejor en grupo que individualmente. Ha sobrevivido, sin embargo, un vago sentido de comunidad consanguínea por el que, aunque falte la lucha por la defensa colectiva, se continúa intentando que ningún miembro de la tribu se aparte del rebaño. O, lo que, en esencia, es lo mismo: que nadie desentone. Y nadie desentona más en un clan que un gay, bajo la óptica de quienes justificadamente o no se erigen en patriarcas y matriarcas, o guardianes de los valores comunes. Todavía hoy, la noticia de que alguien con quien se comparten genes es gay continúa siendo percibida como una afrenta a los valores patrimoniales del clan. Nada importa que recites la lista interminable de pintores, escultores, escritores, poetas, músicos, doctores, emperadores, conquistadores, descubridores, cardenales, místicos, galanes de cine y relevantes políticos contemporáneos que son gays, porque este dato se olvida al minuto de escucharlo y a la gente común el dato gay le oculta todos los brillos más excelsos que un gay pueda desplegar. Recuerdas un caso que te contaron hace algún tiempo, el de Felipe el gallego. Cuando te lo señalaron conservaba cierto atractivo a pesar de su edad. Ahora lo has perdido de vista. En la familia de Felipe todos eran policías, profesión donde los valores del clan son reverenciados más que en ninguna otra casta o estamento. Cuando tomaron conciencia de la "particularidad", lo primero que hicieron fue negarlo, porque tal cosa no era posible en su familia y creyeron, simplemente, que "el niño está siendo mimado en demasía". Lo segundo, ya con un mayor número de evidencias, fue llevado a efecto por su padre y a espaldas del clan: a punto de cumplir los catorce años, le condujo a una casa de putas a que le quitaran esa "manía". Durante más de una semana, prueba va, prueba viene, experimenta esto, recuerda aquello otro que tanto le gusta a su padre, mira a ver si así, intenta ver si asá, las pupilas de la mancebía se afanaron todas las tardes en su tarea de rescatar a Felipito de las garras del maldito demonio, pero a Felipe el "demonio" le formaba una vena desde la coronilla a los talones. Tras el fracaso del tratamiento prostibular, no tuvieron otra ocurriencia que mandarlo a un colegio sureño especializado en niños difíciles, donde Felipito hizo su agosto y la vena que le recorría de la cabeza a los pies pudo servirle ya hasta de mantón de Manila. El "tratamiento" que su familia esperaba que iba a recibir consistió en ser "tratado" en los retretes o en los dormitorios de modo que medio colegio con su claustro correspondiente llegó con él al conocimiento bíblico. Durante sus primeras vacaciones, la familia comprendió que había mandado un clavel y el colegio les devolvía una rosa, así que Felipito no volvió al colegio. Para entonces, había comenzado a ponerse de moda el psicoanálisis y hubo una colecta familiar para que Felipito tuviera su sofá los lunes, miércoles y viernes, más la terapia de grupo de los jueves por la tarde. La terapia de grupo le sirvió a Felipito para conocer al primero de sus amantes, un ex seminarista cuyo clan lucía aun más prosapia que el suyo, pues contaba con dos tíos canónigos y un tío abuelo cardenal; relación que, por cierto, duró más de una década. El psicoanálisis borró en tres años el saldo de las libretas de ahorros de todos sus tíos y primos mayores, pero ni con ésas, que todavía está por demostrar que un psicoanalista, por bueno y eficaz que sea, posea poderes sobrenaturales. Se acercaba el momento en que Felipito debía ir a la mili y la familia vio con desconsuelo que la cosa iba a peor, ya que Felipito y su seminarista recibían el mote de "la pareja fáctica" cuando les señalaban al pasar agarrados de la mano. Sin embargo, el clan consevaba aún la esperanza, más que por la naturaleza del caso, por su incapacidad de asumir que algo así les pudiera pasar a ellos. El abuelo de Felipe, que estaba ya jubilado pero tenía un par de condecoraciones, se lo recomendó al general bajo cuyo mando se encontraba el regimiento a donde Felipe fue destinado. La recomendación consistió en la petición de que recibiera el entrenamiento más duro que fuera posible y que permaneciera durante todo el tiempo que durase la mili machacándose con instrucción tipo grupos especiales, lo que, además de facilitarle, entre pista americana y marchas de treinta quilómetros, las mejores compañías de descanso que hubiera soñado tener, le proporcionó un cuerpo atlético y excelentemente en forma, con el que le resultó muy fácil ligar en las saunas hasta muy avanzada la madurez,así como la afición de practicar variados deportes y culturismo, que no abandonaría nunca. Una vez licenciado del ejército, cuando se presentó en su casa dándole el brazo a un cabo gastador, comprendieron que el asunto no tenía remedio. Mediante una colecta, con la que la familia realizó su último y supremo esfuerzo económico, le fue comprado un piso a Felipito en una ciudad mayor que la suya y lo bastante distante como para que no le apeteciera visitar a sus padres ni en navidad. Felizmente para Felipe, ha pasado toda su vida sin dar golpe gracias a una especie de tributo familiar a su exilio. Chollos como el de Felipe, deséngañate, en la actualidad son más raros que un burro de color amatista, así que no te vaya a dar ahora por disfrazarte de Sara Montiel en una fiesta familiar a ver si tu parentela pica. Y la cuestión es que, en estos momentos, tienes aparcada la preocupación por tu futuro como gay, porque te inquieta más la suerte que te espera en conjunto como persona. No consigues trabajo más o menos estable y Carlos te ha escrito desde Melilla hablándote de lo mucho que le gustaría mudarse donde vives, no sólo por estar juntos, sino porque piensa que tendría más oportunidades como pintor en una ciudad mayor. Tu impulso ha sido decirle que se líe la manta a la cabeza y que venga, que ya os arreglarés; se ha impuesto tu sensatez y simplemente le has hablado de lo mucho que también te gustaría a ti... cuando sea posible. SITUACIÓN Nº 3 Te encuentras en tu cuarto escribiendo la respuesta a la carta de Carlos. Llegaste a tu casa hará una hora y no había nadie; más tarde, escuchaste la puerta y los característicos pasos de tu madre, que no ha entrado a saludarte porque, como no sueles estar en casa a esas horas, debe de suponer que no has llegado. Hará unos cinco minutos, ha sonado el timbre de la puerta y tu madre ha recibido una visita, parece que una mujer, pero su voz te llega como un rumor y no sabes de quién se trata. Pasan unos minutos, y ya no te acuerdas de que hay visita. Te ha dado sed y te diriges a la cocina en busca de un refresco. Como acostumbras a andar descalzo, ni tu madre ni la visita han descubierto todavía que te encuentras en la casa. Al pasar junto a la puerta de doble hoja del salón, que permanece entreabierta, identificas a la visitante. Es tu tía, la madre de Salva. Con voz que intenta parecer solidaria, le está contando a tu madre que no para de oír rumores sobre ti. Tu madre no dice ni pío. Estás seguro de que se siente sumamente incómoda y de que anhela con toda su alma que tu tía se vaya. Pero ésta parece disfrutar mucho con su "solidaridad" y presumes que la visita va para largo. Regresas a tu habitación y, tras meditar unos segundos, pones un compact de Mecano a todo volumen y te vas al baño a tomar una ducha. Cuando, después de unos calculados diez minutos, has salido al salón, tu tía se ha marchado ya. EJERCICIO Nº 3 Aguarda tres o cuatro días, pues de otro modo levantarías sospechas. Vete a casa de Salva, saluda a su madre con toda naturalidad, y pregúntale a tu primo si podría salir un momento contigo a tomar una copa, porque quieres consultarle algo. Como bien sabes, a Salva le gusta más un chisme que a una portera, así que, aunque tenga que discutir con sus padres y aunque se haya puesto ya el short y las pantuflas de andar por casa, aceptará tu invitación, se vestirá como acostumbra, como quien va pidiendo guerra, y os iréis a un pub que no queda lejos. Al salir, notarás en los ojos de tu tía la pregunta de si no estarás a punto de desgraciarle el hijo y, dado que te sientes rabioso aunque lo estés disimulando muy bien, le echas el brazo por los hombros a Salva de modo muy cariñoso e íntimo, como si no fuera la primera vez. Una vez en el pub, regala los oídos de tu primo diciéndole que has pensado pedirle consejo a él por lo grande que es su experiencia, ya que en cuestiones como la que vas a plantearle no te cabe duda de que debe de saberlo todo. Háblale de que tienes un amigo que por accidente y sin pretenderlo ha dejado encinta a su novia. El tal amigo no dispone de medios, ya que aún no trabaja. Aquí, extiéndete en un pormenorizado rosario de datos que le hagan