jueves, 17 de marzo de 2011

CÁTAROS La libertad aniquilada

Prefacio
El paso del tiempo no hace más que aumentar la fascinación que ejercen los cátaros sobre nuestras mentes descreídas y escépticas. Hasta no hace mucho tiempo, y principalmente durante el siglo XIX, esa fascinación se basaba en el misterio que envolvía a un supuesto tesoro escondido cuyo valor se creía fabuloso, opulento, desmesurado, aunque había también quien le atribuía importancia meramente simbólica pero de una naturaleza tal, que haría no sólo tambalear los cimientos de la doctrina cristiana, sino que anularía de raíz sus fundamentos dogmáticos.
Creencia esta última basada en peripecias reales sumamente desconcertantes y rodeadas de sombras muy espesas, nunca despejadas por quienes debieran hacerlo en defensa de sus intereses pastorales. Tal es el caso del estrafalario cura Berenguer Saunière, quien habría encontrado importantes documentos cátaros durante unas obras en su pequeña parroquia de Rennes-le-Château, ocultos en un pilar del altar mayor, con los que se afirma que pudo extorsionar a la Iglesia romana durante el resto de su vida. Hasta el día del hallazgo Saunière era un presbítero tan pobre, que se veía obligado a pescar y cazar por los alrededores de su pueblo para poder comer modestamente. De que había extraños manuscritos en ese pilar no cabe ninguna duda, porque todavía en 1958 sobrevivían dos de los albañiles que fueron testigos del descubrimiento. Según los hechos objetivos, es incuestionable que, a continuación de tales obras, Berenguer Saunière amasó una fortuna impresionante, cuyo origen se ignora y nadie ha conseguido explicarlo de manera satisfactoria; fortuna que le permitió convertir su parroquia en uno de los más risibles monumentos al mal gusto de cuantos abundan por el mundo. Consagrada la iglesia a María Magdalena, su pila bautismal se sostiene sobre una monstruosa figura de Satanás y en el sardinel de la entrada hizo tallar Saunière la leyenda “Terribilis est locus iste” (Este lugar es terrible).
Cualquier autoridad religiosa que sea preguntada por la fortuna, los dispendios para organizar fiestas cortesanas supuestamente “culturales”, las grotescas locuras decorativas y, sobre todo, el desconcertante consentimiento eclesiástico y la tolerancia jerárquica ante las extravagancias de este sacerdote decimonónico, escurrirá el bulto de un modo vergonzante.
En la actualidad, y cuanto más riguroso va siendo el trabajo de los historiadores que investigan el fenómeno cátaro, nuestra fascinación por los llamados “hombres buenos” ha ido derivando del brillo de un oro improbable hacia el fulgor de conductas muy difíciles de comprender, que sin dejar de conmover los sentimientos e inclinarnos casi al llanto, nos causan más perplejidad que admiración.
Sencillos, ascéticos y pobres de solemnidad, concitaron lealtades tan inquebrantables que, contempladas a la distancia de ocho siglos, resultan conmovedoras cuando uno supera el pasmo y la incredulidad.
Los cátaros y quienes les amaban de manera heroica resistieron cien años frente a los poderes más despiadados y avasalladores de su época. No eran muchos, vivían con austeridad espartana, no amontonaban riquezas ni disponían de ejército, pero convulsionaron de tal modo el mundo de los siglos XII y XIII, que se alzaron contra ellos todas las tempestades y demonios del miedo y el terror. Los persiguieron, vituperaron, quemaron y masacraron, e inventaron las perversiones más inconcebibles para justificar la seña con que los persiguieron. Para ellos se abrió la caja de Pandora que representó la crudelísima frase “matadlos a todos, que Dios reconocerá a los suyos”. En su contra, alcanzó la canonización Domingo de Guzmán con su Orden de Predicadores (dominicos). Contra ellos se celebraron concilios y se organizó la única cruzada que tuvo a Europa por escenario, y para exterminarlos inventó la Iglesia romana la Inquisición.
¿En qué consistía la fuerza verdadera de los cátaros?
¿Por qué les amaron tanto sus amigos?
¿Por qué inspiraban tanto pánico a sus enemigos?





CRONOLOGÍA DEL DRAMA CÁTARO

1000 – Desde hace medio siglo y procedentes de Bulgaria, los bogomilos van extendiendo su nuevo credo por las costas de Bizancio. Primero Bulgaria, donde predicó el monje disidente Bogomil, pero ese credo fue siendo abrazado en Servia como el Albania, en Croacia como en Bosnia, país este último donde llegó a convertirse en una especie de religión de estado.

1004 – Un campesino de Champaña, llamado Lautard, abandona a su mujer e hijos, hace voto de austeridad y castidad, y se lanza a predicar por la región su visión filosófica, contraria a los fastos y degeneración de la Iglesia de Roma. Por toda Europa se producen hechos semejantes a la luz de las nuevas inquietudes nacientes.

1030 - Varios canónigos de la Santa Cruz, de Orleáns, son quemados vivos acusados de herejía por su denuncia contra los corruptos poderes eclesiásticos, por orden del rey franco Roberto el Piadoso.

1073 – Durante el pontificado de Gregorio VII, se produce la reforma que nos dotó del calendario actual y que puso en marcha la respuesta armada de la Iglesia de Roma contra quienes cuestionaban sus doctrinas, estilo de vida y métodos. Las disidencias, que denominan “herejías”, comienzan a ser perseguidas de manera oficial y sistemática.

1100 – Es quemado vivo un bogomilo en una hoguera de Constantinopla.

1101 – Anticipándose casi un siglo a Francisco de Asís y Domingo de Guzmán, Roberto de Abrissel sale a predicar el amor y la sencillez preferentemente entre los marginados; sobre tales supuestos, creó la Orden de Fontevrault.

1112 – Con dificultades, el conde de Barcelona, Ramón Berenguer III, mantiene la soberanía sobre Carcasona y Beziers.

1114 – Queman a dos campesinos herejes en Soissonais.

1115 – Comienza una década de quemas constantes en Tolosa.

1120 – Comienza un lustro de predicaciones de Pedro de Bruis desde el Ródano a Occitania.

1131 – Muere Ramón Berenguer III y le sucede Ramón Berenguer IV.

1135 – Durante una década, predicaciones contra los herejes en el condado de Tolosa. Gran pira en Lieja, con la quema de numerosos herejes.

1137 – Es coronado rey de los francos Luis VII. Ramón Berenguer IV es nombrado príncipe aragonés al casarse con la hija del Ramiro II de Aragón.

1143 – Gran pira multitudinaria en Colonia.

1144 – Nuevas piras en Lieja.

1145 – Bernardo de Claravall comienza sus predicaciones anticátaras por Albi y Tolosa.

1148 – Raimundo V, coronado conde de Tolosa.

1149 – Ramón Berenguer IV reconquista Lérida.

1150 – Bajo el liderazgo de Arnau de Brescia, alzamiento en Roma contra el papado.

1159 – Rolando Bardinelli es coronado papa como Alejandro III.

1162 – Coronado Rey de Aragón Alfonso el Casto.

1163 – Gran pira multitudinaria en Colonia. El obispo Ekbert de Shönau usa quizá por primera vez la palabra “cátaro”. Posible origen alemán por “adorador de gatos”, en lugar del más difundido “puro”, supuestamente del griego.

1167 – El obispo y sapientísimo bogomilo Niketas organiza las primeras iglesias cátaras del occidente europeo. Primer concilio cátaro en San Felix de Lauragues.

1180 – Felipe Augusto, coronado rey de los francos.

1181 – Coronado papa Lucio III. Expedición anticátara del cardenal Enrique de Marcy. Primer asedio de Lavaur. El obispo cátaro de Tolosa abjura de su fe.

1184 – Concilio de Verona, el papa Lucio III ordena la primera Inquisición contra los cátaros.

1194 – Raimundo VI, coronado conde de Tolosa. Personaje fundamental del catarismo y sus dramas.

1196 – Coronado rey de Aragón Pedro II el Católico. Personaje esencial del catarismo y sus dramas.

1198 – Giacomo Lotario es coronado papa Inocencio III, determinante y crucial en la tragedia de los cátaros.

1204 – El obispo cátaro de Tolosa, Guilhabert de Castres, ordena a varias damas como “perfectas”. Coloquios “versallescos” en Carcacasona. “A vuestra rueca, señora”.

1206 – Debates en Montreal. Asamblea en Mirapeis, participación de varios centenares de perfectos.

1208 – Jaime I de Aragón,indeseado por su padre Pedro II, nace en Montpellier. Inexplicado asesinato del enviado papal Pedro de Castelnau en Saint-Gilles-du-Gard. Inocencio III excomulga a Raimundo VI, conde de Tolosa.

1209 – Humillación pública de Raimundo VI, en Saint-Gilles-Du-Gard, donde había sido obligado por el papa a retractarse de su catarismo. Matanza de Beziers, más de 20.000 muertos. Carcacasona cae en poder del papa. Simón de Montfort nombrado vizconde de Carcasona. Los franciscanos son reconocidos por el papa.

1210 – Asalto a Minerva. Pira con 144 cátaros. Conquista de Termes.

1211 – Asalto a Lavaur. Asesinato y violación de la castellana. Quema de 400 cátaros. Hoguera en Casses, casi cien cátaros.

1212 – Pedro I de Aragón ayuda a Alfonso VIII en la Batalla de las Navas de Tolosa. Simón de Monfort se apodera del Agenes y Cominges.

1213 – Raimundo VI acepta el vasallaje ante el rey de Aragón, Pedro II. Pero éste muere en la batalla de Muret y se produce la derrota del ejército tolosano-aragonés. Inocencio III obliga a Simón de Monfot a reponer a Jaime I.

1214 – El conde aragonés Ramón de Josa abjura de su catarismo obligado por el legado papal.

1215 – Tolosa se rinde. Concilio de Letrán para impulsar “en serio” la cruzada contra los cátaros y poner a Simón de Monfort al frente de Tolosa. Domingo de Guzmán establece su Orden de Predicadores en Tolosa.

1216 – Muere Inocencio III. Coronación del papa Honorio III. Raimundo VI emprende la reconquista del condado de Tolosa.

1218 – Durante el asedio de Tolosa, muere Simón de Monfort

1220 – Duran de Huesca publica “Liber contra Manicheos” (cátaros)

1221 – Muere Domingo de Guzmán. Muere Raimundo VI. Coronación de Raimundo VII como conde de Tolosa.

1223 – Ramon Trencavell reconquista Carcasona

1224 – Amaury de Monfort derrotado. Raimundo VII organiza los “faydits” y la iglesia de Carcasses.

1226 – Concilio cátaro en Pieusse que decide la fundación del obispado de Rasses. El obispo cátaro Pere Isarn es quemado ante Luis VIII. Éste muere. Muerte de Francisco de Asís. Humberto de Beaujeu organiza una matanza de cátaros en Labecede. Raimundo VII es excomulgado. Al morir Luis VIII, su esposa, Blanca de Castilla, se convierte en regente en nombre de Luis IX y organiza una cruzada de “tierra quemada” contra Occitania, que es asolada y reducida a la miseria.

1227 – La inquisición se extiende también a Alemania. Ugolino di Conti, sobrino de Inocencio III, sucede a Honorio III como papa, con el nombre de Gregorio IX.

1229 – Firma del tratado de Meaux-Paris, por el que el condado de Tolosa es sometido a la corona de los francos. Creación de la Universidad de Tolosa, al mando de los hermanos predicadores de Domingo de Guzmán (dominicos).

1232 – El obispo cátaro Guilabert de Castres convierte el fuerte de Montsegur en sede episcopal de la Iglesia cátara.

1233 – Institucionalización de la Inquisición, bajo el mando de los dominicos hermanos predicadores.

1234 – La Inquisición comete crueldades indescriptibles. La miseria moral se alía con el hambre y la desesperación del pueblo. Queman a 210 sospechosos de catarismo. El pueblo desesperado saquea en Narbona el convento dominico.

1235 – Revueltas contra la Inquisición en Narbona, Albi y Tolosa. El conde de Tolosa expulsa a los dominicos, acusados de crímenes terribles y maldecidos por el pueblo.

1237 – Varios nobles occitanos viven exiliados en el reino de Aragón.

1239 – Gigantesca pira en Mont-Aime, donde son quemados 185 cátaros.

1240 – Ramón Trencavell intentan recuperar sus tierras ayudado por los “faydits” de Carcasses. Libera algunas zonas, pero fracasa en Carcasona.

1242 – Sinibaldo Fieschi coronado papa como Inocencio IV. Atentado de Avinhonet, primer episodio de la guerra de reconquista de Raimundo VII.

1243 - Raimundo VII capitula en Lorris. Comienza el asedio de Montsegur.

1244 – Capitulación de Montsegur en marzo. Pedro Roger de Mirapeis consigue una tregua de dos semanas, por parte del comandante cruzado Hugues de Arcis. Los creyentes de la fortaleza van recibiendo el “consolament”. El 16 de marzo, miércoles, se levanta una pira gigantesca entre la nieve, donde son quemados vivos 204 cátaros. Consta que otros cuatro consiguieron huir por las escarpadísimas laderas de la montaña, para salvar un misterioso legado.

1245 – Graves persecuciones inquisitoriales, protagonizadas por Bernardo de Caux y Juan de San Pedro. Desmantelamiento de la jerarquía cátara, que huye a Lombardía.

1249 – Pira en Agen, donde son quemados más de 80 cátaros. Muere Raimundo VII sin descendiente varón. En virtud del tratado de Meaux-Paris, la corona franca se apodera del condado de Tolosa, situando en el trono a Alfonso de Poitiers, hermano de Luis IX, que estaba casado con Jeane, la hija de Raimundo VII.

1255 – Rendición de Queribús, el último bastión de la resistencia cátara frente al papa y el rey de los francos.

Los siguientes 120 años. Los residuos del catarismo van siendo obstinada y cruelmente exterminados en Occitania y en el norte de Italia, hasta que en 1375 muere el último cátaro de que se tiene noticia.

SUBIDO









1000- 1100
Mani. El dualismo y el evangelio de San Juan.

Modernamente, hablamos de maniqueísmo para referirnos a personas extremistas u opiniones que no aceptan las medias tintas. El negro y el blanco sin matices ni grises intermedios. El bien y el mal puros, sin tibiezas.
Pero no siempre tenemos en cuenta de dónde viene el término. Maniqueísmo es una doctrina religiosa nacida en oriente cercano, igual que todos los sistemas de creencias que hoy día consideramos occidentales. Y es derivación de su fundador, Manes o Mani, como cristianismo lo es de Cristo o budismo de Buda.
En los albores del siglo XII pudo terminar la Edad Media. Habían pasado seis siglos desde que la Iglesia de Roma sustituyera al Imperio Romano como centinela del mundo, por la iniciativa de Constantino que, viendo que el hecho cristiano era un enemigo fortísimo del Imperio contra el que se habían estrellado varios de sus antecesores, tuvo la idea de someter el cristianismo cubriéndolo con la pátina de su poner. El cristianismo sustituyó a los demás ritos paganos adaptándose a ellos y adoptando casi todas sus apariencias como religión de estado de Constantino, incluido rituales, apariencias, virginidades, fechas festivas y demás. . Desde aquel truco, habían transcurrido más de seis siglos de dominio del fanatismo absoluto sobre la razón y En el XII Europa comenzaba a tomar conciencia de que la ignorancia y la cerrazón que habían posibilitado durante seiscientos años el brillo de Roma no eran un buen camino.
Aunque suelen escenificarse en épocas anteriores, es en esta etapa cuando sedimentan las leyendas en torno al tan controvertido e indefinible santo Grial, que tanta literatura fantástica ha producido y que sirvió de pretexto para aquellas grandes migraciones aventureras que fueron las cruzadas. Según la leyenda más difundida, José de Arimatea recogió la sangre de Cristo en el en el Gólgota, lugar donde se consideraba que fue crucificado Jesucristo; otra versión, en evangelios apócrifos, asegura que la sangre la recogió en el sepulcro. Estos evangelios también señalan que el local de la última cena era propiedad de José de Arimatea. Tras la resurrección de Jesús, Arimatea fue apresado, bajo la acusación de haber sustraído el cuerpo de su sepulcro. Se le encerró en una torre, donde recibió la visión de Jesús y la revelación del Misterio del que el Santo Grial era un símbolo. .La parte más chauvinista de la leyenda asegura que José de Arimatea se trasladó a las Islas Británicas, estableciéndose en la ciudad de Glastonbury, donde fundó la primera iglesia británica consagrada a la Virgen y a donde habría llevado el Santo Grial.
Simultáneamente con tanta actividad cultural del XII y aventuras hambrientas de saber, por toda Europa, incluidas las instituciones católicas, comenzó un fenómeno que en opinión de los historiadores debió liquidar la Edad Media. Como consecuencia de un desarrollo demográfico que no tenía antecedentes y un notable racionalismo agrícola, nació el interés por el conocimiento, se fundaron las escuelas catedralicias que dieron origen a las universidades, se produjo en España un avance científico imprevisto y por todos los rincones del continente la inteligencia dio pruebas de no resignarse a la mediocridad oscura de unos clérigos conscientes de su incapacidad y por ello celosos de todo brillo de la razón, que consideraban amenazante contra su poder cimentado sobre la mediocridad. Durante el siglo XII pudo acabar la Edad Media, pero allí estaba la curia romana para impedirlo y prolongar el oscurantismo. Acompañando las sinergias sociales, económicas y culturales, surgió por todas partes la necesidad de hacerse preguntas sobre los abusos, el dispendio y la crueldad de esa curia romana que protagonizaba ya durante seis siglos el mayor fraude social que registra nuestra Historia. Todas las catedrales, basílicas y grandes templos europeos se han edificado sobre el engaño de reliquias siempre falsas y siempre solemnemente refrendadas por el poder de Roma. Los cinco o seis prepucios de Jesús que existen en Europa nos hablan del fraude de modo clamoroso, pero ¿no es cómico que pudiéramos construir un edificio como el Empire State si juntásemos todos los fragmentos y astillas “auténticos” de la cruz de Jesucristo que la iglesia de Roma reconoce como verdaderos?
En el escenario de agitación cultural y resurgimiento de la razón del siglo XII, fue lógica la aparición de preguntas en la mente de las personas honestas. De manera simultánea y sin relación entre sí, se dio por todas partes el fenómeno: gente llena de fe y amor a Jesucristo reivindicaba un cristianismo primigenio, sencillo y honesto, y se preguntaban por la licitud de lo que veían: clérigos que con las bendiciones de Roma practicaban todos los pecados capitales, exhibían joyas, barraganas e hijos, batallaban entre sí y contra todos los demás para ser más y más poderosos, utilizaban el miedo/tabú que producía lo sagrado para enriquecerse mediante métodos tan innobles como las bulas. Casi al mismo tiempo que las personas honestas se hacían, airadas, esas preguntas, surgió en la mente de los clérigos la autodefensa: si cualquier desgraciado criticaba su desmesura, ambición y crueldades no tenían más remedios que eliminarlos. Claraval o Francisco de Asís deben ser incluidos en las categoría de contestatarios, aunque tuvieron suerte y acabaron en los altares en vez de en la hoguera.
En la agitación propia de los siglos XI y XII surgió una hermosa historia de amor, como la de Abelardo y Eloisa, y se había producido ya un intento de reforma de la corrupción romana mediante el gregorianismo, pero los poderes absolutos no cambian si no se les obliga y todo se mantuvo igual para terminar el siglo XII con el surgimiento del más monstruoso y perverso invento que registra nuestra Historia: la Inquisición.
Al oriente de Europa ya entonces se había producido el cisma que dio origen a la Iglesia Ortodoxa. Hay que recordar que Bizancio era producto de la división del Imperio Romano en dos partes. Por consiguiente, no podía someterse a la Iglesia católica, que no era más que el mantenimiento del poder cesarista e inventó su propio cristianismo, el ortodoxo. Pero si el lujo y el dispendio eran en Roma habituales Bizancio ha pasado a la historia como paradigma de la máxima ostentación del lujo. Todavía hoy, vemos que los naturales de los países que formaron parte de ese imperio gustan de llevar horteras y pesadísimas cadenas de oro al cuello y lucen en brazos y manos todo el oro que pueden. Entonces, en el siglo XII, esas aficiones debieron de poseer magnitudes que no podemos ni imaginar, pero da para suponer que los clérigos ortodoxos compartirían con sus compadres católicos, al menos, el gusto por la riqueza y el poder. Así no es de extrañar que aparecieran corrientes como los Bogomilos, entre otras.
Mucho antes, hacia el siglo III, había surgido en Persia un movimiento espiritualista que, aun aceptando muchos conceptos cristianos, se planteó una cuestión que debía de parecerles muy lógica: El Dios bueno, luminoso, provisor, no podía ser autor de los males del mundo. Éste, con sus crueldades y sufrimientos, tenía que haber sido creado por otro poder. El Dios bueno no estaba interesado por la materia, que era el universo sombrío y malvado creado por la fuerza oscura. Por lo tanto, la materia y cuanto conlleva es producto del mal y el único camino a Dios es el espiritual. Ocurría cuando San Agustín escribía y expresaba su fe. Este santo católico nació en noviembre del año 354, en Tagaste, que hoy se llama Souk-Ahras, ciudad de la antigua Numidia, la actual Argelia. Su madre era cristiana y su padre, pagano. Agustín se emparejó con una cartaginesa y en el año 372 nació Adeodatus, nombre que en latín significa regalo de Dios. En el año 373, Agustín se unió al dualismo de los maniqueos, muy extendido en aquellos momentos, fundado por Mani, que había nacido al sur de Babilonia (actual Irak). Mani había ido hasta la India, donde recibió la influencia del budismo. Bajo la protección del rey persa Shapur, que reinó gran parte del siglo III, predicó en todo el imperio y hasta envió misioneros al imperio romano.
Agustín permaneció entusiásticamente fiel al dualismo de Mani hasta más allá del año 380.
Como queda dicho, el que predicó el dualismo, Mani o Manes, dio lugar a lo que ahora denominamos “maniqueísmo”, que antes que a una perspectiva de los cosas define a una religión. Basándose en este principio dualista y espiritual, los maniqueos asimilaron como fundamental el más espiritualista de los evangelios, el de San Juan. Manes o Mani, nació hacia 216 en un ambiente familiar impregnado del gnosticismo que dominaba lo religioso desde Mesopotamia hasta el Mediterráneo. Sobre elementos tomados tanto del budismo como del cristianismo primigenio, el gnosticismo consideraba el mundo de lo material obra de un dios caído por oposición a la obra del verdadero Dios, interesado sólo en lo espiritual y la luz. Bajo la influencia persa de Zoroastro y educado en la comunidad judía de los elkasitas, Mani se consideraba a sí mismo el último de los grandes profetas bíblicos y creía en la importancia trascendental que la educación tiene para el espíritu.

Al brotar los deseos de pureza y sencillez de los siglos XI-XII, en el oriente de Europa hallaron que tanto San Juan como Mani expresaban una puridad más cercana al mensaje de Cristo, y así nacieron una serie de movimientos dualistas que fueron sustituyendo, a escala popular, el cristianismo oficial por todos los Balcanes y otras zonas. Tanto en Servia como en Bosnia y Bulgaria llegaron a ser mayoritarios y mientras retrocedían por todas partes las corrientes que imponían los popes ortodoxos por un lado y Roma por el otro, las masas asumían con entusiasmo esa nueva sencillez del mensaje evangélico.
Los cátaros, en cuanto que cristianos, apoyaban su creencia dualista en el Evangelio de San Juan. En este texto, el apóstol usa la palabra “Nihil” que puede interpretarse según la visión del lector como adverbio “nada” o sustantivo “la nada”. Tieniendo esas dos posibilidades presentes la tradución católica decía: “Todo ha sido hecho por Él, y sin Él nada se hizo”, mientras que los cátaros traducían “Todo ha sido hecho por Él y sin Él se hizo la nada”. Por consiguiente, para los puros el Bien es y está en Dios omnipotente. El Mal es el diable, “Nihil”(la nada), con éste se creó todo lo material y fenecible; su creación se originó en el caos y a él regresara.
De todo ello se deduce que los cátaros se consideraban a así mismos inequívocamente cristianos, pero se atribuían la características incompatible de ser herederos directos de los apóstoles. No por enemistad ni rivalidad, sino por convicción completamente sincera, consideraban al catolicismo obra de Natael, el demonio.
Como herederos directos de los apóstoles, ponían muchísimo empeño en la nueva sencillez del mensaje evangélico.
Pero ¿podían triunfar la razón, la inteligencia y la simplicidad frente al poder omnímodo de los clérigos?


SUBIDO


1101
Niphon y la sencillez
Anticipándose casi un siglo a Francisco de Asís, Roberto de Abrissel salió a predicar el amor y la sencillez preferentemente entre los marginados; sobre tales supuestos, creó la Orden de Fontevrault, con lo que se adelantó también a los franciscanos. Abrissel actuó con una innovación inconcebible, que tendría profunda influencia en otros movimientos a partir de entonces: De manera asombrosa (y casi heréticamente desde el punto de vista romano), daba igual preponderancia a las mujeres y los hombres, los conventos eran mixtos y lo mismo podían estar gobernados por un abad o una abadesa.
Ya entonces y desde hacía medio siglo habían empezado a quemar a críticos del poder establecido tanto en Orleáns como en Tours, en Anger como en París, en Constantinopla y en Soissonais. Un sacerdote suizo llamado Pedro de Bruis, desencantado y asqueado de los abusos romanos, había colgado los hábitos y salido a predicar la sencillez cristiana primigenia, y, naturalmente, fue perseguido y anatematizado. La Iglesia romana hizo quemar a toda la comunidad de un convento católico cuyos monjes practicaban la austeridad y criticaban los abusos y el lujo de los clérigos sus superiores. Contra los nuevos cultores del mensaje evangélico en puridad, había ido poniéndose en marcha la maquinaria de represión que, poco a poco, se estableció como paradigma de la pureza de la fe. Todo ello en defensa de los guantes enjoyados y los asesinatos para apoderarse de títulos y riquezas.
Y ocurrió un hecho insólito que ha sido muy poco comentado.
Créase o no, la verdadera liberación femenina comenzó en el siglo XII y no se trató de nada simbólico ni se revistió entonces de los tintes vengativos/sustitutivos que ahora presenta. Las mujeres adquirieron preponderancia de manera completamente natural como consecuencia del mayor conocimiento y apertura mental que se extendían por doquier. Presidieron debates, mandaron fortalezas, crearon escuelas y fueron respetadas sin que nadie señalara o diera la menor importancia al género. Por su especial disposición que todos reconocen, las mujeres sentimentalizaron la vida pública y nacieron instituciones como las “cortes del amor” y maneras “humanistas” que sin la igualdad femenina jamás habrían existido. Los clérigos de fidelidad romana odiaron esta situación y la cubrieron de sarcasmos siempre que tuvieron oportunidad. Es muy posible que la preponderancia y el respeto por las mujeres en el Languedoc figurasen entre los argumentos que pusieron en marcha el drama contra Occitania.
Los movimientos de pobreza que proliferaron durante el siglo XII además de propugnar una vuelta a la autenticidad evangélica resaltaban la exigencia del desprendimiento, la contradicción entre el reconocimiento de la aflicción de la pobreza material y el lujo ostentado por Roma y sus fieles, y todo esto constituía un desafío a la riqueza y al poder clerical en todas sus manifestaciones: posesión de la tierra, la fuerza de las armas, los títulos, la influencia, el dinero y hasta el usufructo exclusivo del conocimiento.
Casi como si se tratase de un movimiento parecido al hippy, y a pesar de no contar entonces con los medios de difusión que lo propagasen, por toda Europa aparecieron personas aisladas o grupos que desafiaban el poder materialista de Roma y practicaban la pobreza y la sencillez como medio de vida. La idea clerical de “haz lo que digo y no lo que hago” la despreciaban y vituperaban, porque para ellos prédica y estilo de vida eran inseparables.
Prácticamente en los mismos momentos, en los Balcanes, el monje Niphon salió a los campos a predicar la sencillez y la autenticidad del amor y la luz contra los corrompidos clérigos ortodoxos. Niphon fue, pues, en esencia, un predicador semejante a otros muchos que aparecieron casi simultáneamente en toda Europa, tanto en la romanista como la cismática. Pero él renovó el bogomilismo original, le dio sendo doctrinal y lo fortaleció de un modo peligrosísimo para el poder establecido. Más que una religión nueva o una corriente filosófica, se ocupaba de las costumbres predicando la sencillez y el amor frente a la impiedad y la ambición de los clérigos, si bien que lo hacía en la estela del búlgaro Bogomil. Aunque en Bizancio, que empezaba a descomponerse bajo la presión de oriental de los turcos, no dominaba el papado de Roma, trataban también con crueldad a los disidentes, sobre todo a los disidentes que abominaban de la mezcla de impiedad y ambición de los religiosos oficiales. Niphon, por supuesto, fue perseguido con la misma saña que eran perseguidos en el occidente europeo quienes criticaban, como San Francisco de Asís, los abusos clericales.
En consecuencia, y ante los clérigos que no querían ni una de sus `prerrogativas y se dispusieron a defender sus privilegios con todos los medios a su alcance, por todas partes y en toda Europa fue extendiéndose de modo insoportable la pestilencia de la carne chamuscada.







1100

Bogomilos y otras corrientes. Bulgaria, Albania, Servia y Croacia.

Los bogomilos eran una secta neomaniquea. El nombre derivó del clérigo búlgaro que fue el fundador, Bogomil. La secta nació en el siglo X, se extendió muy rápidamente sin adquirir casi en ninguna parte poder oficial, y ha durado unos ochocientos años, hasta desparecer arrasada por el Islam, aunque no ha dejado de tener alguna influencia -más bien de carácter esotérico- en la Turquía del siglo XX. En el siglo XI, su papel fue determinante para la asunción por parte de las corrientes latinas de conceptos dualistas/espiritualistas como el gnosticismo y el maniqueísmo. Quedan pocas dudas de que los bogomilos propiciaron y estimularon o, al menos, influyeron en el nacimiento del fermento cátaro.
Han recibido muchos nombres, pero ellos se llamaban a sí mismos “puros” u “hombres buenos”. El que recibía alguna forma de iniciación era un “revestido”. Ellos jamás emplearon el término “cátaro” aplicado a sí mismos, un nombre cuya génesis y significado es motivo de discusión.
Cuando nació a mediados del siglo X, al igual que luego el catarismo, el bogomilismo fue perseguido de manera muy activa, y anatematizado (como no podía ser de otro modo), por la jerarquía ortodoxa, concretada en el patriarca Teofilacto. Parece que ya en el siglo VIII el emperador bizantino Constantino V había desterrado a unos ascetas críticos a los parajes búlgaros y es muy posible que estos influyeran en el pensamiento que llevó al monje Bogomil a fundar su movimiento dos siglos más tarde.
No brotó, pues, por casualidad. El descontento había incitado el descontento. La hermosa tierra búlgara fue el primer escenario europeo donde la gente, por los pueblos, ciudades, fortalezas y aldeas, comenzó a despreciar al derrochador clero establecido para seguir fervientemente a predicadores que nadan poseían y nada material querían.
Lo fundamental del bogomilismo es, aparte del ascetismo y la sencillez, su dualismo. El Dios Padre, que es la luz y la verdad, creó el universo espiritual y tuvo dos hijos, Cristo y Satanael. Éste, que era el primogénito y se consideraba heredero natural del poder, se rebeló contra su padre y consiguió que un considerable número de ángeles se rebelasen también y le ayudasen a crear un universo paralelo, material, frente al espiritual creado por su padre. Con eses origen, este mundo material tenía, evidentemente, un principio pecaminoso ineludible. La materia es oscura; la materia es mala por definición; con la materia se sufre, se pena y nada material conduce a la verdadera luz del Dios bueno. La enfermedad y el dolor serían, pues, asuntos sumamente ajenos al Dios luminoso que amaban y al que ansiaban llegar. El de la carne, las riquezas y las gemas de con que se adornaban los clérigos era el universo del tenebroso hijo rebelde.
Por tales razones nada material, ni siquiera la mayor perversión sexual, tiene influencia alguna en el camino a la Luz ni inquieta lo más mínimo al Dios espiritual. El sexo, fuera con hombre, mujer o cualquier otra posibilidad, jamás podía ser pecado porque la idea de pecar era un asunto del señor de las tinieblas. No podían pecar. Eran espíritus puros arteramente apresados en una oscura prisión de carne. Así mismo, no se prestaban al matrimonio más que por obligaciones sociales ineludibles y evitaban tener hijos, para no condenarlos al sufrimiento y la oscuridad de la materia.
Todo en el mundo material es malo, feo, indeseable. A fin de tratar de arreglar las cosas, el Dios espiritual mandó a su otro hijo, Cristo, al mundo material donde tomó cuerpo humano y trató de convencer a los hombres de la preponderancia del espíritu sobre la materia. Dándose cuenta de la jugada, Satanael despojó a Cristo de poderes y éste fue elevado al cielo siendo abducido por su padre. El bogomilismo se trataba, pues, de un dualismo incompleto. El poder absoluto y superior quedaba en manos del Dios espiritual, monarquista, que era de verdad el poder supremo sobre todo lo demás. En cuanto a ritos, los bogomilos no aceptaban la existencia de sacramentos a excepción del bautismo, pero le daban un sentido puramente espiritual, que los cátaros convertirían más tarde en el “consolament”. No comían carne, rechazaban el matrimonio por material, despreciaban la idea de tener hijos para condenarlos a las sombras de la materia; el sexo no tenía ninguna trascendencia espiritual ni podía, por tanto ser pecado.
Más o menos con los mismos supuestos, proliferaron durante estos siglos corrientes parecidas por todos los Balcanes. En Servia, Albania, Croacia, y hasta en el norte de Italia, etc. se crearon movimientos semejantes imbuidos sobre todo de sencillez y ascetismo frente a la ostentación y los abusos del clero. Fueron muy numerosos y adquirieron gran fuerza social, pero no influyeron en el poder porque no se aliaron con él, como hacía el clero oficial. Tal vez por esta razón, porque se trataba de corrientes espontáneas y populares, no duraron demasiado.
Durante bastante tiempo, el imperio Bizantino utilizó Bulgaria como tierra de deportación. Y como los deportados eran, sobre todo, rebeldes de los abusos del clero, tales deportaciones alimentaron durante un largo periodo las corrientes bogomilas y similares, centralizadas sobre todo en Bulgaria. Esa religiosidad básicamente ascética, adquirió gran influencia en todo el Imperio Bizantino y llegó a erigirse una iglesia de los bogomilos en la misma capital del imperio, Constantinopla. Como es lógico, el obispo bogomilo fue mandado quemar por el emperador a la primera ocasión. Por la misma época, el monje Niphon, cuya influencia en la renovación y florecimiento del bogomilismo fue determinante, fue mandado quemar también por el emperador. Pero ya para entonces, el bogomilismo predominaba sobre otras corrientes parecidas en Servia, Dalmacia, Norte de Italia y comenzó a entrar en Francia.
De este modo, aunque sin una denominación reconocible que haya quedado en la historia de modo fiable, comenzaron a nacer en el Languedoc-Occitania comunidades que desoían y, prácticamente, se burlaban del oficialismo clerical y practicaba con gran entusiasmo la nueva interpretación de la fe cristiana.






1163
Concilio católico de Tour. Primera denuncia del fenómeno.
De modo silencioso, las corrientes inspiradas por el bogomilismo fueron asentándose durante todo el siglo XII, siglo de luces al fin, en los salones del Languedoc después de haberse difundido muy ampliamente por sus campos. El Languedoc, tierra mediterránea y en muchos aspectos idílica, practicaba un ferviente amor a la vida, la poesía, la belleza y el amor. Se celebraban sesiones poéticas a diario, los trovadores eran indispensables y respetabilísimos, crearon instituciones sorprendentes, como las cortes del amor y practicaron libremente el amor romántico, sin dar demasiada importante al estatus social o la condición sexual. Por sus románticas y vitalistas maneras, no podían encajar bien el inmovilismo papal ni su crueldad sombría. No sólo desoían a los clérigos romanos y los criticaban, sino que se burlaban de sus ambiciones y ostentaciones.
Espontáneamente, fue organizándose una especie de iglesia pero con diferencias clamorosas respecto de la religión oficial; tan sencillos y honestos, que concitaban entusiastas adhesiones tanto entre el pueblo llano como entre la aristocracia. No se llamaban a sí mismos cátaros (éste es, tal vez, un término despectivo inventado por un obispo alemán de la época).
Como ya ha quedado consignado, ellos se denominaban “puros” si eran simples practicantes, o “revestidos” si eran iniciados comprometidos, como una especie muy particular de clérigos carentes de poder, propiedades, canonjías y privilegios. Se ha creído que la palabra “cátaro” viene del griego y significa “puro”, y que habían sido llamados así por dos posibles razones: A) ellos se consideraban puros por la creencia de que al ser en realidad espíritus puros no podían pecar. B) el clero romano los consideraba herejes puros, perfectos, y así lo tildaron. El término “perfecto” tampoco se lo aplicaban ellos a sí mismos. Fue la iglesia de Roma la que los apodó así, aludiendo a los que eran “herejes perfeccionados o completamente iniciados”, llamados “revestidos” por los cátaros y que ejercían algo parecido, aunque muy remotamente, al sacerdocio.
Los mal llamados “cátaros” solían referirse a sí mismos como “cristianos buenos”, hombres buenos”, “mujeres buenas” o ª!amigos de Dios”. En los rituales de iniciación ellos aconsejaban “pide a Dios que te haga un buen cristiano y te conduzca a la Luz”. Sin embargo, para los romanistas sólo eran perfectos bajo el significado de “hereticus perfectus”, en el sentido de un cátaro que había pasado del estadio de seguidor al de comprometido con la causa.
Es posible que la palabra “cátaro” tenga solamente el ya mencionado significado prosaico y peyorativo referido a los gatos, perviviendo la especie de insulto alemán. Creían muchos clérigos en general y un obispo alemán en particular, según hemos visto, que estos nuevos creyentes rebeldes adoraban el culo de un gato. Una más de las calumnias que no paraban de inventar para tratar de detener el incontenible avance de los buenos hombres. Decían que los cristianos que se oponían y criticaban al papa llevaban a cabo de manera ritual el beso obsceno sobre el culo de un gato. Esta posible génesis de la palabra se considera hoy la más probable.
Los estaban llamando de todo, menos bonitos. Los llamaron vulgares, jodedores y otras lindezas. La rumorología carente de base, calumniosa y embustera fue ampliamente empleada por el clero contra quienes les rechistaban. . Por ejemplo, con la pretensión de provocar contra los hebreos las iras de la ignorante población campesina hicieron circular el bulo, de que los judíos celebraban su pascua sacrificando un niño cristiano en una orgía demoníaca para comérselo al final. Los epítetos contra los cátaros y las calumnias sobre sus usos y costumbre menudearon por el Languedoc y toda Europa.
El Concilio de Tours amenazó a los señores feudales que apoyasen a los sedicentes relogiosos. El conde Tolosa, Raimundo V, escribió expresando la inoperancia de sus medios frente a los cátaros que establecían en su ciudad. Ante esa carta, los reyes de Francia e Inglaterra enviaron misiones “salvadoras”• al Languedoc, con resultados decepcionantes. El vizconde Trencavel, cuya familia era cátara en pleno muy notoriamente, fue excomulgado y el obispo cátaro tolosano fue oficialmente condenado, aunque sin pasarle nada en realidad.
Todavía en 1233, cuando ya casi los habían exterminado y habían cometido contra los cátaros las atrocidades de Beziers, Bran, Lavour, etc., el papa Gregorio IX escribió una bula papal, “Vox en Roma”, donde repetía las viejas y muy superadas leyendas sobre las orgías felinas. Con la capacidad ilimitada de inventar patrañas que evidenciaba el clero romano, ya en 1180 se había descrito con pelos y señales una supuesta ceremonia “secreta”. Secretismo que no fue obstáculo para que el anatemizador la describiera como habiéndola visto: “En las primeras horas de la noche, se sientan esperando en silencia en sus templos. Entonces desciende un inmenso gato negro por una soga que hacen colgar en el centro. Al ver que llega, apagan las luces y no rezan ni invocan ni cantan, sencillamente hacen una especie de bufidos gatunos con los dientes cerrados, y van acercándose al lugar donde vieron llegar al gato su amo, tanteando hasta que lo encuentran para besarlo en distintos lugares; unos se dirigen a los pies o a otras partes, pero todos prefieren dirigirse a la cola y parte pudendas. El húmedo y estruendoso beso desata todos sus peores apetitos. Abrazan al compaero o compañera que tienen más cerca y se sacian con lo más indigno”.
Además de calumnias de este tipo, habían inventado para desprestigiarlo toda clase de epítetos. Ellos, en general, realmente se llamaban y los llamaban “hombres buenos”. Practicaban la sencillez y el ascetismo de modo tan sincero, que las simpatías de todos sus vecinos, fuera cual fuera su condición, fueron convirtiéndose en lealtades inquebrantables.
Por tal razón, aunque ni constituían un iglesia/poder organizado ni tenían influencia temporal alguna, se volvieron tan numerosos y visibles que ya en 1163 fue organizado en Tours un concilio católico contra el fenómeno.
El siglo XII, y las inquietudes insurgentes por doquier, propiciaban el deseo de saber. Pero el conocimiento era el mayor peligro para un clero que basaba su poder en la ignorancia y la oscuridad. La clase clerical no sólo despreciaba el conocimiento, sino que lo odiaba con miedo cerval. Se prohibía en general la práctica de la medicina o adquirir conocimientos en otras materias. El clero establecido denunciaba y perseguía el conocimiento de la manera más activa, cruel e indisimulada, porque el saber alimenta el criterio y el que tiene criterio no puede ser engañado. Bernardo de Claraval salió a predicar contra estos hombres puros que desafiaban lo establecido. Mientras, y a pesar de ello, crecía por todas partes en el Languedoc no sólo el deseo de saber, sino el conocimiento efectivo, y trataban de desterrar seis siglos de oscurantismo ignorante impuesto por la jerarquía, celebrando debates, tertulias y actos que los ignorantes clérigos papales romanos vean con tremenda suspicacia. Y lógicamente se dispusieron de inmediato a cortar por lo sano. Porque la mediocridad y el miedo del mediocre a perder privilegios para los que no se está capacitados lo convierte en malvado.
Por tal razón básicamente, y ante la amenaza cada día mayor que suponía para sus privilegios y prebendas el catarismo, Alejandro III convocó el concilio de Tours de 1163, donde además de prohibir el conocimiento, la medicina y el saber en general entre otras muchas barbaridades que repugnan a la razón y el sentido común, se sentaron las bases del futuro sistema inquisitorial. En vez de acusar o esperar denuncias, se creaba un procedimiento indagatorio en el que las autoridades eclesiásticas actuaban de oficio en búsqueda de disconformes. Expresamente, el papa mandó que los obispos averiguasen “de oficio” si había disidentes en sus diócesis y actuasen. Una vez descubiertos los disidentes serian entregados a la autoridad civil (todavía sometida a los procedimientos paples) que procedería a su encarcelamiento y a la incautación de sus bienes.
Se ponía en marcha el proceso que años más tarde convirtió Inocencio III en el más cruel y monstruoso sistema de eliminación disidentes que haya inventado la perversión humana: La Inquisición. Todo lo que condujo a los abusos de la Inquisición, fue inventado para eliminar a los cátaros, vencerlos, apoderarse de sus bienes y, sobre todo, para apropiarse de su tierra, como veremos en otros apartados. La razón doctrinal no tuvo mucho que ver. Era básicamente una cuestión de intereses materiales.
Porque aunque Roma tratara de presentarlos como una poderosa institución demoníaca, la verdad es que los cátaros del Languedoc no crearon jamás nada parecido a un iglesia. Jamás fundaron ni instituyeron una jerarquía autónoma con reglas, dogmas anatematizantes ni organizaciones de “testimonio”. Los oponentes a los abusos de Roma en el Languedoc tuvieron sus reuniones, como concilios, para tratar de coordinar sus interpretaciones de la biblia, pero no se trataba de algo solemne y magnificente como las ceremonias romanas ni nada parecido. Para estupor de los investigadores, algunos de los nombres de las personas que fueron masacradas en Bezier (de acuerdo con la lista que preparó Amaury, el obispo que lideró el exterminio) eran valdenses. Ello podía ser en cierto modo la prueba de que la disidencia contra Roma se coordinaba de alguna manera, aunque ello no es nada seguro. No se sabe nada seguro,




1167.

Concilio cátaro en Saint-Felix. Predicación de Niketas. Retrato.

Un código no escrito de las buenas maneras literarias, dicta que el cronista debe ser imparcial, aséptico, y no mostrar preferencias ni apasionamiento al relatar ningún hecho.
Investigando el caso cátaro, el cronista tendría que carecer de médula nerviosa y sangre en las venas para mirar los hechos con imparcialidad. Nunca fueron más de un par de miles, actuaron de buena fe, trabajaron sin exigir a nadie diezmos por su sacerdocio, no hirieron ni ofendieron a nadie jamás, siempre se ganaron el pan con su trabajo y sólo paraban de trabajar para predicar estilos de vida que ellos ponían en práctica con verdadera sinceridad, amaron y fueron amados heroicamente por sus vecinos, pero fue tan avasalladora la maquinaria bélica que se les opuso como si ellos hubieran instituido el imperio más cruel de la historia. Ni a las huestes de Atila se les había tratado desde Roma con tanta impiedad.
Nadie podía ser más odiado que un grupo sedicioso que lograba ponerles ante un espejo, un terrible espejo deformante de feria, en el que veían una imagen absolutamente desagradable y perversa. La súbita extensión del nuevo modo de ver la doctrina cristiana no era simplemente la renovación lógica que una fe experimenta cada cierto tiempo. Para el poder de Roma se trataba de algo mucho más importante. Los clérigos de la curia romana habían construido un imperio sobre las ruinas de otro, pero conservando sus riquezas, casi todo su poder e, inclusive, las fiestas paganas que se apresuraron a nominar con devociones cristianas. La Navidad, San José, Carnaval, Cuaresma, San Juan, etc., habían sido las mayores y más multitudinarias celebraciones paganas de la Roma Imperial y eran, además, reminiscencias casi todas ellas de los ritos antiguos de muchos pueblos, entre otros de los celtas. La Iglesia católica no cambió tampoco esto. Dejó que fluyeran sin estorbo las aficiones y costumbres antiguas sin prohibir ni vetar celebraciones que sólo cambiaron de simbología. A fin de no atraerse la impopularidad, solamente dijeron que en vez de adorar a Saturno el 25 de diciembre adorarían a Jesucristo; y en vez de celebrar el equinoccio de primavera adorarían a San José; y en vez de celebrar el solsticio de verano adorarían a San Juan; aproximadamente igual que en el resto de todas las fiestas. Los cátaros no representaban tan sólo el saneamiento de las costumbres y la renovación del mensaje. Aunque ellos no se lo plantearan, el solo hecho de existir y criticar los abusos representaba un peligro inmenso para el poder de Roma. Y la curia romana y su papa se defendieron a fuego y sangre.
Frente a las crueldades que se cometieron contra los cátaros, es imposible permanecer equitativo e imparcial, ni permanecer equitativo ante la conducta execrable de la religión del poder, que evidenció el miedo del mediocre que cree sus privilegios en peligro frente a quienes llegaban a cuestionar su proceder a causa de las nuevas capacidades y anhelos que el siglo XII generó en Europa, cuando un milenio de oscuridad culposa y deliberadamente arrolladora comenzó a despejarse.
El soplo y los anhelos de libertad y saber que proliferaban en Europa durante el siglo XII llevaban bastante tiempo instalados en el Languedoc-Occitania. Tierra sensual y amante de la belleza, proliferaban los trovadores y las justas poéticas y han llegado hasta nuestros días hermosas canciones de aquel tiempo. El condado de Tolosa, Carcasona, Narbona y demás, todo el Languedoc en suma, eran escenario de una forma de vivir y entender las relaciones que presentaban escasa similitud con cuanto les rodeaba. La circunspección, la antipatía y la solemnidad no tenían lugar en Occitania. Sorprendentemente, lo que representaba su principal atractivo era al mismo tiempo para quienes deseaban invadirles motivo de escándalo. Se producía una paradoja: todos lo deseaban y anhelaban al mismo tiempo destruir precisamente todo aquello por lo que lo ambicionaban: Su amor por la existencia. Es una paradoja muy frecuente en la conducta de las personas: se ama y admira a alguien cuando ha destacado y con enojosa frecuencia se le critica y reprocha aquello que lo ha hecho destacar. En nuestro país, por desgracia, es una costumbre muy practicada.
Mientras Occitania se agitaba y revolucionaba, el bogomilismo se había extendido con tal fuerza que comenzaba a tener que organizarse como iglesia a su pesar y pronto se convertiría en la iglesia “estatal” de Bosnia. Por todos los Balcanes fue constituyéndose una jerarquía y empezó a brillar un sapientísimo patriarca llamado Niketas. Era un monje antiguamente ortodoxo, disidente y contestatario, que había establecido una base doctrinal casi dualista que era sumamente sencilla y fácil de entender: La vida mortal, la tierra y la materia son el verdadero infierno creado por el Señor de las Tinieblas. La auténtica vida es el más allá no material, lo espiritual, lo creado por el verdadero Dios de Luz, al que el fiel piadoso llegaría al alcanzar la luz tras un proceso que podía incluir alguna reencarnación. La diabólica creación de Natanael entraña morir; mortalidad que sólo puede ser contrarrestada renunciando a la multiplicación de la especie humana y, por tanto, no teniendo hijos. Cuando no haya hombres, no habrá muerte. No había matrimonio ni otros sacramentos sancionadores de costumbres “humanas”, pues los cátaros rechazaban el amor carnal (aunque de ninguna manera el sexo, sin sentimiento de culpa, porque lo que hacía la carne no afectaba a la esencia, el espíritu) y lo reemplazaban por el Amor divino original.
Los que serían llamados cátaros y eran revestidos (los que habían recibido su único sacramento, el consolament) vivían en casas modestísimas, vestían de negro, no comían carne y practicaban la castidad. Concedían tal valor al testimonio, que actuaban todas las horas del día y en todas partes de estrictamente de acuerdo con lo que predicaban, lo que les valió la difusión galopante que su iglesia tuvo.
En los albores de mayo de 1867, el pueblo de Saint Felix de Lugarais, sobresaliente en un bosque intrincado, vio llegar multitudes de visitantes. Estaban reuniéndose para hablar con libertad, sin miedo, sin preocuparles las persecuciones, Iban a hablar de cuanto inspiraba a aquella especie de Comunidad Europea de lo bogomilo. Como es lógico, el obispo católico que mandaba en la cercana ciudad de Tolosa no fue convidado.
Invitado por los curiosos e inquietos nobles del Languedoc a la vista de la extensión del catarismo en sus tierras, acudió Niketas a lo que ahora es el sur de Francia (entonces eran feudos independientes del poder franco, aunque, como veremos, claramente ambicionados por el rey parisino, con un afán francés centralizador y anulador de diferencias que practicaron los francos con crueldad inaudita, atacando toda diferencia, y ha llegado prácticamente hasta nuestro tiempo) y en honor de Niketas jabían organizado una especie de concilio .
Como queda dicho, Occitania no formaba todavía parte del estado ideado por el empuje y la ambición de los francos. Pero apoderarse del Languedoc era uno de los objetivos obsesivamente acariciados por el expansionismo francés. Como sabemos, poco puede hacer la poesía frente a los cañones. Mientras en el norte de lo que ahora es Francia practicaban un belicismo de fiereza avasalladora, en Occitania se primaba a los trovadores; en vez de ser escenarios de ejercicios guerreros, los castillos y fortalezas servían de espacios privilegiados para justas poéticas y debates. Frente a la belleza y el amor practicado de modo muy activo en el Sur, al norte del Loira masacraban la disidencia, arrasaban los últimos celtas, avasallaban la Bretaña y demás comunidades históricas y se vestían de armaduras terribles.
En cierto modo, los trovadores contribuyeron en gran medida a la extensión del nuevo mensaje de sencillez y por ello los “puros” proliferaron con rapidez imprevista. Se imponían tanto más fácilmente cuanto que el pueblo llano veía todas las semanas que lo que predicaban los romanistas los domingos en sus parroquias era contradicho de manera clamorosa por los actos de los curas el resto de la semana. El catarismo (que no era llamado así) se extendió bajo la protección de todos, en especial de los nobles, con frecuencia sin que éstos ni siquiera se convirtieran en puros. Todos veían tanta sinceridad y honestidad en la práctica de sus prédicas, que los hombres y mujeres “puros” fueron protegidos y salvaguardados. De manera activa se les facilitó enormemente sus prédicas. Salían de dos en dos, sin dinero ni medios, vestidos de negro, y en todas partes eran recibidos, escuchados, respetados y agasajados. La burla a los romanistas se convirtió en cotidiana. Con el consecuente furor de éstos.
Se afirma que “cátaros” viene de una palabra griega que significa “puro”, pero otros aseguran, que sería más o menos el sonido de una frase alemana cuyo sentido sería “adoradores de gatos”.
Los cátaros practicaban la espiritualidad más primitivamente cristiana, predicaban el evangelio según San Juan (que es tenido por el más espiritualista), lo tradujeron a la lengua vulgar y consiguieron con ello que el pueblo tuviera acceso directo al mensaje cristiano, sin las estrafalarias interpretaciones que daban los curas predicando a partir del latín (“los designios de Dios son insondables”, para destacar que sólo ellos eran depositarios del saber y la capacidad de interpretación del mensaje cristiano).
Los libros de los cátaros eran el Evangelio de San Juan y la Cena Secreta.
Sin que podamos hablar de modo indudable de un dogma de los cátaros, tradujeron y divulgaron el evangelio de San Juan. Es evidente que no se trata de un libro cátaro, pero para ellos fue el súmmun de verdad en el que había que buscar las verdades. Evangelio tenido por algo esotérico, en el siglo XII propocionaba enseñanza inteligible a las masas y, con ello, justificaban la sacralización de los llamados “revestidos”.
El Evangelio de San Juan era el libro de meditación de los cátaros y en él basaban partes esenciales de su conocimiento.
La “Cena Secreta” es un apócrifo que nos ha llegado a través de ellos probablemente desde los bogomilos. Los cátaros lo citaban para magnificar sus prédicas, y esta mención favoreció también el mito que relaciona a los cátaros con el Grial. El tono de la “Cena” es cristiano, pero habla claramente de dualismo: Satanael, el arcángel caído, fue el que creó el mundo material e imperfecto, al que convocó, sedujo y convenció a los demás ángeles rebeldes. El Dios verdadero es la Luz.
Los puros consideraban que el alma –lo único suyo que aceptaban como creación del Dios bueno- estaba prisionera en un cuerpo que era servidor del mal, de las sombras, y por lo tanto la muerte representaba la liberación. En esencia, discrepaban poquísimo de lo que podemos leer atribuido a palabras pronunciadas por Jesucristo. De lo que discrepaban era de la falsedad hipócrita y acomodaticia del clero romanista.
Ellos despreciaban todos los sacramentos católicos por materiales. El único sacramento que practicaban era el bautismo-comunión-extremaunción, y lo denominaban “consolament”. Sacramento que sólo lo facilitaban tras larga reflexión, sin ninguna clase de irresponsabilidad y, sobre todo, sin imponerlo a niños que no dispusieran verdaderamente de su libre albedrío. De hecho, el “consolament” se daba preferentemente al agonizar o tras una etapa penosa, larga y difícil de reflexión y compromiso. No se podía proporcionar a niños pequeños ni nade que no estuviera en su sano juicio. Sólo a personas muy conscientes del significado y trascendencia de lo que estaban haciendo. Exigían que el recipientario del sacramento viviera en la fe cátara definitivamente. De modo preferente, el “consolament” se facilitaba en la hora de la muerte o tras haber expresado un compromiso indudable que todos pudieran confirmar.
De manera que no podemos determinar si fue deliberada, el catarismo fue abrazado por la clase alta: comerciantes, nobles y burgueses. Persistían las iglesias romanistas con sus curas de “haz lo que digo y no lo que hago”, pero el pueblo llano fue desoyéndolos mientras escuchaba con atención y devoción a esos nuevos y sinceros “puros”. Podían ser tanto hombres como mujeres, porque la condición sexual no predeterminaba nada para ellos. Los mensajes de amor y sencillez se extendieron con tal fuerza, que la gente ni siquiera se planteó que debiera eliminar al clero romanista; sencillamente, lo ignoraba. Los puros rechazaban todos los ritos católicos y el Antiguo Testamento.. Muchos nobles que ni siquiera habían abrazado la fe, protegían a ciertos “perfectos” (que eran los cátaros iniciados casi como sacerdotes) y les hacían vivir en sus castillos, con objeto de que les proporcionasen el consolament en la hora de su muerte. Así, sin aspavientos ni grandilocuencia, los “puros” estaban por todas partes.
Cuando la extensión progresiva e imparable de los puros comenzó a convertirse en influencia social notable, los mismos nobles y burgueses que les protegían decidieron que debían reunirse a la manera de los concilios católicos, a fin de establecer algunas reglas y normas. Para ello, invitaron al sabio bizantino Niketas a predicar en una reunión que se celebraría en 1167 en Saint Felix, en los alrededores de Tolosa. Casi sin pretenderlo, estaban inaugurando una especie de iglesia cátara.
Ya era un hecho consumado. Occitania, la tierra de la pasión, la belleza, la poesía y el amor no era un feudo que pudiera considerarse papista-romanista. Sin existir una verdadera jerarquía y ni siquiera un clero real, los cátaros eran los depositarios de las inquietudes religiosas de los occitanos.
El rencor, el odio, y la crueldad que llevaban ejerciendo ya más de un siglo contra toda disidencia, empezaron a organizarse y “profesionalizarse”.
Los terribles mecanismos de la represión se pusieron en marcha.





1180.

Comienzan a predicarse cruzadas contra los cátaros.

Domingo de Guzmán nació en 1171, pero tal vez lo hizo ya predestinado. Este sacerdote castellano, burgalés, fue en toda Europa el mayor azote doctrinal de los disidentes del catolicismo en general y los cátaros en particular, y su orden de predicadores, dominicos, inspiradores de los franciscanos, fue más tarde el despiadado e inclemente brazo ejecutor de la Inquisición.
Pero como queda dicho, el exterminio de la disidencia había comenzado ya en el siglo XI, Las quemas, inclusive multitudinarias, se habían realizado esporádicamente por doquier y en algunos casos respondían a inquinas o temores de ciertos poderosos clérigos en concreto, o de nobles arteros y ambiciosos.
El rey de Francia era en 1180 Felipe Augusto, y lo fue hasta 1223. Luchó contra el imperio de los Plantagenet, cuyo poderío era una constante amenaza para los Capetos y sus pretensiones. Se alió a Ricardo, el futuro Corazón de León, y, aunque se enemistó episódicamente con él, ambos participaron en la tercera cruzada, de la que se retiró (1191), humillado por Ricardo.
En 1202 confiscó los feudos del nuevo rey de Inglaterra Juan sin Tierra, y emprendió la conquista de Normandía, del Maine, de Anjou, de Turena y planificó el desembarco de su hijo en Inglaterra (1213). El papa Inocencio III solicitó su intervención para aplastar a los cátaros (1204), pero su astucia política hizo que en un primer momento desoyese los deseos del papa, porque no quería enfrentarse a los poderosos nobles del sur ni al rey de Aragón, al menos antes de solucionar sus diferendos en el horte. Finalmente, y después de que Inocencio III ofreciera "entregar como botín" las tierras de Raimundo VI, Felipe Augusto, que ambicionaba el Languedoc, decidió intervenir, apoyando a Simón de Montfort y a los nobles menores franceses. Cuando murió (1223), era el más poderoso señor de Francia, había destruido el imperio de los Plantagenet y afianzado la autoridad de los Capetos en el reino. Fue Felipe Augusto el instrumento de tortura y exterminio de los cátaros que manipuló el papa de Roma a su conveniencia.
A partir del concilio cátaro de Sains Felix, viendo definitivamente las orejas al lobo, los clérigos romanistas se quitaron todas las caretas y abandonaron toda mesura. Este concilio y lo que podía significar para el futuro fue una especie de toque a rebato o, más bien, un toque de generala. Todos los poderes eclesiales más resolutivos se lanzaron a poner a punto sus máquinas de represión sin ninguna clase de duda o vacilación, ni enmascaramiento. Quemas todavía no muy descaradas, presiones sobre los nobles, intrigas cortesanas y de otros muchos tipos inclusive los más innobles, amenazas, excomuniones (que lógicamente, no significaban nada para quienes abrazaban sinceramente la fe nueva), simulaciones, burdas triquiñuelas y todo tipo de iniciativas les valían a aquellos malvados y degenerados clérigos para defender unas riquezas, vicios, prerrogativas y privilegios que consideraban en grave peligro.
El concilio de Saint Félix representó la sustanciación de la amenaza. Si antes se reprimía a los monjes honestos que criticaban los abusos de Roma o a los teóricos que no comulgaban ruedas de molino, o se perseguía a Domingo de Guzmán por su sencillez ofensiva para los clérigos ostentosos, o a Francisco de Asís, el concilio puso en evidencia que el peligro de desmoronamiento del poder romano era cierto. Toda la curia, prolongada en el tiempo a imagen del imperio cesáreo, vio llegar el fantasma de la liquidación de su burocracia imperial en forma de una iglesia que todos aceptaban sin vacilación o, al menos, respetaban por su sinceridad. Tras el concilio no había duda. El poder romano peligraba y había que defenderlo con las ballestas en la mano o morir matando.
Y matar, lo que se dice literalmente matar, sabían hacerlo muy bien.
En cuanto a la estructuración social, en la tierra de Oc en general y en Tolosa en particular dominaba el mismo sentido no demasiado jerárquico que presentaba el catarismo. Los vasallos del conde de Tolosa reconocían su soberanía, lógicamente, pero ellos conservaban la autonomía suficiente como para enfrentarse entre si y llegaban a sentar alianzas con otros soberanos, inclusive guerreras, sin el consentimiento y ni siquiera la información del conde. Destacaban una serie de nobles a veces veleidosos, como Foix, Trencavel, etc. Igual que Raimundo respecto de Francia, todos estos nobles ponían mucho empeña en sentar y afirmar su autonomía respecto del condado de Tolosa. Occitania estaba muy fragmentada tradicionalmente, y a cada desaparición de un señor seguía una nueva partición, porque los feudos se dividían entre los herederos.
Un estado de cosa que facilitaba las alianzas que llegaban a convertirse en tremendas felonías, como veremos a continuación.
Fue cual fuera la extensión del catarismo, y aun considerando que no ostentaban poder alguno, sorprendentemente ya el 1180 mandó el papa un legado pontificio, el obispo de Albano, a predicar una cruzada en Occitania. La única cruzada que jamás tuvo suelo europeo por escenario. No enviaban a los nobles ociosos y adolescentes aventureros a reconquistar Tierra Santa ni nada por el estilo. Espantado por la posibilidad de que peligrase su hegemonia, el papa romano lanzaba a cristianos contra cristianos en la propia Europa.
Roma supo utilizar de modo eficaz y aprovecharse arteramente de la carencia de monolitismo del Languedoc.




1194-1198

Dos protagonistas esenciales: Raimundo VI e Inocencio III
La cruzada de varios obispos, como Albano, no había conseguido, ni mucho menos, aplastar la insurgencia cátara. Los cátaros siguieron extendiéndose y conquistando voluntades y, sobre todo, afectos. Resulta conmovedor ver con cuánta sinceridad inspiraron amor y solidaridad, gracias a la sinceridad de su militancia.
Pero la jerarquía mandada por la curia romana jamás bajó la guardia.
Los personajes del drama cátaro son numerosos, pero dos sobresalen sobre los demás en uno y otro lado de la tragedia. Por parte de los occitanos, el conde de Tolosa, Raimundo VI, y del lado del implacable poder romano, Inocencio III.
Raimundo VI, como su padre y su abuelo, y luego su hijo y nieto, tuvo que padecer toda clase de intrigas y presiones que no tenían nada de religiosas. Todo el Languedoc, de una u otra forma, mantenía buenas relaciones de vasallaje y mutua protección con el rey de Aragón. Relaciones que, en gran medida, representaban el atrincheramiento propio frente a las ambiciones del poder franco. Desde su puesta en marcha, el poder emanado de París fue expansionista y poco a poco fue conquistando feudos y eliminando diferencias y características. Caían paso a paso feudos llenos de historia, tradición y personalidad, como Normandía, Alsacia o Bretaña y eran inmediatamente afrancesados, y se les extirpaba sus estilos, costumbres, lengua y diferencias. Pero el Languedoc-Occitania se resistía. Los modos belicistas y resolutivos franceses repugnaban al amable sentido de la vida de los occitanos.
Raimundo VI, como antes su padre, sufrió presiones insoportables para que aceptase entregarse en manos del poder francés y resistió todo lo que pudo.
Considerando las cosas con la perspectiva del tiempo, hay que reconocer que el catarismo fue sin pretenderlo el gran aliado de las ambiciones francesas, porque sirvió de pretexto tanto para el papa como para el rey franco.
Muerto el conde Raimundo V en 1194, su hijo heredó la corona condal y se casó con la reina de Sicilia, dispuesto a defender un condado cuya independencia llevaba mucho tiempo viendo peligrar. Como ya había visto hacer a su padre, toleró y, probablemente, se alineó con los cátaros, también llamados albigenses (por la ciudad de Albi); permitió sus prédicas y, aceptados y en buena medida impulsados, los cátaros se extendieron por el condado y toda Occitania casi simultáneamente con la presencia institucional del bogomilismo en Bosnia.
Pero el poder clerical nunca descansó. A los predicadores más o menos espiritualistas del principio fueron sumando verdaderos estrategas anticataristas, como Domingo de Guzmán.
Tras el concilio de Saint Felix se habían establecido el equivalente cátaro de obispados católicos. Había cuatro patriarcados cátaros en Tolosa, si bien que su importancia era de carácter puramente intelectual, porque no poseían feudos como los obispos católicos. Estos patriarcados no ejercían ningún magisterio espiritual ni mucho menos temporal. Se limitaban a sentar principios y nada más. Nadie mandaba en un sentido monarquista del poder, lo que sí ocurría siempre en el bando romanista. Estos obispos-patriarcas dialogaban con Raimundo VI y le hacían sugerencias, pero en modo alguno se trataba de alianzas entendidas como religión de estado.
Con el mismo modus operandi de los nobles vasallos, los patriarcas eran celosos de su autonomía y la de los demás. Nadie se metía en el terreno de nadie. Por otro lado, y a pesar de lo celosos que los occitanos eran de su independencia y libertad, les repugnaba la idea (esencialmente fea y contraria a su ideal de belleza) de tomar las armas para defenderse.
Ninguna amenaza, por horrorosa que fuese, les hacía cambiar sus valoraciones. Roma, por su parte, había sido desde el principio un poder monolítico. La finalidad expresamente espiritual cristiana significaba poco o nada. Lo que contaba, desde la hipócrita conversión de Constantino (que no fue conversión, pues lo que hizo en realidad fue convertir el cristianismo al paganismo romano), era el poder. Perpetuarse. Dominar, como Constantino, aunque tuviera que simular una conversión falsa. Roma amaba el poder y lo ejercía de manera arrolladora desde los césares. Lo que Roma vio en el catarismo, por tanto, no fue un toque de atención a sus maneras tan alejadas del mensaje cristiano; lo que percibió fue “peligro, peligro”. En el Languedoc sus clérigos y prelados iban a perder todo el poder.
No podían consentirlo.
Y quien menos iba a consentirlo era el nuevo papa coronado en 1198, Inocencio III. Un papa nacido en el norte de Italia pero de clara afinidad afrancesada, en quien se amalgamaron, pues, las ambiciones francas y la ira romana.