sospechar a Salva que de quien le hablas, en realidad, es de ti mismo. Pregúntale qué hay que hacer en estos casos, pues la novia de tu amigo no tiene otra salida que abortar. Adviértele que ninguno de los dos desea el aborto, trata de emocionarte de modo que parezca que eres tú quien no lo desea, y añade que de ningún modo se pueden permitir tener el hijo ahora, cuando tu amigo acaba de licenciarse de la mili y aún no ha dado golpe, mientras que su novia es menor y no quiere por nada del mundo que su familia lo sepa. Salva recitará todo cuanto conoce al respecto y te detallará los diferentes caminos que "tu amigo" puede seguir, e, incluso, tratará, no muy sutilmente, de hacerte saber que puedes contar con su ayuda económica. Cuando salgáis del pub, según has previsto correrá a su casa y es capaz de no esperar a mañana y, movido por la impaciencia, despertar a su madre para contarle el chisme de que "el primito no ha tenido otra ocurrencia que dejar preñada a una menor". A ti la opinión de tu parentela sólo te importa por lo que pueda afectar a tus padres. Hace tiempo que has asumido que, en el futuro, probablemente tendrás que renunciar a tus parientes, ya que aun en el improbable caso de que "te acepten", sería eso, una aceptación y no la asunción con naturalidad de una condición que no tiñe de verde la piel de la gente ni le dota a uno de tres pies, ni te transfigura en un extraterrestre ni hace que el aliento te huela a mierda, ni te convierte en un desalmado ni merma tus facultades, sino generalmente al contrario. Así que, como no estás dispuesto a que "te acepten" perdonándote ser lo no has elegido ser, por lo cual no te sientes ni un ápice inferior ni superior al resto de la humanidad, sabes que más adelante prescindirás de ellos y dejarás no sólo de asistir a bodas y bautizos, comuniones y graduaciones, sino que ni siquiera se acordarán de invitarte. Vivirás al margen de ellos, pero por ahora no puedes. Exclusivamente por tus padres. Te ha venido a la memoria Santiago y el corazón te ha dado una punzada. Antes de ingresar en la mili, Santiago las había pasado canutas por culpa de sus parientes. Aunque tal como lo recuerdas, sobre todo en vuestro primer encuentro en la fila del furriel, no era nada afeminado, según te relató le iba mucho el mariconeo desde chiquito. A los catorce, incluso a los trece años, andaba espantando a sus primas y tías con aspavientos de molino manchego. Te contó convulsionado de risa que a esa edad ya se había disfrazado de fallera mayor, de Rocío Jurado, de Madonna y. en una ocasión muy especial, de Sissi Emperatriz, con un miriñaque que le costó dos meses de ahorros alquilar. Arrebatados por la santa indignación, sus parientes eligieron una delegación con la misión de ir a hablar con sus padres, a fin de plantearles la necesidad de poner coto a los desatinos de Santiago. Durante horas, desgranaron sus retahilas de reproches; argumentaron detalladamente sobre los perjuicios que las inclinaciones de Santiago les iba a causar; hablaron de los sofocos que sufrían y el entredicho en que toda la familia quedaba. Esa misma noche, su padre le dio una paliza que le tuvo baldado varios días. Pero a las dos semanas, había olvidado ya el "sabor" del cinturón de su padre y montó en un guateque familiar una divertidísima imitación de Lina Morgan. De nuevo acudió la delegación de parientes notables a su domicilio, cuya indignación había subido muchos grados, diciendo que habían sido superados los límites más razonables de su paciencia y de nuevo recibió, la misma noche, una somanta durante la que perdió un incisivo. Te obligó a tocarle el postizo para comprobar lo natural que parecía. El asunto continuó durante años. A cada parodia que representaba, seguía la visita de los parientes y, luego, la paliza, con variantes que demostraban la imaginación de su padre y, también, que le iba tomando gusto a las periódicas sesiones de sado/maso. Entre tanto, a lo que le había tomado gusto Santiago era a parodiar artistas, pero sólo a mujeres. Piensas con tristeza que hubiera podido ser un gran cómico. Tal como te informó, y en ciertas ocasiones tuviste de pasada algún atisbo de ello, había ensayado y montado parodias de Lola Flores, Isabel Pantoja, Montserrat Caballé, Carmen Sevilla, Gloria Fuertes, Mercedes Milá y Ángela Molina. Con el tiempo, dejó de ser necesario que los parientes fueran a protestar, aunque no dejaron de hacerlo. El padre se bastaba para descomponerse solo ante las salidas de su hijo, y las orgías de palos fueron cotidianas hasta no mucho tiempo antes de que se fuera la mili. Afirmaba Santiago que su padre llegó al punto de proveerse de artilugios tales como una fusta de montar, una pala playera de madera, un par de esposas de juguete y una tralla de pesca. La sesiones de tormento fueron haciéndose más refinadas y sólo se interrumpieron el día que, a los diecisiete años, cegado por el chorro de sangre que le manaba del párpado rasgado, Santiago pateó el órgano que le había engendrado, consiguió con un empellón tumbarle de espaldas y, ya encima de su padre, no llegó a asfixiarle únicamente porque su madre le hizo perder el conocimiento con un sartenazo en la cabeza. Hace años que has llegado al convencimiento de que lo de los parientes no tiene arreglo. Ciertamente, conoces muchos casos de situaciones de tregua, gays que viven relacionados armónica y estrechamente con su clan hasta el fin de sus días. Pero no te gustan esos casos. Salvo raras excepciones, se trata de conflictos cerrados en falso. Con frecuencia, hay una familia que ríe mariconadas, y gays que las escenifican como si se tratara de pagar un peaje, porque ni los unos han acabado de comprender que es posible ser gay y poseer todas y cada una de las virtudes más brillantes que se pueda ambicionar, ni el otro tuvo el coraje de exigir que así se le reconociera. A veces, la tregua tiene un componente funcional. Es cuando el gay posee, por herencia o por su esfuerzo, la mayor fortuna conocida entre los suyos, y estos le "toleran sus cosas" para no perder puntada ahora y en lo por venir, de modo que desarrollan un sentido espectacular, en el sentido de hacer teatro, de la lisonja y el peloteo como ejercicio cotidiano. Pero de esto hablaremos más adelante. Por último, has visto casos de gays que basan la buena relación con su parentela en la complicidad marujil. Se trata de cuando el gay adopta el rol de sacrificado sastre familiar, por poner un ejemplo. El domicilio del gay de este caso resulta ser el más concurrido del clan, pues no hay boda ni bautizo, cumpleaños ni graduación, en los que no tenga que pasar semanas en vela, atendiendo los requerimientos de confeccionar vestidos para las abuelas, tías, hermanas y sobrinas, arreglar pantalones y trajes para los abuelos, tíos, hermanos y sobrinos, crear tocados y adornos florales para los sombreros, manejar con primor el chantillí y la gasa, la plancha y el almidón. El ahorro que sirve a su parentela es de tal magnitud, que este gay será mimado como un jilguero, aunque sus parientes piensen en él, en realidad, como en un palomo cojo. No te gusta ninguno de los aspectos que has conocido de las circunstancias de gays supuestamente "integrados" a su clan, y has decido que, si no cambias motivado por convencimientos nuevos, te distanciarás de ellos en cuanto seas capaz de hacerlo sin ocasionar perjuicios ni incomodidades a tus padres. SITUACION Nº 4 Lo has sabido por tu madre, aunque has tenido que adivinar casi toda la escena, porque apenas has escuchado lo esencial cuando se lo relataba a tu padre. Aquella prima tuya que no ves más que de año en año, ha coincidido con tu madre en el domicilio de otro pariente. La prima en cuestión, llamada Rosa, está casada con un piloto de aviación comercial destinado en una línea trasatlántica, razón por la cual duerme en su casa sólo una noche de cada tres o cuatro y, cuando lo hace, suele estar rendido de cansancio, no se sabe bien si por los cruceros o por las juergas que debe de correrse en las escalas. Consecuentemente, tu prima Rosa vive en un ayuno de sexo casi permanente, hambruna que no le ha impedido criar a media docena de churumbeles. Crees recordar que la última vez que la viste pensaste en su insatisfacción, porque engorda de año en año y en aquella ocasión era ya una desagradable bola de sebo y, aunque calculas que no tiene más de treinta o treinta y dos años, había perdido no sólo su atractivo juvenil, que ha sido grande, sino que su aspecto se ha vuelto decididamente repulsivo. Durante el encuentro con tu madre, ha hablado de lo muchísimo que te quiere y de la pena que le das. "Pobrecito, estar en boca de la gente, qué lástima, con el futuro que parecía que iba a tener cuando era