1204.
Debates “versallescos” entre cátaros y católicos. El papel de las mujeres.
Una cosa era lo que dictaba el proceder romano tradicional y otra cosa era que las circunstancias y los poderosos le permitieran actuar francamente, sin máscaras ni disfraces.
Aunque ahora pueda parecernos insólito, los enviados papales fingieron al principio
que trataban de contemporizar. Pero si examinamos su historia, veremos que la Iglesia que detentaba el poder de Roma jamás había sido lene con la disidencia. Más o menos disimuladamente, siempre había hecho correr ríos de sangre. Con objeto de defender y mantener a cualquier precio su hegemonía, Roma intrigaba, batallaba, guerreaba, conspiraba, arrollaba, traicionaba o, sencillamente, aplastaba. Usando el nombre de Cristo del modo más artero e hipócrita que hayamos visto, Roma llevaba siglos corriendo con presteza a eliminar toda clase de disidencia.
Pero la idiosincrasia impone maneras, y el ser natural de Octitania impuso la manera de abordar el enfrentamiento que veían venir. Al estilo de lo que hoy llamaríamos “versallesco”, organizaron debates que pudieran determinar a modo de concurso, con jueces y demás, quiénes eran más razonables y podían acercarse más a la verdad entre cátaros y católicos. Los cátaros no plantearon defensas belicosas; confiaron en el buen uso que ellos hacían de la razón, como si todos estuvieran dispuestos a razonar. En casi todas las fortalezas, castillos y palacios se celebraron debates de estas características. Naturalmente, Roma mandó a su artillería pesada, y los cátaros, con el modo “silvestre” occitano de hacer las cosas, fueron presentando a los debates a quien en cada momento mostraba mayor fe y sabiduría.
En tales discusiones jamás podía haberse alcanzado un final, porque nunca habría ni podía haber vencedores ni vencidos. Los “puros” criticaban los dispendios y la ostentación del clero católico, y estos hablaban sólo de “autoridad”, “errores de los herejes” y “sometimiento a la autoridad de la curia romana”. Era imposible que llegaran a ninguna clase de acuerdo y ni siquiera a un arreglo. Los puros se tomaban los debates como la oportunidad de hablar con pasión de su verdad y los romanos los utilizaban como una forma amplificada de extender los miedos que llevaban seiscientos años fomentando. Ni siquiera alcanzaban eso que llamamos discusiones “bizantinas”, porque en todo y a todo lo largo de la duración de los debates ambos bandos eran ciegos y sordos. Sólo valía para cada uno su propia verdad.
En cierta ocasión, en 1207, fue organizado un debate en el que ya ninguno de los dos bandos disimulaba su aversión mutua. Las mujeres, como ya quedó dicho, ejercían entre los puros en pie de igualdad completa. Salían poco a predicar, pero organizaron escuelas y mandaron comunidades, castillos y fortalezas sin que nadie les señalara su sexo. En el debate en cuestión, una revestida cátara, poseedora de gran autoridad moral entre los suyos, se levantó para contradecir apasionadamente una de las barbaridades que había dicho un clérigo católico. Éste se alzó a su vez, indignado, y revistiéndose de ira divina, le espetó: “Señora, volved al huso y la rueca, el sitio de una mujer no está en una reunión como ésta”.
También esta clase de igualdad, la de los sexos, enojaba profundamente a la curia papal, porque era asimismo un posible ariete sumamente temible contra su hegemonía. El Imperio Romano no había practicado nunca la igualdad; los nobles eran senadores y sus mujeres remoloneaban y esperaban a sus amantes en sus casas. Como los obispos y sus barraganas. Tal vez no fue el motivo principal de su inquina, pero está claro que tuvo que contribuir bastante. Hay que tomar en consideración que ni siquiera ahora, a estas alturas del siglo XXI, ha adquirido la mujer un papel tan preponderante y autónomo como tuvo en el siglo XII en Occitania.
Una idea frecuentemente repetida por el catolicismo romano del Medioevo afirmaba que “las mujeres son fuente de corrupción y carnalidad”. En pleno siglo XII, esa actitud prejuiciosa, opresiva y discriminatoria contra la mujer llevó a la curia romana a alejarlas de los altares, las universidades y, desde luego, de los concilios. Contrariamente, el catarismo respetó en pie de igualdad a las mujeres en lo que llegó a definirse como una revolución matriarcal. En realidad, era consecuente, porque el catarismo no solemnizaba templos al estilo papal-romano, sino que se asentaba en los hogares, en las cocinas y en la vida diaria de las familias.
A diferencia de los hombres, las mujeres cátaras no solían viajar para predicar. Su reino era el hogar, consagrado como templo de la convivencia. Ellas establecían comunidades para las hijas y las viudas, y crearon escuelas artesanales y de distintos oficios considerados entonces claramente femeninos. Como la condición que sus enemigos llamaban “perfecta” también la adquirían las mujeres, muchas en cuanto llegaron a la edad adulta, alcanzaron el nivel de “revestidas”. Como no fundaban templos, los hogares que tales “revestidas” administraban se transformaban en verdaderos centros de culto. La única manera de culto que ellos consideraban reflejo de la vida de Jesucristo y sus apóstoles. La casa de Lázaro y sus hermanas y las comidas allí realizadas eran para ellos verdaderas ceremonias y templos. Las iglesias de los clérigos romanos no eran la “casa de Dios”, sino el salón cortesano de cada uno de los ambiciosos y altaneros clérigos.
Posiblemente, el extraordinario éxito, amor, solidaridad y poder de convocatoria de los cátaros se debieron a esa manera de entender la mujer y el hogar, el culto al hogar convertido en fortaleza y centro de estudios espirituales. En cierta ocasión, el obispo católico de Tolosa reprochó a un caballero que no castigase a los “cátaros” bajo su dominio. El caballero respondió: ¿Cómo voy a castigar a quien me ha convertido en un hombre sensato ni a quienes de hecho mantienen conmigo lazos indisolubles de sangre? Todos tenían amigos, aliados y parientes cátaros sin darle la menos importancia, porque la declaración de fidelidad religiosa, de hacerse, que no se hacía, no tenía para los occitanos importancia alguna. Ningún obispo podía exigir a nadie que apresase y castigase a su madre, a su hermano o a su hijo. Esa podría ser una de las claves que nos ayudarían a comprender la dimensión de su solidaridad en la hora de los distintos exterminios.
Las mujeres poseyeron un papel preponderante y decisorio en el Languedoc del siglo XII, lo que ponía en evidencia la crueldad y arbitrariedad de la discriminación antifeminista de los clérigos católicos. Los hogares/templos que ellas administraban permanecían noche y día abiertos a la posibilidad de que cualquiera fue a escuchar la “palabra de Dios” o a abrigar, alimentarse o pretegerse. Y nunca se convirtieron esos hogares en monasterios ni conventos, ni nada parecido. Lo más que llegaron a ser era escuelas de artesanía y manualidades. Esa forma de cotidianidad evitaba que se diesen entre los cátaros las milagrerías supersticiosas de los templos romanos. Nunca estimularon el miedo entre sus fieles, cuestión que la iglesia Católica no ha dejado de hacer a lo largo de su historia. Para ellos, puesto que el dios espiritual estaba en todas partes, no hacían falta oro ni vanidades para adorarle.
La manía romana de sacralización de lugares, a la manera de los antiguos paganos, era fuertemente criticada por los cátaros. Según ellos, San Pedro jamás estuvo en Roma y esto había sido sólo un invento para prolongar en la iglesia el cesarismo imperial. El papado nunca había sido fundado ni, mucho menos, instituido por Cristo. La curia y el papa no eran en modo alguno sucesores de los apóstoles, sino continuadores de los césares del Imperio Romano.



1208.
El Maine de los cátaros. Asesinato de Pierre de Castelnau
En muchos momentos de la historia ha recurrido un poder a medios arteros para provocar y justificar una guerra. Nosotros, los españoles tenemos el ejemplo claro de Cuba. Para justificar su intervención en la guerra larvada entre España y los independentistas de la isla, los Estados Unidos hicieron volar un barco suyo amarrado en el puerto de La Habana, el Maine, que el gobierno estadounidense había enviado para proteger sus intereses en la isla a la vista de la situación prebélica.
Nadie sabe quién puso la bomba, pero todos lo podemos imaginar. Nuestro débil gobierno jamás habría provocado la ira del poderosísimo padrino norteamericano. La proa del barco explotó y el barco se hundió rápidamente, muriendo la mayoría de sus tripulantes. El caso, acusando a España del hundimiento, fue el pretexto que sirvió a Washington para justificar su intervención en la guerra en contra del reino español, guerra que perdimos, como era lógico dadas las fuerzas en juego, y todos sabemos lo que se perdió en Cuba.
En 1208, Inocencio III, que era un estratega ambicioso y adoraba el poder como un becerro de oro que probablemente adoraba de hecho, y que ejercía el mando con la habilidad y la impiedad de un conquistador implacable, mandó un delegado ante el conde de Tolosa, Raimundo VI, a exigirle que le entregara a todos los cátaros que hubiera en sus dominios, para exterminarlos.
Raimundo VI, arrogante en su título y corona, pero también fiel a la idiosincrasia occitana, se negó en redondo. En ningún caso entregaría a una potencia extranjera a ninguno de sus súbditos. Se valió de buenas palabras y dilaciones, para convencer al delegado papal, Pierre de Castelnau, de que se fuera creyendo haberlo convencido, pero sin decirle en ningún momento que sí entregaría a los disidentes.
El 15 de enero de 1208, al salir de San Guilles, Pierre de Castelnau murió asesinado en las cercanías del palacio de Raimundo.
Fue probablemente la mayor convulsión que registra la diplomacia del siglo.
¿Lo mandó matar Raimundo VI? Uno de los supuestos policiales de investigación consiste en determinar a quién beneficia un crimen, porque de ello se puede deducir quién puede haberlo cometido o mandado cometer. Lo vemos claramente en las actuaciones políticas actuales, aunque no siempre se atreven los periodistas pagados a señalar a los culpables. La muerte del delegado papal en las circunstancias que se produjo sólo podía perjudicar a los cátaros y poner en peligro extremo el gobierno de Raimundo, que ya contaba más de cincuenta años y llevaba muchos en el poder. Era un soberano muy experto, curtido y definitivamente paradigma del occitanismo. Sabía demasiado como para matar a ese hombre y además, el asesinato le repugnaba, como queda consignado en la historia de su bondadoso reinado.
El asesinato sólo pudo cometerlo quien quería la guerra para conquistar Tolosa. Sólo el papa pudo mandar cometer el asesinato para justificar sus desmanes.
Como lo que ansiaba sobre todas las cosas el ambicioso Inocencio III era, en realidad, apoderarse de los bienes y propiedades del conde de Tolosa, mandó al abad de Citeaux ante Raimundo VI exigiéndole de nuevo bajo amenaza de anatema que le entregase los puros que todavía permanecieran en sus dominios. Como se negó otra vez, fue inmediatamente excomulgado. Amaury, el enviado papal de ahora, volvió a la carga en seguida y ordenó a Raimundo VI que le entregase los judíos que ocupaban muchos cargos importantes en sus dominios. Como tampoco consintió, volvió a excomulgarlo. Puso en cuarentena religiosa a la ciudad de Tolosa, de manera que los católicos del lugar dejaron de tener acceso a sus ceremonias, misas y demás. Ni siquiera podían enterrar a sus muertos en tierra consagrada. Raimundo VI decidió apelar al papa; este sabía que el conde de Tolosa tenía lazos directos de sangre con príncipes de Inglaterra, España y otros lugares (razón por la que la muerte de Castelnau no había tenido todavía las consecuencias resolutivas que habría tenido en otros casos), y por ello levantó el entredicho de Amaury. Pero decidió también que para levantar la excomunión de Raimundo VI debía éste comparecer ante un tribunal religioso para responder a las graves acusaciones que pesaban contra él. Se prestó a ello Raimundo VI y prometió (con desgana y sin propósito de cumplirlo) entregar a los “herejes” de sus dominios.
El día que murió Catelnau y, sobre todo, el día que Raimundo mostró su acuerdo con el juicio y los destierros, se puso en marcha la estrategia que beneficiaría la ambición del papa y del rey francés. Durante meses, Raimundo se vio sometido a amenazas, presiones, chantajes y extorsión moral y sentimental. Además de avenirse a hacer lo que siempre se le había exigido, contribuir a aplastar la disidencia, tenía que humillarse y reconocer públicamente el poder del papa.
El 18 de junio de 1209 la escalinata del mismo Saint Gilles se llenó de gente. El sol brillaba, el verano comenzaba a madurar las mieses, los frutos colgaban ubérrimos de los árboles y el aire perezoso llevaba los perfumes por doquier. La gente vio con expresión alucinada cómo Raimundo VI era parcialmente desnudado, dejando expuesto su torso cincuentón, y se le obligaba a abatirse como un malhechor despreciable. Los juncos y flexibles ramas del verano comenzaron a restallar y azotaron una y otra vez el cuerpo del noble, que se sometía voluntariamente al tormento para evitar el sufrimiento de su pueblo. Pueblo que contempló el suplicio espantado pero también con el estupor de la gente sencilla que ve atormentar al más poderoso de los hombres de que tiene noticia.
En esa escena estremecedora culminaban año y medio de diplomacia imposible. Desde la muerte de Pierre de Castelnau todos los poderosos y principescos testimonios habían ido insistiendo en la inocencia de Raimundo. Él mismo manifestaba que siempre habría sabido que matar al delegado del papa hubiera sido un suicidio. Él, que había sido bueno, justo, clarividente, astuto y equilibrado no podía haber cometido un error tan terrible. Pero ni testimonios ni argumentos, ni protestas, valieron de nada ante el papa y su curia cesárea. Todos en el Languedoc odiaban al papa y habían odiado mucho más a su delegado, pues Pierre de Castelnau era un hombre ríspido, altanero, arbitrario y abusón. De no haber cometido el asesinato un compinche del propio papa, cualquiera en Occitania habría deseado matarlo. Raimundo jamás lo habría hecho ni mandado hacer.
Sin embargo, ese 18 de junio de 1209 se escenificaba el primer paso del sometimiento forzoso del Languedoc a poderes extranjeros.
Raimundo VI era –en términos de propaganda- para el papa oficialmente el único culpable del asesinato. Cargarle a él la culpa allanaba el camino de muchas intrigas y estrategias, tanto del papa como del rey francés.
Durante los anteriores 17 meses, Raimundo había cometido algunos errores impulsado por la desesperación y el miedo a lo que veía venir. Entre ellos, la elección de la persona que mandó a Roma a dialogar con Inocencio III. Éste abominaba de su obispo de Tolosa, Raimond de Rabasten, un ampuloso y altanero derrochador, y deseaba sustituirlo. Sin embargo, Raimundo eligió erróneamente a este obispo católico de su ducado, creyendo que podía tener alguna clase de influencia sobre el papa.
Pero este obispo encontró en Roma a la curia cesárea alborotada. Convencidos los clérigos romanos de la culpabilidad de Raimundo, clamaban por su cabeza y no había obispo que pudiera cambiar eso.
Ya unos meses antes, Inocencio III había convocado una cruzada en defensa de la fe, la única de la historia que tendría a Europa por escenario. Uno de sus predicadores era Arnaud Amaury, que habría de tener importancia capital en la campaña de hostigamiento contra el Languedoc y en los crímenes que cometería la Iglesia Católica.
Con la cruzada en marcha e invocándose por todas partes las maldiciones papales, lo que el desprestigiado Raimons de Rabasten podía hacer en Roma a favor de Raimundo, más que nada, sería contraproducente.
Amaury y otros clérigos delegados papales recorrían Europa pidiendo a los reyes ayuda y complicidad en esa cruzada papal. Pero los reyes europeos dieron en todos los casos respuestas tibias o de compromiso; estaban demasiado atareados en sus guerras privadas y alborotos como para doblegarse a las exigencias papales, que además les exigía contravenir algunas reglas no escritas del mundo feudal europeo medieval. Si no tenían ningún pretexto para pelear con Raimundo ni ninguna cuenta pendiente con el pueblo occitano, ¿por qué habrían de guerrear contra ellos?
A pesar de las negativas, Inocencio III no cejó en sus amenazas y exigencias a todos los reyes durante todo ese tiempo. Finalmente, el más interesado, Felipe de Francia, se doblegó a las exigencias papales y se dispuso a batallar contra sus vecinos del sur. Un montón de nobles franceses, poderosos y ricos pero no muy relevantes, se sumó a la campaña y habían comenzado ya a viajar hacia Occitania cuando Raimundo estaba siendo azotado públicamente.
El drama se había puesto en marcha y en seguida habría de descorrerse el telón que desvelaba todas desmesuras papales.






1209
Exterminio en Beziers
Poco más tarde de la flagelación pública del monarca de Tolosa iba a ocurrir una de las tragedias más espantosas y desalmadas que ha consignado jamás la historia humana.
Ramón Trencavel, el vizconde de Albi, Carcasona, Beziers y los alrededores, había propuesto a Raimundo VI formar una liga para ampararse en conjunto contra las ambiciones del norte franco. Raimundo era más experto y viejo, y eludió el compromiso. Cuando la cruzada franco-papal atacó Occitania y se demostró su magnitud, determinación y crueldad, Ramón Trencavel intentó ser tan diplomático y apóstata como Raimundo VI, prometiendo perseguir a los cátaros. Mas todos conocían sus fuertes vínculos familiares. Y por otro lado, el obispo Amaury, un personaje siniestro y perverso a quien todavía no ha tratado la historia como mereció, no quería perder la oportunidad inestable que representaba que Felipe Augusto de Francia hubiera aceptado sumarse a la cruzada papal contra el Languedoc. Conocía Amauriy que, en realidad, no era lo mismo lo que buscaban en Occitania ambos poderes. Felipe Augusto sólo quería anexionarse en Languedoc.
El verano de 1209, Ramón Roger Trencavel, que sólo contaba veinticuatro años, gobernaba como vizconde extensas tierras occitanas que no formaban parte del condado de Tolosa. La familia Trencavel era parte sustancial de la tradición de esos lugares y era muy poderosa. Ramón era en esencia un joven caprichoso y como tal, demasiado crédulo de sus propias seguridades.
Era el primer verano de la cruzada de Inocencio III y la de Trencavel era tierra mediterránea, y todos conocemos la sensualidad embriagadora y la modorra de los veranos mediterráneos.
Ramón Roger Trencavel sí había abrazado el catarismo y parece que su madre había alcanzado el grado de revestida y era muy respetada entre los puros.
Comenzó el sitio paulatinamente y sin que ni los unos ni los otros previeran nada dramático en el hecho.
Cuando Ramón Trencavel había oído hablar por primera vez de la respuesta del norte francés a las exigencias del papa, creyó que el único objetivo de la cruzada era Tolosa.
Había rechazado la alianza con Raimundo VI y, además, creía que éste era de veras culpable de la muerte de Castelnau. Consideraba que la descarada osadía de ese crimen se veía superada por la hipocresía del conde de Tolosa al fingir sumarse a la cruzada y comprometerse a entregar a sus cátaros y judíos. Por todo ello, consideraba que el único que tenía que temer por sus dominios era el propio Raimundo VI, no él.
Pero el frívolo Ramón Trencavel se alarmó cuando los espías le describieron la dimensión del ejército de los aliados cruzados que se acercaban. En vista de ello, mandó ensillar el caballo y acudió a entrevistarse con Arnaud Amaury.
Se reunió con él y sus pequeños, mediocres y ambiciosos aristócratas franceses, y se comprometió a sumarse a la cruzada. Aseguró que los Trencavel iban a someterse a los designios de la iglesia de Roma. Expulsaría de sus tierras a los herejes y si alguno de sus súbditos vacilaba influido por la lepra cátara, lo fulminaría.
Todo ello era más extravagante que las actitudes aparentemente prorromanas del conde de Tolosa. Era notoriamente cátaro y también lo era toda su familia. Y el astuto Amaury lo sabía y conocía desalentadores rumores sobre el joven vizconde, como que al morir su padre había tenido de tutor a Bertrand de Saissac, un hereje del que se decía que profanaba iglesias y exhumaba cadáveres de abades para vejarlos. Durante la niñez de Ramon Roger Trencavel había sido regente el conde de Foix, un aristócrata campesino cuya madre, hermanas y esposa eran cátaras. Consideraba Arnaud Amaury que todo lo que le decía el joven e inconsciente vizconde era mentira y que ultrajaba doblemente a la iglesia romana.
El obispo católico de Carcasona, capital de los Trencavel, había sido expulsado por tener la osadía de criticar contra los cátaros. Y había sido sustituido por un obispo blando e inútil, muy querido por los Trencavel. Ese obispo estaba fuertemente involucrado en la “herejía”, pues su hermana, su madre y tres de sus hermanos habían recibido el consolament.
Además de todos esos pecados. Trencavel había convertido en bayle de Beziers a un judío.
Para Arnaud Amaury, el muchacho atolondrado que era el vizconde había cometido tantas faltas contra las leyes “romanistas” de Dios, que su fingida disposición de ahora sólo podía interpretarse como una gravísima ofensa al papa.
Amaury desoyó al joven vizconde despidiéndolo de mala manera. Había tardado muchos años en convencer a los pequeños señores guerreros francos para que se sumaran a los anhelos del papa. De ningún modo iba a detener ni un día la cruzada que él mismo había puesto en marcha.
Regresado a Beziers, Ramón Roger Trencavel organizó una asamblea para comunicar su fracaso. No habría vacilación de los papistas ni tregua y los del norte estaban muy cerca de la ciudad, y no iban a avenirse a ninguna clase de razones. El pueblo de Beziers esta asustado, pero no se aterrorizaba, confiando todavía en una superioridad que sólo imaginaba. La ciudad dominaba sobre el río Orb, con formidables fortificaciones que escalaban la colina. Los cronistas papales-romanos que cuentan el caso los describen como locos, atolondrados y estúpidos. Uno de los ciudadanos de Beziers, Guillaume de Tuleda, afirmó que los habitantes de Beziers creían poder resistir el asedio con enorme facilidad y vencerlo. Tenían comida almacenada y toda la gente que había ido llegando a refugiarse por las noticias que recorrían sus tierras, habían traído a la ciudad medios de supervivencia de sobra. Por lo tanto, se consideraban fuertes y entendían que la enormidad del ejercito atacante se convertiría a la larga en su mayor debilidad; iba a resultad demasiado difícil mantenerles abastecidos. Seguramente esta cruzada iba a desintegrarse más bien pronto que tarde. La verdad era que el ejercito atacante llenaba valles y se extendía a todo lo que abarcaba la vista; demasiadas bocas que alimentar y surtir. Los de Beziers esperaban que con los calores del verano y la escasez de víveres, se desorganizarían y huirían. La mayoría de los soldados rasos que formaban parte del ejército sitiador se marcharía sin estrenas sus armas.
Beziers iba a aguantar el asedio. Los cruzados se rendirían sin atacar.
El propio obispo de la ciudad, que formaba en el grupo de los sitiadores, ingresó en la ciudad con una última oferta. Tenía encima una lista de doscientos veinte nombres; los cátaros revestidos que había en la población; exigió que esos doscientos veinte le fueran entregados para su sacrificio.
A los confiados ciudadanos de Beziers les molestó el tono y el fondo de lo que el obispo exigía. Permanecieron impasibles. Les ofendía gravemente que nadie, y mucho menos poderes extranjeros o sus representantes, les exigieran la entrega de conciudadanos cualquiera que fuese su situación o creencia. Hacia 1167, en la propia catedral de María Magdalena, los ciudadanos de Beziers habían matado al abuelo de Ramón Roger Trencavel por cuestionar y tratar de eliminar sus libertades. El hijo de éste, el padre del joven vizconde, había tomado venganza dos años más tarde del asesinato, durante la propia fiesta de María Magdalena, y perpetró una masacre indiscriminada.
El recuerdo de tales eventos había fortalecido la voluntad de los ciudadanos de Beziers, convenciéndoles de lo difícil que era mantener la libertad. Ahora, con los cruzados ante sus murallas, su espíritu se mantenía incólume. Ni los católicos ni los cátaros, lógicamente, traicionarían ni entregarían a los revestidos. Al obispo traidor le dijeron que preferían ahogarse en la mar que cambiar de manera de ser ni entregar a ningún convecino. El clérigo cogió su acémila para regresar al campamento de los cruzados, pero bastantes de sus propios ayudantes se quedaron en la ciudad expresando su plena solidaridad con sus feligreses.
Pero, en cambio, Ramón Roger Trencavel no permaneció en la ciudad. Dada la memoria sangrienta de su padre y su abuelo, es más que probable que él y sus súbditos abrigasen respecto del otro sentimientos algo ambiguos. Con el enemigo literalmente en puertas, el joven vizconde hizo una promesa a sus súbditos; se marchaba, pero a reclutar en Carcasona un ejército con el que vencer antes a los cruzados. Se llevó con él a todos los judíos de Beziers, porque los fiieles a Roma actuaban siempre muy cruelmente contra los judíos aunque estos fueran completamente inocentes de las culpas que los clérigos atribuían a sus enemigos.
La fecha siguiente de la marcha del joven vizconde era el 22 de julio de 1209, fiesta de María Magdalena, día tradicionalmente aciago en la comarca, a pesar de la devoción de carácter mágico-esotérico que se le brinda a la supuesta “mujer pública” de los evangelios, a quien muchos occitanos le atribuyen haberse casado con Cristo y ser madre de su hijo.
Al atardecer, vieron los de Bezier desde las almenas el ascenso del humo pestilente de varias hogueras. Los sitiadores, llegados `poco a poco en de todos los puntos cardinales y en número que multiplicaba por cinco o seis la población de la ciudad, eran ya muy numerosos y realizaban sus “hazañas” con objeto de abatir los ánimos y la entereza de los sitiados. Éstos contemplaron impotentes las atrocidades sin cuento, las ejecuciones sin tribunal, los asesinatos, las mutilaciones, las torturas y las violaciones, y se les ensombreció el espíritu. Fieles a sus creencias, los revestidos de la fortaleza sintieron crecer en su interior el anhelo de pasar cuanto antes al otro lado, donde la Luz vence a las tinieblas. Los demás, que eran la mayoría, sencillamente comprendieron a pesar de la inconsciencia de los actos y las opiniones de de Ramón Roger Trencavel que se avecinaba un gran ataque y tenían que defenderse.
La fiesta de María Magdalena estaba llena de melodramatismo y previsiones agoreras.
Hacía mucho tiempo que sobre todo los gitanos de la zona adoraban y veneraban a María Magdalena, porque creían que ésta había huido de Palestina tras la ascensión de Jesús, escapando con Lázaro y el hijo que ella había procreado con Jesús, y arribaron a las costas de Languedoc desde donde propagaron el cristianismo. Maríoa Magdalena se había convertido ella misma en una especie de diosa que alimentaba formas extrañas de cristianismo entre la gente inculta de Occitania.
La pretendida pecadora de los evangelios tenía gran fama también entre los gnósticos, antecesores de los cátaros como queda dicho. Según los gnósticos, María Magdalena era en realidad la primera de los apóstoles, muy superior a Pedro y demás. Los evangelios no incluidos en el Nuevo Testamento por la naciente iglesia de los primeros siglos, adjudicaban con frecuencia a Magdalena una misión muy importante en lo pastoral y el evangelio de Juan, el único de los “oficiales” que respetaban por su espiritualidad, atribuia a Magdalena una posición importantísima ya que había resultado elegida por Cristo resucitado para transmitir a los demás apóstoles su mensaje inicial y sy propia sangre.
La iglesia oficial había mermado deliberadamente la importancia de Maria Magdalena, colocándola no sólo detrás de Pedro, sino de todos los demás, pero la maniobra no convenció a los gnósticos ni a los occitanos, ni a otros muchos.
La consecuencia de ese respeto y veneración por María Magdalena, entre otras, era la elevación del papel de las mujeres. Podían no sólo criar a sus hijos y cuidar de sus maridos, también podían capitanear e instruir.
Los cátaros, por tanto, que valoraban inmensamente el evangelio de San Juan, veían a María Magdalena con simpatía, mucho más que los demás credos cristianos y, desde luego, de manera sumamente superior a la iglesia de roma, tan declaradamente antifeminista.
Resultaba significativo que la fiesta de esa santa-apóstol tan ambigua, la fiesta mayor de Beziers, coincidiera con el día más aciago de la ciudad defendida por su mayoría católica, La fecha significaba mucho para todos, pero en especial para los gnósticos y similares.
Por supuesto, no podía ser un buen augurio.
El día de María Magdalena todos los llanos situados al sur de Beziers eran un hervidero. Bajo la mirada todavía no excesivamente inquieta de los habitantes de la ciudad, varias decenas de miles de cruzados armaban tiendas, encendían hogueras, cocinaban, aprestaban sus armas y alimentaban a sus monturas. Hasta donde alcanzaba la vista de quienes miraban desde las almenas, los cruzados semejaban un proceloso mar casi infinito donde se condensaban todas las sombras y las peores amenazas. Los cruzados habían arrasado gran parte del bosque cercano para armar tiendas y alzar astas para sus pendones. Flameaban estandartes y banderas y semejaban una inundación de colores estridentes. Sonaban las oraciones y las francachelas, las orgías y los cantos religiosos, los relinchos y las apuestas, las blasfemias y las bendiciones. Estaban apropiándose de un solar como quien se prepara para una estancia muy prolongada.
Arnaud Amaury no paraba de convocar concilios y conciliábulos, reuniones e intrigas. Él había estado muchas veces en Beziers y siempre había opinado que la ciudad era inexpugnable, lo que ahora no podía dejar de preocuparle. Los militares más expertos habían cabalgado muchas veces para acercarse a las murallas y abundaban en la antigua opinión de Amaury, aunque afirmaban que la fiereza francesa encontraría el modo de abatir las resistencias.
Mientras discutían tales argumentos, el ejército no paraba sus preparativos. Nadie, ni siquiera ellos mismos, imaginaba lo que iba a suceder.
Unos cuantos soldados y menestrales fueron hacia la parte baja del río, la más cercana a las murallas. Necesitaban un respiro y el calor veraniego les incitó a tomar un baño. Tan cerca de los defensores, que inevitablemente intercambiaron bromas e insultos con los ocupantes de las defensivas almenas. Un cruzado bromista y desafiante recorrió muy temerariamente el puente sobre el río Orb, constituyendo un blanco perfecto para los hábiles ballesteros de las murallas. Mientras tal cosa hacía, los que se bañaban exhibían impúdicamente su completa desnudez y realizaban toda clase de gestos obscenos en dirección a los defensores; parecían una escena escabrosa de una cualquiera de las películas del Neorrealismo italiano; igual de ordinarios, desvergonzados, irreverentes, despreocupados y vergonzantes. La repugnante chusma desnuda, vociferante, blasfema y obscena enfureció a los orgullosos ciudadanos de Beziers, algunos de cuyos jóvenes decidieron dar un escarmiento a los bañistas indecentes. Se aprovisionaron de palos y algunos timbales, franquearon una de las puertas abriéndola de par en par y corrieron tumultuosamente a la carga contra los ofensivos bañistas. El que recorría el puente no tuvo tiempo ni de emitir una de sus pullas burlonas porque cayeron sobre él y lo golpearon duramente. Mientras sus compañeros burlones se apresuraban a correr en su ayuda, lo tiraron desde el puente en una parte muy lodosa del río Orb. Impensadamente, había empezado la lucha.
Un trecho adelante alguien vio flotar el cuerpo inerte del provocador que había cruzado el puente, y también se dio cuenta de que había una puerta de Beziers abierta. Gritó de modo estridente “Vamos al ataque” y de repente, casi sin ordenarlo nadie, una multitud de cruzados corrieron hacia la puerta abierta. Sin tiempo para armarse ara la lucha, portaban garrotes y trancas, unos quince o dieciséis mil marcha a través del puente.
No hubo tiempo de cerrar la puerta. Varios ciudadanos de Beziers gritaban desaforadamente a los muchachos que habían salido a castigar a los bañistas, a fin de que volvieran, pero no tuvieron ocasión. Desde arriba veían lo que se les caía encima. El ejército de cruzados, que seguramente superaba los cien mil combatientes, se puso en marcha, ahora con mayor orden que los primeros dieciséis mil. Los sitiados habían cometido un error que no podían rectificar. Los cruzados no habían tenido tiempo para la desmoralización que preveían; estaban frescos, fuertes, descansados, bien alimentados y llenos todavía del optimismo que les producía la promesa de botín con que el papa los había movilizado.
Los sorprendidos habitantes de Beziers, muy inferiores en número y armamento, se pudieron defender muy poco rato. Los primeros inconscientes combatientes que salieran a lavar las ofensas fueron exterminados a golpes y los atacantes entraron en la ciudad en Tropel, entre gritos y blasfemias. Simultáneamente, apoyaron escaleras contra las murallas y las escalaron.
Amaury y su grupo de dialogantes oyeron el tumulto. Gritaban “a las armas” y los señores reunidos en torno al obispo del papa salieron a tratar de poner orden en el asalto.
Es posible que fuera en ese momento cuando se pronuncio una de las frases más horribles y estremecedoras que jamás dijo ningún ser humano. Todos sabían que los revestidos eran tan sólo doscientos veinte y que de los veintitrés o veinticuatro mil habitantes de Bezier casi todos eran cristianos fieles a Roma. Un capitán se dirigió al obispo papal Amary, y gran instigador de todas las guerras religiosas de la época, y le dijo; Señor, ¿cómo podremos reconocer a los cristianos de los herejes? Arnaud Amaury respondió: Matadlos a todos. Dios reconocerá a los suyos.
Nadie trató de detener la matanza ni puso de hecho orden en arrasamiento. Ni, mucho menos, Arnaud Amura, que tal vez mirase la escabechina no sólo con satisfacción, sino con secreto placer sádico.. Los sacerdotes católicos que había en Beziers se dispusieron a celebrar misas y responsos por los muertos e hicieron sonar las campanas para que los vecinos se refugiasen en las iglesias, supuestamente inviolables. La catedral, donde los canónigos y clérigos en general continuaban respetando, cumpliendo y haciendo cumplir las órdenes del papa, fue el refugio donde buscaron protección un gran número de vecinos, algunos revestidos entre ellos. Pero los señores de los cruzados entraron en la catedral sin miramientos ni respeto hacia la costumbre, y cayeron sobre los congregados aplastándolos, acuchillándolos y asaetándolos hasta que nadie, ni un canónigo siquiera, quedó en pie.
El ataque tuvo uno de sus momentos más crueles en la cuesta de subida al centro de la ciudad. Los ciudadanos se replegaban de prisa por las angostas callejuelas mientras eran atacados de modo inmisericorde por los cruzados despiadados. Los niños y mujeres se habían refugiado en una iglesia situada casi al otro lado de la ciudad, la de María Magdalena precisamente. Rezaban a la santa en su fiesta. Dadas las dimensiones del templo, podían ser más de seis mil dentro y sus aledaños. Casi todos eran católicos, pero aún así los cruzados derribaron las puertas y defensas y los asesinaron a todos. Todavía quedan huesos en el subsuelo del templo.
Saquearon, violaron y robaron pero, sobre todo, asesinaron. Ni siquiera los propios jefes de los cruzados pudieron hacer cuentas ni recoger los botines que el papa les había prometido, porque la turba que mandaba se desmandó completamente.
Al grito de “quemémosla”, muchos de ellos se lanzaron con antorchas y prendieron fuego a la ciudad.
Las ciudades medievales salvo las murallas, defensas y castillos, solían estar construidas de madera. Aquello, considerando que era una tarde verano, ardió como estopa llena de gasolina. Para desesperación de los mediocres aristócratas cruzados, ambiciosas de prebendas, todo fue consumido por el fuego en poco rato. Pero las llamas emergían sobre ríos de sangre.
Un verso de Pablo Neruda dice, referido al Madrid de 1936: “…Y por las calles, la sangre de los niños, corría simplemente como sangre de niño”. En las calles de Bezier, antes de que Dios obedeciese la orden del obispo del papa de “reconocer a los suyos”, corrieron arroyos de sangre de niños y sus madres, y sus padres y abuelos. Colina abajo, los arroyos se convirtieron en torrentes y corrió un río de sangre cuyo resplandor intenso no se ha borrado todavía. Habían muerto en pocas horas casi veinticuatro mil ciudadanos de Beziers.
Era el día de Santa María Magdalena de 1209.