un muchacho, y ahora, qué desgracia, las puertas que se le están cerrando, ahí lo tienes, que no hay manera de que consiga un trabajo, y a ver qué va a pasar cuando te empiece a meter en la casa a sus amigos, ya lo verás, vuestros vecinos os van a dar de lado, porque la gente no es tonta y para lo que está a la vista no hace falta anteojos, y cuando os lleve esa clase de gente, la escalera va a ser como un gallinero, y luego está el asunto de la policía, que como le cojan en una redada en uno de esos sitios asquerosos a donde va, pues supón la vergüenza que vamos a pasar todos, es que, desde luego, no me imagino a quién habrá salido, porque ya ves el primo Salva, que es un tío con todas las letras, y todos los demás primos ya casados y bien empleados, es que, desde luego, querida tía, eres digna de compasión". Aunque escuchabas el relato a través de la puerta, te ha sido posible notar que tu madre reprimía un sollozo. EJERCICIO Nº 4 Sé bueno y, en vez de vengarte, hazle un favor a tu prima Rosa. Recuerda a ese hermano de Javier. Javier es uno de los escasos amigos gays que tienes por ahora. De hecho, es el único con quien has podido congeniar en el bar de ambiente a donde vas a veces, porque además de discreto y presentable, te parece muy ingenioso. Cuando te habló de su hermano, pensaste que era una fabulación ideada con el único objetivo de hacerte reír. Ahora necesitas creer que lo que te dijo es verdad. El hermano de Javier, que se llama Juancho, es fetichista de la obesidad. Sólo se excita con mujeres que pesen de ochenta quilos en adelante y mejor si pasan de cien. Cuando te lo presenta Javier una vez que le has hablado de tu propósito, te llevas la sorpresa de que es tremendamente atractivo, un hombre que podría seducir a quien le apeteciera y que si se le ocurriera ir con su hermano al bar gay sería objeto de un acoso masivo y entusiasta. Conoces a tu prima y sabes lo remilgada que finje ser en lo tocante a las claves sociales. Por consiguiente, tienes que presentarte en su casa sin avisar. Llega con Juancho y explícale a Rosa que quieres que te haga el favor de presentárselo a su marido, porque Juancho necesita hacerle un encargo a llevar a cabo en la ciudad a donde viaja una vez por semana, muy fácil de realizar pero extremadamente importante para él, En el primer momento, tu prima Rosa mirará a Juancho con suspicacia, convencida de que se trata de uno de "esos" amigos tuyos. Pero, mientras, al hermano de Javier se le habrá puesto la líbido a cien admirándole las ubres de gigantescas dimensiones vacunas y los rollos de grasa que se adivinan bajo el vestido en su cintura: tanto la admirará, que tu prima recibirá sin remedio el mensaje de su deseo. Como habrás elegido cuidadosamente la hora, los niños estarán todos en el colegio y tu prima se encontrará sola en casa. Pídele que te disculpe un momento, porque tienes que hacer un recado ahí al lado, y sugiere que tienes que ir solo, por lo que debe permitirte dejarla en compañía de Juancho, con quien, después, tienes que realizar todavía un par de gestiones. Cuando vuelvas, tras haber demorado casi un hora, mucho te equivocas o tu prima presentará una expresión de excelsa beatitud. Aunque no modifique su opinión sobre ti, te estará tan agradecida que, al menos por un tiempo, no tendrá ganas de reincidir en el chismorreo. En los años de tu mardurez, lo de tu parentela te parecerá remoto e insignificante, pero por ahora no es ni lo uno ni lo otro. Mientras vivas con tus padres, no podrás prescindir de ellos y serán una espada de Damocles perpetuamente amenazante de tu paz familiar. Más tarde, al pasar los años, comprobarás que no todos eran tan desagradables y que había más de una excepción. Incluso puede ocurrir que seas capaz de mantener excelentes relaciones, e incluso amistades estrechas, con algunos de ellos. Pero eso será cuando el tiempo haya relegado a un segundo plano el prejuicio por tu condición y aflore, en cambio, lo que hayas hecho en tu vida, lo que hayas sido capaz de lograr. Ahora bien, esto ocurrirá sólo si llegas a estar un poco por encimade la media, sólo si encuentran una razón para admirarte. Por el momento, de ellos nada más que puedes esperar disgustos. NO SE LO DIGAS NI A TU PADRE Han pasado los meses y, como has comprobado que lograr un empleo estable puede llevarte años y tal vez no lo consigas nunca, has desarrollado la capacidad de sacar provecho de las menores oportunidades que se te presentan y comienzas a sentirte un poco vagabundo, trapichero y tunante. Hay días que te crees capaz de disputarle a un doberman el hueso que se disponer a roer. Entre chapuces ocasionales, reparto de correspondencia comercial, once horas de clases a la semana y un empleo de ayudante de camarero en un restaurante los domingos, logras sobrevivir y hasta descubres con alborozo que el saldo de tu libreta comienza a ser respetable. De modo que te estás planteando decirle a Carlos que ahora ya no sería tan arriesgado si decidiera venirse, que pronto podría dejar de ser un disparate considerar eso que tanto ansiais, vivir juntos. En su última carta, te hablaba del éxito de una exposición de acuarelas que ha colgado en un pub de Melilla, pero volvía a insistir en sus deseos de vivir cerca de ti y ampliar sus horizontes artísticos, que ahora ya sabes que podrían ser grandes, porque un cuadro que te envió te ha parecido muy bueno y no sólo a ti, ya que le has preguntado su opinión a un galerista que conoces del bar gay y te ha asegurado que Carlos tiene futuro. Enternecido por el recuerdo de sus palabras, echas mano de la carta para releerla y no la encuentras donde la habías dejado. Desde el primer momento sientes descomposición. Estás muy nervioso mientras miras una y otra vez entre los blocs y libros de texto que guardas en el cajón. Tras una afanosa búsqueda de diez o quince minutos, la encuentras doblada y embutida entre las páginas de un libro, tal como la habías dejado, pero estás absolutamente seguro de que no fue en ése sino en otro libro donde la encarpetaste, que así es como sueles archivar la correspondencia de Carlos. Además de la inquietud, y sin lugar todavía para el cabreo, te domina el asombro. Creías que tu madre no registraba jamás tus pertenencias y, gracias a la confianza en que suponías que se basaba tu convivencia familiar, no eres exageradamente hermético. Piensas que sería muy incómodo tener que estar obsesionado a cada paso con la necesidad de esconder y, desde luego, no te agradaría vivir de esa manera. De pronto, se te ocurre sospechar que, posiblemente, no es la primera vez que tu madre hurga en tus secretos y concluyes que, tal vez, te estás esforzando inútilmente por mantenerles a ella y a tu padre en una confortable ignorancia sin sobresaltos. Es probable que lo hubieran confirmado todo ya durante tu etapa de universitario, cuando te carteabas con aquel chico gallego, lo que, a pesar de los pesares, demostraría lo muy discretos y prudentes que tus padres son. Así que decides aparcar tu enfado por la intromisión y te preguntas por enésima vez si no sería conveniente afrontar el problema y hablar con ellos francamente. Hay etapas que esta pregunta se converte casi en una obsesión. Te viene a la memoria el caso del gay aquél, un ex emigrante llamado Antonio, que, gracias a los muchos países donde había residido, penado y gozado, era una persona de horizontes anchos y se encontraba por consiguiente libre de prejuicios, que en cualquiera que los poseyera le parecían una mezquindad. Era de los de "a mí, que me quiten lo bailao", y dado lo que había vivido, y padecido, no sentía la necesidad de dar cuentas a nadie ni pensaba que nadie tuviera que dárselas a él, especialmente en cuanto se relacionase con cuestiones tales como preferir dormir con Eddie Murphy aunque le ofrecieran hacerlo con Witney Houston. Vuelto de la emigración con un pequeño capital, se estableció en su ciudad de origen, donde instaló un negocio. Tuvo éxito. Un año más tarde, había contratado ya a cinco empleados y, tal como se presentaban las perspectivas, con el tiempo serían aun más. Al hacerse mayor la empresa, necesitaba colaboración para dirigirla y nada le pareció más lógico que el disparate de pedir ayuda a su hermana. Durante aquella etapa de crecimiento, en una ocasión que por una intervención quirúrgica sin importancia tuvo que pasar dos días en un hospital, coincidió con un futbolista del equipo local que se encontraba lesionado y que se llamaba Enrique. Un deportista que no podía pasar inadvertido con su metro ochenta y cuatro de músuculos magníficamente colocados cada uno en su sitio y que, por su carácter apacible y cordial, representó para Antonio como un puerto que hubiera estado buscando mucho tiempo