1209
Bran. El testimonio de los monstruos
Mientras el horror de la hecatombe de Beziers recorría el Languedoc como un mortal escalofrío, ese otoño comenzaron a ver, con mirada incrédula, desplazarse por la comarca de Carcasona una cohorte monstruosa de seres salidos de una pesadilla. No podían hablar apenas porque sus palabras eran deformadas por sus labios cortados. Todos eran ciegos e iban guiados por un tuerto, cada uno con la mano posado en el hombro del anterior. A todos les habían sacado los ojos y cortados los labios, menos a uno, para que recorrieran el campo para “dar testimonio de Cristo”.
Aunque estemos hablando del Medioevo, que se supone tan despiadado, el suceso pone los vellos de punta. Cuando queremos presumir de nuestra capacidad defensiva u ofensiva ante quien nos vitupera, a modo de defensa decimos a veces “te voy a joder el plan medieval”, porque se supone que aquél era un tiempo en el que cabían todas las atrocidades y crueldades imaginables, pero ni teniendo este dato en cuenta es posible referir serenamente lo que hicieron en Bran.
Parado en un recodo del camino, Roger vio acudir el brillante cortejo. Tenía ocho años, pero llevaba ya tres ayudando a su padre en el penoso laboreo de la tierra que les permitía sobrevivir, edad por tanto más que suficiente para comenzar a entender las claves del mundo que le rodeaba y para discrepar de las opiniones sentenciosas de sus padres. Admiraba el brillo de los objetos de culto y la luz de las velas de la parroquia, los domingos, y no podía entender por qué su padre le privaba de tales maravillas y lo relegaba, a él como a todos, a la sencillez del hogar a la hora de rezar sus oraciones, en lugar de acudir a la parroquia donde poder maravillarse con tanto humo de velas, tantos aromas de polvos milagrosos quemados, tantos ceremoniales, tantos esplendor de oro y gemas que no podía contemplar en otra parte y tantos cánticos que le sonaban a voces celestiales.
Vio acercarse el cortejo y se conmovió con una mezcla de placer y extrañeza. Le pareció como una misa que se desplazara por el campo. Llevaban estandartes, espadas y lanzas, pero también portaban brillantes cruces de oro, símbolos dorados blandidos por monaguillos tan jóvenes como él, capas y sobrepellices recamados y cubiertos de pedrería, guantes enjoyados con anillos y piedras increíbles de colores y maravillosas alhajas colgando de todos los cuellos. El primer pensamiento había tendido a compararlos con una misa que hubiera salido al campo pero el cortejo era mucho más prodigioso que eso. El brillo de su oro y piedras preciosas competía con el del sol y no podía haber en el mundo algo más bello.
Más impresionado que temeroso, se ocultó un poco para verlos pasar, porque la pobreza de los harapos que le cubrían le parecía ofensiva e indigna. Los espió desfilar delante de sí; entonaban extraños cánticos en un idioma desconocido e invocaban una larga retahíla de nombres que ignoraba. Eran muchos, tal vez una docena de docenas o más. ¿Qué significaría el desfile y dónde irían? Tenía que arriesgarse a una paliza de su padre y abandonar la labor por un rato, para poder seguirlos y averiguar lo que iban a hacer. Seguramente iban a celebrar una ceremonia aun más brillante y solemne que la misa de los domingos que su padre le impedía contemplar.
Los siguió durante un rato y nada nuevo sucedió, lo que, poco a poco, le hizo confiarse y ya no se preocupó demasiado por esconderse.
¡Que maravillosos eran y cuánto brillaban! Su padre no podía ser un buen hombre, sino que era un mezquino incomprensible al impedirle disfrutar de tales regalos del cielo, obligándolo como a sus hermanos y primos a largas y aburridas peroratas en la cocina de su hogar, entre peroles, ollas y baldes pobres y hasta miserables, donde de ningún modo podía acudir Dios habiendo tanto belleza y riquezas en la iglesia.
El cortejo fue avanzando rumbo a la pequeña población, donde sólo una minúscula torre de piedra destacaba. El resto eran deformes y pobrísimas casas construidas de troncos de castaños y haces de bálago, alzadas sobre veredas pestilentes donde los excrementos, los lixivados y las heces de los animales corrían juntos pendientes abajo.
En persecución del cortejo, cada vez con menor disimulo, Roger se sintió sumamente preocupado por ellos, porque sus botas de piel y sus sandalias de oro iban a ensuciarse en el lodo infame que bordeaba las casas, pero a ellos parecía no importarles.
Sobre el cortejo flameaba el humo de incensarios que portaban algunos clérigos jóvenes y los estandartes y oriflamas flameaban sobrevolando el cortejo con una aureola de excelsitud.
A lo largo del recorrido, Roger se preguntó sin cesar por el significado del insólito desfile en tan insólitos lugares. El boato del cortejo y la miseria del lugar casaban tanto como un ciervo y una alondra. Cuanto veía desmoronaba su sentido de las cosas. Tanta belleza y, por ende, santidad no podía contaminarse del hedor y la pobreza de unos miserables campesinos, a no ser que sirvieran a un propósito que escapaba a todas sus reglas de medir.
Se sintió cansado. En realidad, vivía en perpetuo estado de cansancio. A decir verdad, ni el pan de centeno ni las migajas de carne bastaban nunca para saciar su hambre y el trabajo luego en la tierra, con el estómago vacío, era siempre muy penoso. Demasiado penoso, pero nunca se quejaba porque, total, su hermano Fernand vivía las mismas circunstancias y trabajaba igual, y tenía un año menos que él. Y qué decir del padre. Lo veía sudar, sangrar sus manos, romperse la espalda y, a pesar de ello, nunca lo había visto quejarse y, además, en varias ocasiones había observado que remoloneaba con su plato y fingía desgana para repartirlo entre sus hijos pequeños.
No podía quejarse. Nadie lo hacía y él no iba a ser más blando y menos capaz que sus hermanos menores y todos sus amigos.
El cortejo se detuvo. Le admiró que la solemne cabeza de la procesión se parase delante de la casa del tío Samuel, un miserable tullido que había tenido que mutilarse antes de lo que él podía recordar. No trabajaba ni tenía familia. Vivía solo, revolcándose en su miseria increíble. ¿Qué podían buscar o pretender gente tan maravillosa e importante en la casa de ese engendro?
Aunque no podía escucharla ni, por tanto, entender lo que le decía, vio que el espléndido y enjoyado clérigo que encabezaba el cortejo dirigía un discurso al tío Samuel. De lejos, vio que éste negaba con la cabeza con reiteración, pero nada desafiante; más que negar algo, le pareció que el tío Samuel no entendía nada, porque inclinaba el cuello sobre el pecho y no osaba mirar a la cara de su interlocutor.
Los autores no suelen mencionar una de las realidades que pudo revestir de tintes escalofriantes la cruzada de Inocencio III. Los cruzados hablaban latín y, acaso, algún romance incipiente de Italia y el norte de Francia. No hablaban la lengua de Oc (le llamaban así porque decían “oc”• en lugar de sí o oui). Contrariamente, los occitanos sólo hablaban la lengua de Oc. Evidentemente, tuvo que darse el desentendimiento por doquier. La incapacidad de emitir claramente sus exigencias los cruzados y de entenderlas los incultos campesinos occitanos tuvo que producir situaciones graves y exasperantes de desencuentro. Sin duda, parte de la crueldad incalificable de esos cruzados en nombre de Jesús habría que basarla en la incomunicación.
El clérigo volvió a hablarle y el tío Samuel negó de nuevo en ese gesto que Roger no sabía si era negativa o incomprensión. Entonces, sin más palabras ni argumentos, cayó con fuerza una espada sobre el hombro del tullido, que se derrumbó en el suelo con el torso partido en dos. El horror del cuerpo dividido tan rápidamente que ni siquiera había tenido tiempo de brotar la sangre en chorros, hizo que Roger, involuntariamente, gritase.
De repente, se dio cuenta de que se hallaba prácticamente pegado al cortejo, que se había descubierto completamente, que había gritado en el momento más inoportuno porque todos los demás estaban callados y que unos cuantos integrantes de la procesión giraban la cabeza hacia él y los miraban reprobadoramente.
Sin comprender nada, vio que se lanzaban hacia él con presteza y le quitaban la ropa. Varios de los monaguillos mayores entregaron sus lanzas y estandartes a otros compañeros y se levantaron las sotanas. Sujeto por cuatro, uno a uno, por turno, introdujeron los órganos sexuales en su culo y nadie respondió sus súplicas sino que, en cambio, lo abofetearon con saña porque no podía acatar la orden de acallar sus gritos espeluznantes.
Perdió toda noción de realidad cuando su culo fue atravesado por la gruesa asta de una bandera que llevaba una cruz de oro en su remate.
Tiembla la mano al contarlo y le convulsionan a uno los escalofríos, y las entrañas se agitan como por un embarazo múltiple y demoníaco.
Procurando con diligencia diabólica el desconsuelo y el desánimo de los disidentes por doquier, y para fomentar el desaliento con la intención de obligarles a abjurar de su verdad, antes de atacar su ansiada Carcasona, Monfort y Amaury, los enviados del papa, cayeron sobre el pueblo de Bram, a dos leguas de distancia. Portando ostentosamente cruces de oro relucientes de gemas, banderas de nobles cainitas bordadas en sedas y oro y viáticos inmisericordes en nombre de la misericordia para con los moribundos que ellos mismos se disponían a multiplicar, los sayones y verdugos de Amaury y Monfort recorrieron sin avisar las calles de Bram incendiando, apaleando, violando y exigiendo, al tiempo, la abdicación de su fe, aunque no todos eran cátaros; fe por ellos denominada herejía, y la vuelta a la que ellos llaman verdad mientras bendecían, rezaban y se daban golpes de pecho con las manos y guantes enrojecidos con la sangre vertida por sus ataques infames y desalmados.
Sin quitarse las cruces ni demás símbolos católicos, lisiaron, mutilaron, baldaron, golpearon, hirieron, violaron a las muchachas y muchachos, rebanaron los senos de las mujeres y nunca, nunca, dejaron de gritar de modo estentóreo y autoritario que todo lo hacían en nombre de la verdad.
Mientras, la pestilencia de las hogueras y el hedor de carne humana quemada iban extendiéndose por todo el pueblo.
Ante las casas incendiadas y las mujeres injuriadas, hijos sodomizados e hijas violadas y martirizadas por las huestes de Montfort y Amury, proclamaron los naturales de Bram que ni la promesa de vida ni la muerte conseguirían arrancarles su fe. Enfurecidos, ambos nobles y, en particular, Simón de Monfort, fuera de sí, ordenaron cortar los labios y las narices de todos los vecinos de Bram que quedaban y a todos les vaciaron los ojos, excepto a uno. A un solo habitante de Bram le permitieron conservar un único ojo, con la orden de que guiase por toda la región a sus vecinos mutilados, mandándole que la horrible compañía de seres sin labios, narices ni ojos fuese proclamando por todas partes la supuesta única verdad de Cristo y la fe cristiana, representada por el césar de Roma. Pero ni aún en ese trance se rindieron los puros de Bram. Habiéndose negado, tras un primer paseo, a dar los pasos que Monfort les exigía, muchos fueron quemados en la hoguera.
Durante meses, los alrededores de Bran y la ambicionada Carcasona vieron pasar el monstruoso desfile de seres impensables sin ojos ni labios, que hablaban una jerigonza ininteligible al servicio de las “verdad” de Cristo proclamada por el papa romano.





1210
Carcasona. El sueño capturado
A pesar de ser en esencia un río de montaña y básicamente de aluvión, el río Aude corre imprevistamente caudaloso por la vertiente norte de los Pirineos. Atraviesa bosques frondosos con árboles que alcanzan los cincuenta metros de altura y corre rumoroso ladera abajo, envuelto en toda clase de misterios y enigmas, en busca de las grandes llanuras de Occitania.
Carcasona era junto a Albi el símbolo máximo de la extensión y posicionamiento de los puros. Un orgulloso castillo que parece imaginado por un pintor. Unas treinta torres visigóticas unidas por una muralla muy espesa. Y en lo alto, el castillo del vizconde. Todo ello formaba un conjunto imponente. Reluce actualmente y relució a medio camino entre Perpiñán y Tolosa, en una encrucijada de caminos, vías de agua y arroyuelos, en una tierra feraz en las estribaciones norteñas de los Pirineos.
Siguiendo las márgenes del río, hay un momento en que aparece poco a poco tras la niebla lo que podría ser un sueño o el castillo encantado de un cuento de hadas. Carcasona surge ocre y dorada, con sus murallas almenadas y torreones, aparentemente suspendida en una ensoñación. No todo lo que vemos en la actualidad existía ya en el XII, pues algunas de sus murallas son posteriores y todo está muy restaurado, pero en el siglo XII era como ahora una promesa, una especio de sortilegio, lo más semejante al castillo encantado de todas las leyendas.
Capital de los poderosos vizcondes de Trencavel, era un baluarte embellecido y enriquecido con gran mimo y lleno de atractivo, que todos admiraban y todos ambicionaban. Sobre todo el rey y los aristócratas franceses. A unas tres horas de Barcelona por carretera, es hoy día la ciudad medieval mejor conservada de Europa, aunque casi todo lo que se ve es del siglo XIX.
En 1208, Albi había resistido en un primer momento los embates de la cruzada puesta en marcha por Inocencio III , pero en seguida, prácticamente, Albi había sido destruida por el fuego y la cruzada y lo que hicieron con los cátaros fue tan significativo, que les dieron uno de los nombres por los que se les conoce; albigenses. Posteriormente, la curia romana montó en ese ciudad uno de sus más importantes tribunales de la Inquisición y a pesar de observar algo tan horroroso en sus propios dominios, Ramón Roger Trencavel opuso a las huestes de Roma toda la resistencia de que fue capaz, encerrado entre las hermosas murallas de su capital-sede de Carcasona.
En el centro de la fortaleza de Carcasona destacaba orgulloso el castillo de los señores feudales, el vizcondado de Trencavel. Y mandaba en los momentos de la cruzada Ramón Roger Trencavel, de quien los cruzados vituperaban hasta el origen, pues decían que la madre había tenido tratos carnales con Alfonso de Aragón y que seguramente la sangre que corría por las venas del joven vizconde era casi real. Había sido criado por ayas y maeses y aprendió ya de niño el manejo de las armas. Llegado a la edad propicia, se casó con Agnes de Montpellier, cuñada del rey de Aragón Pedro II. Temible, consiguientemente, no tanto por sí o por sus fuerzas como por sus vínculos familiares. Ya había perdido Beziers y no podía perder Carcasona.
No había un noble de los alrededores que no envidiase la posesión de la maravillosa colina fortificada que era Carcasona. En realidad, no había en todo el Languedoc ni en Francia un noble que no ansiase aposentarse como señor de ese feudo prodigioso, famoso en toda Europa. Lo más incomprensible es que a pesar del conocimiento del peligro y la dimensión de la desgracia, Occitania, por su especial idiosincrasia, no logró organizar un ejército capaz de resistir, enfrentarse y vencer a los agresores. A pesar de ello, el conjunto de Carcasona había resistido incluso a Carlomagno y jamás había padecido el ultraje de tener que capitular ante ningún poder.
Pero las atrocidades de Beziers y Bran habían instalado el terror en la comarca. A las matanzas e incendios siguieron expropiaciones, apropiaciones en nombre de Cristo y el papa y abusos presentados como si fueran legítimos. Los nobles de poca monta del Languedoc habían ido presentándose ante los crueles vencedores para rendirles pleitesía y sumarse dóciles a su campaña. La conquista francorromana del Languedoc se mostró a punto dee culminar. Tras lo de Beziers en agosto de 1209, y sobre todo después de las atrocidades de Bran, habían caído las caretas y los disimulos, y ya ni siquiera el cinismo era necesario; las mesnadas papales se dispusieron a ir tomando todos los botines que pudieran, sin medir las crueldades ni los medios a usar, y con todas las bendiciones y bulas romanas.
Había que conquistar Carcasona, no por su valor intrínseco nui por ser un conjunto defensivo imponente, sino por ser un símbolo. Por otro lado, aparte de su mérito estratégico y defensivo, Carcasona tenía gran importancia económica, sobre todo por la industria de la lana.
Viéndolos a punto de abatirse sobre la ciudad después de una campaña de tierra quemada por toda la comarca, el rey de Aragón, aliado tradicional tanto de los condes de Tolosa como de los Trencavel, intentó mediar entre el vizconde, su pariente, y los cruzados. Estos últimos simularon hacer una concesión: Por respeto al rey de Aragón perdonarían la vida al vizconde y a doce caballeros que éste escogiera, pero la ciudad se tomaría como botín “santo”. A pesar de su frivolidad, Ramón Roger Trencavel rechazó la oferta con grtan dignidad. Los cruzados se valieron entonces de una artimaña; enviaron un parlamentario al vizconde y le ofrecieron que fuera a negociar con toda clase de garantías. Trencavel cayó en el engaño presentándose en el campo de la cruzada papal. Sin el menor respeto de las leyes de caballería, el vizconde fue rodeado, desarmado y apresado, en una inmoralidad que fue tanto mayor puesto que fue cometida por los hombres de un delegado papal, teórico depositario de todas las legitimidades y moralidades.
El pueblo de Carcasona se sintió anonadado. Viéndose descabezados, comenzó un exilio y fueron abandonando sus bienes con objeto de abandonar la ciudad deprisa. Los cruzados los dejaron salir sin organizar una matanza que hubiera sido fácil, porque de tal modo no se detenía el éxodo. Así se facilitó una entrada incruenta de los cruzados en la , que efectuaron un saqueo miserable. De este modo artero e indecente, los enviados papales se apropiaron de la ciudad y encontraron el medio de proveerse ellos mismos con largueza, alimentando bien a sus huestes, para proseguir sin contratiempos la campaña de conquista del Languedoc.
A pesar del valor e importancia de Carcasona, el sitio no fue muy largo ni arduo. Simón de Montfort sólo necesitó quince días de asedio y trucos inmorales para cumplir tanto los sueños del papa como sus intereses espurios. Tomó la ciudad, efectuó la habitual escabechina con los que no habían huido y pasó a cuchillo a todos los Trencavel menos al joven vizconde, a quien mantuvo en prisión después de obligarle a abdicar en él mismo.
Contra lo que afirman todavía algunos bienintencionados a modo de justificación, la crueldad y el salvajismo de esta campaña y todo lo del Languedoc no eran sólo reflejo de la época, que efectivamente daba mucha menos importancia a la crueldad que nosotros. Aquel afán de aplastar y someter había sido impuesto por la ambición innoble y criminal del papa de Roma. Antes de que se rindiera Carcasona prometieron al vizconde Ramón Roger de Trencavel una cédula para determinar mediante negociación el destino de sí mismo y su familia ante los señores feudales franceses, pero apenas atravesó las murallas fue apresado y jamás desde entonces volvió a ser libre. Sin que se haya determinado quien lo mató, de este modo logró Simón de Montfort materializar su sueño de apropiarse de las riquezas y los títulos de los Trencavel.
Montfort cumplió de esta manera incalificable uno de sus anhelos más vehementes: convertirse en vizconde de Carcasona. Él ya había secuestrado los botines infames e infamantes que ofrecía el papa a fin de que fueran cómplices en su cruzada.






1211.
Lavaur. Cien violadores para una dama
Las fortalezas medievales eran verdaderas ciudades y de hecho muchas de las ciudades actuales fueron fortalezas en su origen.
Dentro de las murallas de la fortificación de un noble se guardaban graneros, depósitos de agua, animales de granja y arsenales, y celebraban mercado como cualquier población medieval. Los guardianes, generalmente caballeros, realizaban sus turnos de guardia y ejercicios, festejaba en sus descansos y con gran frecuencia habitaban con sus familias en viviendas situadas dentro del fuerte.
En abril de 1211 la guerra romana iba aproximándose a Tolosa tal como deseaba el rey de Francia y, sobre todo, el papa de Roma. La primavera volvía a densificar el bosque de hojas y espesuras después de un crudo invierno y el grupo de “cruzados” (entre los que posiblemente se encontraba ya Domingo de Guzmán) prácticamente se topó en el camino con la fortaleza de Lavaur. Ni Simón de Montfort ni los demás nobles franceses y clérigos fieles a Roma quisieron dejar atrás ese bastión sin vencerlo. Decidieron tomarlo y lo asediaron. Creyeron que iba a ser un ejercicio fácil y una simple etapa. Pero el sitio resultó más difícil de lo que esperaban.
Si bien que con la vida habitual algo alterada por las noticias que recorrían Occitania y los movimientos insólitos que veían por doquier, dentro del fuerte de Lavaur esa primavera de 1211 los caballeros realizaban sus ejercicios y sus guardias como siempre, el mercado se instalaba una o dos veces por semana, según la costumbre, los cristianos papistas escuchaban misa y los cátaros celebraban sus reuniones entre peroles e instrumentos de trabajo, tal como solían hacer. Flameaban los estandartes, ardían las fogatas, se asaba la carne, corrían los chismes, los trovadores cantaban en las estancias señoriales, las damas compaginaban sus especulaciones religiosas con sus labores de bordado y algunos soldados desafinaban clamorosamente al cantar.
Todo se desarrollaba como en cualquier población almenada del contorno. La señora del castillo, la dama Geralda, había cedido el mando efectivo y cotidiano a su hija Blanche de Laurac. Ambas eran destacadas perfectas “revestidas”; y ello no era más que la continuación de ancestrales costumbres familiares, pues el hermano de Blanche, Aimery, y todos los miembros de su familia presentes y pasados habían sido cátaros y existían una larga tradición de perfectos y revestidos entre ellos.
Tal era la situación intramuros cuando los extramuros se oscurecían bajo la ambición y la crueldad del enviado del papa, Montfort.
Contrata todo pronóstico tratándose de una población tan pequeña, resistieron tres meses. La castellana, Geralda, y su hija Blanche cuidaron de los habitantes del castillo y los consolaron, proveyendo sus necesidades. La dama Blanche de Laurac mandaba la fortaleza con mucha inteligencia y gran autoridad moral. Defendían la ciudad ochenta caballeros cristianos bajo su mando, porque nadie en Lavour ni en todo el Languedoc preguntaba la filiación religiosa a nadie para realizar cualquier función. Estos ochenta caballeros, muy bien entrenados y capaces, eran fieles a su señora sin ninguna vacilación. En total, los habitantes del castillo eran sólo unos cuatrocientos y fuera de las murallas les habían cercado miles. Pero ni aún sumando diez por cada uno consiguieron doblegarlos.
Montfort y los nobles franceses habían recibido de Inocencio III riquezas prodigiosas para incitarles a llevar su cruzada adelante; además, todos ellos contaban con la promesa papal de conseguir grandes honores y propiedades cuando hubieran vencido. El mismo mensaje y las mismas promesas habían recorrido Europa, por lo que desde Alemania marchó hacia el Languedoc la columna de voluntarios cuyo número no está bien documentado, pero hablan de unos seis mil. Marcharon estos hombres en busca de los clérigos papales y el azar quiso que se les aproximaran cuando éstos habían acampado para plantear el sitio de Lavour. Pero los occitanos en general, tanto católicos como cátaros, veían con enorme alarma y desconfianza los movimientos de tropas extranjeras en sus feudos. Posiblemente sin que nadie lo mandase, la columna alemana fue asaltada por los campesinos en una serie de trifulcas más o menos espontáneas y carentes de planificación, pero ni un solo alemán llegó a cruzar el bosque del todo. Por tal razón, los tiranos de Francia y Roma habían tenido que reclutar aquellos bárbaros teutones, seis mil en total, para lanzarlos contra ellos en número de sesenta por cada uno de los que en Lavour aguardaban mansamente el destino que el Bien y la Luz quisieran depararles. No llegaron al pie de las murallas de Lavaur, jamás pudieron sumarse a los sitiadores porque los campesinos les tendieron una emboscada y ornamentaron el bosque entero de miembros y entrañas de seis mil germanos despedazados. Los seis mil fueron exterminados y cuentan que las copas de los árboles de ese bosque llegó tener menos hojas que entrañas alemanas pendiendo de sus ramas.
Sin embargo, llegó el final para los habitantes sitiados de Lavour. .
Fue Simón de Monfort quien dirigió personalmente a sus hombres cuando, tras rendir a los castellanos de hambre y sed, lograron irrumpir en la fortaleza, tras abrir una brecha en la fortificación. Los ochenta caballeros que protegían a la dama y defendían el castillo fueron degollados y colgados como odres de las almenas para que todos los puedan ver y difundieran el horror del exterminio como advertencia por muchas leguas a la redonda. Cuatrocientos habitantes dee la fortaleza fueron quemados vivos. A continuación, Blanche fue atada en el centro del patio y dispuso Monfort una fila de cien hombres que, uno tras otro, violaron y sodomizaron a la Dama por turno. Tras varias horas de tormento y habiéndose formado entre sus piernas un río de semen que corría caudaloso por el empedrado, la Dama Geralda fue arrojada viva al pozo y a continuación su hija, y, después, los mismos cien violadores, engalanados todos con grandes cruces al cuello, fueron echando piedras sobre piedras hacia el pozo, hasta lapidar a la madre y hasta que la dama violada e injuriada dejó de gritar de terror.
Los cronistas de la época usan toda clase de eufemismos para describir la escena, porque parece que el horror puede en sus pechos más que el afán narrador. Este espanto, la escena de la violación colectiva y el río de semen, ha sido utilizado como inspiración por muchos autores para algunas de sus escenas novelescas, pero en Lavour ocurrió de verdad. Ese ultraja indescriptible fue cometido entre burlas e injurias, bajo cruces y símbolos consagrados, invocando sin parar el nombre del Cristo que veneraba el poder de Roma.
A continuación, y como si lo de Lavour hubiera desatado instintos incalificables, fueron organizando hogueras por toda la comarca, En Casses y otros muchos lugares levantaron piras mata quemar vivos a decenas y decenas de puros.