en medio de la tempestad. Hubo flechazo e intimó con él en seguida. Luego, resultó que la lesión le había incapacitado para la práctica del fúbol y nada más consecuente que aprovechar el tirón de su popularidad empleándole en su empresa. No tuvo que transcurrir mucho tiempo para que la hermana comenzara a mostrarse celosa del futbolista, pues éste se volvió imprescindible y de hecho dirigía el negocio en ausencia del ex emigrante, pues los demás empleados, intuyendo el carácter del vínculo que había entre ellos, y extrayendo del dato las conclusiones oportunas, consultaban más al futbolista que a la hermana. Los celos de ésta se tradujeron en enemistad manifiesta hacia Enrique, al que comenzó a hacer objeto no sólo de reproches, sino incluso de insultos, aunque las crónicas no explican con claridad si estaba celosa de Enrique o de su hermano, pues había días que le daba un no sé qué en ya sabes tú dónde al rozarse con el futbolista al pasar junto a él en cierto estrecho pasillo del almacén del local. La situación se mantuvo de tal guisa durante meses, pues Enrique no habló a su jefe y amante de las ofensas, entre otras razones porque le traían al fresco. Pero un día que Antonio volvió antes de la hora que se le esperaba, sorprendió una discusión entre Enrique y su hermana. De hecho, sería más exacto hablar no de discusión, pues Enrique apenas decía nada, sino de retahíla de gritos e insultos por parte de ella, que no es que estuviera histérica, es que parecía la niña de "El exorcista". Sin perder un momento, la llevó aparte y le recriminó su actitud, a lo que ella respondió preguntando, como quien pide un compromiso de fidelidad filial, si iba a dedicar más consideraciones a un extraño como Enrique que a su propia hermana. Tras una corta vacilación, Antonio repuso que sí, aclarando que Enrique era mucho más importante para su corazón y cuanto hay más arriba y más abajo, pues era su compañero. El estupor de su hermana sorprendió a Antonio que, por no sentir la necesidad de disimular nada, creía que era patente su condición y la clase de relación que mantenía con Enrique. Así que tuvo que explicar a su hermana que era gay, que lo era desde siempre y que eso es lo que había, le conviniera o no. La hermana aseguró que comprendía. Propuso interrumpir su colaboración, puesto que el trabajo en la empresa constituía realmente una carga para ella por tener que descuidar las labores de su hogar, propuesta que Antonio, algo ingenuo e incapaz de ver nada oscuro en la actitud de su hermana, aceptó con naturalidad. A partir de entonces, la relación de los dos hermanos pareció normalizada y hasta más íntima que anteriormente, pues ella elogaba en ocasiones su sinceridad y su valentía por confesarse homosexual. Mas esa normalidad era sólo una apariencia que ocultaba lo que realmente se cocinaba en los intestinos de ella, que había pasado de pavonearse ante sus amistades por la originalidad, el mundanismo y el éxito de su hermano, a escamotearlo de las fiestas y neuniones que organizaba pero, eso sí, sin renunciar a meter toda la mano que podía en las cuentas de su negocio con el argumento de que se le debía su progreso por lo muy duramente que ella había trabajado, cosa que el hermano consentía a pesar de las advertencias estupefactas de Enrique. Antonio estaba libre de miserias, lo que le hacía ser tan magnánimo para los demás como lo era para consigo, pero no padecía ceguera ni tenía nublado el entendimiento. Desde la confidencia, había considerado conveniente no visitar a su hermana en compañía de Enrique, pero no estaba dispuesto a más concesiones. Y el caso fue que, poco a poco, y progresivamente, cuando iba a casa de su hermana tenía que escucharla mencionar a Enrique con extraordinario desdén. Dado que había decidido no dejarse afectar por tales comentarios, de los que simulaba no darse por enterado, continuó las visitas. Pero con el paso del tiempo fue revelándole cuán profundamente se encontraba afectada su hermana por el conocimiento de su condición, que había percibido no como un una cuestión privada y exclusiva de Antonio, sino como una agresión intolerable a su dignidad familiar, una herida insoportable en su orgullo y un ataque a la honra de su apellido. Una vez, habiéndose sentado Antonio en un sofá al lado de su sobrino adolescente, el marido de su hermana corrió a acomodarse entre ellos. A Antonio, la carrera presurosa y atropellada de su cuñado más que molestarle, le divirtió. Abundaban las insinuaciones, cuñas introducidas en la conversación del cariz de: "tú, que nunca tendrás descendencia" o "dada la vida que lleva la gente como tú" o "¿quién va a acordarse de tu cumpleaños?" o "habrá que ver lo que te habrá robado esa gente que metes en tu casa" o "vosotros, los de tu clase" o "¿no habrás cogido eso?, porque, con tantos colegas tuyos que se mueren...". En cierta ocasión, mientras estaban a la mesa un día que celebraban una comida familiar de cumpleaños, su sobrino, por confusión, fue a tomar agua del vaso de Antonio. Su hermana dio un salto y arrebató el vaso de la mano de su hijo con tanta violencia, que el cristal se rompió y se cortó la mano. El conocimiento de que Antonio era gay había trastornado por completo el afecto de su hermana, trasmutándolo en un sentimiento incómodo e inclasificable. Llovían las insinuaciones, las medias palabras y entre lluvia y chaparrón, algún trueno como "por favor, no te bañes en nuestra piscina", frase pronunciada con una mirada de significado indudable. Así que Antonio llegó a la conclusión de que la relación con su hermana y los suyos había dejado de ser posible y se vio obligado no sólo a interrumpir las visitas; hastiado e incapaz de soportar más la acometida permanente de tantas insinuaciones insidiosas y tantos velados insultos de palabra y obra, y no tan velados, rompió completamente la relación. Tú no deseas que te ocurra algo ni remotamente parecido. Bueno, piensas que jamás hubieras aguantado ni la centésima parte de lo que el ex emigrante soportó, porque al primer comentario insultante habrías puesto cruz y raya entre tu hermana y tú. Has oído hablar de gays que, antes que merendarse y resistir una situación parecida, mandarían a su hermana, a su hermano, a su padre y a su madre a freír espárragos a Corea del norte, pero tú crees encontrarte en un punto de equilibrio entre ambas posibilidades, ni el aguante paciente de un rosario de humillaciones ni el descarte total y definitivo de la familia. Y no por razones de conveniencia, porque has calculado que estás en condiciones de vivir modesta pero aceptablemente por tu cuenta, gracias a las cinco o seis pequeñas fuentes de ingresos que te has rebuscado, de modo que no es por las habichuelas, el bocadillo y la ropita limpia y planchada, sino porque crees por salubridad emocional, y no por interés, que tus padres son esenciales para ti. Cada vez que oyes hablar en el bar a cierto gay "liberado" de que se sinceró con sus padres, piensas que el chico no tenía ninguna necesidad de tomarse la molestia, porque si los padres no se habían dado cuenta sería porque eran ciegos y sordos. Te horroriza pensar que te pudiera ocurrir algo parecido al caso del ex emigrante, creer ingenuamente que la sinceridad es positiva y tener, sin embargo, que asistir después al envenamiento de una relación que se convierte en imposible. Estás seguro de que esto no podría ocurrir en tu caso, pues atribuyes a los tuyos unas condiciones morales más sólidas, pero no las tienes todas contigo. SITUACIÓN Nº 1 Llegas una noche a tu casa poco antes de la hora de la cena. Tu madre está sentada en su butaca, con el cesto de costura en el regazo. La televisión se encuentra encendida pero ella no la mira, sólo escucha. En el recorrido desde la puerta de entrada hasta el salón, oyes que el locutor del noticiario habla de la tesis que acaba de publicarse en los Estados Unidos, según la cual la homosexualidad tendría un origen genético que se demostraría por el subdesarrollo de cierta parte del cerebro en la zona del hipotálamo. Al acercarte, tu madre ha levantado los ojos hacia ti. Tiene la mirada húmeda y lees en ella la acongojada pregunta que no acaba de responderse a sí misma ni tú le aclaras. EJERCICIO Nº 1 Resiste de nuevo la tentación de abrazarla y confesárselo todo para poder consolaros mutuamente. Piensa si te ha ocurrido algo hoy en uno de tus innumerables puestos de trabajo, algo que pudiera hacerle sentirse orgullosa de ti. Si no ha habido nada real que te sirva, invéntalo. Extiéndete en todo aquello que supones le hace pavonarse en relación contigo. No directamente, sino mediante datos casuales y accesorios, recuérdale tu laboriosidad. Indirectamente también, hazle recordar que no consumes drogas