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1212
Locura exterminadora
El Languedoc perdió en la contienda poderosas sinergias, grandes hombres y casi todas las fuerzas. Ciudades enteras fueron devastadas, los campos y cultivos fueron asolados y la población fue siendo asesinada sin demasiados distingos entre puros y católicos, niños, ancianos, mujeres, artistas o religiosos. Las hogueras, quemas y matanzas fueron dejando el territorio exangüe. La escasa capacidad de resistencia occitana, dada su infrecuente personalidad, consiguió ser aniquilada y el Languedoc resultó un plato muy fácil de merendarse para la coalición franco-papista.
Ante el desmonoramiento evidente, siguió lo que aparentó ser un respiro, pero pronto se reprodujeron por doquier las hogueras y matanzas en una locura exterminadora que cuesta mucho esfuerzo comprender si uno mira quienes la cometían.
El empecinamiento de los nobles locales en no entregarse ni entregar a los puros generaron más y más desgracias, lo que viene a probar que los procedimientos del papado nunca gozaron de popularidad. Por mucho que lo pretendiesen los cruzados, quemas, mutilaciones, violaciones y matanzas no amilanaban a la gente. Pero la crueldad no era producto del momento ni del objetivo pretendido, sino que el cesarismo romano actuaba así “de oficio”. Era el propio papado el que generaba despóticamente las reacciones con sus abusos, cuando las había. Así fue en el XII-XIII como había sido desde seiscientos años antes. Toda la Edad Media fue como una escenificación de la lucha entre el Bien y el Mal. El mal representado por los césares auto-ungidos como vicarios de Cristo generó el periodo más largo de oscuridad represiva que registra la Historia de la Humanidad. El Terrorismo eclesial fue una institución cuyos ramalazos han llegado casi hasta nuestros días.
(pági 122 de La Herejía perfecta)



1209- 1214
La única cruzada en suelo europeo
La cruzada que predicó Inocencio III, convocó Arnaud Amaury y lideró Simón de Montfort contra los cátaros fue la única que tuvo suelo europeo por campo de batalla. Tras el traicionero engaño-truco del asesinato de Pierre de Castelnau, ni las humillaciones ni la penitencia pública, ni las promesas de Raimundo VI obtuvieron ningún resultado ni conmovieron al césar de Roma.
Porque frente a la humildad de los “revestidos” cátaros y su testimonio sincero, desentonaban demasiado para el vulgo las costumbres relajadas, las suntuosas ostentaciones, la pompa, el boato y la crueldad del clero católico.
Pero el entramado cesáreao que había caracterizado el cristianismo romano desde el comienzo había prodigado pruebas seculares de su voluntad de pervivencia y determinismo de perpetuación. No iba a quedarse de brazos cruzados ante la multiplicación de los cátaros y su influencia. Cuanto Inocencio III predicó su cruzada contra éstos, como argumento de convicción ofreció a los futuros cruzados las mismas bulas e indulgencias que solían ofrecerse a los cruzados que partían a conquistar Tierra Santa y, además, les prometió que se apropiarían de todo aquello que perteneciera a los rebeldes recalcitrantes; ofrecía botines fastuosos como habían hecho con los mercenarios todos los tiranos de la historia. Títulos, propiedades, riquezas y reinos pesaron, por supuesto, mucho más en el éxito de la afiliación a la cruzada que las bulas e indulgencias.
Esa cruzada de Inocencio III la formaron en sus inicios fundamentalmente nobles franceses de poca monta, ambiciosos en su insignificante y mediocre existencia. Y no pararon de hacer efectivo el compromiso papal. Después de cada matanza, después de cada escabechina siempre había un noble franco que se volvía más rico de lo que nunca hubiera soñado.
Casi todos los señoríos del Languedoc, aunque independientes, para protegerse de los ambiciosos e imperialistas francos tenían acuerdos de vasallaje y defensa con Pedro II de Aragón, quien era una especie de “niño mimado” del papa Inocencio III (que le había coronado personalmente), favoritismo y predilección que no dejó de crear muchas dudas, componendas insólitas y paradojas.
Tras el inquieto e iluminador siglo XII, el XII había nacido convulso y muy poco tiempo bastaba para modificar los equilibrios, las estrategias, la faz y el poder de grandes territorios.
El mismo año en que Inocencio III puso en marcha su maquinaria de guerra murió el emperador bizantino Alejo III. Cuando el emperador latino de Constantinopla vio a punto de consolidarse el predominio de los occidentales sobre los bizantinos, nombró un Patriarca romanista en Constantinopla. Los obispos ortodoxos que no reconocieron su autoridad fueron expulsados, sacrificados o sustituidos por sacerdotes católicos. Inocencio III envió varios legados para organizar la Iglesia en Bizancio, los cuales negociaron un Concordato. Los sacerdotes ortodoxos siguieron ejerciendo su ministerio de un modo extraño y casi surrealista, y se supone que no muy sincero, más o menos sometidos a los católicos, e inclusive planearon la unión de las dos Iglesias, aunque este el proyecto no llegó a buen puerto, como es sabido.
Entre tanto, como los laicos tenían prohibido predicar por si acaso sentían la tentación de caer en lo mismo que los cátaros, Francisco de Asís y su grupito de discípulos tuvieron que solicitar la autorización de Inocencio III. El papa de Roma dudó. La praxis de los franciscanos era similar a la de Domingo de Guzmán, pero éste era un clérigo culto y muy formado y su ortodoxia romanista no podía dudarse, pero ¿no serían a la larga los sencillos y humildes franciscanos herejes como los cátaros, que terminarían volviéndose contra el Papa? Sin embargo, Inocencio III era lo suficientemente astuto como para no llegar a provocar con sus actos que sus sospechas pudieran materializarse en una realidad que le trajera tantos quebraderos de cabeza como los puros del Languedoc. Llegó a un acuerdo insólito con Francisco, algo parecido a un "contrato temporal de prueba": le permitió predicar, y sus discípulos serían monjes, pero todavía fue renuente a concederles el rango de orden religiosa. Inocencio III supervisó ojo avizor y aceptó a regañadientes la regla teorizada por Francisco. Los aún no llamados franciscanos empezaron la predicación en Italia.
También por esas fechas, Pedro II de Aragón atacó las fronteras de Valencia y rescató varios burgos y fortalezas de los almohades.
Mientras, la cruzada de Inocencio III seguía adelante entre incendios, latrocinios, piras, carne quemada, violaciones y martirios. Había ocurrido ya lo de Lavaur y lo de Bran. Los feudos, anonadados por el espanto que se extendía por Occitania como una epidemia, se resistían poco hasta caer rendidos con bastante facilidad, y eran entregados a sus nuevos dueños franceses entre matanzas y revanchas inconcebibles por mentes sanas.
Raimundo VI de Tolosa pretendió poner fin a la carnicería interminable entrevistándose con Inocencio III. El papa convocó lo de Letrán para tratar el asunto, pero Simón de Montfort procuró la anuencia papal y todo siguió más o menos igual. Entonces Raimundo VI buscó la ayuda de Pedro II de Aragón, pero éste se amilanó cuando hizo un cálculo de lo que sumaban el apoyo de Inocencio III más la ambición activa de Felipe II de Francia de construir un imperio franco. Entonces, el rey aragonés selló un acuerdo casi contra natura con Simón de Montfor,t en el que se proyectaba el futuro matrimonio entre su hijo Jaime (el futuro Conquistador), que tenía entonces tres años de edad, y la hija del jefe de la cruzada. Pedro II aceptó que Simón de Montfort se quedara con el pequeño Jaime como rehén. (Pedro II no tenía en ninguna estima al niño. En realidad, había pretendido que Inocencio III anulara el matrimonio con la madre, María de Montpellier, desde antes de que Jaime naciera.) En seguida, después de este acuerdo alucinante, Montfort creyó expedita su pretensión sobre el condado de Tolosa.
A pesar de todo, Raimundo VI siguió procurando la alianza con su cuñado Pedro II. Hoy nos habría admirado esta alianza; inclusive pocos siglos más tarde, en el XV, hubiera resultado inimaginable que un rey católico y protegido del papa permitiera que su hermana se casara con un hereje en la consideración ese mismo papa. Poco más tarde, el conde de Tolosa año casó a su heredero Raimundo con Sancha, hermana del rey aragonés (él mismo estaba casado con Leonor, otra hermana de Pedro II). Por su parte, Pedro II se aseguró de hacer honor a su sobrenombre de “católico”condenando a la hoguera a muchos valdenses. Esta herejía no tardó esfumarse de su reino.
Los mismos días, y tras muchos tiras y aflojas, Sancho I de Portugal se había sometido a Inocencio III acatando todo lo que éste le exigía, pero murió poco después sin resolver el desentendimiento entre los obispos de Coimbra y Porto. Fue sucedido por su hijo Alfonso II. Mientras tanto los almorávides derrotaron a Alfonso VIII de Castilla. Éste decidió entonces recabar toda la ayuda posible contra los moros. Una asamblea reunida en Toledo decidió que el arzobispo de esta ciudad solicitase a Inocencio III la constitución de un ejército cruzado, a lo cual el Papa accedió encantado. Castilla aprontó sesenta mil hombres, a los que se sumaron otros tantos aportados entre Sancho VII de Navarra y Pedro II de Aragón y un grupo de unos setenta mil cruzados dirigidos por el arzobispo de Burdeos y Arnau Almaric (que acababa de ser nombrado por Inocencio III arzobispo de Narbona). Alfonso II de Portugal también contribuyó con algunos hombres.
En 1212 los castellanos y los cruzados tomaron Calatrava y Malagón, pero como Alfonso VIII prohibió el saqueo los cruzados le reprocharon que en esas condiciones no tenía sentido luchar. Era mucho más provechosa la cruzada del Languedoc, donde todos sacaban riquezas y propiedades con la avenencia, el patrocinio y la satisfacción del papa romano; sin esos beneficios, que lucharan otros. Más adelante, los castellanos chocaron con el grueso del ejército de Muhammad al-Nasir, formado por uno cuarto de millón de hombres, y ante tanta fuerza tampoco tenía sentido luchar por la fe.
Simultáneamente con tales sucesos, en Francia y Alemania organizaba otra de las llamadas "cruzadas populares". Una en concreto fue conocida como “cruzada de los niños”, porque consistió en un ejército de adolescentes muy jóvenes. La impresión era que Jerusalén seguía en manos de los infieles porque los cruzados eran pecadores lascivos e indignos. Un ejército de adolescentes impúberes, casi niños, asexuados, contaría con el apoyo divino y la victoria sería inevitable. Por desgracia, los jóvenes acabaron vendidos como esclavos en Egipto, pues los niños blancos europeos eran muy estimados como carne de harén por los señores musulmanes.
Por su parte, Inocencio III concedió la teórica propiedad del condado de Tolosa a Simón de Montfort, que juró vasallaje como conde al rey Felipe II de Francia, si bien todo esto sólo eran palabras, ya que Raimundo VI seguía resistiendo aceptablemente los ataques de los cruzados.
Por las mismas fechas, el rey Felipe II de Francia estaba proyectando la invasión de Inglaterra, pero no llegó a hacerlo porque en 1213 Juan sin Tierra se rindió ante la tozudez de Inocencio III. Aceptó el candidato papal al arzobispado de Canterbury y entregó Inglaterra al Papa. A cambio, Inocencio III levantó su excomunión y le dejó gobernar Inglaterra como vasallo suyo a cambio de un tributo anual. Estas condiciones eran humillantes, pero tenían un efecto útil para todos: Felipe II de Francia no podía atacar a Inglaterra, pues ello supondría atacar posesiones de la Iglesia. Mientras tanto, Felipe II estaba reorganizando y afrancesando urgentemente sus nuevos dominios, adquiridos con demasiada rapidez para la manía uniformadora que tenían tanto el rey como todos los francos. El ducado de Bretaña lo entregó a uno de sus consejeros, Pedro I Mauclerc, que debió luchar con afán y crueldad para someter a la nobleza y el clero bretones.
Por su parte Pedro II de Aragón fue requerido por sus desesperados aliados del norte de los Pirineos y, por fin, se decidió a unir sus fuerzas a las de Raimundo VI, enfrentándose a Simón de Montfor que todavía mantenía como rehén a su hijo Jaime.
Quedaba, pues, fresco, prestigioso y fuerte el rey de Aragón como una amenaza para la cruzada que no podía obviarse.
Por tal razón, procupados y teniendo en cuenta los viejos y estrechos vínculos romanos del rey de Aragón, los cruzados destacados recibieron cartas del papa. Éste dirigió una misiva a Arnaud Amaury diciéndole: “Las alimañas que estaban arrasando la viña del Señor han sido vencidas ya”. Con Simón de Montfor fue mucho más claro: “El ilustrísimo rey de Aragón se queja de que habéis lanzado a cruzados contra católicos, vertiendo sangre de personas inocentes e asaltado de modo infame e ilegal tierras de sus vasallos los condes de Foix y Cominges”. Comprendiendo lo que estas cartas significaban de desactivación, Arnaud Amaury se rebeló. Muchos años de prédicas, intrigas, traiciones, persecuciones, piras y asaltos corrían riesgo de quedarse en nada. Por consiguiente, Amaury se rebeló en cierta medida; un montón de años de prédicas, traiciones, persecuciones, piras, ejecuciones y demás iban a quedar en nada. Cabalgó por Occitania y convenció a todos los obispos católicos del Languedoc de dirigir cartas consternadas a Inocencio III , con cierto grado de insolencia. Además de ello, Amaury ordenó a sus predicadores y cruzados que siguieran adelante sin obedecer lo que el papa dijese.
En tal tesitura y circunstancia, murió Pedro II.
Los nobles aragoneses exigieron a Simón de Montfort la devolución del que a sus cinco años ya era Jaime I de Aragón, y el francés se negó al principio, pero una bula de Inocencio III le hizo ceder. La madre, María de Montpellier, había muerto dos años antes, por lo que el huérfano fue educado por los educadores designados por el papa y por templarios mientras su tío, el conde de Rosellón y Cerdaña, ejercía la regencia.
El año anterior, Francisco de Asís había pretendido viajar a Siria para evangelizar a los musulmanes, pero su barco encalló y se quedó en Italia medio año, pero luego partió para España con el mismo propósito evangélico. Sin embargo, en 1214 cayó enfermo y tuvo que regresar a Italia una vez más.
Ese año murió el rey Alfonso VIII de Castilla, y fue sucedido por su hijo, un niño de once años, Enrique I. Su hermana Berenguela ejerció la regencia.
En la estela de tanta agitación, cambios y componendas Simón de Montfort pudo finalmente entrar en Tolosa. Obligó al conde Raimundo VI a entregar sus posesiones al papa y a exiliarse en Inglaterra.
También por los mismos años Domingo de Guzmán se estableció en Tolosa e intensificó la formación de sus discípulos para que se dedicaran a la predicación.
La cruzada de Inocencio III contra la libertad de los europeos había alcanzado casi todos sus objetivos.






1210
Minerva. La sabiduría no es malvada.
En la región de Causse, a treinta y tantos kilómetros al noreste de Carcacasona, hay un accidente geográfico muy raro, insólito. Una especie de Ronda del Languedoc.
Minerva es la diosa que inventaron los romanos como trasunto de Atenea, la diosa de la sabiduría. Minerva es, por tanto, hija de Júpiter. La cruzada de Inocencio III y Montfort hizo caer sobre ese lugar excepcional siderales rayos jupiterinos, por si no lo estaban haciendo ya por todo Occitania.
Después de atravesar extensos viñedos, se empieza a subir hasta comprender que uno está a punto de llegar a una meseta bastante elevada. Por contraste con los alrededores, el lugar no tiene mucha vegetación, sólo unas escasas encinas. Como en Ronda, lo que muestra el paisaje es más roca que vegetación, impresionantes masas de rocosas. Igual que en Ronda, la llanura se abre en un tajo, una garganta muy profunda. En el medio, una como isla rocosa, un penacho que tiene una forma muy rara. Encima de esa isla que según el día puede parecer suspendida en el aire, se levanta la ciudad amurallada de Minerva.
En 1210, cuando subían los cruzados de Montfort a esa meseta, vieron que las orillas de esa especie de isla estaban atestados de almenas y murallas y torres defensivas. Las casas estaban más allá con sus tejados rojos. La iglesia se encontraba en el centro; pequeña, sencilla y modesta como una capillita, porque la población no era muy significativa. El castillo se alzaba en el extremo del extraño promontorio, del que ahora sobrevive sólo unos muros.
Los defensores, capitaneados por el conde de Minerva, Guillaume, dependían completamente de un pozo abierto en la roca viva de la ciudad.
Dadas las dificultades para tomar una ciudad de esas características, aislada por paredes de roca casi verticales, Montfort decidió usar los últimos avances técnicos de la estrategia de asedio. La máquina fundamental era llamada Malevosine (vecina funesta) y había sido construida expresamente para esa cruzada.
Montfonrt mandó situarla al pie de la ciudad, desde donde comenzó un bombardeo inmisericorde. Un grupo de minervinos salieron audazmente y le metieron fuego a la estructura de madera de Malevosine. Pero el fuego fue ahogado y el bombardeo continuó.
El bombardeo no hizo que la ciudad se rindiera. El acoso de prolongó y el verano de 1210 fue avanzando. No había agua en el tajo, sólo contaban los minervinos con el pozo, y éste comenzó a flaquear, por lo la defensa de la ciudad fue desanimándose. Al mes y medio de comenzado el asedio, el conde de Minerva se vio obligado a pedir la paz. Firmaron un acuerdo según el cual todos los que fueran catóricos romanistas o renunciaran al catarismo serían liberados. Durante el proceso de firma, muchos de los cruzados se pusieron a protestar. Gritaban que no habían hecho lo que habían hecho y recorrido el camino que habían andado para dejar intacto a los herejes. Ellos sólo habían llegado hasta allí con objeto de exterminarlos. A pesar de lo acordado con Guillaume de Minerva y fde las firmas de su súbditos, el obispo Arnaud Amaury se sintió entre la espada y la pared. Ansiaba ver morir a esos relapsos, pero como religioso no podía atreverse a golpear él mismo (a pesar de lo dicho y hecho en Beziers). Además, con su conocida seguridad fanática, les dijo a los cruzados reprochadores: “No inquietaros. Éstos herejes empecinados no se retractarán”.
Los hechos posteriores dejan en duda tanto la visón de Amaury como el tesón de los minervinos.
Amaury y Montfort capikitaneaban la marcha hacia la ciudad, portando grandes cruces. Así llegaron hasta la pequeña iglesia. Montfort y Amaury iban golpeando todas las puertas, convocando a los vecinos para que se retractasen. Los habitantes de Minervas replicaban sencillamente: “¿Qué nos predicáis? Tenemos nuestra fe y nada nos va con la inglesia de Roma.
Ese verano subieron muchos grados la temperatura. El 22 de julio construyeron las cruzados en Minerva una gran pira. Organizaron una gran hoguera para quemar a cristianos convocando a Cristo; quemaron vivos a cinco cuarenta revestidos y ninguno maldijo ni gritó, porque siempre declaraban los revestidos que el cuerpo era una cárcel y la muerte significaba la liberación del espíritu; por primera vez, en esa tremebunda pira colectiva, desmostraron que su deseo era sincero. No gritaron. Un cruzado escribió entonces: “Nuestros soldados no se vieron obligados a arrojarlos al fuego, tan gozosamente, en su pecaminosa herejía, abrazaban la muerte, que ellos mismos se echaban a las llamas”.
En la actualidad, hay un memorial pétreo junto a la iglesia de Minerva en recuerdo de los cátaros sacrificados ese 22 de julio de 1210. Dicen que el olor de la carne humana quemada no se olvida jamás. Montfort y los cruzados papales debieron de aficionarse grandemente a ese aroma, porque del suceso de Minerva sentaron jurisprudencia para alzar piras colectivas en los siguientes cuarenta años, hasta la recordada y glosada Montsegur, que solamente fue la última hoguera multitudinaria.






1213
Muret. Raimundo VI derrotado. Muere Pedro II de Aragón

La batalla de Muret que emprendió el rey de Aragón, Pedro II para ayudar a su cuñado Raimundo VI de Tolosa, tuvo lugar el 13 de septiembre de 1213.
Al comienzo de 1213, el papa Inocencio trató de solucionar las contradicciones de su gerra “cristianizadota”. La campaña de Simón de Montfort en tierras que pertenecían a vasallosd de Pedro II parecían más ambiciones personales que devociones religiosas. Cuando sae consintió que Montfort desposeyera en Carcasona a los Trencavl de sus posesiones, surgieron imprevistos. Inocencio III miraba con sentimientos encontrados a su protegido muy dilecto Pedro II. Ahora que los moros habían sido vencido y los cátaros habían sido condenados a la clandestinidad, el papa quería volver a atender los viejos proyectos de conquistar Tierra Santa. En una carta dirigida a Arnaud Amaury, Inocencio decidió que una nueva cruzada a Tierra Santa debía anteponerse a cualquier campaña en Occitania. El papa sorprendió como de costumbre: en cartas terminantes emitidas en enero de 1213, ordenó que la cruzada contra los cátaros debía terminar.
Pero mientras llegaban tgales cartas desde Italia, estaba agravándose la situación en el Languedoc. Pedro II y Arnnaud Amaury no disimulaban los irreconciliables que eran sus opiniones. Pedro deseaba el respeto a la nobleza occitana. Arnaud estaba obsesionado con destruirlos.
Muret es un departamento del Alto Garona en los Pirineos, al sur de lo que ahora es Francia, en pleno Languedoc. Sus atalayas se vislumbraban desde Tolosa.
El padre de Jaime I el Conquistador, Pedro II, había sido coronado rey por el propio papa Inocencio III, del que se declaró vasallo fidedigno; junto con varios aliados peninsulares venció a los almohades en la mitificada Batalla de Tolosa en 1212. Estaba casado con María de Montpellier, de quien no quería saber nada y ni siquiera deseaba “atar” con ella el vínculo matrimonial del tálamo. La noche nupcial tuvieron que disfrazarla como una de sus muchísimas y muchísimos amantes y meterla de tapadillo en su cama para que él aceptase tener relaciones sexuales con María. Ese engaño permitió al parecer que Jaime I fuese concebido.
En la opinión del papa Inocencio, Pedro II había conseguido una magnífica victoria inequívocamente católica en Navas de Tolosa. Sin tragedias que la empañaran; ni los saqueos de Constantinopla ni la sangrienta hecatombe de Beziers. “Solamente” había exterminado a unos cuantos miles de moros. Era el héroe del momento. Pedro había llevado al combate victorioso a heterogéneos vasallos que podían considerarse del papa. En su papel falsario de Vizconde de Carcasona, Montfont había enviado a las Navas de Tolosa a cincuenta caballeros que se incorporaron a las órdenes del rey aragonés. Arnaud Amaury, asentado como obispo de Narbona, había vuelto a ponerse la coraza para cabalgar en combate. También quiso demostrar al rey Pedro que era un buen vasallo de Aragón.
La victoria en Navas, desde el punto de vista papal, convirtió a Pedro II en lo más parecido a un santo vivo. Era sin duda un defensor de la iglesia romana. Pagaba puntualmente sus impuestos a Roma, combatía por la iglesia, era fiel sin sombras. Nadie iba a atreverse a dudar de su fidelidad. Se hacían canciones sobre su heroísmo y se le elogiaba de todas las maneras posibles.
Sin embargo, Simón de Montfor rompió de repente su promesa de coexistencia y alanza con Pedro II, porque no iba a renunciar al condado de Tolosa que tanto ansiaba y por tanto tiempo. Irrespetaba así, como tantas otras veces, las costumbres feudales además de, en cierto modo, las disposiciones papes y la buena inclinación hacia su protegido aragonés. Resuelto a cumplir sus más locas ambiciones y establecer el dominio de la corona francesa en Occitania, a Montmoft no iba a frenarle ni un acuerdo honroso ni un héroe, ni un papa.
Un año después de la alabadísima victoria de las Navas de Tolosa, Pedro II acudió en auxilio del conde de Tolosa, Raimundo VI, porque que era su cuñado y porque mantenía con él, además, alianzas política. Sin embargo, la cruzada del papa y, en nombre de éste, Simón de Montfort, habían lanzado contra el conde un último y tremendo envite.
Hay distintas versiones, todas de cuestionable credibilidad, sobre lo que hizo Pedro II la noche previa a la confrontación. Un tal Vaux de Cernay cuenta que Pedro escribió una encendida carta a una misteriosa dama en la que le confesaba que entraba en batalla sólo con el fin de deslumbrarla para poder obtener de ese modo sus favores sexuales. Esta carta habría sido interceptada por el prior de Pamiers, quien se la mostraría a Simon de Monfort, provocándole un encendido sentimiento de reprobación por la indignidad de los motivos del monarca aragonés para luchar; Montfort, fanático y obsesivo, poseía esa clase de severidad demente de los que lo reprueban todo. En contra de la credibilidad de la versión de la carta está lo que siempre ocurre, que cuentan la historia los vencedores, y que esa calumnia podría haber sido inventada por los franceses para deshonrar la memoria del enemigo de las tropas francesas.
La segunda versión, que es la que ha entrado con mayor éxito en la leyenda, aparece en el Llibre dels feyts, escrito por un cronista catalán por encargo de Jaime I, el hijo de Pedro, para tratar de buscar justificación a la tremenda derrota de tan insigne guerrero, que sólo se explicaría a partir de un estado de resaca producida por los excesos cometidos durante toda la noche en los placeres de la bebida y la lujuria, que prácticamente habrían impedido al católico rey Pedro tenerse en pie por la mañana en el campo de batalla.
El desarrollo de los hechos, ese día, fue en realidad un poco menos romántico.
En una carpa instalada a tiro de piedra del campamento de defensa de Muret, Raimundo y otros nobles le contaron a Pedro II lo ocurrido en Beziers.
A continuación, sin que se sepa exactamente con qué propósito, Pedro se entrevistó con Arnaud Amaury (el fiero obispo de Narbona había empezado su ascenso como abad en los dominios aragoneses). Éste conocía de sobra el respeto que se le tenía en Roma al rey aragonés. Las credenciales eran irreprochables y las alabanzas a Pedro II clamorosas. Su beligerancia contra la mayoría musulmana de España había ocasionado que en los sínodos de Letrán fuera alabado, festejado y elogiado, recibiendo toda clase Éste tenía quejas muy razonables. El vizconde Ramón Roger Trencavel, de Carcasona, era vasallo y según la costumbre, era prácticamente un familiar. Aunque el propio jefe feudal de Pedro, el papa, mandara la cruzada que atacó y exterminó Bezier, los aragoneses no dejaban de mostrarse indignados por haber sido irrespetado el papel de Pedro II como señor a quien Trencavel rendía pleitesía.
La evidente herida en la dignidad del español fomentó los recelos de los nobles fieles al rey francés Felipe Augusto, que se preguntaban quién, aunque fuera rey, se permitía exigir nada a Montfort o Amaury, que servían a Felipe Augusto.
Además, Pedro II dijo que inclusive el más papista y fiel de los monarcas estaría dispuesto a mostrar su indignación ante la arbitrariedad y las ambiciones de esa cruzada, frente al estupor indignado de los obispos y generales de la cruzada.
Muy poco más tarde, se inició el combate.
Aunque en el Medievo los sitios y asedios constituían una ciencia, las batallas campales tenían la delicadeza y el ceremonial de una migración de ñúes. La poderosa caballería de la cruzada cabalgó estrepitosamente, seguida de los infantes. En poco tiempo, los guerreros franceses gritaban bajo las murallas de Muret los nombres de Montfont y demás, flameando sus pendones y oriflamas.
Viendo el ímpetu de lo que se les echaban encima, los aliados sureños espolearon sus monturas hacia el choque inminente. La barrera de hombres y armaduras francesas creció hasta medidas inconcebibles y el encuentro fue impresionante. El hijo de Raimundo VI, que contaba dieciséis años, lo contó más tarde describiendo el ejército cruzado como “si un bosque en pleno se viniera debajo de repente, espontáneamente”. El denso grupo de cruzados se precipitó contra el ejército de Raimundo y Pedro II como una avalancha y monturas, hombres y lanzas cayeron entre lamentos y gritos.
Los cruzados aumentaron sus afanes cuando vieron que los estandartes del rey de Aragón ondeaban en la segunda línea. Pararon un momento los franceses para reagruparse y en seguida galoparon hacia los aragoneses. Siguió un choque estrepitoso y se produjo una nueva fase tremebunda y ruidosa del combate. Al parecer, los cruzados se lanzaron obsesivamente hacia la armadura que identificaba a Pedro.
Viéndolos venir, éste gritó “¡Yo soy el rey!”. ¿Desafío o reconocimiento de su rendición? La cuestión es que una espada se abatió y Pedro II cayó muerto al suelo.
Ese 13 de septiembre en Muret fue una hecatombe para el reino de Aragón y, por tanto, lo fue sobre todo para Tolosa y su conde. En cierta manera, fue un día aciago para la libertad como la entendemos los europeos y significó un retraso de tres siglos para el Renacimiento. Francia comenzó ese día a cumplir su propósito de dominio del Languedoc y el papa de Roma sintió, saboreando su alegría, que aplastaba toda voluntad de disidencia. Se trataba, como se ve, de una campaña que aparentaba tener propósitos religiosos, pero esa apariencia disimulaba la ambición política del rey de Francia, que también soñaba con anexionarse el reino de Aragón y toda España. En realidad, el sueño napoleónico-hitleriano de una Europa imperial bajo el cetro de un único monarca era abrigado ya tanto por el papa como por Felipe Augusto.
La batalla fue un completo desastre para las tropas tolosano-aragonesas y una victoria para el sangriento Simon de Monfort. El que sería el enfrentamiento determinante con la disidencia cátara tuvo lugar en Muret bajo unas atalayas tan orgullosas y altas que podían verse desde Tolosa.






1215.
Monfort. La ambición disfrazada de fe
Simón de Montfort era hijo de otro Simón de Montfort de origen inglés. Su fanatismo demente lo hemos visto muchas veces a lo largo de la historia en los obligados a fingir devociones para no perder la vida. Como corresponde a un converso acomplejado, fue más papista que el papa habiendo sido él mismo un normando represaliado, hijo de un noble inglés de poca monta, obligado a renunciar a su lengua materna, a sus costumbres y su personalidad intrínseca, y sin embargo fingió hasta su muerte la más rendida fidelidad a quien le había arrebatado hasta la dignidad, el rey de Francia. Lo mismo que el de Inglaterra. Él mismo había sido de hecho un “faidit” (noble expulsado de sus tierras), por lo que estremece aún más que se convirtiera en el principal exterminador de “faidits” rebeldes.
Simón de Montfort debió de ser un hombre muy, muy antipático, circunspecto y contrario a las risas y la diversión. Fue un devoto maniático y rígido que pretendía en el fondo y con todos los disfraces de santidad conquistar un imperio para sí mismo, puesto que la vida lo había ido despojando de posesiones.
El padre había sido un hombre muy devoto, respetado y ejemplar. Hablaban de su estilo y su aspecto distinguido. Había sido intrépido, característica que heredó su hijo..
En muchos aspectos, Simón de Montfort era lo opuesto a Raimundo VI. La promiscuidad sexual de Raimundo, sus caprichos, su amor por las artes y la trova, eran características que Simón despreciaba.
No sólo era diferente. Era la antítesis del conde.
Una de sus circunstancias más insólitas para la época era su monogamia de Simón. Alix de Montmorency, su mujer, estuvo a su lado toda la vida y en todas su guerras, y tuvo con ella seis hijos.
Protagonizó toda clase de situaciones casi surrealistas. Por su ira y su temperamento, y se supone que por su ilimitado poder, todos fingían acatar sus órdenes y deseos, pero da la impresión de que se burlaban de él hasta los obispos. Cuentan que en algunos momentos de su campaña anticátara se produjeron muchas sediciones y en cierta ocasión un gruplode obispos intentaron asesinarlo
Murió en 1218 como señor de Montfont, quinto conde de Leicester, conde de Tolosa, vizconde de Beziers y tambien, por consiguiente, vizconde de Carcasona. Se le recuerda como el principal brazo ejecutor de los cruzada contra los cátaros.
A lo largo de su vida había tenido demasiadas veces la miel en los labios sin acabar de aprovecharla. El condado de Leicester, a través de su madre, fue suyo sólo unos meses y Juan sSin Tierra en persona se lo expropió. El título de conde de Montfort le fue arrebatado a su nacimiento. Él sólo era señor de Montfort. Tenía en su espíritu y en su ánimo toda la hiel acumulada que propiciaría su ambición desmedida de coleccionar títulos y su crueldad.
Aunque ninguno de los ejércitos que reunió a lo largo de su vida sería tan poderoso como el de la cruzada de 1209, estuvo en muchas batallas, en cruzadas en Palestina, en Bizancio, en los Balcanes, y siempre habían ido en aumento los guerreros que le eran fieles porque su valor y su furia eran innegables.
Astuto estratega, feroz, vengativo y notable luchador en la arena, Simón de Montfort era una especie de tótem del arte de la guerra de su tiempo. Cuando no se metía en cruzadas ni guerras de conquista, no paraba de galopar a lo largo de sus propios dominios para sofocar revueltas o disidencias. Arrogante hasta lo maniático, exigía actos de vasallaje y homenaje. Sus correligionarios guerreros tenían que adaptarse a su ritmo en las correrías de intimidaciones y crueldades.
No le importaba ni le causama problemas de conciencia simular fidelidades. El rey francés, el que más lo había humillado, recibió de él toda clase de protestas de fidelidad y la conquista de Occitania. El papa, a quien en el fondo no podían gustar el sadismo enloquecido de sus métodos, recibió de él toda clase de protestas de fe, una fe que tenía para él un simple valor coyuntural, en cuanto que le servía para justificar sus desmanes.






1218.
Santo Domingo de Guzmán
Toda acción produce su reacción y las inquietudes del siglo XII no podían ser menos. A los afanes de libertad y desarrollo cultural que habían emergido por todas partes se opusieron grandes poderes y también individualidades instaladas en el conservadurismo más rancio y reaccionario.
En 1171, había nacido en la provincia de Burgos un hombre que sería trascendental en la historia de su tiempo. Domingo de Guzmán nació en Caleruela hijo de un noble y de una devota mujer.
Tal como sucedía con frecuencia entonces, a los seis años lo entregaron sus padres a un familiar clérigo para que se ocupase de su educación. Y éste lo educó extraordinariamente según sus parámetros bien, sin dejar de transmitirle e imbuirle sus mezquindades y prejuicios de superviviente mediocre. Luego, al ingresar en la adolescencia, fue enviado por su pariente a Palencia, en cuyo Estudio General cursó cultura general y teología. Sus exegetas aseguran que le conmovía la hambruna que veía aposentarse a su alrededor y que entregaba sus propios códices a fin de que fuesen vendidos para mitigar en parte ese hambre
En una ocasión, llegó junto a él, a suplicarle ayuda, una mujer cuyo marido había caído en poder de los sarracenos. Conmovido, Domingo la vio tan desconsolada que se ofreció como rehén de intercambio a fin de liberar al marido. Habiéndose enterado “casualmente” todos en Palencia de que se proponía realizar ese sacrificio, el obispo de Osma, que andaba buscando hombres para su cabildo, “disuadió” a Domingo de su heroico sacrificio y lo convenció para que aceptase una canonjía. Domingo había corrido muchísimo. Alcanzó su primera canonjía a los veintitrés o veinticuatro años. Y en cuanto su edad lo permitió, lo ordenaron sacerdote.
El obispo de Osma, prendado de Domingo, lo llevó consigo a través de Europa, en un viaje a Dinamarca que le había ordenado el rey Alfonso VII. A lo largo de ese viaje, Domingo se dio cuenta de que la disidencia aparecía por doquier; el descontento contra los dispendios abusivos de la iglesia de Roma se extendía como la verdolaga tanto en Occitania como en Suiza, en Alemania como en los Paises Bajos. Se escandalizó conmovido de santa ira y el joven acompañante del obispo decidió que no tenía más remedio que arreglar “su” mundo. Se dio a la tarea.
Comenzó a oír rumores sobre un jovencísimo Francisco de Asis que más o menos hacía en Italia como los herejes por doquier en toda Europa, abominar del boato y los dispendios romanos, criticar la relajación de las costumbres de los clérigos y afear la ambición ilícita y criminal de muchos eclesiásticos. Pero Francisco se quejaba en nombre de Jesucristo tal como lo adoraban los buenos católicos y, por lo tanto, tenía que actuar inspirado por el Espíritu Santo y no podía ser considerado ni remotamente como un hereje. La de Francisco de Asís era muy buena idea, muy astuta idea. Seguir fiel al papa y respetar todas sus normas con mansedumbre y sin discusión, pero contrarrestar el mensaje infame de los herejes alabando la pobreza de Jesús y sus apóstoles y propugnando la vuelta a la sencillez natural de las cosas, tanto en la vida como en los rituales eclesiásticos. Los diezmos, canonjías, privilegios y tasas eclesiales tenían que ser revisados recordando la gratuidad del amor de Dios. Si Dios entregaba su inmenso amor gratis, ninguno de sus religiosos debía cobrar, o cobrar abusivamente, por extender ese amor. Sencillez, Pobreza, Amor, Testimonio, Gratuidad. Ése podía ser el mejor método de vencer la herejía allí donde no pudiera ser extirpada como un tumor maligno. Debía hacer lo mismo que Francisco de Asís. Había que cambiar un poco de sistemas y proceder, para que todo siguiera igual y el poder se mantuviera íntegro en las manos de los clérigos papales.
Comenzó a hablar a todas horas y en todas partes de amor. Repetía sin cesar la frase evangélica: “Un mandamiento nuevo os doy, que os améis los unos a los otros como yo os he amado”.
Fue diciéndolo por donde pasaba en compañía del obispo de Osma, en Francia, Renania, Flandes y demás; por todos lados oyeron admirados los nobles y eclesiásticos unas palabras que parecían diferir muy poco de los errores que propagaban los herejes a todas horas.
En 1207 comenzó una fase completamente nueva en la existencia de Domingo de Guzmán. Se dio a la predicación y a la vida sencilla y apostólica, reunió acólitos y amigos, incluido su propio obispo, y salió a hablar por campos y ciudades, viviendo de limosna, mendigando, renunciando a riquezas y brillos, despreció la acémila que le había proporcionado el obispo y siguió a pie, descalzo. Se refugiaba donde lo acogían, pues renunció a toda propiedad. Sólo era dueño de la ropa que lo cubría, siempre la misma.
Ese año de 1207 se instaló en Fanjeaux y, muy cerca, fundó un convento donde al principio residieron quince monjes. Creó también una abadía donde se aposentaron religiosos y clérigos muy activos, que se convertirían en los hermanos predicadores, cuyo papel sería capital y determinante cuando se fundó mas tarde la Inquisición. Muy dinámicos e incansable, Domingo de Guzmán hacía todo eso y, además, participaba en coloquios abiertos al vulgo, en los que hacía participar también a cátaros para demostrar sus errores. Como ya quedó consignado, esta clase de debates se celebraron por todas partes aunque no los organizara Domingo. Hubo debates entre católicos y hombres buenos en Carcasona Vefrfeil, Montpelier, Fanjeaux y muchas otras ciudades.
Cuenta la leyenda y, sobre todo, los exegetas romatistas, que un día, cuanto todavía no había materializado el sueño que le llevaría a los altares católicos, un grupo de campesinos los detuvieron en un camino y le preguntaron qué podría hacer él, inerme, si lo atacaban. La supuesta respuesta de Domingo ha pasado a sus anales; aseguran que respondió: “Les rogaría que no me matasen en seguida, de un garrotazo, sino que me desgarrasen miembro a miembro para prolongar el martirio; quisiera ser como un tronco sin ramas, con los ojos arrancados, nadar en mi propia sangre para poder con todo ello ganarme en el cielo la más digna corona de martirio”.
Obsesionado Domingo de Guzmán por combatir las herejías, imitó cuanto pudo a los herejes. Y decidió que había que fundar una orden que, en esencia, predicaría y haría exactamente lo mismo que los herejes. Una orden de predicadores dedicados a recorrer aldeas y poblaciones pregonando su nueva tradicional. Predicarían a un tiempo la fidelidad a los mensajes de pobreza y generosidad de Cristo y sus apóstoles, sin dejar por ello de respetar y acatar los mandatos y leyes del papa. Como se dio cuenta de que los herejes hablaban con sentido y basándose en argumentos poco discutibles, buscó un importante teólogo que impartiera clase a su comunidad, para que fueran buenos e indiscutibles predicadores que dijeran cosas que los incultos oyentes no pudieran rebatir. A fin de convencer, los predicadores de su orden debían ser primero excelentes alumnos para poder convertirse en maestros respetados. Tal supuesto llevó a que, a la larga, de su orden emergiera uno de los grandes sabios del catolicismo, Tomás de Aquino.
Viendo el respeto que las mujeres recibían entre los herejes, fundó también una orden de predicadoras, la Orden Dominicana.
Tras algunas dificultades iniciales, Domingo de Guzmán llevó adelante sus proyectos con gran éxito y sus órdenes se extendieron y establecieron por todos lados. A la hora de combatir de manera activa y directa el catarismo, fue llamado por los cruzados y utilizado contra ellos y, llegado el momento culminante, cuando se inventó la Inquisición, fue su orden de predicadores la encargada de llevar adelante el invento y sus métodos.
Métodos que pasarían a la historia como la mayor perversión de los sentimientos y la justicia que haya podido idear el género humano.





Libros y textos cátaros
No han llegado hasta nosotros verdaderos y originales textos cátaros de cuya autenticidad podamos fiarnos. Lo que se puede consultar, pasó entonces por el tamiz calumniador de los vencedores cruzados y los clérigos y fue ampliamente glosado por falsarios al servicio del papado. Si los cátaros habían tenido algo parecido a una biblioteca sagrada, fue quemada y diseminada por los inquisidores dominicos.
Ellos vituperaban el Antiguo Testamento. El Dios vengativo de las sagradas escrituras, el ser inconcebiblemente cruel, que ordenaba parricidios y exterminaba a la humanidad en la Pentépolis o con el Diluvio no era el Dios del Amor y la Luz en el que ellos creían. Ese dios solamente retratado por la historia sagrada sólo podía ser Satanael, el dios terrible, vengativo, cruel, miserable, vigilante, acusador.
Su Dios de Luz se retrataba mejor en un solo evangelio, el espiritualista de San Juan. A Diferencia de la iglesia romana, ellos habían traducido al occitano ese evangelio y lo daban a leer libremente a todo el que sabía que, como suponemos, no eran muchos.
Es un aprócrifo atribuido a San Juan. Escrito de manera muy gráfica y llena de color.
Los seres del más allá se muestran en el texto con pasiones y conductas bastante humanas. Satanael conquista a los demás ángeles convenciéndolos en un debate. Cuando el Dios verdadero descubre que sus ángeles se han correompido seducidos por Satanael, simplemente ordena que les quiten sus luminosas túnicas:
1- Yo, Juan, que soy hermano vuestro y que tengo parte en la aflicción por tener parte también el reino de los cielos, mientras mi cabeza reposaba sobre el pecho de Nuestro Señor Jesucristo, le dije: “Señor, ¿quién es el que te traicionará?”. Y Él me respondió: “El que mete la mano conmigo en el plato. Entonces, Satán `penetró en Judas y éste busca ya la manera de entregarme!”.
2- Y yo le dije: Señor, anytes de que cayese Satanael, ¿en qué lugar de la Gloria se sentaba cerca de tu padre?”. Y Él me respondió: Estaba en la gloria en que regían las virtudes de los cielos. En cuanto a Mí, yo estaba sentado cerca de mi Padre. Satanael era quien ordenaba a todos los que imitan al Padre y su poder descendía desde el cielo hasta los infiernos y volvía a subir de los infiernos hasta el trono del Padre invisible. Y Él observaba la gloria de Aquel que conmueve los cielos. Y Él deseaba colocar su trono sobre las nubes de los cielos, porque quería ser semejante al Altísimo.”. Y habiendo descendido al aire, dijo al ángel del aire. “Ábreme las puertas del aires”. Y el ángel le abrió las puertas del aire. Y continuando su camino hacia abajo, encontró al ángel que guardaba las aguas y le dijo: “Ábreme las puertas de las aguas”; y el ángel se las abrió. Siguiendo adelante, encontró toda la faz de la tierra cubierta por las aguas. Llegó a la tierra y vio dos peces que estaban acostados por encima de las aguas: eran como dos bueyes unidos juntos para labrar, y por orden del Padre invisible, guardaban toda la tierra, desde Poniente a Oriente. Habiendo descendido aún más abajo, se encontró en presencia de las nubes que ponen su peso sobre las olas del mar para retenerlas. Siguiendo su descenso, llegó hasta el principio del fuego. Despues no pudo bajar más abajo ya causa de las llamas del fuegoo ardiente. Stanael regresó entonces y llegó de malicia su corazón, y dirigiéndose al ángel del Aire, el que estaba por encima de las aguas, le dijo: “Todas las cosas me pertenecen. Si me escuchas, pondré mi trono sobre las nubes y seré parecido al Altísimo; retiraré las aguas de este firmamento superior y reuniré todos los demás lugares ocupados por el mar; hecho eso, no habrá más agua sobre la faz de toda la tierra y reinaré contigo por los siglos de los siglos. Diciendo esto, Satanael subió hacia los otros ángeles hasta el quinto cielo, y a cada uno de ellos les habló de esta manera: “¿Qué debes a tu maestro? –cien medidas de trigo” le respondió uno. “Toma una pluma y tinta, le dijo, y escribe cuarenta” y decía a los otros “¿Y tú, qué le debes a tu Señor?” –cien jarras de aceite-, le respondió. “Siéntate, le decía Satanael y escribe cincuenta”. Y subió a todos los cielos y con tales palabras seducía a los ángeles del Padre invisible hasta el quinto cielo.
El relato sigue por el estilo. Como se ve, hacían los cátaros como todas las demás religiones de la antigüedad, retratar a sus seres superiores en términos completamente humanos y con ejemplos que todos podían comprender. Contrariamente, la iglesia católica se había instalado en el “misterio insondable”, porque ellos situaban los misterios de la fe en el conocimiento de sólo unos pocos bendecidos por su jerarquía. También entre los cátaros eran pocos, pero por su propia idiosincrasia y proceder. Eran realmente pocos los que llegaban a ser revestidos, porque, al parecer, era dificilísimo alcanzar el estado y el compromiso que exigían para ortorgar el consolament.








Felipe Augusto. Felipe II. Los francos imperialistas.
Felipe II, Felipe Augusto, fue el rey de Francia fundamental en la tragedia de los cátaros. Nació el 22 de Agosto de 1165 y murió el 14 de Julio de 1223. Era hijo de Luis VII.
En 1219 había muerto ya el papa Inocencio III, Raimundo VII había sucedido a su padre al frente del condado de Tolosa y los occitanos lo miraban con grandes esperanzas. El sucesor de Inocencio III, Honorio IV, continuó la política de su antecesor de tierra quemada contra los cátaros. El hijo de Simón de Montfor, Amaury (como el obispo sádico) intentaba imitar a su padre al frente de la cruzada franco-papal. Pero fracasó con demasiada frecuencia y se dedicó preferentemente a intrigar ante Felipe Augusto para que se le permitiera emprender una segunda cruzada a su manera. Expresó ante el rey una ambición que sabía coincidente con la de Felipe Augusto, apoderarse del Languedoc.
Hacia 1219 Amaury Montfort en compañía del hijo de Felipe II, Luis, en quien su padre había delegado el gobierno. Con ellos, y con el ánimo muy belicoso, iban veinte obispos, un montón de pequeños nobles franceses, varios centenares de caballeros y más de diez mil soldados. Entonces, la iglesia romana había excomulgado ya también a Raimundo VII, como hiciera con su padre, con objeto de marcar otra vez como cruzada toda expedición que se emprendiera contra él. El grupo se encaminó hacia Marmande, una ciudad de cinco mil habitantes. Tal como actuaron, se supone que deseaban causar el mismo efecto de terror que produjo Beziers en el Languedoc durante años. Tomaron la ciudad sin dificultad ni resistencia y perdonaron la vida a su señor, el conde de Astarac, pero toda la población fue exterminada sin ninguna clase de piedad. Niños, ancianos, mujeres y hombres fueron obligados a desnudarse del todo y de tal guisa fueron atravesados con espadas uno a uno. Dispersaron sus entrañas por el suelo. Al final, incendiaron la ciudad.
Lógicamente, causaron un estremecimiento de horror pero no amilanaron como se proponían. Era patente el deseo de intimidar, pero no tuvieron el esperado éxito en imitación de Beziers. Los apenados occitanos se habían curtido de sobra en el dolor y estaban acostumbrados a los desmanes de los franceses. Cuando el ejército de Luis y Amaury Monfort se presentó en Tolosa, les sorprendió una ciudad perfectamente organizada, con las fortificaciones muy sólidamente armadas. Luis dio orden de asaltar, pero no ocurrió nada. La ciudad de Raimundo se defendió con orden y determinación. Presintiendo el fracaso y el enfado de su padre, y como Amaury no era santo de su devoción, el hijo de Felipe Augusto dio la espantá, levantó el sitio y se fue.
Amaury no quería darse cuenta y creyó que podía ir adelante, pero la corona francesa había sufrido un grave quebranto de sus ambiciones. Toda Occitania celebró el éxito de Tolosa y reconoció la supremacía y el liderazgo de Raimundo VII. Exhibieron la sensación de no temer a Felipe Augusto.
Aseguraban sus exegetas que Felipe Augusto se curó milagrosamente de una grave enfermedad cuando su padre Luis VII peregrinó a la tumba de Becket. Probablemente, es uno de tantos cuentos que se inventaban en la Edad Media para glorificar a determinados poderosos. Felipe Augusto sucedió a Luis en el trono el 18 de septiembre de 1180. Se casó con Isabel, sobrina del Conde de Flandes. Varias componendas de conquista regional, las guerras con Inglaterra y otras campañas aumentaron mucho su poder y pretendió a partir de entonces la creación del mayor imperio en Europa. Su guerra con Enrique II de Inglaterra y los hijos de ese monarca, Enrique, Ricardo, y Juan, llevaron al tratado de Azay-sur-Cher en 1189, que reforzó su poder poder en el centro-norte de Francia. La pelea dinástica con los Plantagenet fue asimismo una de las claves de la política de Felipe II.
Ricardo Corazón de León mantuvo unas relaciones amigables con Felipe Augusto cuando llegó a ser rey de Inglaterra. Juntos organizaron la tercera cruzada a Tierra Santa; pero luego de una disputa en Palestina, a su retorno Felipe II acusó a Ricardo de haber pretendido envenenarlo. Como éste atendió en Sicilia las reivindicaciones de Tancredo en contra del emperador Enrique VI, este último resolvió vengarse. Al retornar de la cruzada, Ricardo fue apresado por el duque de Austria, quien lo entregó a Enrique VI, que lo encerró. Felipe II envió al arzobispo de Reims, para solicitar que le fuera entregado como su prisionero. Viendo que podía lucrarse, Felipe logró un acuerdo con Juan Sin Tierra, hermano de Ricardo. Normandía le fue entregada mediante un tratado secreto, y Juan se reconoció como vasallo de Felipe. Pero, cuando Ricardo fue liberado por Enrique VI, Juan Sin Tierra se reconcilió con su hermano y se inició un diferendo interminable entre Ricardo y Felipe II. El 13 de Enero de 1199, Inocencio III les exigió una tregua; poco después murió Ricardo.
A Ricardo lo sucedió Juan. A partir de entonces, Felipe defendió en contra de éste las reclamaciones del joven Arturo de Bretaña y luego las de Hugo de Lusignan, conde de La Marche, cuya prometida había sido secuestrada por Juan. La trifulgas de Felipe y Juan, interrumpida por las treguas impuestas por los legados papales, llegaron a ser grandes guerras nacionales, y en 1206, Juan perdió sus feudos en el centro de Francia. En algunas ocasiones Felipe se enfadó con las intervenciones pontificias entre Francia y los Plantagenet; pero, el prestigio, y sobre todo el poder, de Inocencio III le forzó a aceptarlas.
Como vemos, casi toda maldad y traición era imaginable entre los señores de la guerra del Medioevo. No debería extrañarnos mucho que el papa, al fin y al cabo un señor feudal, cometiera tantas atrocidades y fuese tan fiero con todo el que se le oponía. Sin embargo, el reconocimiento de la crueldad con que Felipe Augusto sentó los fundamentos del estado francés y la ferocidad papal de la época carece de cualquier posibilidad de medirse con la persecución, acoso y martirio de los cátaros.
Complicadísimas dificultades se dieron entre Felipe y los papas, a causa de la tenacidad con que Inocencio III defendía la indisolubilidad de los matrimonios reales. En 1190 Felipe perdió a su esposa, Isabel, con quien se había casado para heredar Artois, y en 1193 se desposó con Ingeburga, hermana de Canuto VI, Rey de Dinamarca. Auiso repudiarla en seguida, y una asamblea de barones y obispos complacientes pronunciaron el divorcio, pero Ingeburga apeló a Roma. A pesar de las amonestaciones, Felipe se casó con Ana de Méran, hija de un noble bávaro; Inocencio III le conminó para repudiar a Ana y volver donde Ingeburga; y cuando el rey se negó, el delegado papal, Pedro de Capua, colocó a Felipe en un interdicto (1198); la mayoría de los obispos rechazaron publicar la sentencia. Los obispos de París y Senlis, que la publicaron, fueron castigados mediante la confiscación de sus bienes. Después de nueve meses Felipe aparentó ceder, fingió la reconciliación con Ingeburga, primero ante el delegado papal, y luego en el Concilio de Soissons, pero no se deshizo de Ana de Méran, que murió en Agosto; Inocencio III consintió en legitimar los dos hijos que ésta había tenido con el rey, pero Felipe insistía en que Roma debía declarar su divorcio de Ingeburga, a quien él había encarcelado en Etampes. Roma rehusó y Felipe destituyó al delegado papal en 1209; en 1212 renovó sus empecinados intentos de divorciarse, esta vez con el delegado papal Roberto de Courçon. Posteriormente, en 1213, necesitando la ayuda del papa y del Rey de Dinamarca, repentinamente repuso a Ingeburga en su posición de Reina.
A despecho de amores, sentimientos, pasiones y demás, Felipe hizo siempre lo que más convenía al aumento y consolidación de su poder y la extensión de su imperio.
Otra cuestión que causó discordia entre Felipe II e Inocencio III fue lo referente a Alemania. Otón de Brunswick, a quien Inocencio III pretendía convertir en emperador, era el sobrino de Ricardo y Juan Sin Tierra. Esto fue razón suficiente para que Felipe interviniera a favor de Felipe de Suabia. Estos últimos formaron una alianza en Junio de 1198, y cuando Felipe de Suabia fue asesinado en 1205, Felipe II presentó como candidato a Enrique de Bravante. Sin embargo, la totalidad de Alemania se unió a Otón de Brunswick y fue nombrado Emperador como Otón IV. En 1209 Felipe temió que el nuevo Emperador invadiese Francia. Otón IV se peleó con Inocencio III y fue excomulgado, y el papa, en un movimiento inesperado, llamó a Felipe por auxilios y tropas en contra de Otón. Los dos acordaron elegir como Emperador a Federico de Hohenstaufen, el futuro Federico II. A éste, Felipe le dio 20.000,00 marcos para sufragar los costos de su elección. De esta forma se inauguró la política por la cual Francia se entrometía en los negocios de Alemania, y por primera vez, el rey francés reclamó, una voz para la elección imperial semejante a la del papa.
El acuerdo establecido entre Inocencio III y Felipe II, respecto a los negocios de Alemania, posteriormente se extendió a Inglaterra. Durante todo su reinado Felipe soñó con una posesión en Inglaterra. En una fecha tan temprana como 1209, él había negociado ya con los barones Ingleses hostiles a Juan Sin Tierra, y en 1212 con los Irlandeses y con los Galeses.
Cuando Juan Sin Tierra persiguió cruelmente al un obispo inglés que, a su pesar, había reconocido a Esteban Langton como Arzobispo de Canterbury, Inocencio III en 1212 colocó a Inglaterra bajo un interdicto, y su legado, Pandolfo, declaró que Juan Sin Tierra había perdido el trono. Posteriormente, Felipe, que acogió en su corte todos los exilados de Inglaterra, consintió en ir a dicho país en nombre de Inocencio III, para despojar de la corona a Juan Sin Tierra. Ella debía ser dada a su hijo, el futuro Luis VIII. En Mayo 22 de 1213, el cuerpo expedicionario francés fue a embarcarse en Gravelines, cuando supo de la reconciliación de Juan Sin Tierra y Roma, convirtiéndose, unos pocos meses después, en vasallo del Papa. De esta forma falló, en la víspera de su realización, el proyecto de invasión de Francia a Inglaterra. Pero el delegado de Inocencio III indujo a Felipe a castigar a Ferrando, Conde de Flandes, quien era el aliado de todos los enemigos del Rey. En la batalla de Bouvines, 27 de Julio de 1214, Ferrando, quien respaldaba a Otón IV, fue tomado prisionero. Esta batalla es mirada como la primera victoria nacionalista de Francia.
Felipe II, afirmando que tenía a ambos lados dos grandes y terribles leones, Otón y Juan, se excusó en varias ocasiones de tomar parte en la cruzada en contra de los cátaros. Permitió que su hijo Luis hiciese dos expediciones al interior del Languedoc para apoyar a Simón de Montfort en 1215, y a Amauri de Montfort en 1219; de nuevo en 1222, envió a éste último personaje, 200 caballeros y diez mil soldados de a pie, bajo el Arzobispo de Bourges y el Conde de La Marche, previendo que la monarquía francesa se beneficiaría con la derrota de los Albigenses.
El reinado de Felipe II se caracterizó por un gigantesco avance de la monarquía francesa; antes de su tiempo, el Rey de Francia reinaba sólo sobre la Île de France y Berri, sin comunicación con el mar. A este patrimonio, Felipe II sumó Artois, Amienois, Valois, Vernandois, una gran parte de Beauvaisis, Normandía, Maine, Anjou, Touraine, y una parte de Poitou y Saintonge. Sus ministriles y senescales establecieron firmemente el poder real en esas regiones. París se convirtió en una ciudad fortificada y atrajo a su universidad estudiantes de esos lugares. Gracias a las posesiones de Dieppe, Rouen, y ciertas partes de Saintonge, la monarquía francesa se convirtió en una potencia marítima y comercial; Felipe II invitó a mercaderes extranjeros a Francia. Flandes, Ponthieu y Auvergne se convirtieron en estados feudales dominados, supervisados por loas agentes del Rey. Ejerció una especie de protectorado sobre Champagne y Borgoña. Bretaña estaba en las manos de Pedro de Dreux, un descendiente de la nueva rama de los Capeto. M. Luchaire dice: “La Historia no presenta, tan a menudo, cambios tan rápidos y completos en la fortuna de un Estado”
Felipe Augusto no intervino en apariencia en las elecciones episcopales. En Normandía, donde los Plantagenet habían asumido la costumbre de postular los obispos, no continuó su ejemplo. Guillermo el Bretón, en su poema sobre Felipe, le hace decir: “Dejo a los hombres de Dios, las cosas que pertenecen al servicio de Dios”. Favoreció la emancipación de las comunas, que deseaban la igualdad con las clases medias de los distritos que anexó. A menudo exigió un impuesto a cambio de los estatutos comunales, pero no les permitió a las comunas infringir la propiedad de los clérigos, o el derecho episcopal de jurisdicción. En Noyen, intervino formalmente en representación del Obispo, quien era amenazado por la comuna. Inició una campaña en defensa de los obispos y abades, en contra de ciertos señores feudales a quien deseaba humillar o debilitar. En 1180, antes de ser Rey, emprendió una expedición en Berri para castigar al Lord de Charenton, enemigo de los monjes, y en la Borgoña, donde el Conde de Chalán y el Lord de Beaujeu perseguían a la Iglesia. En 1186, debido a la queja de los monjes, tomó posesión de Chatillon sur Seine, en el Ducado de Borgoña, y forzó al Duque a reparar los errores cometidos en contra de la Iglesia. En 1210 envió tropas para proteger al Obispo de Clermont, quien era amenazado por el Conde de Auvergne.
Pero por otro lado, en virtud de la preponderancia que deseaba la realeza tuviese sobre el feudalismo, demandó de los obispos y abades el cumplimiento de todos sus deberes feudales, incluyendo el servicio militar. Aunque en ciertos territorios él era vasallo de los obispos de Picardía, rehusó rendirles tributo. Sin embargo, declaró con respeto ante Manasses, Obispo de Orleáns, que la corte real tenía derecho a juzgar en todos los juicios de los obispos, e hizo causa común con el criterio feudal, en las discusiones sin fin referentes a la jurisdicción de los tribunales eclesiásticos, que al principio del siglo trece estaban dispuestos a extender su jurisdicción. Una disposición emitida hacia 1205, a instancias del Rey, aplicada en Normandía y tal vez en todas partes, estipulaba que en ciertas causas, los jueces podían arrestar y tratar como culpables a los clérigos, que el derecho de asilo en los edificios religiosos debería ser limitado, que la Iglesia no podía excomulgar a quienes comerciaban en domingo o mantenían comunicación o relaciones sexuales con los judíos, y que los ciudadanos con varios hijos, no deberían dar más de la mitad de sus bienes a aquel que fuera clérigo. Finalmente, impuso sobre la clerecía pesadas cargas financieras. Fue el primer Rey que se empeñó en exigir a los clérigos el pago al él, de un décimo de sus entradas. En 1188 el Archidiácono Pedro de Blois derrotó sus reclamos, pero en 1215 y 1218 Felipe los renovó, y la clerecía se los aceptó en diversos grados.
Felipe, sin embargo, era piadoso a su manera, y en las advertencias que San Luis dio a su hijo, dijo que Felipe a causa de la “Bondad y Misericordia de Dios, mas bien perdería su trono que disputar con los sirvientes de la Santa Iglesia” de esta forma la reputación dejada por Felipe II fue muy diferente a la de Felipe IV, o la de Federico II de Alemania; nunca mantuvo con la Iglesia una política de engaños o de humillantes discusiones, al contrario, la miró como su colaboradora como fundamento de la unidad francesa.