y que trasnochas los justo, que piense por tus insinuaciones en el vecino del segundo que ha resultado ser un delincuente que mantiene a sus padres con el corazón en un puño, que acabe diciéndose para sus adentros que aunque al fin y a la postre seas gay, puede darse con un canto en los dientes a la vista de cómo está el panorama. No habrás resuelto su duda, pero tendrá mejor ánimo para engullir el trago que le toque mañana, pasado o el mes que viene. Recuerda que el conocimiento de carácter documental obtenido mediante tu confesión enfrentará a tus padres a interrogantes mucho más angustiosas que averiguar que eres gay. En cambio, aunque lleguen al convencimiento por sí, porque ya es casi obvio, mientras no lo reconozcas siempre tendrán el asidero de la duda. No les prives de ese asidero, nos les obligues a hacerse preguntas que no se harán mientras haya lugar para la incertidumbre, no les sitúes en el terreno farragoso de la búsqueda de respuestas y en el purgatorio del temor por tu suerte. Además, nadie te obliga a arriesgar su afecto que tanto necesitas, porque lo que le ocurrió al ex emigrante podría a fin de cuentas pasarte a ti, que tus padres o tus hermanos muestren una conformidad que no sienten en lo más profundo de su conciencia y, luego, acaben extenuados por el esfuerzo de entenderte, temerte, temer por ti y asimilar las claves con las que te mueves; tan extenuados, que aun sin confesárselo ni a sus propias conciencias, podrían llegar a desear perderte de vista. Y caes en la cuenta de la anédota que escuchaste sobre aquel gay, un reconocido artista, que, muertos sus padres a edad temprana, sólo tenía un hermano. El gay, de nombre Jesús, alcanzó gran éxito y su hermano, llamado Pepe, amasó una gran fortuna. Como vivían en ciudades diferentes, todos sus encuentros eran motivo de fiesta y, dado que Jesús iba adquiriendo notoriedad, a su hermano le gustaba organizar grandes cenas no sólo por homenajearle: también por exhibirle, a lo que él se prestaba gustoso, pues le quería muchísimo. Se trataba de verdaderos banquetes a los que llegaban a asistir hasta cerca de cuarenta personas y que celebraban en el jardín de una casa, casi una mansión, que el hermano de Jesús usaba sólo los fines de semana. Mas resultó que su cuñada, tan obsesionada como todas las matronas por casar a cuanto soltero, sobre todo hombres, se hallen a su alcance, en las cenas que le organizaba trataba siempre de sentar a Jesús junto a alguna candidata que le pareciera idónea, a la cual había cantado previamente las virtudes de su cuñado. Se afanó tanto en el empeño, que Jesús se veía obligado a dar el teléfono a señoritas que después le hacían perder muchísimo tiempo con sus llamadas y cuya insistencia le hacia salir de quicio, pues estorbaban su trabajo y en ocasiones malograban su inspiración. De modo que, a veces, cuando viajaba a la ciudad donde su hermano residía, Jesús se encontraba tratando de eludirle a pesar de lo mucho que deseaba abrazarle, con tal de librarse de los engorrosos compromisos a que lo exponía su cuñada. En varias ocasiones, se vio sometido a verdaderos acosos sexuales, sin salir de la casa de Pepe, cuando se levantaba para ir al baño o algo de ese estilo y descubría un minuto después que le seguía una de tantas solteras de mediana edad, poco agraciadas pero de buena familia y futuras herederas de grandes fortunas. Fueron tantas las pejigueras que, como Jesús deseaba no tener que dejar de frecuentar a su hermano, decidió participarle su condición. El comentario de Pepe fue que siempre lo había sospechado. A pesar de ello, su actitud cambió radicalmente. Menudearon los "tengo que meditar sobre junto a quién te pongo", "debo decidir si te presento a o no a aquel preboste", "ya me dirás lo que podría pensar fulano si lo tuyo se llegara a saber", "habría que ver la cara que pondría mengano, que es hermano de un obispo, si lo sospechara". Como cada frase era lo mismo que si le arañasen la piel, Jesús acabó distanciándose de su hermano para no acabar trocando en odio el amor que por él sentía. Pero aconteció lo más inesperado. No a diario, pero sí de vez en cuando, a Jesús le agradaba ir a una sauna gay y una noche, al entrar en el baño de vapor, se encontró de frente con su hermano Pepe, que ni siquiera le había anunciado que se encontraba de visita en la ciudad. Le acompañaba, muy amartelado, un mocito de verde luna y color de aceituna, un agitanado cantaor de flamenco al que había visto con un pequeño cuadro folclórico, amenizando varias de las cenas multitudinarias que tanto complacían a su cuñada. Deseas vivir en paz contigo y con tu entorno. Te parece un fastidio tener que fingir. Crees que la tranquilidad de tu futuro te va a exigir la confidencia con tus padres. De un lado, para ahorrarte el esfuerzo de ocultar determinadas cosas y, de otro, porque les respetas y les reconoces el derecho a saber. Sin embargo, por ahora no te han contado un solo caso de un gay que, tras sincerarse, sea tratado con la misma naturalidad que si hubiera confesado su vocación de estudiar arquitectura. Y tampoco sabes de ninguno cuyo novio sea tratado con la misma familiaridad que cualquier cuñada. Nadie te ha relatado jamás el caso de un gay cuya familia conozca su condición y, a pesar de ella, le ponga como ejemplo para sus sobrinos. Desearías descubrirlo, pero todavía nadie te ha hablado del caso de un gay cuyo compañero sea consultado en los consejos de familia ni, mucho menos, propuesto para presidir la mesa durante la celebración de la navidad. En cambio, sabes de muchos que jamás se han sinceridado y, no obstante, le toleran que se presente en las reuniones del clan cada vez con un amigo diferente. Para el común de la gente, que es la gente más común, lo más cómodo y llevadero es no enfrentarse al compromiso de saber. SITUACIÓN Nº 2 Vas por la calle con un chico que conoces del bar gay. No lo tratas mucho; de hecho, tal vez sea la primera vez que te lo encuentras fuera del bar. Es una persona muy divertida y te alegra tropezártelo; pero el chico gesticula muy exageradamente y, desde luego, suelta alguna plumita al andar. Bueno, más que una plumita, es que va dejando un reguero por donde vais tal que pasara un cargamento de gallinas. Incluso ha habido más de un viandante que se ha vuelto a mirarlo según has visto de reojo, y un obrero que está trabajando en una zanja le ha echado un piropo. Estás sonriendo porque tu amigo le ha gritado al albañil que "esta noche te espero resalado, pero, por si no te reconozco cuando te laves el cemento, lleva una flor en la mano", cuando de pronto se te congela la sonrisa. Tu padre se cruza con vosotros y, sin aspaviento, gira un poco el cuello para fingir que no te ha visto. Es tan inesperado el encuentro, que te recorre la espalda un escalofrío. Te detienes y le ves alejarse despaciosamente. No lo podrías asegurar, pero te da la impresión de que sus hombros se han hundido un poco más de lo habitual. A un par de metros de ti, da un traspiés al bajar la acera y sientes el impulso de lanzarte a ayudarle a recuperar el equilibrio. Lo más tentador es dejarle ir, engañarte con la idea de que, tal vez, no te ha visto. EJERCICIO Nº 2 Tranquilízate. Toma aire para recuperar el resuello y que tus palpitaciones vuelvan a su ritmo normal. Examina a tu amigo. Recuerda que es un tío ingeniosísimo, uno de los más divertidos que conoces, y que por lo tanto su inteligencia es más que estimable. Otórgale el respeto que, por consiguiente, debe de tenerse a sí mismo. Ve en pos de tu padre y abórdale. Preséntale a tu amigo. Importa poco que éste se contenga o no, que imposte la voz e imite la de Jesús Hermida o despliegue un tocado revisteril a lo Esperanza Roy, pues tu padre ya lo ha visto en su salsa, pero no te quepa dudas de que se "comportará". Invita a tu padre a un café y, durante diez o quince minutos, háblale con naturalidad de lo que has hecho esa mañana y de un proyecto que tienes sobre el que necesitas que te aconseje. A la media hora, cuando te despidas de tu padre, puede haber ocurrido una de estas dos cosas: que haya llegado a poner en duda que tu amigo sea de "esos" y tal vez se convenza de que la escena en que lo sorprendió prueba que es un cachondo, o que se vaya pensando que tiene un hijo muy valeroso que no se amilana por nada ni tiene nada que ocultar, sean como sean sus amigos. Eres libre para hacer la confidencia, pero no tienes por qué apresurarte. Oirás decir que se vive en mayor armonía con la familia cuando no te ves forzado al disimulo, cuando las cosas están muy claras y no te sientes ni culpable de engaño ni expuesto a que te descubran en el momento más inesperado, que siempre resulta ser el más inoportuno. A pesar de ese argumento, has