1229.
La Inquisición
Los disidentes de las tesis oficiales del papado y los críticos del boato clerical habían sido quemados en número considerable en muchos puntos de Europa. Los anatemas y ultimátum romano para Occitania no lograban los efectos deseados; todos se lo tomaban un poco a chota y los romanistas tenían que recurrir a veces a meterse en debates y controversias, en las que solían provocar más escepticismo y risas que otra cosa. Tras infinidad de decepciones y “santos” disgustos, un monje cisterciense y legado papal, Pedro de Castelnau, impaciente y enojadísimo, tuvo la idea que haría historia: en vez de gastar barbaridades en mercenarios ni perder más la paciencia en advertencias, ordenó a los nobles, sobre todo a los de poca monta, perseguir a los “herejes”. Como sabemos bien, Raimundo de Tolosa se negó, por lo que el tal Castelnau lo excomulgó solemnemente en un pomposo ritual celebrado al aire libre. En ese rito, Castelnau pronunció una nueva amenaza contra el conde: “El que te desposea de títulos y propiedades será considerado virtuoso y el que te mate ganará las bendiciones y bulas papales”. Como tantas otras veces y como solían hacer sus paisanos, el conde prometió fidelidad sin tener la menor intención de cumplirla.
Los cátaros no pudieron ser erradicados con los desmanes de la cruzada ni con varios decenios de ataques, matanzas, quemas e intrigas. Todo eso, más bien los había revestido de un aura de cierta magia; ni el martirio los eliminaba. Habían ido perdiendo apoyos de los aristócratas acogotados, pero seguían siendo protegidos, alimentados y alentados por los campesinos y la gente humilde, y se habían establecido a duras penas unos flujos clandestinos que les hacía perdurar.
El papa y sus furias desatadas se vieron obligados a inventar expresamente para los cátaros la Inquisición.
Se trata de un engendro tan horrendo y criminal, que no suele hablarse de quien verdaderamente pudo idearla intelectualmente. Nació bajo el papado declinante de Inocencio III, Domingo de Guzmán y su orden fueron sus principales animadores, y se ideó expresamente como forma de buscar y perseguir a los “herejes” del Languedoc. Iban a por ellos con todos los medios. Ya no se trataba, como antaño, de juzgar a quien fuera denunciado por conductas u opiniones contrarias a la Iglesia. A partir del siniestro invento, se trataba de ir a buscarlos y hasta cazar a inocentes mediante calumnias y falsedades, y exigir pruebas de fidelidad aunque no mediasen denuncias.
Por lo tanto, la misión de la Inquisición era localizar, procesar y condenar a las personas culpables de las disidencias que denominaban herejía. Antaño, la pena normal por herejía era la excomunión, pero desde que toda la parafernalia y la curia del Imperio Romano se perpetuó en la Iglesia Católica, siendo por tanto la ya religión oficial de un imperio, la herejía podía ser considerada insubordinación y rebeldía. Enemigos del estado y de lo establecido.
Ha quedado en la memoria acomplejada, influenciable y condicionada de algunos cronistas mediocres como cuestión española, siendo la verdad que no se instituyó en el reino de España hasta los Reyes Católicos, dos siglos y medio después de su invención, en 1478. Esta versión castellana de la Inquisición tenía que ocuparse de los “marranos” (los judíos conversos, ya sabemos cómo). A partir de 1502, la emprendió también contra los conversos islámicos. Sobre 1520 se lanzó contra los sospechosos de protestantismo. Esta Inquisición española era independiente de la otra; dependía del poder real porque el papado fue obligado a no meterse. Fue por consiguiente más un instrumento político, que la Leyenda Negra vituperaría hasta el punto de convencer a españoles poco informados. Se puede decir que tenía poco de religioso. A pesar de ellos, los predicadores de Domingo de Guzmán siguieron siendo sus jueces y verdugos.
Había una especie de consejo rector, teóricamente atemperador, pero la crueldad de la Inquisición española fue semejante a la de la europea medieval.
Algunos de los Inquisidores, como Torquemada, asesinaron arbitrariamente a miles de ciudadanos inocentes.
Hubo también Inquisición en los virreinatos americanos, donde se ocuparon más de los ritos animistas que de algo parecido a la herejía. También fue llevada a Flandes cuando era español, así como a Nápoles, Sicilia y Milanesado.
Para los españoles acomplejados que se dejan culpabilizar por los prejuicios interesados extranjeros, conviene recordar que los diversos protestantismos tuvieron tribunales semejantes a la Inquisición española y fueron igual o más represivos y crueles. Como ejemplo, la que armó Calvino en Suiza.
Para satisfacción del género humano, la Inquisición fue suprimida en España en 1843, aunque ya había sido abortado un intento en el mismo sentido que se hizo durante las Cortes de Cádiz en 1812.
Pero el nacimiento verdadero como institución a escala universal se produjo en el siglo XII, en respuesta a la incapacidad eclesial de exterminar a los cátaros, a pesar de la cruzada de Inocencio III.
Ante la inoperancia de los crueles métodos que habían ido siendo empleados para someter a los occitanos y obligar a los cátaros a retractarse, tuvieron que inventar la Inquisición para extender y perpetuar el terror ya que el terror de Beziers y semejantes era siempre pasajero.
Como organismo con todos los sellos papales no se constituyó hasta 1231, bajo el papado de Gregorio IX, pero llevaba al menos quince años funcionando activamente, en manos de domingo de Guzmán y sus predicadores. Con ellos excusó el papa la misión de los obispos en materia de pureza ortodoxa de la fe.
Los dominicos, y en menor medida los franciscanos, dominaron la Inquisición durante toda su historia y desde el comienzo. Actuaban directamente a las órdenes del papa, al menos en teoría. Poniendo bajo control pontificio el castigo a los herejes, Gregorio IX evitaba que los monarcas, y expresamente Federico II, emperador del Sacro Imperio, pudiera tomar la iniciativa y utilizara la institución con propósitos políticos.
Aunque al principio eran Alemania y el Langedoc (más el reino de Aragón) sus escenarios y objetivos, la institución cobró poder muy rápidamente en todo el cuerpo eclesial y empezó a extenderse por Europa con objetivos no muy claros. Y perduró.
En el XVI la Inquisición acabó con el científico español Miguel Server, sin que sea posible comprender todavía el porqué. Había nacido en la provincia de Huesca, en los Monegros, en el pueblo de Villanueva de Sigena. Revolucionó el entendimiento de la anatomía y la medicina de su tiempo. Independientemente de la importancia de sus descubrimientos científicos o de su labor como polemista, Miguel Servet sobresale en el recuerdo como mártir de la libertad de pensamiento y de la expresión de las ideas, desafiando a los poderes establecidos.
En una ocasión que iba rumbo a Italia, se ignora por qué causa Servet paró en Ginebra, donde fue identificado en la iglesia donde predicaba el propio Calvino Tras ser detenido y juzgado por hereje (por su negación de la Trinidad y por su defensa del bautismo a la edad adulta), lo condenaron a morir en la hoguera. La sentencia dictada contra él por la Inquisición dice: Contra Miguel Servet del Reino de Aragón, en España: Porque su libro llama a la Trinidad demonio y monstruo de tres cabezas; porque contraría a las Escrituras decir que Jesús Cristo es un hijo de David; y por decir que el bautismo de los pequeños infantes es una obra de la brujería, y por muchos otros puntos y artículos y execrables blasfemias con las que el libro está así dirigido contra Dios y la sagrada doctrina evangélica, para seducir y defraudar a los pobres ignorantes. Por estas y otras razones te condenamos, Miguel Servet, a que te aten y lleven al lugar de Champel, que allí te sujeten a una estaca y te quemen vivo, junto a tu libro manuscrito e impreso, hasta que tu cuerpo quede reducido a cenizas, y así termines tus días para que quedes como ejemplo para otros que quieran cometer lo mismo.
Inclusive el estar prisionero por la Inquisición era tan terrible, que Miguel Servet escribió a sus jueces; "Os suplico que abreviéis estas grandes dilaciones haciéndome pudrir en prisión. Los piojos me comen vivo, mis calzones están hecho guiñapos,y no tengo muda ni más camisas que una hecha jirones..."
El día siguiente, 27 de octubre de 1553, Miguel Servet murió en una pira.
Cuesta mucho imaginar el dolor que puede significar que enciendan debajo de uno un fuego inmenso cuando está todavía vivo. Para poder cumplir con sus cometidos, los inquisidores tenían por fuerza que ser personas patológicamente sádicas, enfermas. No es posible asimilar sus actos si no es considerando esa posible verdad.
Los inquisidores los nombraba directamente el papa y eran titulares de cada tribunal con ayuda de asistentes, amanuenses, notarios, soldados, policías y demás. Estos funcionarios contaban con poderes prácticamente ilimitados; eran tales sus potestades, que hasta podían excomulgar a señores feudales.
Para nuestro pasmo e incredulidad, tuvieron al principio cierto prestigio de justos y misericordiosos, a pesar de que muchos inquisidores fueron acusados ya entonces de crueldades y abusos incalificables. Para que tal opinión fuera posible, habría que identificar el grado de maldad de los métodos alternativos.
Los inquisidores se asentaban en una plaza o local por periodos predeterminados, desde donde mandaban órdenes conminando a que todo culpable de herejía se presentase por su propia iniciativa (¡), espontáneamente. Esos todopoderosos inquisidores podían incoar un proceso contra cualquiera que se les antojara o contra cualquiera cuyas pertenencias ambicionaran.
Si se presentaban por propia voluntad y “confesaban” la herejía, se les imponía penas más benignas que a los que no lo hacían. Concedían un periodo de gracia para efectuar esta confesión voluntaria. El proceso real comenzaba más tarde. Cuando los inquisidores procesaban a una persona supuestamente hereje, el prelado correspondiente publicaba en las iglesias el requerimiento judicial. La policía al servicio de la Inquisición perseguía a los que se negaban a acatar los requerimientos y se anulaba para ellos el derecho eclesial de asilo. .Se entregaba a los acusados una relación de cargos. Al principio, ocultaban el nombre de los acusadores, pero el papa Bonifacio VIII anuló esta práctica. Los acusados eran obligados bajo juramento a responder de todos los cargos y se convertían, de ese modo, en sus propios fiscales. Bastaba el testimonio de dos testigos para considerarlos definitivamente culpables y condenarlos, e incautarse sus bienes, lo que es uno de los aspectos más sórdidos del engendro. Muchos acusados lo fueron sólo por la ambición de un inquisidor de apoderarse de sus títulos o riquezas. .
Los inquisidores disponían de una especie de consejo, integrado por clérigos y laicos, para que les ayudaran a dictar veredictos.
Por si todo eso fuera poco. El 1252 el papa Inocencia IV autorizó practicar la tortura para extraer “confesiones”, que casi siempre eran la búsqueda del fin de sus tormentos. Hasta entonces, la tradición canónica rechazaba ese método.
Las penas para quienes se confesaban o eran declarados culpables por tan forzados medios, se pronunciaban en una ceremonia pública al terminar proceso. Eran los Autos de Fe. El castigo podía consistir en una peregrinación, un azote público, una multa o desplazarse con una cruz a cuestas. .
Todavía en el siglo XIV el engendro se reforzó. Preocupado por la difusión del protestantismo y su penetración en Italia, en 1542 el papa Pablo III hizo caso a reformadores y fundó en Roma la Congregación de la Inquisición, conocida también como la Inquisición romana y el Santo Oficio. Seis cardenales formaron la comisión original, cuyos poderes se extendieron a toda la Iglesia. Realmente, el Santo Oficio era una institución nueva relacionada con la Inquisición medieval sólo por algunos precedentes. Más libre del control episcopal que su predecesora, concibió también su función de forma diferente. Mientras que la Inquisición medieval se había centrado en las herejías que ocasionaban desobediencia pública, el Santo Oficio se preocupó de la ortodoxia teórica.
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El consolament
Los cátaros rechazaban los múltiples sacramentos de la iglesia católica y sólo administraban uno propio, el Consolament. No disponemos de testimonios escritos directos que nos expliquen con claridad en qué consistía ni cómo realizaban el ceremonial y ha llegado a figura en lo misterioso e, inclusive, en lo esotérico. Se sabe de muchos importantes señores del Languedoc que, aún siendo católicos, mantuvieron en su corte, cerca, toda su vida a un revestido cátaro con objeto de que le proporcionarse el consolament en la hora de su muerte.
El único sacramento cátaro y parece que dualista transformaba al que lo recibía, lo convertía en “revestido” y él podría, a su vez, consolar a otros.
Como veremos en el texto reproducido a continuación, los cátaros fiaban mucho a la imposición de manos. A los revestidos se les otorgaba ese derecho, a imitación de Jesús.
Sobre el consolament los cruzados y los clérigos romanistas inventaron toda clase de perversiones. Se dieron tantos inventos sobre el caso, que hasta hoy resulta difícil que podamos llegar a una conclusión. Hay quien le atribuye un sentido sexual y quien lo considera un acto de amor romántico excelso. Como ya hemos visto, los cruzados afirmaban que los cátaros adoraban y cohabitaban con los gatos, de lo que se deduce que, muy probablemente, consideraban que en eso consistía el consolament. Para los cátaros era a la vez bautismo, confirmación y extremaunción, y había que recorrer un largo y trabajoso camino de perfección para hacerse merecedor de recibirlo. Desde luego, no lo podía recibir un niño ni nadie que careciera de criterio, razón y libre albedrío.
Salvo a quien se le administraba en su agonía, era el acto por el que eran recibidos como revestidos los que luego saldrían a predicar.
Varios autores, Jean Blun entre ellos, los describen de modo aproximado (aunque no podamos concederles demasiado crádito), refiriéndose preferentemente al ritual de Lion:
El novicio entra y se arrodilla ante el altar o la mesa. Hay que recordar que no tenían iglesias tal como nosotros las conocemos. Ordenante y aspirante a ordenado hacen su Mejoramiento a fin de borrar todo pecado. El celebrante recita los catorce primeros versículos de San Juan. Después amonesta al neófito:
Pedro, ¿queréis recibir el bautismo espiritual, por el cual se da el Espíritu Santo en la Iglesia de Dios, con la Santa Oración, con la imposición de manos de los “hombres buenos”?. De este bautismo, Nuestro Señor Jesucristo dice en el Evangelio de San Mateo a sus discípulos: “Id y enseñad a todas las naciones, bautizadlas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Instruidlas para observar todo cuanto yo os he ordenado. Yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación de la materia”. Y en el Evangelio de San Marcos dice: Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a todos. El que creyere y fuere bautizado, se salvará, mas el que no creyere se condenará”. En el Evangelio de San Juan dice a Nicodemo: “En verdad te digo que quien no naciere del agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de los cielos”. Y San Juan Bautista habló de este bautismo cuando dijo: “Yo os bautizo en agua con vistas a la penitencia; pero en pos de mí viene otro más fuerte que yo, cuyas sandalias no soy digno de calzar; él os bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego”. Y Jesucristo dice en los Hechos de los Apóstoles: “Porque Juan bautizó en agua, pero vosotros, pasados no muchos días, seréis bautizados en el Espíritu Santo”. Jesucristo hizo este santo b autismo con la imposición de manos, según lo relata San Lucas, y dijo que sus amigos lo harían, como relata San Marcos: “Pondrán las manos sobre los enfermos, y éstos se curarán”.
La imposición de manos durante el consolamet podía ser, tal vez, a un tiempo bautismo, penitencia, consagración sacerdotal y extremaunción. Para el ascenso al grado de revestido tenía que ser un obispo es que aplicara las manos, pero para el perdón y la curación de un enferm podían aplicarlas cualquier revestido, tanto hombres como mujeres. Como ya queda expresado, los cátaros no aceptaban que el Dios de Luz fuese el creador de nada material; la materia era un infierno provisional del que se liberarían con la muerte para ir al real Reino de Dios. Cualquiera de los cultos tan milagristas y consagradores de cosas materiales de la iglesia católica era para ellos una barbaridad e, inclusive, una blasfemia. Por condenar a inocentes a la materia, hasta tener hijos era malvado, porque se alargaba la vida de este lugar creado por Satanael. Ayunaban varias veces por semanas. Con categoría bastante alta practicaban el melhorament y el aparelhament, algo así como una penitencia que reducía la maldad de la materia; se hincaban de rodillas al paso de un revestido. En un determinado tramo del decurso de su preparación para el consolament, practicaban la “convenenza”, un compromiso por el que el creyente se aseguraba de recibir el consolament en algún momento, aunque fuese a la hora de su muerte. También se asegura, aunque no está documentado, que practicaban la “endura”, el suicidio místico mediante el auyo completo. El consolament de Lion continuaba así:
Ananías bautizó así a San Pablo cuando se convirtió. Y después Pablo y Bernabé lo hicieron en muchos lugares, y San Pedro y San Juan así lo hicieron con los samaritanos. Porque San Lucas a´si lo relata en los Hechos de los Apóstoles: “Cuando los apóstoles que estaban en Jerusalén oyeron cómo había recibido Samaria la palabra de Dios, enviaron allá a Pedro y a Juan, los cuales, bajando, oraron sobre ellos para que recibiesen el Espíritu Santo, pues aún no había bajado sobre ninguno de ellos. Entonces les impusieron las manos y recibieron el Espíritu Santo”. Este santo bautismo por el que se de el Espíritu Santo, la Iglesia de Dios lo ha mantenido desde los Apóstoles hasta nuestros días, se ha transmitido de “hombres buenos” en “hombres buenos”, hasta ahora y lo será hasta el fin del mundo. Y debéis entender que se le ha dado poder a la Iglesia de Dios para atar y desatar, perdonar los pecados y retenerlos, como dice Cristo en el Evangelio de San Juan: “Como me e4nvió mi Padre, así os envío yo. Diciendo esto, sopló y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes se los retuviereis, les serán retenidos”. Y en el Evangelio de San Mateo dice a Simón Pedro, y sobre esta piedra edificaré yo mi iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Yo te daré las llaves del reino de los cielos, y cuanto desatares en la tierra será desatado en los cielos”. En otro pasaje, dice a sus discípulos: “En verdad os digo, cuanto atéis en la tierra será atado en el cielo, y cuanto desatéis en la tierra será desatado en el ci3elo. Aún más: os digo en verdad que si dos de vosotros conviniereis sobre la tierra en pedir cualquier cosa, os lo otorgará mi Padre, que está en los cielos”. Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Y en otro lugar: “Curad a los enfermos, resucitad a los muertos, limpiad a los leprosos, arrojad a los demonios”.
Hay que hacer un paréntesis para señalar que los cátaros practicaban la imposición de manos. Era un privilegio que sólo tenían, al parecer, los revestidos. Fiándose en esta visión taumatúrgica de Cristo, imponían las manos con la intención de curar y como hemos visto en otras muchas circunstancias, actuaba el efecto placebo y las capacidades ignoratas de la voluntad y la mente, y realmente parecían curar en ocasiones.
El texto ritual de Lion sigue así:
Y en el Evangelio de San Juan, dice: “El que cree en mí, ese hará también las obras que yo hago”. Y en el Evangelio de San Marcos, dice: “A los que creyeren, les acompañarán estas señales: en mi nombre echaran los demonios, hablarán lenguas nuevas, tomarán en las manos las serpientes, y si bebieren ponzoña, no les dañarán: pondrán las manos sobre los enfermos, y estos sanarán”. También dice en el Evangelio de San Juan: “Yo os he dado poder para andar sobre serpientes y escorpiones y sobre todo poder enemigo, y nada os dañará”. Si queréis recibir este poder y esta potestad, es necesario que guadéis los mandamientos de Cristo y del Nuevo Testamento según vuestro poder. Y sabed que ha ordenado que el hombre no cometa ni adulterio ni homicidio, ni mentira: que no haga ningún juramento, que no hurte ni robe, que no haga a los demás lo que no quiere que le hagan a él mismo, y que el hombre perdone a quien le hace mal, que ame a sus enemigos, y que ruegue por sus calumniadores…
Aquí hay que señalar que algunos testigos de la época retratan a los revestidos y puros en general yendo a las piras donde morirían rezando por sus verdugos.
…y por sus acusadores y los bendiga. Si se le golpea sobre una mejilla, pone la otra, y si se le quita la túnica, que deje también el manto; que no juzgue ni condene, y muchos otros mandamientos que han sido dados por el Señor a su Iglesia. Es necesario igualmente que odiéis este mundo y sus obras, así como las cosas que le pertenecen. Porque San Juan dice en su Primera Epístola: “Carísimos, no améis al mundo, no está en la caridad del Padre, porque todo lo que hay en el mundo, concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y orgullo de la vida, no viene del Padre, sino que procede del mundo, y el mundo pasa, y también los concupiscencias; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre”. Y Cristo dice a las naciones: “El mundo no puede aborreceros a vosotros, pero a mí me aborrece, porque doy testimonio contra él de que sus obras son malas”. Está escrito en el libro de Salomón: “ He observado cuanto sucede bajo el sol, y he visto que todo es vanidad y atrapar vientos”. Y Judas, hermano de Santiago, dice para nuestra enseñanza en la Epístola: “Odiad esa túnica manchada que es carnal”. A través de estos testimonios y de muchos otros, debéis odiar el mundo. Y si lo hacéis bien hasta el final, tenemos la esperanza de que vuestra alma tenga vida eterna.
Tras el discurso del oficiante seguían diversos rituales y promesas por parte del aspirante a revestido. Juraba ser vegetariano, no mataría ni animal ni hombre, rezar determinados rezos siempre que fueran a hacer algo, etcétera. Se les pedía tanto, que en realidad no eran muchos los que llegaban al acto del consolament.




1234
El terror interminable
Una mirada somera a las peripecias de los cátaros, principalmente los del Languedoc, deja la impresión de que su historia es la del terror interminable. Nunca dejaron de estar expuestos al terror, inclusive antes de organizarse más o menos como una comunidad coherente y mucho después de los grandes holocaustos. Los persiguieron uno por uno, por doquier, hasta mediado el siglo XIV
En 1234 ya llevaba la Inquisición instituida oficialmente muchos años.
Las quemas se habían convertido en sucesos cotidianos. Hechos como los de Bran o Beziers ya no horrorizaban, por su cotidaneidad.
La gente común reaccionaba a veces, como cuando el pueblo saqueó el convento de los dominicos (los protagonistas de la Inquisición) en Narbona, el feudo del incalificable Arnaud Amaury. Pero eran hechos muy infrecuentes, porque el terror perseguía con saña, martirizaba y exterminaba la disidencia, se aliaba hasta con los malvados más malvados de la época con tal de que declararan de boquilla, pero públicamente, su lealtad al papa.
Así nació un proceder que puede observarse hasta en nuestros días. La iglesia romana condena el escándalo como uno de los pecados mayores. Si se peca, si se realizan barbaridades, hay que hacerlo muy discretamente. Vale para todo lo que la iglesia considera pecados: la homosexualidad, la infidelidad, la explotación; se pueden practicar siempre que nadie se entera ni se reconozca públicamente. Un padre de familia o un obispo estadounidense pueden ser pederastas, pero lo que le interesa a su iglesia es que nadie se entere. En cambio, si un homosexual tiene la valentía de reconocer públicamente que lo es, para la iglesia constituye escándalo y es, por tanto, reprobable. La hipocresía institucional, que es llamada reserva, discreción y demás, es la característica que más distingue a los clérigos y la curia papal. Se puede liquidar bancos, estafar desde la Banca Ambrosiana, robar, explotar a los obreros, organizar cadenas fraudulentas; se puede cohabitar con la mujer del jefe de la guardia suiza y con su marido, y matar a éste. Pero la cuestión importante es que no se sepa. No se puede escandalizar a nadie con tales barbaridades.
La hipocresía y la reserva pueden aminorar los mayores horrores. El sentido hipócrita de la moral que ha extendido, por ejemplo, el perdón de los pecados de la confesión es una de las mayores lacras de nuestra sociedad actual. Un poderoso, por ejemplo un gran hombre de empresa, puede comulgar todos los días según esa moral, aunque cuando llegue a su despacho cometa las mayores atrocidades e injusticias, despida a ancianitas enfermas o a padres de familia numerosa, en nombre del éxito de su empresa. Ni siquiera sentirá la culpa y aunque creyese que todo eso es pecado, tampoco se inquietaría porque “cuando me confiese, me perdonarán”.
En nombre de ese perdón de los pecados obtenidos con el acto de confesarse, el horror continúa. Son cometidas arbitrariedades y agresiones terribles por parte de personas que se declaran muy buenos católicos, practicantes, de comunión diaria. Las atrocidades no les crean el menor sentimiento de culpa, porque bastará arrodillarse ante el confesor para que todo le sea perdonado.








Trencavel tenaz
Aunque da la impresión de que pudo haber sido un poco frivolón, Ramón Roger Trencavel fue uno de los protagonistas más amados del drama cátaro. El joven de poco más de veinte años era vizconde de Carcasona, Agde, Beziers, Rasez, Albi y Nimes.
Toda su familia era cátara. El primer Trencavel de quien se tiene noticia fue Aton I, un vizconde de Albi en el siglo X. Después, hubo varias generaciones de vizcondes de Albi sin cambiar la dinastía ; Aton I, Aton II, Bernardo Aton, Bernardo Aton II, Aton III, y Bernardo Aton III. El hijo de Bernardo Aton III, Ramón Bernardo, se casó con Emengarda de Carcasona, hermana del último conde Carcasona. Ramón Aton, que era vizconde de Nimes y Albi, se convirtió así también en vizconde de Carcasona y Bezier en 1068, cuando murió su cuñado sin descendencia. Tuvo un hijo, Bernardo Aton IV, que murió en 1129 y fue vizconde de Beziers, Albi, Carcasona, Nimes y Rasez. A partir de entonces, los Trencavel dominaron casi todas las tierras de los condes de Tolosa, aunque nunca se convirtieron en condes.
Ramón Roger fue criado por ayas y maeses y aprendió desde muy niño literatura, trova, política y el manejo de las armas. Llegado a la edad adecuada, se casó con Agnes de Montpellier, cuñada del rey de Aragón Pedro II. Aunque amable, alegre y quizás algo frívolo y veleidoso, Ramón Roger era peligroso y temible más que nada por sus vínculos familiares.
Los dos hijos de Bernardo Aton dividieron el feudo de su padre. El mayor, Roger I, tomó Albi, Carcasona y Rasez. El segundón, Ramón I, se quedó con Beziers y más tarde heredó Albi, Rasez y Carcasona porque Roger I murió sin heredero. Por último, el hijo menor de Bernardo Aton, Bernardo Aton V, heredó además Nimes y se anexionó Agde.
Ramón Roger era nieto de Bernardo Aton V y nació en 1185. Heredó todos esos feudos, aunque parece que todos en su familia –opuestamente a la costumbre medieval- tenían algún mando. Se sabe que su madre fue cátara revestida, así como sus hermanos.
Dentro de su frivolidad juvenil y teniendo en cuenta su sibarítica naturaleza Occitana, con todas sus ventajas y desventajas, debió de ser bastante activo y muy tenaz, aunque no se mostró resolutivo en casos puntuales como, por ejemplo, Beziers.
Pero a pesar de los pesares, cuando se le exigió ir a Montpelier a declarar ante una asamblea de cruzados que presidía, por supuesto, el legado de Inocencio III, le ordenaron que expulsara a los cátaros de sus ciudades. Ramón Roger tuvo en ese momento el gesto por el que fue venerado por la historia. Dijo retadoramente:
-Ofrezco residencia, un techo, un abrigo, comida y mi espada a todos los proscritos que erren por Provenza y Occitania, sin ciudad, techo, refugio ni alimento.
También defendió con fervor a los judíos, que eran muy numerosos y relevantes en sus dominios.
Su gobierno y el de su familia terminó en puridad con la caída de Carcasona, en 1209, aunque mantuvo algunos feudos hasta 1214. Cuanto tenía y representaba lo que más ambicionó y persiguió el patito feo de esta historia, Simón de Montfor, que fue un patito con garras ardientes de dragón. Herederos de Ramón Roger recuperaron influencia y tierras entre 1224 y 1227, pero al final tuvieron, que rendirse a la ambición francesa y lo entregaron todo al rey de Francia en 1247.





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Arnaud Amaury
El perverso, cruel y muy despiadado obispo cisterciense de Narbona, fiel y lisonjero de Inocencio III, fue junto a Simón de Montfort el gran verdugo de los cátaros.
La frase más terrible que ha pronunciado un ser humano en toda la Historia de la Humanidad la dijo él ante el sitio de Beziers. En Beziers había unos pocos cátaros contra veintitantos mil católicos; cuando se iniciaba el exterminio, un jefe de la guardia preguntó al obispo Amaury: “¿Cómo distinguiremos a los católicos de los herejes?”. El piadoso obispo, que seguramente había celebrado misa esa mañana, respondió: “Matadlos a todos. Dios Reconocerá a los suyos”.
Los ríos de sangre de viejos, mujeres y niños que corrieron literalmente por Beziers se debieron a la extraordinaria inhumanidad del obispo de Narbona. La sangre corrió a borbotones, convertida en ríos que todavía iluminan el terror de la historia, sin importar que el obispo hubiera pretendido esa mañana convertir el vino en sangre de Cristo. La sangre verdadera refulgió y refulgirá para siempre en la memoria.
Por mucho que se empeñen algunos fanáticos actuales, la frase no simboliza heroísmo ni fe; es, realidad, el más horrible símbolo de a qué extremos inverosímiles pueden llegar la crueldad y la maldad de una persona.
Aparte de esa sentencia terrible, no se sabe qué otra cosa importante pudo hacer el despreciable religioso papal. Él había sido el tesonero y obsesivo animador de la cruzada, primero, y de lo que siguió después, pero la desmesura salvaje de su frase de Beziers opaca cualquier otra cosa buena o mala que hubiera hecho antes o después.








Esclarmonde
Todo buen drama debe tener su heroína. En el drama de los cátaros suena un nombre femenino con insistencia, Esclarmonde, referido a distintos personajes, aunque la que pasó a la historia y ha sido mitificada de todos los modos posibles es Esclarmonde de Foix, heroína y mártir en el acto final apoteósico de Montsegur. Esclarmonde se convirtió en personaje de novelas y dramas, y fue elevada al papel de protagonista en una ópera. Mitificada hasta la extenuación, se le han puesto y quitado tantas virtudes que ya es prácticamente imposible separar la realidad del personaje. El mito ha contaminado de tal modo la historia, que no se puede determinar cómo era ni qué hizo en realidad.
Se asegura que ya en 1204 el conde de Foix, un reducto montañés de los Pirineos a tiro de piedra de la España actual, dio su entusiasta conformidad a que su hermana, Esclarmonde, recibiera el consolament de manos del revestido y obispo cátaro Guilhabert de Castres, en una ceremonia llevada a cabo cerca de Carcasona. Si no se obtenía el consolament en el momento de la muerte, este sacramento convertía a quien lo recibía en una especie de sacerdote; por lo tanto, a partir de ese momento Esclarmonde fue una revestida que predicaba, imponía manos, curaba y también podía administrar el consolament. Junto a ella había otras tres señoras de alta posición que comprometieron todo su futuro en la consecución de la perfección personal. La esposa del conde también fue convertida en revestida en ese acto. Todas ellas terminarían para la historia en la fortaleza de Montsegur.
Esclarmonte encarna para muchos la confirmación del feminismo militante de los cátaros y del principio femenino que los antiguos atribuían al origen de todas las cosas. Algunos creyeron ver en ella el mismísimo Grial. Y si no lo era ella misma, al menos los poseyó y ocultó.
Pese a todas las tragedias y convulsiones, el Languedoc del Medioevo fue la cumbre de la civilización europea. El amor a la libertad, la igualdad de sexos y el fomento de las artes se practicaron en este territorio de un modo que, por comparación, hacía que los franceses y todos los demás parecieran bárbaros salvajes. Esclarmonde simbolizó en buena medida el gran avance occitano.
La condesa Esclarmonde de Foix era la dueña del castillo de Montsegur. Decían que tuvo un sueño (uno entre tantos que se cuenta que tuvo) en el que una paloma con una rama de laurel en el pico se posó en un muro derruido. Sonó una voz celestial que decía: "Al cap des set cen ans verdegeo el laurel". Como el laurel era el emblema del Espíritu Santo, Esclarmonde interpretó de todo el simbolismo y sus referencias planetarias que debía edificar un santuario para el catarismo. "Cristo es el sol del conocimiento que nos ilumina en este mundo malvado", dijo durante la construcción al maestro de obras. "Algún día éste será el estandarte de nuestra causa". En la mitología antigua se identificaba a Artemisa con Daphne, según el mito la primera sibila de Delfos, mito que también remitía a lo celta, de antigüedad imposible de establecer. Las sibilas escribían ocasionalmente sus vaticinios en hojas de laurel, que era el árbol sagrado, de donde asimismo se cortaban ramas para premiar a poetas, actores y atletas..
No por casualidad, Esclarmonde era prima de Trencavel, la familia que encarnó el único poder terrenal de los cátaros. El nombre del vizconde de Carcasona está para los esotéricos lleno de significación. Un autor afirmó que la señora del castillo de Montsegur, Esclarmonde, era propiamente el Grial. Muchos entonces y ahora, dedujeron que si no era ella misma el Grial, el mitificado y ambicionado tesoro de los cátaros sí que era en realidad el Grial y permanecería oculto en la actualidad en alguna caverna o subterráneo por Montsegur o sus alrededores, leyenda surgida de una comidilla que exaltó los ánimos y los rumores poco antes, durante y después de la consumación final, una comidilla que afirmaba que cuatro revestidos, o más bien revestidas, habían abandonado la fortaleza por orden de Esclarmonde para poner a salvo un fabuloso tesoro. Estas conjeturas y la devoción hacia María Magdalena que existe en Occitania han inspirado muchas de las mayores patrañas literarias producida en los últimos tiempos.