oído hablar de muchos gays que pusieron las cartas boca arriba ante su familia y, tras encajar la noticia, sus padres únicamente no les han echado de casa. Les dijeron que muy bien, que ya son mayores y pueden hacer con su vida lo que deseen, que les comprenden, pero que no se les ocurra aparecer de visita con gente "de ésa". Hay madres que después de la confesión emprenden una santa cruzada en busca del grial que "cure" a su niño de su alma; las hay que inician una investigación que ríete de la CIA, porque, sin desalentarse a pesar de recibir durante años negativas de médicos, psiquiatras, charlatanes, filósofos, hospitales, clínicas milagrosas, curanderos y santones, tales progenitoras son capaces de entramparse hasta las cejas a fin de iniciar una peregrinación por el Tibet en busca de un monje fakir del que le ha llegado el dato de que "cura la homosexualidad". Y se dispone de datos fiables de amantísimas y desconsoladas madres que han empeñado hasta las bragas para costearse un viaje a Brasil con objeto de participar en sesiones de macumba y umbanda, porque alguien las convenció de que la diosa Imanjá reverdece hasta las virilidades más descafeinadas. Y, sobre todo, abundan los padres que a renglón seguido de la confidencia, y tras el amoroso abrazo aparentemente absolutorio, se encierran en un "tú haz lo que quieras, pero que yo no me entere". De modo que no siempre, y ni siquiera la mayoría de las veces, confesar tu condición sirve para lo que creías. El gay que tras un doloroso esfuerzo decide participar su condición a su familia, se topa frecuentemente con que no sólo no ha resuelto nada, sino que ha empeorado su situación, ya que al convertir en certeza la sospecha, se encuentra sometido a una enorme cantidad de limitaciones, que antes no tenía a pesar de que sus padres lo sospechasen, y a la imposición de un reglamento familiar tan restrictivo, que pasa luego el resto de su vida arrepentido de haberlo hecho. Y, además, recuerdas el caso del gay aquél, llamado Ignacio. Tenía una hermana mayor que era la personificación del mito de la santa matrona. Felicísimamente casada, había parido casi un equipo de baloncesto; cinco hijos varones por los que se dejó la piel para criarlos y por los que hubiera dado la vida. A lo largo de los años en que los chicos crecieron y se hicieron hombres, Ignacio se encontraba un poco distanciado de su hermana, no sólo porque viviera en otra ciudad, sino también porque soslayaba las visitas, ya que no quería exponerse a un desaire, o algo peor, por parte de su cuñado en defensa de la integridad masculina de su prole, ya que éste le había dedicado, durante los primeros tiempos tras el matrimonio con su hermana, algunas frases preñadas de suspicacia y muy reveladoras de su desagrado por la sospecha. Por prudencia y para evitar sufrir las previsibles afrentas del cuñado y su consecuente impulso de reaccionar desagradablemente, Ignacio se escamoteó del trato con su hermana durante más de veinte años. El cuñado murió a edad temprana. La hermana, viuda realativamente joven y con todos sus hijos adultos y varios de ellos casados, descubrió que había vivido para los demás y nunca para ella, que había experimentado la existencia de los otros y jamás la suya y que se había divertido poco y disfrutado menos. Así que, pasado un tiempo razonable, decidió recuperar lo que pudiera del tiempo perdido. Llamó a Ignacio y le pidió que le buscase un hotel no muy caro y cercano a su casa, ya que deseaba visitar la ciudad, que no conocía. Tras una corta vacilación, Ignacio le dijo que de ningún modo iba a buscarle un hotel, ya que donde tenía que residir durante la visita era en su apartamento. Así lo acordaron. Pero, al momento de colgar el teléfono, Ignacio sintió gran preocupación y, sin quererlo, resucitó sus emociones y dudas de veinte años atrás. Vivía placenteramente emparejado con un arquitecto y su hermana tendría que ser no ya miope, sino ciega, para no darse cuenta del carácter de su vínculo. Mas, a fin de cuentas, Ignacio no estaba dispuesto a dejarse condicionar por la visita ni, mucho menos, a pedirle a su pareja un cambio circunstancial de domicilio. No obstante, Ignacio vivió la espera de la llegada de su hermana con mucha tensión. A causa de que la ciudad era considerablemente mayor que aquella donde su hermana residía, dedujo que ella se interesaría por los espectáculos y obras de teatro a los que no solía tener acceso. Compró entradas para siete noches y preparó un programa de cortos viajes a las históricas villas y ciudades de las proximidades, visitas a museos y galerías de arte, recorridos por los parques y monumentos y salidas al teatro y salas de fiesta; un programa de intensidad agotadora y sin apenas pausa, no sólo por conjurar el tenue, pero acongojante, resquemor que sentía ante la expectativa del inevitable descubrimiento de su hermana, sino, también, porque a causa de las prisas por llegar a tiempo a todos los sitios no tendría tiempo de pensar en él. Ocurrió, sin embargo, que, el segundo día, la hermana, con absoluta naturalidad y sin la menor malicia, preguntó a Ignacio si era feliz junto a su amigo y cuántos años llevaban juntos. No hubo necesidad de confidencia alguna, para la que no había lugar y que, a los dos, les hubiera parecido una tontería inmensa y, para colmo, la hermana y el arquitecto congeniaron tanto, que en ocasiones Ignacio llegó a sentir celos de ambos. La visita resultó de lo más divertida y la hermana estuvo durante meses relatándoles con indudable orgullo a sus hijos, nueras y nietos lo maravillosamente que lo había pasado con su hermano. Nadie puede afirmar con certeza absoluta, ni con datos fiables en la mano, que la confidencia a los padrres y hermanos sea inevitable para los gays y el único medio de conseguir la convivencia en paz. A fin de cuentas, el sofoco que tendrías que pasar al confesar tu condición de gay no aprovecharía a nadie y, en la abrumadora mayoría de los casos, no sería una novedad para tus padres. CÓMO DEFENDERTE DE TUS CONGÉNERES; SOBRE TODO SI SON AMIGOS ÍNTIMOS Ya estás en el mundo. Hace tiempo que decidiste que tu condición de gay no te limitase la vida, y tampoco las relaciones sociales. Crees con razón que una biografía no puede ser equilibrada si transcurre en un gueto, y cultivas tus amistades independientemente de sus inclinaciones; de hecho, ni siquiera has llegado todavía al morbo de querer averiguar de todo el mundo si lo es o no lo es. Pero, inevitablemente, tienes un extenso círculo de amigos gays porque te sientes más cómodo con ellos, porque te serena la libertad con que te comunicas, porque no es tan trabajoso explicarles ciertos asuntos y... porque te da la gana. Estás muy relajado. Te crees bajo el amparo de un nuevo clan, un clan de otra naturaleza que el familiar, pero más genuíno porque esta nueva "parentela" se ha formado sobre la base no de intereses, sino de impulsos de solidaridad y rasgos de generosidad y desprendimiento. Pues, amigo, aunque no lo creas, ahora tienes que ser más prudente y astuto que nunca. Recuerda el caso del gay recién llegado a una nueva ciudad. Se llamaba Ricardo. Ejercía una profesión liberal que le proporcionaba cierto desahogo económico y que había sido la causa de su traslado, pues pretendía encontrar un horizonte más amplio. Nada más llegar, entró en contacto con un numeroso grupo de amigos gracias a la presentación de un gay de su ciudad de origen. El grupo le pareció fascinante. Lo formaban dos actores que, en el pasado, habían disfrutado de cierto renombre; un director de cine que, treinta años atrás, había tenido gran éxito con una película que todavía se recuerda; tres médicos de la Seguridad Social a punto de jubilación y sus respectivos amantes, antaño chulos, hoy ajados y respetables señores; un productor de televisión que había dado la campanada dos años atrás con un reality show, el cual fue sacado de programación hace tiempo por agotamiento del tema; un cantante peruano de tangos argentinos; un aspirante a guionista de cine; y, por último, un novelista que llevaba ocho años viviendo de las modestas rentas de su único libro publicado. Esa novela, que leyó casi recién editada, Ricardo la encontró magnífica. Cuando supo que el novelista, llamado Francisco, era autor de aquel libro que tanto le había gustado, se emocionó. Le pareció un honor conocerle y Francisco, halagado, oyó con placer sus alabanzas. Francisco era natural de una aldea situada a poco menos de doscientos quilómetros. Cuando el dato surgió en la conversación, Ricardo le comentó que sería interesante visitar ese lugar, tras lo que el novelista preguntó por qué no el siguiente fin de semana. Fueron allá en el coche de Ricardo. Por sugerencia del autor, se alojaron en un castillo cercano, reconstruído como magnífico hotel, "porque la pensión del pueblo es una horterada". Pasaron dos días muy amenos. El lugar era interesante y también los alrededores, donde abundaban hermosas ermitas románicas y agrestes paisajes de belleza extraordinaria. El regreso en coche también fue muy agradable. Mas al parar a repostar combustible, Ricardo cayó en la cuenta de que había pagado la gasolina a la ida, todas las comidas, la minuta más que considerable del hotel y que tampoco en esa ocasión presentaba Francisco la más leve señal de pretender pagar la gasolina. Los días que siguieron, Ricardo se preguntó con insistencia si Francisco no habría pensado que intentaba conquistarle, suposición que hubiera sido absurda y, de confirmarse, le parecería surrealista, dado que el autor era veinticinco años más viejo que él y tenía menos morbo que un eunuco septuagenario. Francisco no le atraía más que como interlocutor y, de cualquier modo, el novelista no había realizado ningún intento ni aun durante los viajes en el coche, cuando tan fácil es dejar escapar la mano como por accidente o, al contrario, dejar la rodilla al alcance del roce casual de la mano del conductor durante un cambio de marcha. Ricardo acoquinó como un valiente y continuó acoquinando y metido a chófer uno o dos fines de semanas de cada mes durante años, porque Francisco le llamaba con cualquier pretexto y, al final, siempre le dejaba caer un "¿cuando nos damos un garbeo por allí?". Ricardo pagaba con gusto y sin protesta, porque tenía en gran estima la "amistad" de Francisco. Sólo empezó a enfriarse su entusiasmo por la relación después de tres años de negativas de Francisco a dejarle cualquier objeto que le pidiera prestado o a proporcionarle cualquier ayuda que necesitara; despues de tres años de comprobaciones de que Francisco no sólo no se brindaba jamás a allanarle un camino, sino que se los dificultaba; después de tres años de asistir más perplejo que enfadado a su exigencia tácita de recibir pleitesía. A los tres años, Ricardo recuperó el sentido y mandó a Francisco a la gran puñeta. Por increíble que te parezca, tendrás que pagar tributo a cada nueva amistad, ya se trate de individuos o de grupos. No te creas que es una característica exclusiva del ambiente gay, pues hablamos de algo inserto en la condición humana, que se da en todos los ambientes y que viene a ser un remanente de aquellos sacrificios iniciáticos que se veían obligados a realizar los adolescentes de la antigüedad. Pero sí se da con mayor frecuencia entre los gays, porque la mayoría ha pasado por las mismas y peores, casi siempre con el resultado de lesiones y cicatrices permanentes que escuecen toda la vida, y, una vez instalados en el estamento de los expertos, en el conciliábulo de los que están de vuelta de todo, tienen casi siempre la tentación de desquitarse. Y lo hacen. No lo sabes tú bien cuánto. Hay quien se desquita llevándose al catre hasta al lucero del alba para hacerle presentar su examen de ingreso, como hay quien, solamente, le da una zancallidita a tu fama ante un tercero al que te acaba de presentar, tras lo cual se da por satisfecho. Hay quien se desquita invitándose a cenar en tu apartamento tres noches de cada semana, como hay quien, únicamente, te pide un préstamo económico del que se "olvida" para los restos. Hay quien para desquitarse contigo de lo que tú no fuiste responsable te presiona para que te comprometas en su quimérico proyecto de montar un musical con patinadores del parque, para el que te obligas a hipotecar la viña manchega que heredaste, y hay quien sólo te exige una invitación para ver lo último de Nacho Duato. Comprobarás en todo caso que si te integras en un grupo ya formado, tratándose de gente más o menos madura y veterana que lleva mucho tiempo frecuentándose, tú serás para siempre jamás un perpetuo advenedizo que nunca terminará de integrarse, así pases años y años con ellos. Tontería que te guardarás de cometer. SITUACIÓN Nº 1 Por fin, has asumido tu parte de riesgo y has alentado a Carlos para que se mude de Melilla a tu ciudad. Todavía no podéis permitiros vivir juntos, aunque todo se andará. De momento, ha alquilado una habitación que te ha llevado casi dos meses encontrar. El cuarto, que forma parte de un piso situado en el barrio antiguo y donde habita un maduro matrimonio zamorano que lo realquila por piezas, no es demasiado grande, pero dispone de una terraza acristalada que es un más que aceptable estudio provisional de pintura, donde Carlos podrá continuar dedicado a la creación de los once cuadros que le faltan de esa exposición de treinta para la que, hace dos meses, conseguiste comprometer a una galería modesta pero no cutre. Habéis acordado que pasarás a recogerle a las ocho de la tarde, porque vas a llevarle al café donde te reunes con tus amigos, a quienes deseas presentárselo. Cuando llegas, observas que Carlos, impaciente, se encuentra esperándote ya ante el portal. Mientras te acercas, das gracias al Olimpo en pleno por tu fortuna, porque, en el tiempo transcurrido desde que os licenciasteis, su atractivo ha crecido de un modo asombroso, aunque ya estaba como un tren cuando os enamorasteis en el cuartel. Sin saber muy bien por qué, o acaso sí, piensas en el chico de Amistades Peligrosas, en Ray Liotta, en José Coronado y en Manuel Bandera. Convencido de la importancia de la ocasión, Carlos ha cuidado minuciosamente su atuendo. Y, aunque no haya sido su propósito, parece que se haya vestido para provocar hasta al casto José. Por lo que has visto en varias ocasiones semejantes, intuyes que tus amigos del café se van a poner a cien. Has asistido a los revuelos que arman cada vez que les presentan a un recién llegado, has observado las colectivas caídas de ojos y los intentos, en ocasiones afortunados, de enemistar a la "novedad" con el novio que le ha llevado. EJERCICIO Nº 1 Tienes el impulso de decirle a Carlos que vuelva a subir y se vista de otro modo. Que agrise su atractivo para no obligarte a sentir que te arriesgas a perderle. Pero Carlos no es un zoquete, pues de otro modo no te hubieras enamorado de él, y va a pensar que le respetas poco si supones que él va a caer en la trampa de seducción del primero que le halague. No puedes insultarle así. Y la cuestión es que tienes una piedra en la boca del estómago que pesa un tonelada, porque, de pronto, has caído en la cuenta de que tu amigo acaba de romper el cascarón al abandonar la edénica inocencia de una ciudad provinciana y, desde ahora, tendrá abiertas todas las posibilidades. Los peores no son los que frecuentas en el café. Conoces de lejos a algunos que son capaces de apuñalarte no ya para sustituírte como novio, sino sólo para darle un gusto al cuerpo. Pueden intentar destruir una relación sólida y antigua por un revolcón tan sólo. Sabes de otros cuyo afán de novedad es tan compulsivo, que no necesitan siquiera que el recién llegado sea tan apetecible como Carlos. Se llevan por delante lo que sea y muchas veces con el único objetivo de marcarse el farol después con sus "leales" confidentes, hablándoles de los detalles y los tamaños. Por último, a pesar de tu juventud has asistido ya muchas veces, durante las reuniones en el café, al pase por debajo de la mesa de mensajes escritos en servilletas y billetes de mil duros enrollados con citas anotadas; "dentro de una hora, a las ocho y media, en la puerta de correos", para la misma tarde, nunca para el día siguiente, porque esta clase de urgencias no suele admitir espera. Pues bien. No comuniques a Carlos tu miedo ni le hables de cuanto te ha venido a la memoria mientras le miras y admiras y te recreas anticipando los años que vas a pasar a su lado. Simplemente, dile que la cita ha sido postergada para dentro de tres o cuatro semanas y proponle ir al cine a ver la última de Antonio Banderas. Necesitas tener amigos gays. No por frivolidad o por devaneo, sino porque es indispensable para tu salud mental la comunicación en plano de igualdad. Si las buscas, encontrarás magníficas personas entre los gays. Abundan mucho más de lo que pueda parecerte bajo la primera impresión, ya que es un tópico demostrado por los hechos que, por regla general, el gay posee una sensibilidad superior a la media; la dificultad es que cuanto más sensible, culto y válido sea, más alta será su categoría personal, mayor será su compromiso social, más importante será su rango profesional y... por buen gusto tanto como por razones prácticas, menos se manifestará y más discreto será. De modo que entre los gays que identificas a primera vista te costará más encontrar aquellos amigos que necesitas y procuras. Tanto si te encuentras desparejado como si tienes un