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1244
Montsegur. La pira aterradora
Hay quien asegura que Montsegur había sido en tiempos antiguos un santuario de la diosa Belissena, la Astarté-Artemisa-Diana de los hispanos. Astarté era Paredra de Baal del Panteón fenicio, y con el nombre de Artemisa había sido la hermana de Apolo en la mitología griega. Fue Belissena en la religión ibérica conformada por los distintos pueblos establecidos antes de la invasión romana. En Delfos y en el santuario de Cástor y Pólux, así como en todos los lugares importantes donde se veneraba a Apolo, o el Sol, surgieron templos dedicados a Artemisa, que además fue identificada muchas veces con Daphne la Sibila. Sus sacerdotes y sacerdotisas tenían que hacer voto de castidad, en esa alucinante veneración de la virginidad que tanto se dio en tiempos antiguos. En Montsegur imperaba la ley de la castidad, en una canción dedicada a Esclarmonde, se decía: «Guárdate de intimar con una virgen. Permanece fiel a la celestial Esclarmonde, que te espera y por ello rechaza toda insinuación.» En Pasifal, los caballeros deben ser de una pureza inmaculada. Aunque a los puros se les permitía todo en el sexo, puesto que lo que hacía la carne-materia no afectaba al espíritu, los revestidos se sometían a disciplinas alucinantemente autopunitivas.
Mito o realidad referida a algo histórico que ya en el Siglo XII se había olvidado, decían que un cortejo de ninfas acompañaba a la diosa Belissena en sus correrías por los bosques, en pasajes bucólicos que no dejan de recordar el mundo celta, como tantas otras cosas relacionadas con los cátaros y con los paisajes del sur de Europa. Su símbolo era la media luna, imagen/símbolo que hemos visto hasta la saciedad copiados en cuadros religiosos posteriores. Los druidas tenían también santuarios dedicados a Belissena y por supuesto con medias lunas. El actual Belesta, en el camino de Montsegur, estuvo consagrado a Belissena/ Astarté. Se encontró igualmente un santuario de Belissena en Lavelanet, al pie del de Montsegur, donde reinó Ramon de Perelha. Por todas sus características morfológicas, Montsegur ha debido de ser lugar de visita y peregrinación durante muchos milenios, siendo mitificado desde la más lejana antigüedad, sobre todo por los celtas.
Montsegur llega al alma y convulsiona las entrañas desde el primer momento que se ve, aunque sea de lejos. Altanero y oscuro en su brillante y orgullosa atalaya, impone por muchas razones y, lógicamente, no falta quien cree que esa impresión se produce por algo mágico que nadie puede determinar qué es. Hablan de alineamientos planetarios, solsticio y murallas construidas siguiendo trazados esotéricos. Tanto abajo como arriba del monte, es verdad que los sentidos engañan un poco y es dificultoso distinguir la realidad material de la visión inducida por la leyenda. Se encuentra junto al río Lasset y muy cerca de España.
Nunca, desde 1244, ha dejado de ser Montsegur el centro de miradas alucinadas que creen en misticismos de piedras ingrávidas y están dispuestas a aceptar que quedan tesoros escondidos y el mismísimo Grial. Hasta a una gente tan pobre y sencilla como los cátaros le atribuyen la acumulación de un tesoro fabuloso que yacería oculto en algún escondrijo del que en Montsegur quedó la clave. Lo buscaron innumerables ejércitos ambiciosos y hasta lo hicieron con gran despliegue y los cinco sentidos inclusive los nazis.
Es verdad que el lugar tiene mucho de extraordinario, porque de otro modo no podían haber ocurrido las cosas mediado el siglo XIII de la manera excepcional que ocurrieron ni habría quedado la inmensa tragedia inscrita en la historia como uno de los hitos más impresionantes del pasado de la Humanidad. Horripilante fue, pero su dimensión la Habían superado antes con creces los horrores de Beziers y Bran. Lo de Montsegur adquirió tanto relieve en la historia no solamente por estremecedor, también porque fue en cierto modo el capítulo final y la apoteosis del drama cátaro.
Por aquellos días no resultaba sencillo llegar a Montsegur. Los bosques de Briziljan y de Serralunga, que circundaban Montsegur, y en el que los seguidores de Prisciliano se refugiaron ante la persecución de las cohortes romanas, eran sumamente tupidos y muy sombríos. Inclusive a plena luz posee el lugar algo secretamente solemne. Hasta el silencio tiene una forma muy particular de sonar. El levísimo y agreste rumor de la brisa aromatizada de resinas trae un eco remoto que traquetea la espina dorsal, una especie de lamento que ha quedado cosido del viento, un horror demasiado inmenso para ser engullido por el tiempo.
El invierno de 1243 terminaba entre nevadas y viento helado. Quienes afrontaban la aventura de subir a la fortaleza de Montsegur tenían que arroparse fuertemente mientras sentían que en cualquier momento las rachas ventosas podían hacerles volar. Todo su vigor se iba en resistir las oleadas mientras trataban de llegar arriba con su anhelos de fe o el cargamento de viandas, tan necesarias para quienes vivían aislados en lo alto del peñasco, guardando y defendiendo las esencias de la fe verdadera. Hacía tiempo, sobre 1232, que los obispos “puros” remanentes del catarismo habían elegido esa fortaleza magnífica como último baluarte para su fe, para dirigir los grupos de resistentes que el vendaval de la inquisición iba dejando todavía, después de casi un siglo de persecución pertinaz. El formidable peñasco era símbolo para sí y símbolo también para sus enemigos. Para los fieles a Roma, Montsegur tenía la medida desmesurada de su error; para los cátaros, representaba la fortaleza capaz de resistirlo todo. Vivían habitualmente algo más de doscientos puros; cotidianamente subía gente en busca de sus enseñanzas, y los castellanos, con Esclarmonde de Foix a la cabeza, reclutaban a muchos de los que subían por cualquier motivo, y podía haber unos doscientos más, aunque en un número variable de gente que nunca llegaba a ser la misma. Dentro de las murallas casi imposibles, las cabañas conformaban un `poblado en torno a una plaza, con el movimiento y las transacciones de mercaderes habituales en cualquier fortificación. Dependían de los suministros que les surtían de los alrededores, pero no llegaba ser demasiado lo que recibían porque ayunaban constantemente. Por otro lado, el campesinado de los contornos se había vuelto escéptico y cuidadoso, porque los franceses se estaban adueñando de todo. Entre miedos y dificultades para subir, aunque los ocupantes de Montsegur eran sencillos y frugales, nada abundaba porque los campesinos remoloneaban para subir y los alimentos llegaban a escasear. Ese desapacible día, una inspección somera de las provisiones reveló que no eran abundantes. Cabe suponer que no era el optimismo y el festejo de música y trovadores, tan habituales en el Languedoc en otro tiempo, lo que abundaba ahora. Había un circunspecto ánimo de dejar ver, de verlas llegar y de esperar a ver si, porque desde arriba casi todo podía observarse y no era infrecuente sorprender la vigilancia de espías y estrategas papeles y de los obispos, y día a día aumentaban los movimientos de tropas.
Hacia mayo de 1243, Ramón de Perellá y otros iniciaron conversaciones conducentes a la entrega de la fortaleza. Muchas veces se les concedió plazos -irrespetados por todos, los de dentro y los de fuera- para que eligieran entre abjurar o sacrificarse.
Pero llegado el otoño todavía no habían cambiado sustancialmente las cosas. En sus frecuentes reuniones, los obispos católicos ocupantes de Occitania discutían, sin llegar a ponerse del todo de acuerdo, sobre la posibilidad de cercar y vencer Montsegur en un esfuerzo mancomunado. Los clérigos reclutaban sin cesar a trabajadores y campesinos, para enrolarlos por la fuerza en una cruzada contra el bastión cátaro. Y no sólo por los alrededores y el Languedoc. Seguían llegando “cruzados” de diferentes lugares de Francia, donde los obispos se habían puesto decididamente al servicio de las ambiciones de su rey. El silencio agorero del bosque de Briziljan no era sino la calma que precede al temporal.
Los textos y las sociedades esotéricas atribuyen a Montsegur una significación sumamente excepcional. Aseguran –basándose en detalles de una obra que según afirman en la actualidad fue reconstruida no exactamente como era entonces- que la construcción fue diseñada por orden de Esclarmonde por un geómetra pitagórico teniendo en cuenta alineamientos equiocciales y de los solsticios. Aparte del sentido milagroso, que atribuían a la inspiración de Eslarmonde de Foix, decían que la señora de Montsegur y Ramón de Perella hospedaban con asiduidad a trovadores que eran también ritualistas templarios. Uno de ellos, habría escrito el drama Parcifal, un poema de fortísimo contenido esotérico.
Además, decían que el monte era uno de los fragmentos del lanzamiento que realizaron los hijos de Gerión, cuando se enfurecieron porque Hércules les había robado el ganado. Habían partido montañas, tirando sus trozos con ira y sin método, uno de los cuales era Montsegur, al que, además, se le atribuía el parecido con un menhir. Viéndolo en la actualidad, no hay que tener demasiada imaginación para ver lo mismo.
Se usaban mitos griegos también para explicar el Moncayo, que habría sido el taponamiento de una cueva usado por Hércules para aprisionar a Caco. Hércules suele estar presente en lugares destacados y muy característicos que son sacralizados, como las Columnas de Hércules, pero de todos modos se ha dicho siempre en esos parajes que el Moncayo y Montsegur son encrucijadas en las que se encuentran y entrecruzan las energías sutiles del aire con las magnéticas del subsuelo. El hecho de que Montsegur probablemente hubiera sido un templo de la diosa hispánica Belissena no era más que la consecuencia lógica de las ventajas mágicas que todos le atribuían al lugar.
En todos los Pirineos y en la Cordillera Ibérica, abundan tales atribuciones. Lagunas o puentes del Diablo, bosque de druidas, templos naturales de diosas madres…

Ese otoño de 1243 se temía en Montsegur el frío y las tormentas, pero no más que de costumbre. Esclarmonde de Foix y los hombres buenos intentaban que las penurias no ablandaran los ánimos. Además de todos los deberes y funciones cotidianos, en los fríos atardeceres y alrededor de las hogueras mataban el tiempo de la espera con recitados y consejas, según la legendaria afición occitana. Ni en las peores circunstancias olvidaban su gusto de escuchar las magníficas voces de los trovadores famosos en toda Europa, que con sus relatos les hacían soñar. Parsifal, artúrica leyenda donde el grial cuenta muchísimo, era tal vez el primer poema europeo de caballeros andantes y doncellas, cuya virtud se protegía en nombre de nobles ideales. Parsifal, el protagonista, asaltaba un palacio embrujado y presenciaba cómo una doncella bellísima portaba el grial, del que salía una luz milagrosa. Otro pariente de Arturo se refería a Ginebra como si hubiera sido un ser del más allá, una especie de diosa. De ella provenía lo hermoso del mundo, porque ella era el origen de la bondad. Allí, en la fortaleza, intramuros del tiempo suspendido, en la leyenda cantada acompañada de laúdes, Parsifal no encontraba el grial, sino una piedra mágica y no era divina la mujer que la portaba, sino una especie de reina. Tal vez contaban esta versión por la cercanía y el mando de Esclarmonde, o quizá porque así había sido durante siglos en la zona; las mujeres y sobre todo las mujeres muy bellas y poderosas tenían gran relieve en todos los cuentos.
Contaban que cuando apareció esa reina, que no sabemos si era o no Ginebra, el resplandor que su rostro desprendía hacía creer que llegaba el alba. Vestía seda de Damasco y joyas. Sobre una esmeralda verde portaba la promesa de cumplimiento de lo que se desea en el Paraíso. A esta gema se le llama Grial y era superior a toda maravilla terrenal. El Grial era la flor de toda felicidad. Proporcionaba en la tierra tal abundancia de bienes que sus méritos casi igualaban al placer paradisíaco. En la leyenda, un ermitaño le revelaba a Parsifal el origen celeste del Grial y sus maravillosos efectos. Allí, en las consejas de Montsegur, el ermitaño le hablaba a Parsifal de una guerra entre Lucifer y Dios. Los ángeles que no quisieron participar en esta batalla fueron los que depositaron el Grial en la tierra, retornando la mayoría a las estrellas porque eran demasiado puros para morar aquí abajo. Así lo describían: "Cuando la Luz y Satanael comenzaron la Guerra, los que no tomaron partido, leales y dóciles ángeles, bajaron a la tierra con la Gema eterna. Pero, a causa de su misma pura esencia, eso ángeles decidieron volver a los cielos, al amparo de la Luz. Sin embargo, algunos de ellos se quedaron entre la materia para custodiar la Gema. Y así se ha conservado siempre pura". Según la leyenda, ahora la guardaban los templarios en un palacio maravilloso en el monte Monsalvage, lugar que se encontraba supuestamente en cualquier punto en conflicto entre moros y cristianos, a donde había que ir a luchar por ella. Cantaban con convicción las propiedades del Grial: "Los nutrientes de estos guardianes proceden de una gema que es todo pureza en su esencia. Si no la conocéis, os contaré sus prodigios; el ave fénix se consume y se convierte en cenizas; pero de esas cenizas renace la vida gracias a esa piedra; el ave fénix realiza su transfiguración y vuelve a vivir con todo su esplendor, tan bello como solía. No hay hombre lo suficientemente enfermo como para que, ante esa piedra, no tenga la convicción de escapar del mal. Quien la mira, mantiene el vigor. Desde el día que esa piedra se les muestra, todos recuperan el aspecto de cuando estaban en la plenitud de sus fuerzas. Estando en presencia de la piedra durante un siglo, no cambiarían. Esa piedra proporciona tal vigor que los cuerpos recobran al instante la juventud”. Con tales leyendas y poemas intentaban lo más arduo de lograr, en lo que comenzaba a ser una especie de asedio, vivir el día a día sin perder el ánimo. Todo lo relativo a Parsifal les proporcionaba esperanzas, aún cuando nadie dejara de comprender que eran ilusiones vanas.
En su demanda del Grial, Parsifal, en su búsqueda -infructuosa hasta entonces- de encontrar nuevamente esa gema maravillosa para devolver a la tierra desventurada su pureza primaveral y primigenia, y sanar a un tío suyo, herido en el pene por haber amado lascivamente a quien no debía, un hermoso muchacho, opta por enfrentarse con dios, pues entiende que no es el Dios-Luz sino el demiurgo. Y se lo recomienda a sus seres queridos: "¡Dolor! ¿Quién es dios? ¿Dónde está de verdad el Todopoderoso? ¿Dónde permanece su poder? Él no me habría bajado a esta vergüenza. Desde que tengo conocimiento he sido humilde servidor de su gracia, mas ahora dejo su servicio. Si esto lo enoja, yo resistiré su enfado. Camaradas, cuando la hora del combate llegue para vosotros, permitid solamente a una mujer estar a vuestro lado, que únicamente ella guíe vuestras manos. Permitid que el amor os acompañe y que las virtudes femeninas os protejan. ¡Tenedla presente en vuestra mente y corazón!” Parsifal había desentrañado o creído descubrir un gran misterio que quería aplicar cuanto antes; cuando se encontrase rendido a los pies de una joven princesa, antes de entrar en combate aprovecharía la ocasión y se dirigiría a ella así: ‘Permíteme poner mi espada en tus manos, para que la toques. Si alguien quiere entrar en combate conmigo, tu irás a batallar y lo harás por mí, pues aún cuando todos me vean a mí luchando, tú serás quien combata”. Ella le respondería: ‘Sí, yo seré tu escudo y tu defensa, tu corazón y tu fe. Cuando la desgracia amenace, yo seré tu guía, el techo que te proteja de la tormenta y te ofrezca dulce reposo. Mi amor te envolverá con la paz y te traerá la suerte cuando te encuentres frente al peligro, de modo que tu valor jamás decaiga. Yo estaré siempre a tu lado en el combate”
Mientras sus imaginaciones soñaban heroicidades inventadas, algo, un monstruo de espesas tinieblas cenagosas parecía siempre a punto de abatirse sobre los conturbados habitantes del castillo. El sol no estaba dispuesto a brillar para ellos ni para sus esperanzas. Todo era una especie de impasse, la espera estremecedora de quienes no tenían nada que esperar.
Vivían prácticamente asediados desde mayo, aunque trataran de comportarse como si todavía fueran libres. Era físicamente imposible aislar Montsegur por completo, pero unas cuatrocientas personas vieron limitarse su libertad casi hasta el ahogo. Un ejército imponente, que podían ver con mirada triste desde las almenas, bloqueaba los caminos de salida y espiaba cualquier novedad que se produjera dentro o fuera de las murallas, con objeto de atacar en cuanto se dieran las circunstancias adecuadas. Emplearon mucho tiempo en tratar de descubrir los puntos vulnerables de la fortaleza, mientras no paraba de espesarse la multitud sedienta de sangre al pie de Montsegur.
Tratando de buscar fuerzas que le sirvieran de pararrayos, durante el verano el conde Raimundo VII se había casado con Margarita de la Marca y esperaba que le diera un descendiente varón, para que su familia pudiera continuar ostentando sin discusión el Condado de Tolosa.
Habían enviado en junio a Montsegur un mensaje en el que prometían que el conde Raimundo acudiría en su ayuda y les aconsejaba valor. Ese mensaje dilatorio no había mejorado los ánimos dentro de la fortaleza. Los caballeros de Esclarmonde –viendo lo que veían arriba y abajo- sospechaban que acabarían obligados a abandonar la lucha, pero también creían que si consiguieran aguantar hasta que llegasen refuerzos, podrían salvar Montsegur. Ese casamiento de Raimundo VII presentaba buenos augurios, por la importancia en cuanto a estabilidad y seguridad que tenía para un feudo que el señor tuviera o no descendencia. Se sabía que iba a emprender negociaciones políticas con el papa, lo que ahora, en su nuevo estado, resultaría tal vez más fácil. El papa debía anular su excomunión que impedía la autoridad total del conde. Además, necesitaba convencer al emperador Federico para que le devolviese el usurpado marquesado de Provenza. De regreso de tales gestiones, si eran satisfactorias, podría recuperar todo cuanto había ido perdiendo su familia y antecesores ante la Cruzada y, dueño y señor de todos sus antiguos territorios, victorioso, podría conseguir que Montsegur fuese liberada.
La gente estaba preparada para el asedio. El aprovisionamiento no se interrumpió; todavía era posible llevarles algunos alimentos y armas no muy voluminosas usando los tres caminos que los asediantes no habían conseguido anular. En algunas ocasiones, llegaban a producirse leves enfrentamientos con los de abajo si se acercaban más de la cuenta. Todas las noches descendían algunos caballeros para intentar producirles destrozos y pérdidas a los acampados. Desde mayo, no dejaron de haber muertes en uno y otro bando. En el otoño empeoró mucho el tiempo. Recibieron la noticia de que Raimundo VII se había entrevistado con el emperador Federico recuperando el marquesado de Provenza. La visita del conde a Italia continuaba. Seguía excomulgado, y de acuerdo con las normas del tiempo era ésa su mayor preocupación, porque la excomunión representaba en la Europa del Medioevo un arma política. Tenía que seducir al papa y tras lo de Federico, se creyó capaz de mediar entre el de Roma y el emperador, que se encontraban guerreando entre sí, lo que no dejaba de ocurrir intermitentemente. Con noticias en apariencia tan prometedoras, en Montsegur se convencieron de nuevo de que iban a recibir refuerzos muy pronto. En esas circunstancias, algo más optimistas y mucho más esperanzados, emprendieron los preparativos para afrontar el crudísimo invierno. Las damas estrujaban su imaginación para tratar de contribuir a que la moral no bajase, mientras contemplaban con mirada apesadumbrada el horizonte de cumbres nevadas que se extendía hasta la lejanía como extraña ropa tendida al sol, una blancura a veces multiplicada por la luz solar como un sudario de desesperanza.
En las proximidades de la navidad, el conde de Tolosa no había hecho todavía acto de presencia. Un mes antes, había mandado un mensaje asegurando una vez más que las cosas presentaban buenas perspectivas. Durante su viaje a Roma había pretendido convencer al papa de que le levantase la excomunión y todavía se lo estaba pensando el pontífice, demasiado ocupado en sus interminables guerras. Ahora no decía nada de refuerzos para la fortaleza amenazada, y las escaramuzas y conatos de ataque menudeaban más cada día, aunque con la gelidez que dominaba en la región a ninguno de los dos bandos les apetecía guerrear. Arriba, el viento aullaba entre las almenas y abajo, los acampados armaban tertulias chisporroteantes alrededor de las hogueras. También ellos eran aficionados a las leyendas, que siempre trataban de revestir de pátinas religiosas romanistas.
Había una espada prodigiosa clavada en una piedra, que había sido bendecida por el mismo hijo de Dios, una espada que convertiría en rey a quien lograse arrancarla de su sepultura pétrea. Había sido forjada en las vecindades del infierno, con acero robado a Satanás y su temple final se lo había proporcionado una milagrosa ondina de las aguas transparentes en los helados humedales de Babilonia. Durante siglos, pasaron junto a la piedra y la espada miles de ejércitos y muchos capitanes intentaron inútilmente arrancarla, pero finalmente un hombre de Dios, un joven que había pasado su adolescencia como oblato en un convento de Capadocia, recibió un mensaje divino y fue en busca de la pesada de Cristo y, aferrando la empuñadura, la espada se libró y fue a sus manos como por ensalmo. Todos los que lo vieron entendieron que debían elegirlo como rey, pero como no había ningún reino que ofrecerle acordaron ir a preguntar al rey de reyes, el papa de Roma. Llegados ante el trono del rey más grande de la cristiandad, éste, admirado por el prodigio de que el joven empuñara un arma que consideraba un intocable privilegio divino, calló al principio, anonadado, pero un voz celestial le dijo que lo mandara hacia el noroeste, donde el joven volvería a encontrar a la ondina encantada y todas las diosas antiguas, que lo orientaría hacia un brumoso reino entre el agua, el cielo y el suelo, donde el joven reinaría entre todos los caballeros.
Una de esas noches entre las heladas y la luz danzante de las hogueras, la guardia del castillo descubrió que algunos caballeros del campamento habían casi alcanzado la cima de la montaña e intentaban asaltar el fuerte. Como subir por las trochas de Montsegur de noche era completamente imposible, dedujeron que alguien podía haberlos traicionado ayudando a los sitiadores a subir. Tuvieron que levantar empalizadas para impedir que el enemigo continuase avanzando. Pocos días después, fue llamado a la fortificación un artesano que fabricaba catapultas. Lo acogieron con renovadas esperanzas. Abajo, los obispos romanistas habían hecho fabricar catapultas potentísimas. Arriba, el artesano renovó los ánimos muy efímeramente. Era evidente que Raimundo VII no iba a acudir en Navidad. Todo estaba escaseando ya. Los cátaros continuaron el día a día cada vez con mayor desaliento. Rezaban casi sin parar, interrumpiendo sus labores a cada instante. Corrían rumores apabullantes. Según ellos, cuatro puros habían conseguido bajar del fuerte y burlar al enemigo, llevando consigo todo el oro que atesoraban en Montsegur. La expectativa de que acudiera Raimundo y su refuerzo ya no conseguía mantener altos los ánimos.
En febrero, las cosas no cambiaron de modo favorable ni dramático, en apariencia. Acosados y acosadores se atacaban, se causaban algunas bajas y se hostigaban arriba y abajo cuando podían. Pero abajo no dejaban de llegar nuevos contingentes de tropas, reclutadas en todo el Languedoc y toda Francia, mientras que los de la fortaleza ya no recibían ni las habituales visitas de campesinos que acudían antaño a aprender o recrearse con los trovadores. Tenían que arreglárselas con lo que había y realizar labores cotidianas inclusive los guardianes, entre turno y turno. No dejaban de producirse altercados.
Un asalto violentísimo se tuvo lugar una madrugada. Sin amanecer todavía, casi a tientas, los cruzados acampados intentaron penetrar en la fortaleza a través de algunas brechas abiertas por sus catapultas, pero las propias mujeres, que velaban con sus oraciones junto a Esclarmonde, se apresuraron a apedrear a los invasores. Al mismo tiempo, y sirviendo de artillería del asalto, las catapultas de abajo se pusieron a bombardear el poblado intramuros. La ausencia de luz proporcionaba tintes fantasmagóricos a la escena. Los gritos de aliento, exclamaciones y lamentos sonaban a ambos lados de la muralla. Varios puros y algunos que habían superado el largo y arduo proceso para recibir el consolament, yacían en charcos de sangre sin conseguirlo. Tanto Esclarmonde como sus compañeras revestidas fueron guiándose por los estertores y administraron el sacramento a cuantos les fue posible.
Los ánimos flaqueaban muy seriamente. Una sudario de pesimismo dominaba la fortaleza y comenzaban a darlo ya todo por perdido; apenas tomaban iniciativas, porque todas las consideraban inútiles frente a un enemigo veinte o treinta veces mayor y resuelto a aniquilarlos. Una mañana, en medio de la niebla y como un fantasma, vieron aparecer a uno de los cuatro que meses antes se habían marchado para poner a salvo el supuesto tesoro. Había recibido el encargo de comunicar al fuerte que las conversaciones entre el emperador Federico y el papa estaban empantanadas a causa de ciertas exigencias de Raimundo. Montsegur debía aguantar al menos hasta Pascua Florida, cuando el conde de Tolosa llegaría a salvarlos con su ejército, aliado con el de Federico. En seguida, la noticia dio nuevas esperanzas y dio nuevos ánimos a los resistentes de la fortaleza. No tenían ninguna duda de que Raimundo VII cumpliría sus proyectos. Curiosamente, las catapultas y ballestas de los asediantes se habían detenido. El capitán de los asaltantes acudió a preguntar a voces, desde el otro lado de la muralla, cuántos tendrían que morir todavía hasta que Montsegur dejase de luchar por una entelequia, en una guerra que había perdido hacía meses. Tenían que comprender que la verdad estaba del lado de los asaltantes, que tenían todas las bendiciones del cielo para ganar. A pesar del desaliento que cundía en el fuerte, no despejado del todo por las promesas de Raimundo, sonaron algunas risas de desprecio.
Los proyectiles de Montsegur se habían agotado mientras que las catapultas de los asaltantes se multiplicaron y aumentaron día a día sus disparos. Todo escaseaba, sobre todo la comida. Aunque los cátaros comían normalmente de manera muy frugal, ahora tenían que compartir cualquier mendrugo que encontrasen, porque los luchadores, debido a sus mayores esfuerzos, comían mucho más que la gente normal. Cada vez iban siendo mayores y más pesadas las piedras que disparaban las catapultas desde abajo; a veces llegaban a ser tan pesadas que derrumbaban el techo de una choza de un solo golpe. Los hombres casi no podían moverse por el cansancio. Llevaban meses sometidos a la escasez, el frío y los proyectiles. A todos les dolía hasta respirar. Asombrosamente, no vacilaban las convicciones. El dolor, la muerte, las miserias, la escasez, inclusive el hambre, eran capaces de soportarlo todo porque les animaba el convencimiento de que al final estaba la luz. Lo único que podía perecer era la materia. Seguían confiando en recibir la ayuda de RaimundoVII a pesar del número cuantioso de veces que les había defraudado. Ni para sus enemigos ni para sus amigos era Raimundo un hombre que se esforzara mucho por cumplir sus palabras. Y no se trataba de nada nuevo; casi desde el mismo momento de su coronación como duque había demostrado su escasa fiabilidad a la hora de adquirir compromisos.
Comenzaba el mes de marzo. Llegada la hora en que se convencieron de que el fuerte no era capaz de seguir resistiendo el sitio vieron que no tenían más remedio que negociar la rendición. El principal de los negociadores a favor de los resistentes, Mirepoix, obtuvo lo que pudo, que los sitiados se retirasen con vida y fuesen revocadas las condenas, generalmente injustificadas, de la Inquisición. Ya sabían que los refuerzos del duque de Tolosa, Raimundo VII, no llegarían jamás. Ni en navidad ni en enero, ni en la pascua por venir, que había sido su última promesa, y ellos no eran ya capaces de seguir resistiendo. Comían poquísimo o no comían. Algunos habían reblandecido el cuero de sus petos en agua caliente para comérselo. No había fe que les permitiera seguir viviendo en esas condiciones, y sin embargo no renunciaron a su fe. Idus de marzo, día de grandes traiciones y crímenes. El 16 debían entregar el castillo y bajar la montaña. A pesar de los acuerdos de rendición, a pesar de las difíciles negociaciones, a pesar de que la mentira era uno de los pecados prohibidos por el decálogo, fueran cuales fuesen los compromisos y las buenas palabras todos sabían cómo acabaría el descenso.
El hambre se convirtió en un fantasma que llegaba a parecerles corpóreo. Habían compartido hasta las últimas migajas sin distingos entre católicos y cátaros, mujeres y hombres, niños y viejos, campesinos y guerreros, pero ya no quedaba nada que compartir, ni cuero viejo. Algunos cuerpos abatidos por la inanición se habían derrumbado sin que nadie les prestase auxilio ni atención. No tenían fuerzas para ello, ni para hablar. El silencio se había adueñado del interior del fuerte, y donde antes sonaban las canciones de trovadores y los rezos de Esclarmonde y sus revestidas ahora señoreaba una mudez espectral, interrumpida tan sólo por los impactos de las grandes piedras que las catapultas de abajo seguían lanzándoles. Hasta los guerreros más expertos y fieros tenían dificultad para enderezarse. Abajo les esperaba el fin de todo. No conocían todavía de qué modo sería, pero todos sabían que los sitiadores no iban a dejarles libres. Ellos, los enemigos, tenían experiencia casi secular en cuanto a que la fe de los cátaros era inquebrantable; también estaban al cabo de la calle de una las circunstancias que más les exasperaban: los puros no sólo eran solidarios entre sí; los malditos redomados conseguían que buenos y fieles católicos les protegieran, ayudaran, ocultaran y defendieran como si fueran parte de su familia. No había nada que esperar abajo, más que el camino espiritual hacia la Luz.
Faltando poco para el equinoccio de primavera y ese desesperanzado 16 de marzo, el silencio continuaba siendo ominoso, pero los obispos de los puros sabían que tenían la obligación de preparar a sus fieles para el tránsito. Sacando fuerzas de donde no quedaba ni aliento, pronunciaban sus consoladores sermones con voces exhaustas que en el silencio mortal que dominaba el castillo sonaban como el rumor del viento:
“Cuando el dios de lo oscuro sedujo a los ángeles, los arrancó del cielo y los condujo a la tierra que había creado. En ese lugar nauseabundo encerró sus espíritus en cuerpos de carne. Viendo sus sitiales vacíos, el buen Dios de la Luz comprendió lo mucho que había perdido por la caída de esos ángeles captados por Satanael y contando los pocos que quedaban, se entristeció. ¿Cómo podía vencer para siempre a ese demonio que una vez fue su hijo? Dedicó los siguientes cuarenta años a escribir un libro, donde reflejó las desgracias, dolores, sinsabores, veleidades del destino, envidias, calamidades que podían suceder a los hombres que respirasen en el mundo oscuro de Satanael. Escribió al final que quien estuviese decidido a sufrir las cosas de los hombres sería el hijo dilecto del padre celestial. Cuando lo hubo completado, lo mostró a los ángeles que quedaban y dijo: De vosotros, el que haga lo que aquí digo será mi hijo. Como no podía ser de otro modo, todos querían ser hijos del Dios de Luz.


Bajaron de manos dadas
Los sitiados celebraron libres y en la fortaleza, por última vez, el equinoccio de primavera según sus creencias, que muchos identifican con reminiscencias celtas. En la mañana del día 16 una gigantesca hoguera se elevó a los pies del castillo y 210 perfectos, hombres y mujeres, los que se negaron a abjurar, condición impuesta por los vencedores, se lanzaron a las llamas cantando. Hoy el lugar es recordado con una simple lápida donde se invita al viajero a detenerse ante el “camps des cremats” ("campo de los quemados") que recuerda a los inmolados y a leer con respetuoso silencio el epitafio: A los cátaros, a los mártires del puro amor cristiano...

El tesoro buscado por los nazis
Basándose en los rumores, o tal vez certeza, de que cuatro revestidos habían abandonado Montsegur durante el sitio de 1244, una leyenda afirma que, antes de rendirseel castillo, el Grial fue guardado en las entrañas de la montaña. Y junto al Grial, el tesoro milenario de los cátaros y sus libros. Siempre desde entonces, y también durante el siglo XX, distintos aventureros pretendieron encontrar en Montsegur las cuevas del grial, usando hasta explosivos para abrirse paso. Nada han encontrado; el bloque de piedra sobre el que está asentado el castillo se muestra compacto y celoso de sus secretos. Hasta ahora. Siempre frío, oscuro e imponente.
Hubo un fiel de Hitler, un miembro de las SS llamado Otto Rhan, escritor, mitómano, ocultista, filósofo de lo ario y por un tiempo perteneciente al Estado Mayor personal de Himmler, obsesionado por el mito medieval que decía que el Grial era una copa tallada en un rubí mágico. Otto Rhan estudió las fuentes donde se menciona el Grial y que favorecieron el mito que tal vez originó en realidad el santo cáliz de Valencia. Pretendía Rhan muy seriamente encontrar ese tesoro inimaginable, que ayudaría a realizar los famosos mil años del nazismo.
En la ópera “Farsifal”, de Wagner, se menciona un sitio llamado Montsalvat (un castillo en una montaña, en el cielo) donde se guardaría el vaso del néctar de los dioses. Rhan identificó como Montsalvat muchos lugares, y preferentemente en España por multitudes de coincidencias historiográficas, donde puso metafóricamente bocabajo Toledo, San Juan de la Peña y Montserrat buscando su arma/gema divina. Como es lógico, y puesto que el Languedoc estuvo una vez bajo la protección del Reino de Aragón y, por lo tanto, fue dominio español, Rhan pensó también en Montsegur, dando por probable que fuera su Montsalvat.

Y no sólo eso. Rahn encontró coincidencias muy significativas entre “Parsifal” y lugares y gentes del Languedoc. Una de las figuras más importante del catarismo fue el vizconde de Carcassona, Ramon-Roger Trencavel. Trencavel quiere decir lo mismo "buen tajador". Además, la dueña de Montsegur, Esclarmonde de Foix, era prima de Trencavel. No había duda. Había dado con su arma sideral, eterna. Otto Rahn contó con la ayuda de gentes de la comarca que le contaron historias y leyendas sobre los cátaros y las cuevas donde ocultaron su tesoro, curiosamente todas en la misma peña de Montsegur, donde los sitiadores habrían hecho imposible guardar nada. Un pastor le refirió la siguiente historia: "Cuando aún estaban en pie los muros de Montsegur, los cátaros custodiaban dentro de ellos el Santo Grial. Montsegur fue sitiado; los ejércitos negros de Lucifer se hallaban ante sus murallas. Querían hacerse con el Grial, la gema prodigiosa mencionada en los mitos de Parsifal, para engastarla de nuevo en la corona de su príncipe de las tinieblas, de donde se había desprendido en la batalla, cayendo en la tierra material cuando la rebelión de los ángeles. En el momento más critico del sitio de Montsegur, acudió del cielo una paloma blanca y con su pico dividió la gema, cual un Trencavel volante. Esclarmonde tiró la preciosa reliquia al monte, donde quedó oculta milagrosamente y se borró la fisura por arte de magia. De modo que cuando los terribles diablos sitiadores se apoderaron del castillo, no encontraron lo que realmente pretendían poseer. Enfurecidos quemaron a todos los cátaros al pie de Montsegur, en el Camp dels Cremats."






Bilbliografía consultada:
Los pergaminos cátaros, Luis Melero
Los cátaros, Jesús Mestre
El señor de los cátaros, Hanny Alders
Cátaros, Jean Blum
El legado secreto de los cátaros, colectivo, Ediciones Siruela
Los Cátaros, la herejía perfecta, Stephen O’Shea
El testamento del último cátaro, Antoni Dalmau.

Sitios Internet consultados:
www.lasafuerasdeleden.com
www.monografias.com
www.wilkipedia.org
http://www.rennes-le-chateau.fr/
http://www.servisalud.com/elpensa/ayuda12.htm
http://www.mundoparanormal.com
http://www.imperiobizantino.com
http://www.fotoaleph.com
http://es.catholic.net
http://universoliterario.net
www.mundosophia.com
http://corazones.org
www.mgar.net
www.ejercitosbizancio.net
www.estambul-online.com
www.aturquia.com
www.lugaresnaturistas.org
http://www.artehistoria.com
http://www.ligeris.com/
http://www.revel-lauragais.com
www.viajemania.com
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