compañero, es indispensable el apoyo de un grupo que te entienda y que, para ayudarte a resolver una dificultad, no tenga que enfrentarse a la resolución de un enigma, que es lo que le ocurriría a cualquier relacionado que no sea gay tanto si conoce tu condición como si no. Pero debes ser cauto, según lo que le pasó a aquel amigo tuyo llamado Jorge. Durante unas vacaciones en una villa turística de la costa mediterránea, conoció a un miembro de la pequeña gran sociedad local, un dentista a cuya consulta tuvo que acudir de urgencia; no fue necesario más que un cruce de miradas para comprender que era gay, aunque, eso sí, muy discreto, pues, qué iba a hacer, si en aquel pueblo bastaba una pelusa de pluma para que se hiciera el vacío en torno a un profesional de sus características. Surgió la amistad y Jorge tuvo unas vacaciones mucho más interesantes de lo calculado, ya que el dentista, llamado Jose, sin acento, le introdujo en los cenáculos más excluyentes de la sociedad gay vacacionista, que tenía en aquel lugar una de sus mecas. Durante el invierno siguiente, recibió la visita del dentista, quien tuvo que desplazarse a la ciudad donde Jorge residía. Igual que cualquier gay de provincias, en cuanto Jose se encontró en la gran ciudad exigió ser llevado a los centros del ligue y a toda esa clase de lugares a donde, habitualmente, no tenía oportunidad de ir. En uno de ellos, y nada más llegar, Jose le echó el ojo a un sujeto muy atractivo que, en cuanto lo abordó, le dijo "cinco mil pesetas" con acento eslavo. Jorge cedió su apartamento para el encuentro entre Jose y el búlgaro. Hasta se vio luego en la obligación no sólo de poner orden en el caos que le habían dejado en su vivienda, sino de reponer parte de la cristalería. Pero ocurrió que cuando Jose volvió a su cálida playa, el teléfono de Jorge comenzó a sonar insistentemente con impacientes exigencias de que saliera en busca del búlgaro. Según le suplicaba Jose, debía encandilar al inmigrante con una descripción magnificada de las doradas mieles que podría encontrar junto al dentista, si aceptaba marcharse al pueblo "aunque no sea más que una semanita, que es que se me abren las carnes cuando pienso en mi búlgaro y en aquella cosa, bueno, es que hasta sudores me dan, cuando no me dan picores, por favor, hombre, no seas antipático, que no te cuesta ningún trabajo, que total, si el bar aquél está a un paso de tu casa". Jorge se resistió, pues no frecuentaba los bares de prostitutos, pero acabó rindiéndose al acoso. Necesitó salir nueve noches antes de dar en el búlgaro. No había tenido oportunidad de cruzar palabra con él el día que le prestara el apartamento a Jose, y ahora descubrió que, aparte de "cinco mil pesetas", sólo sabía decir "quiero comer". Tuvo que preguntar al camarero, quien le presentó a un paisano del tal que hablaba aceptablemente español, a quien ofreció mil pesetas para que le sirviera de intérprete. Cuando le fue transmitido al otro la propuesta de viaje, y tras mediar lo que pareció una disputa en la extraña lengua, el interprete le dijo a Jorge que Jose no había querido pagarle a su adorado búlgaro las cinco mil acordadas, sino tres mil tan sólo, y que no viajaría así le prometiera un permiso de residencia legal. Mientras el intérprete transmitía el recado, el otro llamaba la atención de Jorge sobre el reloj que llevaba, un Festina de acero y oro, y sobre su cazadora de punto y ante y sus kelmes de media caña, como queriendo hacerle notar que también entre los prostitutos hay categorías. Tuvo que comunicar al dentista la negativa, aunque por discreción y por no molestar, que los hay más pacientes que el santo Job, omitió cualquier referencia a su soberano cabreo por la arriesgadísima cicatería, pues Jorge comprendía el peligro cierto que habían corrido la noche de autos sus pertenencias en el apartamento. Entre tanto, durante su visita a la ciudad Jose había sido presentado a casi todos los amigos gays de Jorge. A todos ellos se ofreció como cicerone y mentor cuando decidieran tomarse unas vacaciones en su pueblo. Muchos lo hicieron y a todos informó el dentista de lo miserable que era Jorge como persona; que era más rastrero que una sabandija; que, a pesar de haber sido presentado por él hasta a un conde, no sólo se había negado a hacerle un favorcillo de nada, sino que había llegado al desparpajo de quitarle un novio búlgaro al que quería una barbaridad. Entre los gays, las relaciones son tan inclasificables como puedan serlo para todo el género humano. No hay que caer en la pedantería de pensar que se puede establecer baremos uniformes. Pero, sin duda, encontrarás entre tus nuevos amigos, los recientes y los antiguos, una serie de claves que son más frecuentes en el ambiente gay. Una, que te revolverá las tripas casi todos los días, sobre todo si tienes muchos amigos gays de la vieja escuela, es la afición por los chismes. SITUACIÓN Nº 2 Antes de la llegada de Carlos, cuando todavía juzgabas algo remota la posibilidad de que se mudara de ciudad, le hacías confidencias sobre él a uno de tus amigos del café. Nada demasiado privado. No acostumbras a ser indiscreto y mucho menos ibas a serlo en relación con Carlos. Al amigo en cuestión le hablabas sólo de los comienzos y, por su encanto, se te ocurrió narrarle aquella escena en las duchas colectivas del cuartel, cuando Carlos y tú os hablasteis sin palabras, con vuestos cuerpos. Vas en busca de Carlos. No te espera a la puerta de su domicilio tal como acostumbra, y tienes que subir los cuatro pisos de escaleras, ya que el edificio, aunque rehabilitado, no dispone de ascensor. Cuando su patrona le avisa, te pones alerta porque Carlos se te acerca con una expresión muy seria. Bajáis en silencio. Cuando alcanzáis la calle, Carlos te recrimina que hayas sido tan indiscreto. El amigo aquél, tu antiguo confidente, le ha preguntado si es verdad que tiene tanta "grandeza" como tú aseguras, porque él tendría que verlo para creerlo; que si es cierto que es tan instantáneamente ardoroso, pues afirma que tú le dijiste que se excitó con sólo mirarte, y con el físico que tiene, podría dedicarse al porno gay, que le han dicho que en Barcelona hay una productora que paga muy bien. Carlos está sinceramente contrariado. EJERCICIO Nº 2 A Carlos no le vas a convencer fácilmente de la capacidad de fabulación de tu "amigo", pues su invención se basa en unos escasos datos ciertos que tú le confiaste. No protestes de tu inocencia. No pretendas hacerle ver que se trata de un intento de enemistaros. Aguarda, porque dentro de una hora y media tenéis una cita en el café y, como es inevitable, vais a toparos con el chismoso. En efecto. Lleváis casi una hora de tertulia, durante la que Carlos continúa de morros, cuando le ves entrar. Se acerca muy sonriente al grupo y, como para acabar de demostrarte sus intenciones, os somete a Carlos y a ti a un examen, explorando el efecto que su comentario haya podido tener en vuestra relación. Entre tanto, y mientras esperabas encontrártelo, has realizado un esfuerzo desesperado por recordar sus circunstancias. Levántate y lleva al chismoso a un aparte. Notarás que Carlos te observa, ahora preocupado por la posibilidad de que te enzarces en una trifulca, como si dos perros se disputasen un hueso. Compón una expresión serena, relajada y sonriente que le tranquilice al respecto, y dile al chismoso que has decidido presentarte en su casa vestido de Paco Clavel a dialogar largo y tendido con su padre, el coronel de la Legión... a menos que hable con Carlos y le aclare que se lo ha inventado todo y que ni siquiera cree que haya en Barcelona una productora de porno gay. Vas a tener que acostumbrarte a esa clase de maltentendidos ocasionados intencionadamente. Son malentendidos basados en chismes con los que a veces se busca un beneficio, el de la eliminación de quien estorba al chismoso para llegar a quien le apetece conquistar. Con tal pretensión, asistirás a la elaboración de las mentiras más complicadas y refinadas que consigas imaginar. Pero también podrás conocer casos en los que el chismoso no obtiene nada, sólo el placer de envenenar una relación armónica y placentera que le molesta nada más que por el hecho de existir. Recuerdas lo que te contó un periodista, con quien tuviste un ligue pasajero antes de irte a la mili, que se llamaba Alfonso. Tenía Alfonso un amigo muy querido, cantaor aficionado de flamenco, arte por el cual ambos compartían la pasión. El cantaor, llamado Curro, no era gay. Cuando se conocieron, andaba Alfonso inmerso en un trabajo de investigación sobre la historia del flamenco, sus palos y sus intérpretes, con objeto, en primer lugar, de escribir una serie de artículos para una conocida revista y, más tarde, un libro.